La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE CORDEROS Y LOBOS #2
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DE CORDEROS Y LOBOS #2

—Creo que das hostias como panes, amiga mía, y que a mí no me gustaría ser la instructora a la que te enfrentes cuando llegue tu Pankrátion.

Pero si perdieras…. Escúchame bien, porque es importante.

En el hipotético caso de que perdieras, no es una deshonra servir al Círculo.

Ninguna de nosotras valdría nada sin todas esas poderosas mujeres que velan por nuestra seguridad, que limpian nuestros desastres y que nos hacen recomendaciones musicales.

—¿Hacen recomendaciones musi…?

—Eres importante —continuó Vyx—. Hagas lo que hagas y seas quien seas. ¿Vale?

La pequeña meditó durante unos segundos. Luego sonrió, se llenó el pecho de aire y ahogó a Vyx con un enérgico y férreo abrazo.

—Te quiero mucho.

Al principio Vyx no supo devolverle el gesto.

Se quedó unos momentos intentando recordar para qué servía cada una de sus extremidades.

Al final, cerró los ojos, la envolvió con los brazos y la estrechó contra sí mientras buscaba razones para no romper la racha de testarudez y poner en voz alta esas palabras que tanto pavor le daban. No encontró ninguna.

Estaba a punto de cometer el acto más valiente de su vida cuando, de pronto, el suelo bajo ellas tembló.

Vyx se quedó muy quieta y miró de soslayo a sus compañeras.

Cora se ponía en pie y las demás hacían lo mismo, recogiendo antes sus arcos y las respectivas aljabas.

Otro temblor destrozó sin piedad la teoría de Vyx de que había sido algo pasajero.

Los murmullos de las guerreras que se hallaban dispersas por el jardín se elevaron de manera comedida, como si quisieran evitar una histeria colectiva.

—¿Qué está pasando? —preguntó Ifigenia.

Vyx no tenía ni idea. A juzgar por las expresiones confundidas de Cora, Elara e Iris, ella no era la única.

Hizo que Ifigenia se moviera a un lado y se puso rauda en pie de un salto.

Recogió su arco y su carcaj, que afianzó a su espalda con práctica, ajustando firmemente la cinta.

Antes de que pudiera dar un paso, un temblor más intenso si cabe sacudió los cimientos del templo y el temperamento de las guerreras. La pequeña sollozó:

—¿Por qué tiembla el suelo?

La respuesta se hallaba más allá de la estatua que llevaba mi nombre y que se alzaba al final del camino empedrado, franqueado por flores de amaranto.

Las cuatro ascendidas contemplaron atónitas cómo la energía de la muralla invisible que tenía la finalidad de ocultar y proteger el templo oscilaba y vibraba, como la capa más superficial del mar cuando se avecina una tormenta.

Aunque Elara se interponía entre ellas, Vyx y Cora intercambiaron una mirada de pura inquietud.

Entonces, los murmullos se apagaron durante un segundo de incertidumbre.

Cuando ya no quedó barrera alguna, los vieron llegar.

Una oleada de figuras de ropas negras que portaban máscaras blancas y sonrientes irrumpió en los jardines.

Quedaría para siempre grabada en las retinas de Vyx y sus hermanas la secuencia de acciones inexplicables y atroces: las flechas que cortaban el aire, las exhalaciones de sorpresa, las guerreras que caían con el cuello roto o las que morían entre estertores y explosiones de sangre.

Vyx ni siquiera supo cómo fue capaz de aislar la visión de las seis amenazas que se acercaban a ellas del asedio general.

A su lado, Elara extrajo veloz una flecha del carcaj y la tensó en la cuerda mientras Iris accionaba el mecanismo de su bastón, transformándolo en una lanza de dos puntas.

Como no había tiempo para preguntas, aunque seguramente todas hubiesen formulado la misma, Elara apuntó al más alto de los encapuchados y disparó.

Lo que sucedió las dejó perplejas.

—¿Pero qué cojones…?

Que Vyx hiciera esa pregunta estaba justificado. Y el comentario de Cora después, también.

—No puede ser.

Y es que la flecha estaba suspendida en el aire, como si el tiempo se hubiese detenido.

Las seis figuras sombrías detuvieron la marcha, formando como soldados oscuros de sonrisas macabras, congeladas en una máscara que Vyx nunca olvidaría.

En efecto, no podía ser, pues lo que estaban viviendo solo podía tener una explicación, y esa explicación las dejaba a todas en una clara desventaja: los encapuchados que campaban por el jardín sembrando la muerte a su paso eran hacedores de magia.

Cuando la flecha viró como si tuviera vida propia, con la punta amenazando a las guerreras, y salió disparada hacia ellas a una velocidad vertiginosa, Iris tuvo que haber puesto mucho oído para reaccionar de manera tan efectiva.

Ejecutó un corte vertical impecable con la lanza, partiendo la saeta en dos antes de que atravesara el pecho de Elara.

Vyx miró los dos pedazos del astil a sus pies y entornó los ojos hacia Cora que, preparándose para disparar, le dijo:

—Vyx, sigue el protocolo.

