DE SANGRE Y REVELACIONES
DE SANGRE Y REVELACIONES
L os minutos que pasaba aislada en la ducha no conseguían borrar de sus retinas la sonrisa macabra de esa máscara turbia y escalofriante.
El agua que caía sobre su tersa piel y se teñía de rojo con cada costra de sangre seca que se llevaba se perdía después por el desagüe, limpiándola por fuera y dejándola igual de sucia por dentro.
Vyx reproducía con recelosa obsesión los movimientos del asesino enmascarado en su cabeza; cada giro, cada evasiva, cada gesto.
Tenía una sensación de familiaridad clavada en el pecho y el ceño fruncido en un rictus incómodo.
¿Habría conseguido matarlo?
¿Yacería su cadáver en una recóndita calle de Volos?
¿Debería contárselo a la Orden?
Cerró el grifo e inspiró profundamente. Al salir de la ducha, alcanzó la toalla y se enfrentó al espejo.
Paseó los dedos por los incontables cardenales sin inmutarse por el dolor.
El hematoma más oscuro ocupaba gran parte del costado derecho y el corte de la mejilla era la única herida que había empezado a cicatrizar.
Mientras se secaba el pelo, volvió a reproducir obsesivamente los movimientos del encapuchado; cada giro, cada evasiva, cada gesto.
Cerró los ojos y dejó la toalla a un lado. Luego cogió una camiseta de Oasis del montón de la ropa limpia y empezó a vestirse en silencio.
El pelo de Vyx todavía estaba húmedo cuando llegó al umbral del salón, donde vio a Astrid junto a la ventana.
Su novia tenía una taza en las manos y vestía una de las camisetas negras de Vyx que le hacían las veces de vestido.
Ninguna de las dos había mediado palabra desde que llegaron y, aunque a Vyx le hubiese encantado poder seguir achacándolo a la conmoción, empezaba a sospechar que por muy despejado que estuviera el cielo al otro lado de la ventana, una tormenta se avecinaba en su apartamento.
Vyx se llenó el pecho de aire, avanzó unos pasos descalza y preguntó:
—¿Estás bien?
Se sintió fatal cuando vio a Astrid dar un brinco. Por si fuera poco, la mirada que le lanzó fue una dolorosamente vacía, y su manera de asentir demasiado apática.
—Te he preparado un tónico —dijo Astrid. Luego cabeceó hacia la pequeña mesa auxiliar, indicando dónde estaba la taza, antes de darle otra vez la espalda—. No se podrá comparar a tus habilidades regenerativas, pero te ayudará. ¿Te duele?
—Son solo unos rasguños.
Incómoda por el silencio que siguió a sus palabras, Vyx decidió sentarse en el sofá y entretenerse con el tónico que olía a sándalo y canela.
Despedía tanto calor que consideró conveniente soplar antes de probarlo.
Entre sorbo y sorbo, observó a Astrid, cuya mirada se perdía mucho más allá del cristal.
—¿Quién era ese? —preguntó Astrid al cabo de unos segundos.
Vyx dio otro sorbo al tónico para ganar así algo más de tiempo, como si todos los momentos trascendentales de su vida pudieran posponerse con una bebida caliente.
Como no podía ser de otra manera, la guerrera mintió:
—No lo sé.
No esperaba que Astrid se diera la vuelta tan veloz ni que la mirara con semejante dureza. Su larga melena rubia ondeó como si hubiera sido barrida por el viento, y Vyx reconoció en sus ojos esa furia de quien sabe que no le están diciendo la verdad.
—¿Por qué nos ha atacado?
—Soy una arktoi, Astrid. Es lo que tiene estar al servicio de una diosa. Quiero decir, es de esperar que la Orden tenga enemigos. Llevamos mucho tiempo juntas y la verdad es que ya empezaba a preguntarme en qué momento mi mundo colisionaría con el tu…
—No me hables como si fuera tonta, Vyx. —Astrid dejó la taza sobre la mesa, se cruzó de brazos y alzó ligeramente el mentón—. Sé perfectamente que estás ganando tiempo con palabras vacías mientras elaboras una excusa convincente.
—Primero: no te hablo como si fueras tonta —objetó Vyx ceñuda—. Y segundo: has preguntado por qué nos han atacado y te he contestado, ¿no?
—¡No hagas eso!
El grito hizo que Vyx se tensara como una cuerda. No estaba acostumbrada a que le alzara la voz y no le gustó en lo más mínimo. Astrid continuó:
—He intentado ser comprensiva. Los dioses saben que lo he intentado con todas mis fuerzas.
