DE DAGAS Y MÁSCARAS
DE DAGAS Y MÁSCARAS
T odas las luces de Volos se habían escondido de ese callejón.
La única claridad procedía de los destellos intermitentes de un televisor que se afanaban en crear sombras amorfas en las paredes, distorsionando los variados grafitis con mensajes obscenos y caricaturas cómicas.
Vyx tenía los pies clavados en el suelo.
Protegía a Astrid con su propio cuerpo mientras intentaba desentrañar los misterios de la figura oscura que se alzaba ante ellas.
Sin duda, el detalle más llamativo era la máscara completamente blanca y estilizada de una cara con una sonrisa sobredimensionada.
Reconoció que era una máscara de comedia griega.
Las ropas que el asaltante vestía eran negras, desde las botas hasta la capucha con forma de pico, y la chaqueta abotonada y holgada le dificultaba a la guerrera deducir si estaba ante un hombre o una mujer.
—Vyx.
La voz de Astrid destilaba tal pavor que la adepta apretó los dientes.
El encapuchado que tan bien había descrito Cora en el templo ladeó la cabeza, pero Vyx solo tenía ojos para el resplandor de la daga que empuñaba.
Le bastó un vistazo para calcular que la hoja mediría unos cuarenta centímetros.
¿Habría restos de la sangre de Gaia todavía en el filo?
En cualquier caso, Vyx acababa de decidir que iba a convertirse en la primera arktoi que viviría para contar el ataque del asesino enmascarado.
Lamentablemente, no hubo tiempo para pedirle a Astrid que se pusiera a salvo: los parpadeos agónicos del lejano televisor cesaron y, como si ese hubiese sido el pistoletazo de salida, el asesino se abalanzó a por su víctima.
Vyx dejó caer la chaqueta del traje y dio un tirón de Astrid para luego empujarla a un lado, alejándola del peligro.
Luego bajó el cuerpo a ras de suelo, ejecutando un barrido con la pierna que obligó al asesino a saltar y recalcular su ofensiva.
La sombra asestó un corte horizontal y, de rodillas, Vyx se dobló hacia atrás en un alarde de flexibilidad.
La hoja cortó el aire con un silbido, y también un centímetro del flequillo de la arktoi, que se puso en guardia con una acrobacia digna de la ascensión.
Uno frente a la otra, a solo tres metros de distancia, asesino y guerrera se midieron en silencio. Vyx rememoró con rabia el dolor en los ojos de Cora, y se dijo que no desaprovecharía la oportunidad de vengar a Gaia; a todas sus compañeras caídas.
Fue a por él. Ambos se enzarzaron en una demostración de fuerza y reflejos en pos de un combate que, a ojos de Astrid, quien contemplaba el duelo estupefacta y pegada a una de las paredes, difícilmente alguno de los dos podría ganar.
El encapuchado retrocedió desorientado tras la certera patada de Vyx, que provocó una fisura en la máscara, pero recuperó la lucidez antes de que la guerrera pudiera darle un segundo golpe.
Interpuso la daga entre ellos, lanzando una estocada que obligó a Vyx a desviar su trayectoria, no sin llevarse un feo corte en la mejilla izquierda.
Ella impuso distancia, retrocediendo, y apretó los dientes.
Pensó que Cora tenía razón al decir que era rápido y que nunca se había enfrentado a nadie cuyas habilidades fuesen equiparables a las de una ascendida.
—¿Quién eres?
El asesino no se inmutó. Vyx vio por el rabillo del ojo una lata de cerveza aplastada junto a sus pies y le propinó una patada, lanzándosela directamente a su adversario.
Esa distracción le valió unos preciados segundos que invirtió en abalanzarse sobre él y agarrarle por la cabeza para, seguidamente, estampársela contra uno de los contenedores de basura.
No obstante, él la interceptó antes de que pudiera repetir el mismo movimiento, practicándole una llave defensiva y deshaciéndose de ella como si fuera un insignificante insecto.
Vyx chocó con el contenedor de basura y se hizo trizas la espalda. Intentó levantarse y acompasar la respiración sin perder de vista a su oponente, quien había recuperado toda entereza y calculaba su próxima acometida.
El misterioso encapuchado inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado, levantó un dedo y, con ese simple gesto que acompañó de varios chasquidos con la lengua, la redujo a una niña que está recibiendo un merecido sermón.
A Vyx, más rabiosa que nunca, le dio la impresión de que, además, medía sus aptitudes o que, en su defecto, buscaba sus puntos débiles.