—¿De qué puto protocolo hablas, joder?

No había protocolo a seguir para algo que era sencillamente imposible. O debería haberlo sido. ¿Cómo habían burlado las salvaguardas del templo? ¿Por qué había caído la barrera?

Todo el cuerpo de Vyx se tensó al ver a Iris caer de rodillas entre jadeos y toses ahogadas.

Vio también que se llevaba las manos al cuello.

La verdad es que Vyx nunca se había preguntado si sería capaz de dar su vida por alguna de sus hermanas de la Orden y puede que ese no fuera el motivo por el que sacó dos flechas del carcaj, pero eso fue lo que pareció: un acto heroico en toda regla.

Uno de los brujos fue capaz de detener la primera flecha, pero la otra se hundió como una sentencia en la yugular del que estaba a su lado.

Había sido un doble disparo impecable, así que Vyx no entendió a qué vino el empujón de Cora.

Ifigenia se aferraba a la ropa de Vyx como si nada más que ella pudiera salvarla.

—¡Que pongas a Ifigenia a salvo, Vyx! Te ganaremos tiempo.

—¿Me pides que corra? No soy una cobarde.

Correr era precisamente lo que Elara hacía, firmando la paz con su cojera al efectuar un magnífico salto, blandiendo las dos dagas arktoi.

Aterrizó sin rozar siquiera a ninguno de los brujos, pero acababa de romper la formación, consiguiendo así lo que se proponía: combatir cuerpo a cuerpo.

Con una rodilla hincada en el suelo, Elara lanzó un corte horizontal y cercenó una rodilla.

Se puso en pie y confió ciegamente en el apoyo de Iris que, ya recuperada, se unía al combate.

Por otra parte, Cora aferró a Vyx por el cuello de la camiseta y le dijo:

—Te pido que por una vez finjas que hay algo en el mundo más importante que tú.

Vyx maldijo su don para recrear un beso en el momento más inoportuno.

Apretó los dientes mirándola a los ojos, se soltó y la señaló con un dedo.

Pero no dijo nada. No hubo insultos ni amenazas.

Ni una sola triste palabra. ¿Qué podría haber dicho?

¿Iba a rogarle que no se convirtiera en abono para el jardín?

Hubiese sido un acto demasiado impulsivo y sentimental, así que Vyx se dio la vuelta, aferró la mano de Ifigenia y se la llevó a la carrera.

No había nada de heroico en huir de la batalla con una niña que intentaba seguirle el ritmo a pesar de los sollozos, exigiéndole demasiado a unas piernas muy cortas destinadas a llevar a cabo grandes hazañas.

Carecía de heroicidad alguna no girarse hacia los gritos de agonía o hacia la lluvia de estallidos simultáneos y espeluznantes.

Pero corrieron de todas formas, porque Vyx había entendido lo que Cora le pedía: que sobreviviera hoy para luchar mañana.

Estaban llegando a su destino, que no era otro que la puerta trasera del templo, cuando Ifigenia empezó a ser capaz de decir algo entre tantos lloros e hipos involuntarios.

Se quedó plantada como una estatua mientras Vyx avanzaba hacia la entrada.

—Las estaban matando…

Vyx empuñó las dos dagas y subió sigilosamente los dos anchos escalones de piedra.

—¿Y qué eran esas cosas? ¿Las máscaras? ¿Cómo han entrado?

—Silencio.

Estoy convencida de que la guerrera no supo medir el tono de su orden.

Tampoco se dio cuenta de que la pequeña Ifigenia se encogía en sí misma como si acabara de caerle un chaparrón encima.

Pero es que había algo inquietante tras la puerta, una serie de golpes sordos y sonidos inconexos.

Cuando Vyx entendió lo que estaba pasando hizo dos cosas: lamentarse porque los brujos se habían abierto camino al interior del templo tan rápido y hacerse a un lado para evitar que la puerta se la llevara por delante al soltarse de los goznes con violencia.

Un cuerpo cayó sobre lo que quedaba de la puerta que se había roto en una masa compleja de afiladas astillas.

Lo primero que hizo Vyx fue comprobar que Ifigenia estaba a salvo.

Después miró al suelo. Cuando reconoció a Thalia, una parte de ella disfrutó de verla humillada.

Se dijo que era la justicia poética que se merecía por todas esas veces que le hizo la vida imposible cuando eran solo unas niñas.

A pesar de todo, Vyx chasqueó la lengua y se acercó a ella resuelta, armada con dos dagas que bailaban en sus manos con cada preciso giro de muñeca.

—¿Te ayudo, amor mío?

A juzgar por la repulsión que pintaba la cara de la guerrera, ver a Vyx le había sentado mucho peor que atravesar una puerta y destrozarse la espalda.

Vyx encaró la entrada y analizó a la figura que avanzaba a paso lento.

Medía más de metro ochenta, era ancho de espaldas y tenía unos pies tan grandes que el suelo parecía temblar con cada paso que daba.