La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE PAJARITAS AZULES Y SEGUNDAS OPORTUNIDADES #2
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DE PAJARITAS AZULES Y SEGUNDAS OPORTUNIDADES #2

—Mirarte sin que lo sepas. Es un poco raro, pero estás muy mona cuando duermes y…

—¡Vyx!

La guerrera paró de hablar cuando notó unas manos en las mejillas.

Sentir cómo los pulgares de Astrid dibujaban círculos imperfectos con gentiles caricias la tranquilizó.

Cogió aire despacio y la miró detenidamente: primero esos ojos en los que cabía toda la luz del sol y después el solitario lunar y los labios entreabiertos.

Azorada por una mezcla de emociones conmovedora y espantosa al mismo tiempo, Vyx susurró:

—Lo siento.

—Lo sé.

Astrid cerró los ojos, bajó las manos despacio y retrocedió el paso que había avanzado.

Vyx tenía la sensación de que se había quedado vacía durante un segundo.

Solo uno. Y fue un segundo glorioso. Enseguida volvió a llenarse de todas esas cosas que nunca dejarían de atormentarla, por mucho que se esforzara en ponerse un traje y jugar a que podía tener lo que quería.

Y, a pesar de todo, se recordó que había tomado la decisión de que esa noche, aunque fuera solo una noche, sería la mejor jugadora del mundo.

Vyx encogió algo los hombros cuando Astrid evidenció con un gesto de la mano que no iba precisamente vestida para cortar cabezas. La rubia le dijo:

—¿Esto significa algo?

—¿Además de que estoy buenísima con este traje? Que te llevo a cenar.

—¿Qué? No. Ni hablar. Mañana tengo que madrugar, y no me he duchado y…

—Astrid. —Vyx dio un paso. Estaba tan cerca de ella, tan cerca de sus labios, que pudo oír con una nitidez muy tentadora cómo Astrid tragaba saliva—. Vamos a cenar. Esta noche, la ciudad es nuestra. —Bajó la mirada a sus labios y añadió—: Te espero.

Y eso hizo.

Vyx esperó sentada en el cómodo sofá de tres plazas unos minutos y merodeó por el apartamento otro rato mientras contestaba las preguntas que a Astrid se le ocurrían, como dónde iban a cenar o cómo había estado tan segura de que iba a perdonarla para haber reservado mesa.

Después de que Astrid apareciera en el salón con un vestido bodycon negro, unos zapatos T-Bar del mismo color y la larga melena recogida en el moño más complejo que Vyx había visto en su vida; después de que a Vyx se le cayera de las manos la figura decorativa de un mono nada más verla, pusieron rumbo al restaurante a pie para así poder disfrutar del ambiente festivo del puerto.

Cuando Vyx se detuvo, indicando con la cabeza que habían llegado a su destino, Astrid abrió los ojos exageradamente. Plagios era uno de los restaurantes más caros de la ciudad.

—¿Cómo has conseguido mesa en este sitio?

La guerrera tenía una expresión risueña y las manos en los bolsillos cuando dijo:

—He amenazado a los dueños.

Su novia la miró incrédula y Vyx le guiñó el ojo.

El local las recibió con un delicioso y tentador olor a comida recién hecha.

Aunque la noche había caído al otro lado de las ventanas, parecía que las estrellas se habían colado en el restaurante y que flotaban a ras del techo blanco como diminutas luciérnagas doradas.

Astrid alzó la mirada a las pequeñas luces, fascinada.

Una barra de madera maciza se situaba en el centro junto a varios taburetes de cuero blanco con respaldo.

—Me encanta este restaurante —murmuró Astrid, con el brazo entrelazado al de Vyx—. Es elegante y refinado, pero también tiene esa aura de comodidad y sencillez.

Vyx supuso que rompería el encanto de la noche si ponía en voz alta lo que realmente pensaba.

El sitio le resultaba de un pijerío malsano, hecho precisamente para que la gente gastara cantidades excesivas de dinero en porciones de comida insultantemente pequeñas.

Se guardó esa opinión y enfilaron juntas hacia la barra, donde un camarero bien vestido, con uniforme de camisa blanca y pantalón negro, las obsequió a ambas con una amable sonrisa.

—Bienvenidas. ¿Tienen una reserva?

—Sí. —Vyx hizo un movimiento de cabeza para apartarse el largo flequillo de la cara—. Está a nombre de Vyx.

—¿Victoria? —preguntó el camarero, que echaba un vistazo a la lista.

—No, solo Vyx. Es un poco como cuando te preguntas si Cher tiene apellido o si el nombre de Prince es solo una forma de…

—En efecto, aquí está. Por favor, vengan conmigo.

Siguieron al muchacho a lo largo de un amplio pasillo decorado minuciosamente.

A ambos lados se hallaban filas de mesas ocupadas por clientes que charlaban de manera animada.

Vyx se sentía más nerviosa por momentos.

Una cosa era ponerse un traje y convencer a Astrid de que le diera una segunda oportunidad, y otra muy diferente era demostrar que se merecía esa segunda oportunidad.

