DE HOMENAJES Y CALLEJONES SIN SALIDA #2
—Necesito más tiempo —confesó Lucian como respuesta, y Vyx pensó que era un triste premio de consolación—. Quiero explorar todas las opciones antes de hacer algo que pondrá a prueba mi estabilidad mental. ¿Cómo están?
Irritada y desconcertada a partes iguales, la guerrera miró a Lucian con una ceja alzada.
—¿Qué?
—Tus compañeras —explicó ceñudo—. Xanthe parece agotada.
—No duerme muy bien.
—¿Has hablado con ella?
—¿Si he hablado con ella sobre qué?
—A veces se me olvida que careces de un mínimo de empatía. —Lucian habló tan bajo que la guerrera fue incapaz de oírlo—. Ve al templo esta noche, Vyx. No estés sola.
—Me gusta estar so…
—Hay una diferencia entre no tener a nadie y apartar a todo el mundo de tu lado.
Su tono de voz indicaba que hablaba desde la experiencia. Y, a eso, Vyx no supo qué decir.
Era la segunda vez esa noche que huía despavorida de una conversación que sin lugar a duda hubiera puesto en jaque la poca cordura que le quedaba.
Deambulando por los pasillos del Cerberos con una fiel botella de ron en la mano y muchos recuerdos bailando como furias a su alrededor, Vyx llegó a la conclusión de que nunca en la vida se había sentido tan perdida.
De hecho, no sabía cuándo había acabado en uno de los dormitorios de la segunda planta, tirada en una cama que olía a una mezcla de sudor y fracaso.
O puede que la que oliera a sudor y fracaso fuera ella.
En cualquier caso, llevaba un rato dándole vueltas a todas las decisiones que la habían llevado hasta ese momento de deplorable autocompasión, mirando fijamente, o tan fijamente como podía, la enorme mancha negra del techo con la rotunda certeza de que en eso se había convertido su vida: en una enorme mancha negra.
Se pellizcó el puente de la nariz, cogió aire y cerró los ojos para que las paredes de ese dormitorio impersonal no siguieran dando vueltas como una peonza.
Al cabo de un rato, que pudo ser cinco minutos o veinte, oyó el tímido chasquido de la puerta.
O eso le pareció. Por si acaso, decidió fingir que estaba muerta.
Así, tal vez, fuese quien fuese tendría un mínimo de compasión y no la molestaría.
No tuvo esa suerte. Contuvo el aliento cuando el incómodo colchón se hundió un poco más bajo el peso de un segundo cuerpo.
No se habría movido si no le hubiera parecido absurdo que alguien se tumbara a su lado para quedarse en absoluto silencio.
Vyx abrió los ojos y descubrió que Cora era la inesperada presencia que la acompañaba.
Tenía las manos cruzadas sobre el vientre y miraba el techo con extraña fijación.
En una situación del todo melodramática, y estando demasiado borracha como para no hacer algo de lo que seguramente se arrepentiría después, Vyx le dijo sin miramientos:
—Mi novia me ha dejado porque soy una paralítica emocional.
No sabría decir qué hizo Cora primero: sonreír o fruncir el ceño. La adepta se colocó de lado en la cama con un ademán calculado y le preguntó sin borrar la sonrisa:
—¿Qué es la parálisis emocional?
—¿Sinceramente, Cora? No tengo ni puta idea.
Por muy descabellado que fuera, y lo era, Vyx se rio a carcajadas.
Que Cora se riera con ella hizo que la pequeña habitación se llenara de una falsa alegría que rozaba el delirio.
Poco a poco, el silencio dio paso a la calma y la calma hizo que unas lágrimas empañaran los ojos de Vyx.
De hecho, si Cora no hubiera acercado la mano a su mejilla, pidiéndole con suavidad que la mirara, Vyx se hubiera echado a llorar desconsoladamente por primera vez en tiempo inmensurable.
—Creo que no deberías beber más por hoy. ¿Por qué huyes de nosotras?
Y Vyx se humedeció los labios despacio y se giró con la misma lentitud. Tumbada de lado y mirando a Cora a los ojos, negó de manera imperceptible con la cabeza y susurró:
—No soy de las vuestras.
—Claro que sí.
