DE CENIZAS Y ENCRUCIJADAS #2
Las paredes del templo continuaron bebiendo del odio de Vyx durante un buen rato.
Muchos años más tarde, aunque sola, la misma niña continuaba desafiando a la venerada sacerdotisa y a los dioses.
Vyx se tragó cualquier remordimiento y guardó un puñado de cenizas en la bolsita de tela.
Se preguntó si el hecho de que fuera incapaz de poner en voz alta la palabra muerte sería una señal inequívoca de que había algo del todo retorcido en lo que estaba haciendo.
Eso y que, por más que se esforzara en dilucidar la respuesta, no estaba completamente segura de si el fénix sería capaz de volver a renacer sin la totalidad de sus cenizas.
—Y recuerda que debo viajar a Siro en un par de días.
Vyx guardó la bolsita de tela con las cenizas en el bolsillo derecho de la chaqueta cuando Hipólita entró en el despacho y se dio la vuelta.
La expresión de la adalid denotaba cierta sorpresa, pero fue Thalia, quien la acompañaba, la que expuso sus pensamientos en voz alta con el tono mordaz de siempre.
—¿Qué haces aquí?
A lo que Vyx respondió con otra pregunta.
—¿Te refieres a este espacio en concreto?
¿O lo dices más en plan cuál es mi lugar en el mundo?
—Entrelazó las manos en la espalda—. Porque la verdad es que no tengo ni puta idea, eh.
Supongo que al final todos somos un conjunto de átomos, ¿no?
Y que danzamos de un lado para otro como piojos hasta que uno de Los Doce decide darnos form…
—Me refiero al despacho de Hipólita, payasa —atajó Thalia—. Juro por los dioses que no entiendo cómo puedes hablar y respirar a la vez con lo tonta que eres.
—Basta. —Hipólita lanzó a ambas una severa mirada y se dirigió hacia su escritorio. Tomó asiento, miró a Thalia y le dijo—: Encárgate de lo que hemos hablado y retírate, por favor.
—Ya lo has oído. —Vyx movió la mano en señal de despedida—. Adiós.
Su compañera frunció los labios como si así pudiera contener todo el veneno que se le acumulaba en la punta de la lengua.
Fue la mirada que le lanzó Hipólita lo único que consiguió que se marchara sin añadir nada más.
Ya a solas, la adalid echó un vistazo a su discípula mientras rescataba unas gafas de medialuna del desorden de la mesa y las colocaba sobre una pila de informes arrugados.
—¿Y bien? ¿A qué debo tu inesperada visita?
—Solo me pasaba para saludar —respondió Vyx, alejándose del fénix como un ladrón que deja la escena del crimen—. No debe de ser fácil lidiar con toda esta montaña de mier…
—Quiero la verdad, Vyx. Como bien has dicho, esta situación no es fácil y preferiría no perder tiempo con tus célebres mentiras.
—Es la verdad —alegó Vyx, sorprendida por la inesperada mordacidad de la adalid—.
Hemos perdido a muchas adeptas, y he pensado que a lo mejor necesitas un hombro en el que llorar.
No es que yo sea la mejor candidata para eso, y tampoco espero que lo aceptes, pero Rose siempre decía que la intención es lo que cuenta.
Hipólita dejó escapar un suspiro que rebosaba extenuación y la invitó a sentarse.
—La Orden está pasando por tiempos difíciles, Vyx. Tengo cuarenta carpetas con posibles candidatas para la adopción, pero no hago más que preguntarme de qué sirve que las acoja en el templo si soy incapaz de proteger a las que ya viven aquí.
Vyx, que había tomado asiento al otro lado de la mesa, permaneció cabizbaja y meditabunda hasta que, para su sorpresa, se le ocurrió que debía abogar en defensa de la adalid.
—No es culpa tuya si nos están masacrando.
—Por supuesto que lo es. Lo es cuando sois incapaces de depositar vuestra confianza en mí, y lo es cuando elegís mentir a vuestras hermanas por temor a que os delaten.
—Ante el gesto de confusión de Vyx, añadió—: Lo que estoy a punto de contarte no puede salir de este despacho, ¿lo has entendido?