Los nervios le apretaban tanto en el estómago que, cuando el camarero se detuvo frente a una puerta abierta, invitándolas a entrar, cogió aire y no fue capaz de soltarlo hasta que se encontraron a solas.

—Oh, Vyx…

Astrid entró y miró alrededor, maravillada.

El juego de luces cálidas de las velas alumbraba un pequeño comedor privado que garantizaba un ambiente íntimo.

La mesa que les correspondía estaba perfectamente dispuesta, con mantelería bordada y vajilla de porcelana china.

Ambas compartieron una mirada cómplice antes de ocupar sus respectivas sillas.

Nada más sentarse, Vyx vio que disponía de tres juegos de tenedores, cucharas y cuchillos. Eligió un tenedor y lo estudió con detenimiento.

—Es un tenedor de ensalada —dijo Astrid al percatarse de su asombro.

—¿Cómo que un tenedor de ensalada? ¿Y este? —le enseñó otro.

—Ese es para el pescado.

Vyx procesó la información. O lo intentó. Se inclinó sobre la mesa y dijo indignada:

—Son todos iguales.

El mismo camarero que las había guiado hasta allí apareció con el menú.

Antes que nada, Vyx pidió una botella de vino, aunque no tenía intención de beber demasiado esa noche.

Puede que el recuerdo de la borrachera en su apartamento estuviera todavía demasiado presente y no quisiera ver a Rose escondida detrás de las cortinas.

—¿Qué te apetece comer? —preguntó Vyx, que acababa de abrir la carta y le echaba un vistazo al menú.

No tenía problemas de dinero, pero nunca hubiera imaginado que se gastaría el sueldo de un mes entero en una cena romántica—.

Invito yo, así que no me digas que quieres una triste ensalada para un pajarillo avergonzado.

Astrid sonrió mientras se toqueteaba el lunar con un dedo y sostenía la carta con la otra mano.

—Creo que pediré mero a la plancha con salsa de limón y alcaparras.

Vyx alzó la mirada y parpadeó desconcertada.

—Pescado a la plancha —simplificó Astrid.

—¿Y por qué no lo has dicho así?

—El mero es un tipo de pescado, Vyx.

—No necesito saber su nombre. Con saber que es pescado me vale.

Dicho eso, Vyx cogió aire. Meditó unos segundos, ojeando el menú, y al rato preguntó:

—¿Crees que tendrán menú infantil?

La velada transcurrió entre bromas y risas que, inevitablemente, dieron paso a anécdotas más trascendentales y profundas. Astrid dejaba su cuarta copa de vino sobre la mesa mientras Vyx apuraba las delicias de su plato de musaka.

—Entonces me asusté —explicaba Vyx—. Y grité, claro. ¿Cómo no iba a gritar? Rose vino corriendo hacia mí, desenfundó la daga arktoi y… Pero no te rías, Astrid, que te estoy contando un momento crítico de mi vida.

Astrid se cubrió la boca con la mano para ahogar las carcajadas y preguntó como pudo:

—¿Cómo puede un momento crítico de tu vida estar protagonizado por un escarabajo?

—Era de noche, joder —se defendió Vyx, fulminándola con la mirada—. Estaba muy oscuro y no sabía lo que era. Además, podría haberme mordido...

—Los escarabajos no muerden, cielo —corrigió Astrid mientras se enjugaba las lágrimas con la punta de la servilleta.

—¡Pues podría haberme picado!

—Tampoco pican.

—No te hagas la listilla conmigo, ¿vale? —Vyx arqueó las cejas—. Ya tuve bastante con Rose y la tabarra que me dio sobre el líquido asqueroso que sueltan cuando los aplastas.

—Tienes razón. —Astrid levantó las manos en señal de rendición—. No debería reírme de tu horrible experiencia cercana a la muerte…

Que volviera a reírse hizo que Vyx pusiera los ojos en blanco. Cuando fue a servirse otra copa, Astrid volvió a romper en carcajadas por la cara que puso al descubrir que estaba vacía.

—Te has acabado el vino —acusó—. ¿Y tú llamas amor a lo que sientes por mí?

—¡Pero si te has bebido casi toda la botella tú!

Vyx negó con la cabeza y llamó al camarero para pedir otra. No recordaba la última vez que había visto a Astrid reír así; reírse tanto. Probablemente fue antes de la ascensión, mucho antes de que todos los miedos de Vyx se volvieran tan afilados como cuchillos.

Mientras el camarero descorchaba otra botella y servía en sendas copas, Vyx se preguntó si serían esas la clase de cosas que Rose hizo con Lucian: salir a cenar, reírse de viejas historias o perderse en los ojos del otro durante incontables latidos.

—¿Te ha sentado mal el vino?

La voz de Astrid hizo que volviera en sí. Se dio cuenta de que su copa volvía a estar llena y le dio un trago antes de negar con la cabeza y decir:

—Lo que me sienta mal es tenerte tan lejos de mí.

Dejó la servilleta que tenía en el regazo a un lado y se puso en pie. Astrid parpadeó un poco confundida, y su confusión se agravó cuando Vyx le tendió la mano.

—¿Bailas conmigo? Me encanta esta canción.