—No quieres que lo sea. No lo entiendes.
—Entonces explícamelo.
—No —rechazó Vyx con tono dócil, como si fuera una cachorra que se ha cansado de ladrar y prefiere dejarse en manos de la misericordia—. Porque dijeras lo que dijeras, gritaras lo que gritaras, no cambiaría nada. Soy una vergüenza y una deshonra para la Orden, y me da igual.
—Ya veo. —Los dedos de Cora bajaron en una delicada caricia por la mejilla de Vyx hacia el mentón—. ¿Sabes? Cuando estoy abrumada, lo único que se me ocurre hacer es buscar algo que me haga sentir otra cosa. Cualquier cosa.
—¿Algo como los dioses?
—Algo como tú.
Ninguna de las dos se dio cuenta de que su conversación era un intercambio de susurros. Como Vyx no supo qué decir, Cora continuó:
—Eres lo único de mi mundo que no entiendo.
Nunca te he entendido. A todas nos mueve lo mismo: servir.
Pero a ti no. —La sonrisa de Cora escondía cierta fascinación—.
Te dan igual los dioses, te da igual el credo.
Vyx, eres la única pieza de este perfecto puzle que no encaja ni quiere encajar.
Cuando Hipólita me ordenó que guardara el secreto sobre el asesinato de Gaia, verte haciéndole un corte de mangas a todo lo que da sentido a mi vida me ayudó a hacer las paces con mi rabia.
Fue como si… Fue como si te viera por primera vez.
La única admiración verdadera que Vyx había conocido era la de su hermana.
Echaba de menos ese reconocimiento todos los días, la incuestionable verdad de que su existencia había valido la pena, de que no había venido al mundo solamente para saber llevar unas gafas de sol ridículas, cantar de maravilla o degollar cuellos con envidiable maestría.
Ver esa admiración en los ojos de Cora, tumbadas en esa cama sin dueño, tan cerca la una de la otra que nadie podría haberla convencido de que estaba alucinando, hizo que Vyx sintiera algo inaudito.
Hizo que algo se encendiera en su interior y que recordara que no estaba tan muerta por dentro como creía.
Fue una emoción lo bastante inexplicable y poderosa como para que olvidara el dolor por unos instantes, para que bajara la mirada a la invitación implícita que era el suspiro entrecortado de Cora, pequeña, fiel y delicada.
Puede que Vyx solo quisiera sentirse menos ruin y puede que pensara que un beso tendría ese poder y puede que esa fuera la razón de que decidiera no moverse cuando los labios de Cora rozaron los suyos con íntima suavidad; que aceptara el beso, que lo correspondiera, que se dejara envolver por unos brazos cálidos y que de repente todo oliera a una reconfortante libertad.
Fueron momentos gloriosos hasta que la gloria llegó a su fin, arrollada por la culpabilidad.
Vyx se apartó de los labios de Cora y frunció el ceño como si una flecha le hubiera atravesado el esternón.
El cuerpo de Cora estaba debajo del suyo, estremecido y ansioso, a la espera de otro beso que no llegaría.
Volvían a ser una noche escarlata y un día gris.
—Joder —soltó Vyx con una parte de rabia y otra de vergüenza.
Después, se movió con torpeza y se sentó en el filo de la cama. Estuvo inclinada hacia delante y con las manos en la cara hasta que Cora también se deslizó sobre la colcha y se sentó a su lado. Entonces Vyx bajó los brazos, cerró con fuerza los ojos y susurró acongojada:
—No puedo hacer esto, Cora.
Y Cora guardó silencio durante lo que a ella se le antojó una eternidad.
Cuando su compañera ascendida se levantó y Vyx vio que se dirigía hacia la puerta, quiso pedirle perdón, pero no supo exactamente por qué y pensó que pedirle perdón por todo sería algo insultante, así que no lo hizo. Desde el umbral, Cora le dijo:
—Puede que ninguna de las dos debamos beber más por hoy.
Vyx se quedó a solas con la botella de ron y el fantasma de una admiración efímera.
Media hora más tarde, a pocos minutos de un ocaso que vaticinaba tormenta, la guerrera salió por la puerta principal del Cerberos sin despedirse de nadie.