Contempló impotente cómo, con la parsimonia de quien no se siente amenazado, el asesino entornaba la mirada hacia los cubos azules de basura tras los que Astrid se escondía y, acto seguido, se encaminaba decidido hacia allí.
Vyx apretó los dientes, se levantó y echó a correr, consciente de que su único punto débil tenía nombre y de que su adversario acababa de descubrirlo.
Aprovechando la carrera, se lanzó de espaldas al suelo y se deslizó sobre la capa de polvo con la intención de barrer las piernas de la sombra enmascarada, que se vio forzada a retroceder.
Arktoi y asesino volvieron a estar cara a cara.
Vyx cogió aire. Deseaba poder quitarle esa máscara y ver los ojos de quien estaba asesinando a sus hermanas.
Volvieron a batirse en otra secuencia de golpes y evasiones, de llaves frustradas y cortes.
El último y certero puñetazo del encapuchado dejó a Vyx de rodillas, expuesta y desorientada.
Cuando el enemigo de la Orden la cogió por el cuello, la levantó del suelo y ya se disponía a hundir la daga en su pecho, tres palabras entonadas con fuerza se elevaron en el callejón y desataron una energía que se manifestó como un escudo infranqueable: la daga se topó con una pared invisible e impenetrable.
Vyx, tan confundida como él, miró como buenamente pudo hacia los contenedores y se le encogió el corazón al ver a Astrid expuesta, con las manos extendidas y presas de un constante y evidenciable temblor.
El asesino dejó caer a Vyx sin miramientos y se encaminó hacia la bruja, a lo que Astrid reaccionó retrocediendo unos pasos, bloqueada y asustada.
—¡Eh! —gritó Vyx—. No he acabado contigo, trozo de mierda.
Su adversario se detuvo.
En pie, Vyx se hizo crujir el cuello. Después, se limpió la sangre espesa que le manaba del labio roto y respiró, muy agradecida de poder hacerlo teniendo en cuenta que había estado a solo un segundo o un escudo mágico de morir.
Se dijo que no debía subestimar a su adversario dos veces; una había sido suficiente para aprender la lección. También se dijo, con un tono nada agradable: «Eres una arktoi por mucho que te pese, imbécil. Haz que por una vez sirva para algo».
Cuadró los hombros y cuando el encapuchado se giró, lo invitó a acercarse.
La hoja de la daga arrancó un destello a una luz fugaz y centelleante.
El asesino corrió hacia ella y ella corrió hacia él.
La guerrera esquivó con un precioso juego de piernas la primera estocada y se posicionó con un giro de pies detrás del enmascarado.
Lanzó un codazo seco y directo a las costillas de su adversario y se felicitó mentalmente al oír lo más parecido a un quejido.
La felicidad no le duró mucho. Al girarse tuvo que hacer un esfuerzo titánico para esquivar la puñalada que le habría atravesado el bazo.
El asesino asestó cuchillada tras cuchillada y Vyx retrocedió un paso tras otro, girando la cintura para evitar que la hoja llegara a cortarla.
Pero se estaba quedando sin espacio. A solo unos centímetros de la pared que se alzaba tras ella y con todo en su contra, la guerrera aprovechó el impulso desmedido de la última estocada del enemigo para hacerse a un lado en el momento justo y seguidamente asestar un golpe contundente al antebrazo del encapuchado.
Él soltó sin remedio la daga, pero no se rindió y descargó con el otro brazo un golpe violento y horizontal que le giró dolorosamente la cara a Vyx.
Ella contraatacó con una enérgica patada a la altura de la rodilla y, cuando el enmascarado se agachó con un nuevo quejido, lo cogió por la nuca y le estampó con rabia la cabeza contra los ladrillos.
La máscara se resquebrajó y Vyx, sin soltarlo, acercó los labios a esa falsa mejilla eternamente ruborizada y dijo:
—Has elegido a la arktoi equivocada, gilipollas.
Dejó de ejercer presión contra la nuca y miró soberbia cómo la figura de ropas negras se tambaleaba.
Trozos irregulares de porcelana se desprendían de la máscara y un polvillo blanco caía como lluvia de ceniza.
Puede que Vyx se confiara demasiado en ese momento y puede que nadie tuviera derecho a juzgarla por ello; pero fuere como fuere, se regodeó excesivamente en la victoria antes de asestar el golpe final y, cuando se dispuso a hacerlo, el asesino ya había recuperado fuerzas suficientes para estirar los brazos y cazar la pierna de Vyx antes del impacto de la patada.
