DE CENIZAS Y ENCRUCIJADAS
DE CENIZAS Y ENCRUCIJADAS
S egún Jean Paul Sartre, una batalla perdida es una batalla que uno piensa que ha perdido.
Aquellos dos meses transcurridos desde que Astrid rompiera con ella llevaron a Vyx a preguntarse hasta qué punto su relación estaba perdida y cuánta de la culpa era suya.
El pensamiento constante e intrusivo de que Rose estaría profundamente decepcionada con ella le impedía dormir por las noches y, aunque no había vuelto a emborracharse hasta el punto de ver su presencia fantasmagórica como un eidolon salido del mismísimo Tártaro, nada le había impedido recrear esos ojos verdes capaces de ver mucho más allá de su alma ni oírla decir que su felicidad estaba a solo una disculpa de distancia.
Lamentablemente, Vyx no estaba preparada para aceptar todos los errores que Astrid había enumerado ni estaba dispuesta a admitir que tenía una parálisis emocional, significara eso lo que significara.
Por si fuera poco, la desconfianza había crecido a niveles impensables en el templo de la Orden.
El asesino que estaba diezmándolas una a una seguía suelto y el Círculo no daba abasto en su investigación.
Suponía un enigma en toda regla que el misterioso enmascarado no fuera solo capaz de batirse contra las ascendidas, sino que consiguiera acabar con ellas de una manera tan eficaz.
La última pérdida había sido Faidra, y su muerte había provocado que el carácter abominable de Thalia se intensificara.
El teléfono de Vyx emitió una serie de pitidos en el momento en que atravesaba los pasillos del templo con aires despreocupados, fingiendo que era algo más que un corazón irremediablemente roto. Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó el móvil a toda prisa.
En otras circunstancias menos apremiantes, Vyx le hubiese respondido a Xanthe con un comentario sarcástico sobre sus tendencias alcohólicas, pero no tenía tiempo que perder: Hipólita se encontraba ultimando los detalles para el próximo Pankrátion, así que Vyx solo contaba con unos preciados minutos de margen que no debía desaprovechar.
Por eso puso el teléfono en modo silencio y, tras echar un vistazo a ambos lados del pasillo, se coló sigilosamente en el despacho de la adalid.
A pesar del caos en el que se había sumido la Orden, Hipólita mantenía ese espacio con absoluta pulcritud.
Vyx recordó todas las veces que había imaginado a Rose ocupando el lugar de la adalid y lo mucho que le gustaban a su hermana esos dos amplios ventanales que presentaban una maravillosa panorámica de los jardines.
El escritorio de roble estaba forrado de libros y papeles, que eran en su mayoría misivas del Círculo o elaborados informes sobre las posibles candidatas a la adopción.
A Vyx nunca le había interesado mucho el proceso de selección, a decir verdad.
De hecho, llegó a compartir con Rose sus sospechas de que era yo la que aparecía en los sueños de Hipólita con una lista de nombres.
Fuera como fuere, pasó de largo sin prestar atención a nada más y se plantó frente al pequeño atril, en el que un fénix de apenas un mes dormitaba sobre sus propias cenizas.
—Tú puedes —susurró para infundirse ánimo—.
Nadie se dará cuenta. Además, ¿para qué necesita un pájaro mutante todas esas cenizas?
—Mientras rezongaba, sacaba la bolsita de tela que Lucian le había brindado para la ocasión—.
Le estoy haciendo un favor, no vaya a ser que al respirar se atragante sin querer.
Convencida de su propio discurso, dio un paso más, pero se vino abajo cuando el pájaro abrió el pico y la miró directamente.
Vyx observó con detenimiento esos globos oculares de un gris pálido que le provocaban un escalofrío en la espina dorsal y una desagradable sensación en la boca del estómago.
En un arrebato de dudosa valentía, alargó una mano hacia el fénix y el mundo empezó a girar muy rápido a su alrededor, como si estuviera en la cubierta de un barco que flota en el corazón de una tormenta.
El fénix ladeó la pequeña cabeza y miró con inocente curiosidad esos dedos que se habían quedado a escasos centímetros de las cenizas que eran su cama.
Allí de pie, atrapada en un dilema moral, Vyx era exiguamente consciente de la brisa que entraba por una de las ventanas abiertas y de las voces de las guerreras al otro lado de la puerta cerrada.
Rose le diría que si cometía ese acto de traición, no habría vuelta atrás. Le diría, también, que no podría volver a mirar a Hipólita a la cara sin recordar lo que había hecho.
—Que le jodan. Que le jodan, Ro. Ni siquiera intentó traer tu cuerpo a casa —dijo con toda la rabia que le ardía en las venas—. Siempre quise largarme de aquí.
Y había expresado ese deseo desde el principio.
La guerrera recordaba como si fuera ayer la primera vez que estuvo allí.
El despacho de Hipólita olía a flores silvestres el día que la pequeña Vyx de once años recién cumplidos se sentó en esa silla mucho más grande que ella frente a la adalid de la Orden Arktoi.
Se había cortado el pelo y los mechones desordenados se le pegaban a la barbilla.
