La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE PAJARITAS AZULES Y SEGUNDAS OPORTUNIDADES #3
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DE PAJARITAS AZULES Y SEGUNDAS OPORTUNIDADES #3

Astrid inspiró profundamente, sonrió y dejó la mano en la de Vyx.

Se dirigieron hacia el centro del comedor y, allí, Astrid puso una mano en el hombro de su compañera de baile mientras Vyx dejaba la suya en la zona baja de la espalda de Astrid.

Según bailaban al compás de Sacrifice , de Elton John, lo único que ocupaba la mente de Vyx era el suave efluvio del perfume de Astrid y el calor de su cuerpo contra el suyo.

En un momento del estribillo, Vyx la invitó a alejarse de ella para que diera una vuelta sobre sí misma antes de volver a capturarla hacia sus brazos.

Se miraban a los ojos en todo momento, como si así pudieran decirse todo lo que sus corazones callaban o, simplemente, no sabían decir.

—No es la canción más romántica del mundo, ¿sabes? —dijo Astrid en un susurro.

Vyx frunció el ceño.

—¿No?

—No. —Astrid sonrió—. Pero da igual.

Astrid apoyó la mejilla en su hombro y continuaron bailando, con los sentidos embotados por el alcohol e incapaces de moverse al compás de la canción.

Vyx recordó las palabras de Lucian. «Esta es tu oportunidad.

Aprovecha la intimidad a la luz de las velas y dile cómo te sientes y por qué haces lo que haces.

Igual te sorprende». Pero la sinceridad nunca había sido compañera de Vyx.

Estaba convencida de que poner en voz alta sus pensamientos solo conseguiría empeorar las cosas.

En el fondo, y por mucho que le doliera, sabía que la única persona con la que podía compartir todas y cada una de sus tribulaciones estaba muerta.

Deseó con todas sus fuerzas que la honestidad que se esconde detrás de gestos inesperados fuera suficiente, que esa cita gritara a los cuatro vientos cuánto le importaba esa chica esbelta de larga melena rubia y personalidad arrolladora.

Buscó la mirada de Astrid y, cuando la encontró, la besó.

Fue un beso suave y dulce y lleno de todo el cariño que era capaz de expresar.

Astrid se lo devolvió con el mismo ímpetu, saboreando el tacto de su lengua contra la suya.

Es posible que ambas se sintieran agradecidas por ver al fin la luz después de tantos días grises.

Ignoraban que la hora más oscura siempre llega justo antes de que salga el sol.

Recorriendo las calles del puerto de la mano de Astrid, entre risas, resbalones, besos robados y arrebatos de pasión, sentía que por primera vez en mucho tiempo había conseguido despistar a los fantasmas del pasado; que la sombra de la muerte que la perseguía se había diluido en la oscuridad de las callejuelas que se desdibujaban bajo el manto oscuro de una noche sin estrellas.

Sentía que había ganado, que había logrado, sin necesidad de expresar sus emociones con palabras, demostrarle a Astrid que apostaba por ellas.

Se le olvidaron los secretos, las traiciones y la búsqueda incompleta para un ritual prohibido.

Habían bailado en el pequeño comedor del restaurante hasta que sus pies no pudieron más.

Astrid Lykaios caminaba por delante de ella con los zapatos de tacón en una mano.

A veces giraba sobre los pies descalzos al ritmo de la canción que tarareaba.

En el preciso instante en que Astrid se detuvo y la miró por encima del hombro, Vyx recuperó la incomparable sensación de la primera vez que se besaron, como si la hubiera perdido.

Esa percepción de que el mundo desaparecía o sencillamente dejaba de importar.

Con la chaqueta del traje colgando del brazo, Vyx aceleró el paso hasta alcanzarla y cerró los ojos a la música que era su risa.

Rodeó la cintura de Astrid con los brazos tan enérgicamente que las dos se tambalearon.

Una pared de ladrillo rojo salvó la caída y Vyx, que tenía a Astrid atrapada entre su cuerpo y el muro, no desaprovechó la oportunidad de besarla.

Astrid no tardó en pasarle los brazos alrededor del cuello.

Esa fue solo una pausa de tantas más.

Las calles del puerto jugaban a ser el laberinto de Creta y ellas, que no eran Teseo y Ariadna, ignoraban que el minotauro de una versión más oscura del mito acechaba en las sombras.

Alguien que siempre está bajo los efectos eufóricos del amor podría haberlo pasado por alto, pero Vyx siempre sería una guerrera, y una guerrera nunca desconecta del todo.

Pasaban por delante de una pastelería que solían frecuentar cuando Vyx ralentizó la marcha y cerró los ojos.

La oscuridad tras sus párpados fue un bálsamo de serenidad con el que pretendió deshacerse del atontamiento al que el alcohol había sumido a sus sentidos.

No se rindió hasta que confirmó sus sospechas, hasta que pudo aislar sus pasos y los de Astrid y centrarse en ese eco distante.

Un paso. Y otro paso. Y otro. La sensación que evocaba aquellos andares era una de suma ligereza, como la de un manto de hojas mecidas por el viento sobre un asfalto encharcado que roza el agua sin llegar a mojarse.

El peligro estaba cerca. Demasiado cerca.

Vyx se detuvo. Entrelazó los dedos con los de Astrid y sonrió cuando sus miradas se encontraron, disimulando que la inminente amenaza había desatado su pulso.

Podría enfrentarse a cualquier peligro, siempre y cuando Astrid no estuviera cerca.

—Mi apartamento está ahí mismo. Adelántate, ¿vale? Voy enseguida.

—¿Cómo que me adelante? ¿No vienes conmigo?

—Claro que sí, pero…

A la guerrera se le erizó el vello de la nuca y actuó por puro instinto: se posicionó delante de Astrid en el preciso instante en que una figura encapuchada se precipitaba desde la altura de un balcón, cerrándoles el paso.