DE CORDEROS Y LOBOS
DE CORDEROS Y LOBOS
A l principio no le había hecho especial gracia estar entre un enjambre de niñas sudorosas que eran incapaces de hablar sin dar gritos, pero Vyx decidió apelar a la misericordia y recordar que seguramente ninguna otra guerrera podría despertarles tanto interés como ella.
Además, tampoco podía culpar a Ifigenia por presumir de amiga delante de las demás aspirantes.
Vyx estaba plácidamente sentada en el césped de los jardines del templo, con la luz del atardecer en la cara, el teléfono en las manos y un montón de dedos señalando la pantalla.
—¿De qué película es eso? —preguntó la niña de pelo negro como el tizón.
—Increíble. Esa, renacuaja que necesita una ducha, es la mejor escena de Alie… ¡Oye!
Lanzó una mirada enfurruñada a la niña que le estaba dando apretones en el brazo, como si quisiera medir la masa muscular. Era más o menos de la estatura de Ifigenia, pero más delgada.
Esa misma pequeña futura guerrera preguntó asombrada:
—¿Cuántas flexiones haces al día para tener los brazos así de fuertes, Vyx?
La adepta decidió que aprovecharía la oportunidad para alimentar su propio ego.
—Trescientas —dijo muy seria, y añadió—: Por la mañana. Y otras trescientas por la tarde.
—Venga ya —protestó Orión, sentado a su lado—. Eso es imposible.
Ella lo miró fijamente. Notó que se había cortado el pelo desde la última vez que lo vio.
—Además —continuó el niño—, si eso fuese verdad tendrías unos brazos como los de Hulk.
Esa declaración no pasó desapercibida para las ascendidas que estaban sentadas en círculo algo más allá y Vyx rezongó al oír las risas de Elara.
Pasar un rato con Ifigenia después de la última sesión de entrenamiento de la tarde le había parecido una magnífica idea.
Y lo había sido, hasta que sus compañeras decidieron presumir de una irritante falsa simpatía y estropear el momento.
De todas formas, era la presencia de Cora en concreto la que más la angustiaba.
Y con razón, pues la última vez que se vieron se besaron bajo los efectos del alcohol con una devoción que fue, como poco, inesperada.
Vyx miró con disimulo cómo Cora acariciaba con suma delicadeza las plumas de una flecha, y no le cupo duda de que haberle devuelto el beso iba a cambiar las cosas entre ellas. Por alguna razón que desconocía por completo, ese pensamiento la afligió.
Entonces, Ifigenia se interpuso en su campo de visión. Tenía los brazos en jarra y el mentón alto. Daba la impresión de que iba a pronunciar las palabras más importantes de la historia.
—Si Vyx dice que hace trescientas flexiones es que hace trescientas flexiones, Orión.
A nadie le cabía duda de que la ascendida tenía por lo menos siete años más que cualquiera de las aspirantes que la miraban con atención, pero seguramente las confundió a todas que Vyx le sacara la lengua al niño, se pusiera las gafas de sol y le dijera:
—Trescientas, guapo. Yo que tú empezaría a aplicarme el cuento, que te veo muy flojo.
El comentario debió de hacerles mucha gracia a las demás, porque se echaron a reír.
Poco después, la mayoría de las jóvenes iniciadas se dispersaron. Unas acudieron a la llamada de Thalia, su instructora, regresando al interior del templo, mientras que otras prefirieron ser parte de los varios grupos de guerreras que salpicaban el idílico paisaje de los jardines.
Los nervios de algunas de ellas estaban a flor de piel.
Solo faltaba una semana para el siguiente Pankrátion.
—¿Cómo se llama la instructora a la que tuviste que enfrentarte tú? —preguntó Enia.
La niña había decidido quedarse. Vestía el uniforme de entrenamiento y tenía el pelo dorado apelmazado por el sudor.
Vyx, que se había tumbado a regañadientes junto a las demás ascendidas, cediendo a las súplicas de Ifigenia, jamás admitiría en voz alta que se moría de ganas de pellizcarle esas mejillas sonrosadas.
—Es curioso que lo preguntes —dijo Elara—. Porque me pareció verla ayer.
Ifigenia miró las inmensas columnas del templo con una ceja alzada y dijo algo turbada:
—Es raro, ¿verdad? Que las demás ascendidas vinieran. No vienen nunca.
Vyx no pasó por alto que Elara y Cora tenían la misma expresión meditabunda.
Seguramente se preguntaban hasta qué punto estaría la Orden comprometida si las tres veneradas madres del Círculo y las ascendidas destinadas a permanecer en las islas habían acudido a la llamada de Hipólita con tanta premura.
Fue Iris, sentada a la izquierda de Vyx, quien contestó:
—No deberías preocuparte por tu Pankrátion, Ifigenia. Todavía eres muy pequeña.
La niña la miró fijamente. Notoriamente enfadada, empezó a arrancar matojos de césped, momento que Vyx aprovechó para darle a Iris un golpecillo en el brazo y decirle en voz baja:
—No le gusta que le digan que es pequeña.
—¿Alguien ha visto a Xanthe? —preguntó Elara, oteando el jardín. Después, como si acabara de recordar que todos los males del mundo tenían el mismo origen, miró a Vyx—. ¿No se supone que tenéis órdenes de quedaros juntas?