Apretaba los dedos en los brazos de la silla y tenía los ojos irritados y muy abiertos, pero en lugar de mirar a la imponente mujer que vestía una túnica morada e impoluta, observaba al fénix que descansaba en el alféizar de la ventana.
No porque estuviera hipnotizada por esas alas que parecían envueltas en llamas, sino porque era otro culpable de su mala suerte.
—Veo que no te has puesto el colgante —comentó Hipólita, recuperando la atención de Vyx.
La pequeña la miró fijamente y dijo:
—No.
—¿No te gusta? A tu hermana le encanta.
—A mi hermana le gustan un montón de cosas.
Hipólita sonrió y alzó ligeramente el mentón como respuesta.
—¿Por qué nos has adoptado? —preguntó Vyx.
—¿Es eso lo que te preocupa?
—Había un montón de niños y niñas en el orfanato.
—No os elegí yo. Lo único que he hecho es cumplir con la voluntad de los dioses.
Vyx entrecerró los ojos y empezó a balancear las piernas, que colgaban de la silla.
—¿Y cómo te lo han dicho a ti los dioses, eh? ¿Lo han escrito en las nubes?
—Sé que estás asustada, pero no tienes nada que temer.
—No te creo. He visto lo que hacen esas mujeres. Rose y yo no queremos luchar.
—¿Rose y tú? —La adalid parecía estar intentando desentrañar un misterio—. ¿O tú? Porque cuando se lo expliqué a tu hermana parecía encantada con la idea de convertirse en una…
—Porque el orfanato era una mierda, listilla, y no tenemos nada más. Pero cuando seamos mayores, nos largaremos de aquí y haremos lo que nos dé la gana, ¿te enteras?
La sacerdotisa se humedeció lentamente los labios y dijo:
—El servicio a Artemisa es para toda la vida, Vyx. Estudiaréis y aprenderéis. Pronto pasaréis por el rito de Iniciación y haréis vuestro juramento de lealtad.
—Porque tú lo digas.
—Solo entonces empezaréis a entrenar. A los dieciséis os enfrentaréis a vuestra instructora en el Pankrátion, y si ganáis, os convertiréis en guerreras, a la espera de la ascensión final.
—¡Que no quiero hacer nada de todo eso! Y Rose tampoco. No podéis obligarnos.
Hipólita fue testigo de la fiereza y el miedo que brillaban en esos vivos ojos azules. Habían sido muchas las niñas que se habían sentado en esa misma silla, pero en ninguna de ellas vio el pánico visceral que veía en Vyx. Todas llegaban sintiéndose perdidas. Vyx quería seguir estándolo.
—Te guste o no, este será tu hogar. Eres muy pequeña y tienes mucho que aprender.
—Nos escaparemos.
—Os encontrarán. Sé que te da miedo que te separen de tu hermana…
—Cállate. No puedes hacer eso.
—No guardo intención alguna de hacerlo, Vyx, pero si insistes en oponerte a tu destino, tus propias acciones te alejarán de ella. Este templo es solo una parte de la Orden. Las aspirantes a guerreras que no son aptas para el combate y no superan el Pankrátion, son enviadas al Círculo.
—¿Círculo? ¿Qué Círculo?
—Si Rose supera su prueba y tú no, puede que no vuelvas a verla.
—Es mentira. Estás mintiendo. —Hablaba con muchísima rabia, y no creo que se hubiera dado cuenta de que también lloraba—. Mentira, mentira, mentira.
—Quiero que entiendas que no es una amenaza. Todo irá…
Vyx bajó de la silla de un salto, puso las manos sobre el majestuoso escritorio de la adalid de la Orden y se inclinó hacia delante.
Miraba a Hipólita con un odio que no debería tener cabida en una niña tan pequeña mientras se estremecía de pies a cabeza, como si acabaran de arrancarle lo más preciado de su corta existencia.
Pero las palabras que dijo a continuación salieron de sus temblorosos labios despacio, como solo cabría esperar de la más férrea de las determinaciones.
—Algún día te arrepentirás de haberme elegido. Nadie me quitará a mi hermana.
—Siéntate —fue todo lo que dijo Hipólita.
—Te odio. ¡Te odio más que a nadie en el mundo! ¡Te odio, te odio, te odio!
Hipólita se puso en pie y guardó silencio mientras la pequeña recluta arrastraba con los brazos todo lo que pudiera haber a su alcance en el escritorio.
Los libros caían con golpes secos, un par de frascos se hicieron añicos y decenas de papeles planearon por encima de la cabeza de una niña que estaba muerta de miedo.
Como era de esperar, una de las instructoras de la Orden que aguardaba al otro lado de la puerta entró a razón del escándalo.
—Llévatela, Cleta —ordenó la adalid—. Y asegúrate de dejarla con su hermana.
Tras un escueto asentimiento, disimulando la conmoción de estar presenciando tan terrible escena, Cleta se acercó a Vyx y la envolvió con firmeza. Pidió a la niña que se calmara mientras la alzaba del suelo y se giraba con ella entre los brazos, dispuesta a llevársela.