La máscara volvió a sonreírle y Vyx maldijo, pero sucedió de todas formas: el asesino la levantó por la pierna y la lanzó contra los ladrillos, que se partieron con el impacto.
Tirada en el suelo, con parte de la camisa fuera del cinturón y dispersas manchas de sangre que difícilmente podría quitar, la guerrera tuvo un segundo de pánico: no podía respirar.
Un pitido creciente y constante amenazaba con hacerle añicos los tímpanos y llegó a pensar que también se había quedado ciega, porque lo único que veía era una densa y oscura neblina.
Un acceso de tos le devolvió poco a poco el aire y apoyó las manos en el suelo.
Entre toda esa maraña de desagradables sensaciones y de desalentadora impotencia, pensó en Astrid.
Si caía, nada ni nadie impediría que el asesino le cortara el cuello.
La sola idea la hizo sollozar de rabia. Despacio, como si le estuvieran quitando una venda de los ojos con suma lentitud, empezó a distinguir formas en el oscuro y frío paisaje.
Las paredes, las escaleras de incendios, los amasijos de periódicos olvidados, y la daga.
Intentó levantarse. No pudo. Y recordó. «Vyx, eres muchísimo más que todas las cosas malas que te han pasado».
Notó el peso de unas manos en la espalda.
«Cuando Gaia murió, fue como si…»
«Como si perdieras una parte de ti».
Vyx hizo un esfuerzo descomunal para alcanzar el mango de la daga antes de que el asesino la levantara del suelo y, cuando estuvieron cara a cara, se la hundió en el abdomen.
La sangre que le chorreaba a Vyx de la nariz se mezclaba con la que empezaba a secarse en sus labios, y le resultó profundamente grotesco que la máscara resquebrajada del asesino le devolviera esa sonrisa imperturbable a pesar de que acababa de apuñalarlo.
El molesto pitido cesó de pronto y la guerrera solo oyó un silencio absoluto durante unos segundos.
Poco después, el eco de una sirena hizo que el mundo volviera a girar.
El asesino retrocedió y la daga colgó de las manos de Vyx, que estaban faltas de fuerza.
La ascendida vio, desalentada, cómo la sombra se movía sin un eje y se tropezaba con sus propios pies.
Mientras las sirenas se acercaban, el asesino se aventuró tambaleante hacia el otro extremo del callejón, dejando un rastro de sangre a su paso.
Desaliñada, herida y exhausta, Vyx lo siguió con la mirada y consideró ir tras él.
Estaba herido. Reducirlo completamente sería muy fácil.
Pero cuando hizo ademán de moverse, le tembló el cuerpo entero y acabó sentándose en el suelo de cualquier manera.
Vyx maldijo seis veces. Estaba convencida de que se había roto, por lo menos, el ochenta por ciento de los huesos. El enmascarado había probado tener una fuerza descomunal.
—Vyx, Vyx, Vyx.
Astrid llegó a la carrera y se lanzó al suelo de rodillas, a su lado.
A Vyx le dio la impresión de que, para haber sido ella la que había luchado y casi muerto en el intento, su novia llevaba unas pintas mucho peores.
Ya no quedaba nada del perfecto moño y las lágrimas habían difuminado el maquillaje, dejando caminos de manchas negras aquí y allá.
—¿Estás bien? ¿Estás herida? Madre mía.
Las sirenas estaban cada vez más cerca.
—Siendo optimista, diría que me he roto la espalda. Ayúdame —pidió, tendiéndole la mano—. Tenemos que irnos. Alguien ha llamado a la policía.
—He sido yo —confesó Astrid, que suspiró ante la mirada atónita de Vyx—. Lo siento. Me he bloqueado. Lo siento, Vyx. Quería… Quería ayudarte, pero…
—Eres pacifista. Ya —resolvió, restándole importancia. Astrid la ayudó a ponerse en pie y Vyx resopló cuando necesitó apoyarse en ella para no desplomarse—. Me cago en mi vida.
—¿No deberías estar curándote ya? —preguntó Astrid, preocupada.
—El proceso de regeneración no es tan rápido.
Echaron a andar callejón abajo. Al cabo de unos segundos, como si a pesar de todo el ruido acústico hubiera un silencio espantoso en su cabeza que necesitaba romper, Vyx dijo:
—Oye, Astrid. ¿En tu casa o en la mía?