La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE HOMENAJES Y CALLEJONES SIN SALIDA
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DE HOMENAJES Y CALLEJONES SIN SALIDA

DE HOMENAJES Y CALLEJONES SIN SALIDA

C ora susurró al oído de Vyx con su inconfundible y agradable voz de pajarillo:

—¿Qué crees que estará pensando?

Debo decir que estar un viernes por la noche en el Cerberos, el local más lúgubre de Atenas, borracha y humillada porque había perdido dos de las tres partidas de billar que se habían jugado, no era ni por asomo el plan ideal de Vyx para dar pistoletazo al fin de semana.

Había accedido a regañadientes cuando Xanthe expuso la inevitabilidad de las cosas: si invitaba a Cora, las demás acudirían también, como la manada de buitres petulantes que eran.

El pretexto de la velada no era otro que honrar la memoria de Faidra, pero el rictus escalofriante de Iris, sentada tras la mesa que estaba a rebosar de botellas vacías y vasos de cristal, contaba otra historia.

Vyx continuó entizando la suela del palo sin mucho esmero y contestó:

—Está pensando que, si el asesino nos encuentra aquí, estará preparada para atravesarle el pecho con su bastón espada. Así, cuando lo reduzca a un fiambre, podrá cerrarles la boca a todas las guerreras que la han infravalorado por ser ciega todos estos años.

Fue una respuesta mucho más elaborada de la que seguramente Cora esperaba. Las dos pasaron por alto que Iris había podido oírlas y que por eso sonreía.

—¿Y qué estás pensando tú?

Ni siquiera tres copas de más impidieron que Vyx se estremeciera al roce de los lánguidos dedos de Cora en su brazo. La miró desconcertada, por la caricia y por la pregunta, y respondió:

—Que estar todas juntas puede ser una ventaja o una soberana gilipollez.

En pie una al lado de la otra, bajo la luz amarillenta y vaporosa de una frágil bombilla, Vyx y Cora parecían una noche escarlata y un día gris.

A nadie le hubiera dado la impresión de que el Cerberos acogía entre sus tétricas paredes a cinco de las guerreras más letales de toda Grecia, y es que sin los uniformes de combate eran solamente un quinteto de jóvenes muy diferentes que bebían y competían en un bar.

Vyx entornó los ojos y observó el vestido floral con ribetes de Cora, fijándose especialmente en el contraste del fondo pálido y los pétalos violáceos.

Llamaba la atención porque era la única de las cinco con suficiente personalidad para llevar otro color que no fuera el negro.

Y a Vyx, en concreto, le llamaba la atención porque era mucha vitalidad para alguien que a veces parecía estar muerta.

Pero esa noche no. Esa noche, la mirada de Cora brillaba por culpa del vodka y de una emoción indescifrable bajo esa tenue sombra de ojos del mismo color que los pétalos del vestido.

—¿Vais a jugar de una vez?

La impaciencia de Elara rompió la insólita atmósfera de intimidad que había entre ellas.

Vyx se aclaró la garganta y dio un paso hacia la mesa de billar.

Estaba demasiado borracha para recordar a qué iban, si a lisas o rayadas, así que se dispuso a desentrañar el misterio mientras paladeaba un insulto y se apartaba el largo flequillo de un manotazo.

—Vamos a lisas —susurró Cora a su lado.

—A Faidra le gustaba el billar.

Todas las miradas se posaron en Xanthe. Vestía el negro desde el cuello hasta los pies y estaba sentada en la mesa para cinco, con la mirada perdida más allá de la barra.

Ni el mohín de Iris ni el carraspeo de Elara pasaron desapercibidos para Vyx, quien comentó, y estoy convencida de que no supo muy bien por qué:

—Rose le puso a Faidra polvos picapica en el pijama una vez.

Iris sonrió, melancólica.

—Así que fue ella. Faidra se pasó semanas buscando a la culpable.

—Lo recuerdo. —Xanthe acarició el borde de su vaso de cristal—. Se cabreó tanto que le pidió permiso a Hipólita para organizar un registro de todos los dormitorios.

—Supongo que ahora sabemos por qué nunca descubrió quién fue. —Cora esperó a que los ojos de Vyx se posaran en ella para añadir—: Rose nunca dejaba pistas.

Oír el nombre de su hermana en una voz que no fuera la suya siempre conllevaba una dolorosa puñalada en el corazón. Pero, por alguna razón, Vyx casi sonrió.

—El asesino enmascarado tampoco —espetó Elara, y la casi sonrisa de Vyx desapareció—. ¿No os parece raro que el Círculo no haya sido aún capaz de identificarlo? Aunque nadie me ha preguntado, voy a decirlo, porque alguien tiene que hacerlo: no creo que trabaje solo.

—¿A qué te refieres? —preguntó Xanthe, ceñuda.

—Pues a que nuestras misiones son confidenciales, cielo.

Solo el Círculo sabe adónde nos envía, y nuestras hermanas murieron antes, durante o después de una misión.

—Elara se encaminó hacia la mesa disimulando la cojera y se dejó caer con pésima elegancia en una de las sillas—.

Poneos en plan adeptas si queréis, preciosas, pero Hipólita sabe más de lo que dice.