—Vyx asintió e Hipólita se inclinó hacia delante—.
Como bien sabes, el sistema de compañeras ha sido bastante eficaz en cuanto a las ascendidas se refiere.
—A Faidra no le fue tan bien, ¿eh? —objetó con el tono más neutral que pudo hallar en su ser—. O igual es que Thalia no le puso mucho entusiasmo a eso de proteger el culo de alguien que no fuera el suyo.
La mirada de Hipólita la hizo arrepentirse de sus palabras de inmediato.
—Thalia no sabía que Faidra saldría ese día. Faidra le dijo que iba a estar entrenando, cuando lo que hizo en realidad fue salir a hurtadillas del templo para verse con un chico en el pueblo.
Vyx arqueó las cejas, sorprendida. ¿Faidra había desobedecido las órdenes de Hipólita? Y por verse con un chico, ni más ni menos.
—¿Esto es una cámara oculta?
—Interrogué a Thalia de inmediato. Estaba demasiado conmocionada para considerar mentirme. Aunque sobra decir que Thalia siempre ha sido una buena chica, leal y sincera…
La adalid seguía hablando, pero un pensamiento empezaba a hacerse camino a pasos agigantados en la mente de Vyx: nadie conocía aquella información.
Hipólita se lo había contado porque confiaba en ella.
¿Y cómo se lo pagaba? Su mirada vagó de forma inconsciente hacia el atril donde reposaba el fénix.
De repente, el bolsillo derecho de la chaqueta le pesaba un quintal.
—Y tengo miedo, claro —proseguía Hipólita—. Miedo por todas vosotras. Miedo por no ser capaz de protegeros.
—No es responsabilidad tuya —dijo Vyx—. Nos has dado las herramientas para defendernos.
Nos has entrenado durante años y algunas hemos pasado la ascensión por un motivo.
Si resulta que Faidra creía que era más importante ver a un tío cualquiera que su propia seguridad, no es culpa tuya.
Las decisiones que tomamos son las mismas que nos definen, y ella tomó la suya.
Hipólita se quedó mirando a Vyx durante unos largos segundos.
Sospecho que la adalid podía estar preguntándose en qué momento la joven adepta que tenía delante había madurado tanto.
Lo que sí puedo decir sin miedo a equivocarme es que Vyx sentía, mirando a Hipólita a los ojos, que se le caería la cara de vergüenza de un momento a otro.
Puede que fuera un mísero segundo, tan irrelevante y pasajero que ni siquiera los dioses podríamos detectarlo y mucho menos recordarlo, pero Vyx se preguntó hasta dónde estaba dispuesta a llegar para recuperar a Rose y dónde estarían los límites de su propia hipocresía.
Resolvió que, como no estaba preparada para averiguarlo, huir era la solución más fácil.
Se puso en pie.
—¿Cómo está Xanthe? —preguntó la adalid.
—Bien. Está dando vueltas por los jardines —mintió Vyx descaradamente—. No me deja ni a sol ni a sombra. Y, a ver, es normal porque tenemos que protegernos mutuamente y todo eso. Aún tengo que acostumbrarme a lo de tener niñera…
—No es tu niñera. Elegí a Xanthe porque sé que tenéis una bonita amistad e intuí que te sería más fácil trabajar con ella que con las demás.
—Pues tenías razón. Es una maravilla. Bueno, tengo que… irme. —Señaló con el pulgar hacia la puerta—. Ya sabes, las misiones no se completan solas, ¿eh? Hay que mantener contenta a la diosa ahí arriba. Así que… Pues eso, no te martirices mucho y… nos vemos.
Hizo un gesto con las manos a modo de pistolitas como toda despedida y giró sobre sus pies.
Aunque no quiso correr, sí abrió la puerta de un fuerte tirón.
No fue hasta que estuvo a solas en el pasillo que dejó escapar un suspiro largo y tendido.
A Vyx nunca le había importado desafiar a la Orden y a la furia de los dioses.
De hecho, una parte de ella sentía que no había hecho otra cosa desde que pisó los jardines del templo por primera vez.
Esa tarde, sin embargo, Vyx se marchó con la certeza de que se había defraudado a sí misma.