Se ocultó bajo la capucha de la sudadera y bajó los tres escalones mientras buscaba las llaves en el pantalón.
Luego se colocó el casco, subió a la moto y puso rumbo a casa , y la tempestad partió con ella; la misma tormenta de siempre descargando agua y sombras sobre su mundo.
Ese atardecer, Vyx se sintió más lejos que nunca del sol.
En un callejón de Volos donde agua gris, luces de neón y falsos espectros presentaban un escenario de precaria decadencia, Vyx observaba la cúspide de los edificios intentando ver más allá de la cortina de aguacero.
Desde uno de esos balcones oxidados, un asesino encapuchado se había precipitado sobre ella dos meses atrás.
Vyx había vuelto al mismo callejón una y otra vez en busca de un hilo del que tirar, una pista que seguir, una huella capaz de revelar la identidad del asesino enmascarado que había puesto fin a la vida de tantas guerreras.
Por qué lo hacía, te preguntarás. ¿Quería ser una heroína? ¿Volver al templo con la cabeza del culpable y demostrar su valía? ¿O no era más que un atajo hacia la redención? Puede que simplemente no quisiera encerrarse entre cuatro paredes y estar a merced de tantos fantasmas.
Un golpe de viento la desprendió de la capucha y se sintió desprotegida por fuera y por dentro. Pero se quedó allí, en ese punto exacto, con la respiración desacompasada y la sensación de que el agua no solo le calaba el pelo y la ropa, también le calaba los huesos.
En aquella habitación, con Cora, había estado muy cerca de desbordar. Puede que lo necesitara: explotar y romperse en lágrimas que nunca se permitía llorar. No lo hizo.
Bajó la cabeza y, empapada como estaba, miró la gruesa y pequeña rama de un árbol que se balanceaba, preguntándose cómo habría llegado hasta el suelo desnivelado de ese callejón.
Le dio la impresión de que la lluvia brillaba alrededor de la rama.
Un efecto óptico proyectado por las luces de neón, quizá.
Cada gota que estallaba en el asfalto creaba una profusión de colores, y si se concentraba, si se concentraba de verdad, podía ver cómo cobraban forma y cómo revelaban el recuerdo hecho lluvia de dos hermanas mellizas que, de rodillas, trazaban con la punta de una rama las letras de una promesa eterna en un montón de tierra mojada.
Pudo dejar de mirar, pero tampoco lo hizo, no hasta que a la inocente risa de Rose se la llevó el viento.
Se fijó en una de las paredes, donde la lluvia volvió a pintarse de colores, despertando el recuerdo de los besos con sabor a vino y a chocolate que Astrid le había dado y, aunque en aquel momento Vyx no lo sabía, también a felicidad.
Astrid le dijo que había perdido un zapato y olvidó decirle que unas horas más tarde se perderían la una a la otra.
Con las manos en los bolsillos y un nudo en el pecho, Vyx giró sobre sus pies y comenzó a alejarse, de nuevo sin hilos de los que tirar.
Se puso los auriculares y caminó al ritmo de Hymn For The Missing, de Red, y sus pasos la llevaron hasta una calle estrecha que conocía muy bien.
No tenía claro por qué había ido hasta allí ni si sería capaz de entrar en el pequeño herbolario, pero se quedó.
Resguardada de la lluvia en la entrada de un bloque residencial, contempló cómo las luces de la tienda se apagaban una a una e, instantes después, Astrid salía acompañada de una chica joven de pelo rojo y ropas de miles de colores.
Las dos reían mientras la desconocida desplegaba un paraguas, protegiendo a Astrid de la tempestad.
Vyx se preguntó quién sería, de qué estarían hablando y si detrás de alguna de esas risas habría resquicios de dolor.
Retrocedió un paso cuando Astrid miró alrededor.
Por fortuna o por desgracia, no la vio. La chica del paraguas dijo algo, Astrid sonrió y se alejaron juntas bajo la lluvia.
Vyx se quedó allí, mirando cómo otra se llevaba lo que hace poco era suyo y preguntándose qué anhelaba más: recuperar a su hermana o el amor de una bruja.
Pero había algo que sabía a ciencia cierta: los dioses nunca permitirían que las tuviera a las dos.