El silencio que siguió a las sospecha manifiesta de Elara evidenciaba que, en mayor o en menor medida, eran también las sospechas de las demás. Los efectos del alcohol amargaban la desoladora huella de la pérdida y despertaban el miedo a ser las siguientes en morir.

—Lo atraparán —determinó Iris—. Es cuestión de tiempo.

—Sí. —Elara esbozó la sonrisa más irónica que había en su ser y dio un tirón de su camiseta gris, airada—.

Con un poco de suerte alguno de nuestros asesinatos desvelará la pieza del puzle que les falta.

Me muero de ganas de ver cómo nuestras dagas acaban expuestas en una de las vitrinas del gran salón como homenaje a nuestro memorable servicio.

—Elara —pronunció Cora con un inconfundible tono de advertencia.

—¿Qué? Puede que a vosotras os dé igual morir, pero yo no he llegado hasta aquí para que un psicópata con complejo de villano de Marvel me corte el cuello.

A Vyx le gustaba pensar que era una persona sencilla: temía lo que no entendía y odiaba lo que temía.

Y como estaba creciendo en ella un odio irrefrenable hacia esa conversación, soltó el ugh más dramático de su vida, dejó el dichoso palo sobre la mesa de billar y se marchó a una zona del bar en la que nadie pudiera recordarle que era la única guerrera que se había enfrentado al asesino enmascarado y sobrevivido para contarlo. Y que no lo había contado también.

Junto a la barra, le pidió a Alistair otro vodka solo. Exhausta hasta del mero hecho de respirar, apoyó los codos en la barra y se masajeó las sienes con los pulgares.

—¿Buscando un poco de soledad iluminadora?

Como si oír la voz de Lucian fuese lo peor que le podía pasar, Vyx gimió lastimeramente y escondió la cabeza entre los brazos.

—Tenemos que hablar, florecilla.

—Déjame en paz. Estoy borracha.

—Menuda novedad. El único día que te recuerdo sobria estos meses fue el mismo en que cometí la osadía de decir que no podías hacer trescientas flexiones y, por supuesto…

—Vyx giró un poco la cabeza y lo miró, muy contenta de repente—.

Hiciste trescientas dos flexiones solo para poder decirme, y cito textualmente: «A ver si así cierras esa bocaza de inmortal sabidillo».

La guerrera sonrió de oreja a oreja y dijo nostálgica:

—Fue la hostia.

Luego quiso coger el vaso que Alistair acababa de dejar en la barra, pero Lucian fue más rápido y levantó la copa a la altura de los ojos de Vyx antes de moverla fuera de su alcance.

—Tenemos que hablar —repitió el hechicero.

—¿Si te dejo hablar me devolverás la copa?

—No puedes vivir aquí, florecilla.

—No vivo aquí —protestó ella muy indignada.

—Pasarte la noche bebiendo, quedarte dormida entre los taburetes y salir por la puerta a mediodía solo para volver tres horas más tarde es una pensión completa.

—Lucian alzó la voz ante la imitación burlona de Vyx—.

No existo para pagarte el alcohol, ¿entendido?

Es la primera vez desde que regento este sitio que está en números rojos.

Y no voy a sacar el tema de tus horas de karaoke, porque no estoy preparado para hablar sobre eso todavía.

Anda, ponle un vaso de agua, Alis. —Lucian sonrió al oír a Vyx gruñir como un animal salvaje—. Su hígado nos lo agradecerá.

—Mi hígado está perfectamente, gracias —informó Vyx.

—Permíteme que lo dude.

—¿Por qué no te conviertes en un cuervo o en un gato un ratito y me dejas tranquila, joder?

—Qué malos humos te gastas cuando tienes el corazón roto. —Lucian chasqueó la lengua y se agachó en el momento justo, esquivando así el puñetazo malintencionado de Vyx—. Y también tienes muy mala puntería. Menos mal que mi vida no depende de ti.

—¡No! Pero ¿sabes qué dependía de mí? Encontrar el guardapelo y conseguir las cenizas de un fénix. He cumplido con mi parte. ¿Sabes tú dónde está el grimorio? ¿No? Vaya. Guau.

Lucian chasqueó la lengua. Luego miró hacia el grupo de ascendidas, quienes no se molestaron en disimular el descarado e incómodo escrutinio. El hechicero dijo:

—Veo que estás en la fase de meterte con tus amigos para ahogar las penas.

—No, estaba en la fase de emborracharme hasta que me has ofrecido un vaso de agua.

—Esto hubiera sido mucho más rápido si el aagonaz hubiese funcionado, pero parece ser que lo único que quiere encontrar tu corazón es a Astrid.

—Vyx resopló—. De todas formas, te aseguro que esté donde esté el grimorio, esa misión te exigirá mucho más que nada a lo que te hayas enfrentado hasta ahora.

No puedes ir por la vida dando tumbos y apestando a alcohol, ¿vale?

—Lucian clavó esos ojos grises y negros en Vyx—. Bébete el agua y no seas agonías.

Se miraron durante lo que bien pudo ser una eternidad hasta que Vyx maldijo en voz baja, tomó el vaso de agua y se lo bebió de un lacónico trago.

Todavía le escocía en el orgullo que las visiones potenciadas por el aagonaz solo fueran capaces de llevarla hasta Astrid, como si su exnovia fuera todo lo que su corazón quería hallar.

—¿Estás contento?