—¿Por qué tenéis esas órdenes?
Ninguna de ellas contestó a Ifigenia y Vyx le hizo un corte de mangas a su hermana de credo.
—No soy su puta niñera.
—No, pero Xanthe sí es la tuya. Como amiga dejas mucho que desear, ¿sabes? Bueno, dejas mucho que desear en general.
—¿A que te parto la cara?
—Chicas. —Cora suspiró. Daba la impresión de estar más cansada que nunca—. Por favor.
Pero Elara y Vyx continuaron en su empeño de matarse con la mirada.
—¿Queréis jugar a un juego? —preguntó Ifigenia.
Y todas contestaron al unísono:
—No.
—¡Pero si será divertidísimo! Es para conocernos mejor. —Recogió las piernas después de cruzarlas y miró a sus referentes guerreras con una sonrisa de oreja a oreja—. Venga, empiezo yo. ¿Qué os hubiese gustado ser si Artemisa no os hubiese elegido?
Contra todo pronóstico, Iris fue la que menos reparo tuvo en responder.
—Pianista.
Los diferentes niveles de sorpresa de sus hermanas ascendidas suponían un preocupante indicio de que, a pesar de haber crecido juntas, eran prácticamente desconocidas.
—¿De verdad? —Cora sonreía—. No lo sabía.
—Soy ciega. —Iris sonrió—. La música es el color de mi mundo.
—Pues a mí me hubiese gustado ser astrónoma —dijo Elara—. Me encantan las estrellas.
Ni en un millón de años habría imaginado Vyx que las guerreras que la habían visto crecer soñaban con ser algo más que mis fieles servidoras.
Se revolvió incómoda y tanteó con la mano en el césped hasta dar con las gafas de sol, que descansaban junto a su aljaba y su arco.
Se las puso con la esperanza de que le dieran el poder de volverse invisible.
—¿Cora? —Ifigenia alzó las cejas con gesto risueño—. ¿Y tú?
—No lo he pensado —confesó tras un breve silencio. Como Ifigenia parecía decepcionada, suspiró y añadió—: Pero supongo que algo relacionado con el mar. Me gustaría tener un barco y poder ir a cualquier parte. El atardecer más bonito que he visto en mi vida fue en altamar.
Vyx tragó saliva. «No la mires», se dijo. «No la mires». Tan concentrada estaba en no traicionar ese pensamiento que no reparó en cómo Ifigenia gateaba hacia ella para luego tirarse encima suyo. La que definitivamente no era invisible suspiró y se bajó las gafas de sol.
—¿Qué quieres, renacuaja?
—Ahora te toca a ti. —Ifigenia le puso el dedo en la punta de la nariz—. Venga.
A decir verdad, Vyx ni siquiera se lo pensó.
—Camarera.
Elara soltó una risotada y Cora frunció el ceño. Iris, en cambio, puso atención.
—¿Camarera? ¿Por qué? —preguntó la niña.
—Porque así podría ver un montón de te…
—¡Vyx! —Cora la interrumpió con un grito agudo.
—¿Qué? —A Ifigenia se le iban a salir los ojos de las cuencas—. ¿Ver el qué?
Después de que Elara amenazara a Vyx con meterle una flecha por cierto orificio si no se comprometía a tener un mínimo de decencia delante de Ifigenia, el grupo se dividió en dos.
Mientras Cora hablaba con sus compañeras ascendidas en voz baja, Vyx e Ifigenia miraban el mismo cielo, tumbadas la una junto a la otra.
Cualquier persona que se hubiese acercado a ellas habría notado que tenían la misma postura y el mismo gesto pensativo.
Al final, se habrían marchado diciendo que Ifigenia parecía la mayor y Vyx una infante de cinco años.
—Me gusta mucho estar contigo —dijo Ifigenia de pronto, sonriente.
—Y a mí.
Como si quisiera darle la razón a esa hipotética persona que la habría definido como una infante de cinco años, Vyx pidió silencio a Ifigenia llevándose un dedo a los labios y, con la otra mano, arrancó un buen puñado de césped.
Se lo pensó un poco, pero la hubiese matado por dentro no hacerlo, así que efectuó el lanzamiento y una lluvia verde cayó sobre Elara, Cora e Iris.
Ni ellas tuvieron prisa alguna en darse la vuelta para acusarla en silencio ni a Vyx se le ocurrió otra manera mejor de disimular que tumbarse boca arriba y silbar una melodía cualquiera.
Ifigenia se rio. Después se abrazó a Vyx, descansó la mejilla sobre su abdomen y le preguntó:
—¿Y si no supero el Pankrátion?
Vyx, que había puesto oído a los comentarios de sus compañeras, captando algún no ha madurado y algún solo quiere llamar la atención, frunció el ceño y chistó a la niña con un:
—No quiero que digas esas cosas.
—Pero es verdad. No quiero ser una deshonra.
—Para empezar. —Vyx tiró de Ifigenia hasta haberla tumbado sobre su cuerpo, de manera que podían mirarse a la cara—. Tú nunca podrías ser una deshonra. ¿Te has visto entrenando, ricitos de oro? Solo puedo definirte con una palabra: guau.
Los ojos de la iniciada brillaban de emoción.
—¿Me has visto? ¿Crees que soy buena?