Me he repetido mil veces que lo único que necesitabas era espacio y comprensión, que no era justo que te presionara ni que te pidiera algo que no estabas preparada para darme, que el trauma te había dejado paralítica emocionalmente. ..
—Te juro que no sé de qué estás hablando.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si estuviera haciendo un mundo de un grano de arena.
Vyx puso los ojos en blanco con tanto brío que le dolió la cabeza.
—Mira, Astrid, acabo de salvarnos la vida y tú te pones como un basilisco por Artemisa sabe qué razón, así que perdóname si te miro con un poco de confusión en los ojos, eh.
Astrid la miró fijamente.
—¿Por qué me mientes? Llevas mintiéndome meses.
—¿Pero qué tonterías dices? —Dejó el tónico en la mesa—. ¿Es que todo lo que sale de mi boca va a ser una mentira o qué? Es la puta verdad, joder. Hay un asesino matándonos y…
—Espera. —Astrid alzó ambas manos como si pidiera un tiempo muerto—. ¿Cómo que hay un asesino matándoos? ¿El de esta noche? ¿Alguien ha muerto? ¿Cuándo pensabas contármelo?
—Pues no pensaba contártelo, porque no es asunto tuyo.
—¿Que no es asunto mío? —repitió Astrid, incrédula—.
¿De verdad estás diciéndome que no es asunto mío que mi novia sea el objetivo de un asesino enmascarado?
Vyx, hace unas horas estabas frente a mi puerta suplicándome que volviera contigo.
Dime, ¿por qué quieres que estemos juntas si no confías en mí?
Las preguntas del corazón eran las preguntas para las que Vyx nunca tenía respuesta. Podía explicar una puesta de sol y ahora también la finalidad de tres tenedores distintos; pero saber por qué quería lo que quería escapaba a su infantil entendimiento.
—Claro que confío en ti.
—Tus mentiras me demuestran lo contrario.
—Técnicamente no te he mentido, solo he ocultado información.
—Ocultar información es un eufemismo de mentir.
La rabia de Astrid se evaporó como agua bajo el sol y dio paso a una aguda y desesperanzadora tristeza, capaz de conseguir que Vyx deseara volver a tragarse cada una de las palabras que había vomitado. Aunque, como siempre, ya era tarde.
—Estoy muy cansada de esta situación, Vyx. No te haces una idea de cuánto. Me repito que lo nuestro funcionará algún día porque te quiero, y sé que tú también me quieres a tu manera. Pero la verdad es que tu manera de quererme cada vez me convence menos.
Vyx se preguntó qué otra manera habría de querer.
Cuando era pequeña no creía en el amor. A decir verdad, en una minúscula pero indeleble parte de ella prevalecía y prevalecería siempre cierto escepticismo.
No se trataba de lo poco dispuesta que estuviera a amar a Astrid, sino de ese profundo pavor que le estremecía los huesos a la inexplicable casualidad de que Astrid pudiera amarla a ella.
Al fin y al cabo, Vyx había crecido amando a alguien con todo su corazón y había sufrido las consecuencias de ese deseo innato por cumplir unas expectativas inalcanzables.
Para Vyx, el amor era la búsqueda de la aceptación, era alejarse a pasos agigantados de la decepción.
El amor era Rose. Todo lo demás era un planeta sin descubrir, una galaxia entera de aterradoras incertidumbres.
Y, sin embargo, a pesar de lo alto y fuerte que esa minúscula e indeleble parte de ella gritara que no creía en otra clase de amor, Vyx se puso en pie y se acercó a Astrid.
La miró con sincero arrepentimiento y le dijo:
—Lo siento. Siento no habértelo contado.
Y siento que... que se haya hecho esta distancia entre nosotras.
Sé que estos meses no ha sido fácil soportarme y sé que tienes razón en eso de la parálisis emocional, aunque no entienda qué significa.
Me cuesta volver a conectar con la persona que era antes.
Esa persona tenía a alguien que le recordaba quién era, y yo ya no la tengo.
—Sé que es difícil para ti vivir sin Rose.
Vyx cerró los ojos.
—Lo es.
Anhelaba decírselo, ponerlo en voz alta, compartirlo con ella. Saltar al vacío otra vez. «Por muchas veces que le pidas perdón a Astrid, Vyx, lo único que vas a conseguir es posponer lo inevitable. La verdad siempre sale a la luz».
—¿Vyx? —insistió Astrid.
Abrió los ojos y se encontró con el rostro de Astrid a escasos centímetros del suyo. Como temía que ese salto de fe se lo arrebatara todo, Vyx decidió besarla. Fue un beso profundo. Fue de la clase de besos que piden perdón anticipadamente.
—Vyx…
Astrid la miraba, pero ella no.
—Encontré un ritual de resurrección en el templo. Por eso he estado ausente estos días. Tuve que viajar para encontrar uno de los elementos y...
—¿Un ritual de resurrección?
Hubo un tirón y luego un gran vacío. La reticencia y el pánico fueron los únicos obstáculos que hicieron a Vyx apretar un segundo los párpados antes de abrirlos. El gesto de Astrid era de absoluta incredulidad. Se había alejado de ella como si tuviera una enfermedad contagiosa.
—Volverá a estar con nosotras, Astrid. Conmigo —añadió Vyx, en un desesperado intento de hacerle comprender lo que ese ritual significaba para ella—. Solo necesito dos cosas más: las cenizas de un fénix y el grimorio de Hé...
—¿¡Es que te has vuelto completamente loca!?
La guerrera se quedó paralizada y con una sensación extraña en la boca del estómago.
—¿Loca por querer recuperar a mi hermana?
—Loca por recurrir a una magia prohibida —acusó Astrid, acercándose a ella—. Loca por quebrantar las leyes de la vida y de la muerte. Loca por creer que Hades te permitirá reclamar un alma de su reino. ¡Loca por haber esperado tanto tiempo para contármelo!
—Astrid, por favor…
—Si me lo hubieras contado antes te habría quitado esa estúpida idea de la cabeza. Pero no, claro que no. Es mejor mentirme a la cara. Es que… Esto es nuestra relación, ¿no? Un montón de mentiras con las patas cada vez más largas.
—¡No te lo conté porque sabía que no lo entenderías!
—explotó Vyx, elevando el tono una octava más de lo normal—.
¡Que me juzgarías! Se te llena la boca con palabras de lo mucho que me quieres, pero solo quieres a una versión idealizada de mí, esa versión en la que soy blandita y todo son arcoíris de colores.
En cuanto ves que las cosas se complican, ¡te echas atrás!
—¡Eso no es verdad! ¿Cuántas veces te he preguntado si estabas bien? ¿Cuántas veces he esperado que me dijeras que no lo estabas para poder hablar sobre esto?
—¿Hablar? —Vyx soltó una carcajada que reverberó en el apartamento—. ¿Hablar de qué? ¿De lo rota que estoy por dentro? ¿De lo vacía que me siento sin mi hermana? ¿De que no pasa ni un puto día en el que no desee cambiarme por ella y ser yo la que esté muerta?
Astrid apretó los labios. Respiraba tan descontroladamente como Vyx.
—Desahogarse es fundamental para superar un trauma.
—¿Es así cómo superaste la muerte de tu madre? —espetó Vyx, y estoy segura de que no se paró a pensar en lo que decía—. ¿Desahogándote con tu hermanito?
La bofetada que le cruzó la cara le dejó un calor picante en la mejilla. Astrid se dio la vuelta en busca de los zapatos. Cuando los encontró, se los puso a toda prisa y dijo:
—Termínate el tónico.
Con esas tres palabras vacías, Astrid caminó hacia la puerta y la abrió de un tirón, cerrándola después de un portazo al salir.
Vyx parpadeó, sin comprender qué acababa de pasar.
Solo sabía que una mezcla de rabia y tristeza se le aglomeraba en el pecho.
Dio una vuelta sobre los talones, observando el apartamento vacío, y fue en ese preciso instante que el dolor la sacudió de manera asfixiante.
Echó a correr hacia la puerta del apartamento.
Se asomó y vio a Astrid a medio camino del largo pasillo, a punto de bajar las escaleras. La mirada que le lanzó fue tan afilada que Vyx supo que ninguna palabra, por sincera que fuera, podría arreglar lo que ya estaba indudablemente roto. Pero lo intentó.
—Astrid —suplicó—. Por favor. Deja que te lo explique. No hemos acabado de…
—Sí, Vyx. Hemos acabado —sollozó Astrid—. Se acabó.
Astrid desapareció y Vyx se quedó en silencio.
Estaba completamente segura de que si alguna vez llegaron a construir un mundo juntas acababa de morir, y con él se perderían los paseos por el puerto, las sesiones de cine, el arroz tres delicias, las caricias bajo las sábanas y, sobre todo, las promesas de un mañana juntas que ya nunca podrían cumplir.