DE PAJARITAS AZULES Y SEGUNDAS OPORTUNIDADES
DE PAJARITAS AZULES Y SEGUNDAS OPORTUNIDADES
— S i la orden se entera de que me has confiado esta información, te acusarán de traición.
Lucian cerró los ojos justo antes de que la chaqueta de un esmoquin le envolviera la cabeza como si fuera una elegante bolsa de basura.
Era la primera vez que el Cuervo pisaba su apartamento, y Vyx solamente pensó en la poca gracia que le hacía en realidad la idea cuando el hechicero ya había empezado a deambular por el salón y a valorar con un criterio cuestionable el exceso de desorden y la escasez de personalidad.
A Vyx no se le había olvidado, ni olvidaría, el momento en que Lucian pasó el dedo por el mueble de la televisión con la reticencia de quien cree que va a contraer una terrible enfermedad para luego decir:
—Es muy acogedor.
«En fin», se había dicho ella, «solo tengo que aguantarlo hasta que encontremos todos los elementos del ritual».
A decir verdad, Vyx no tenía claro por qué sintió la imperiosa necesidad de compartir con él la comprometida situación de la Orden o sus intenciones de recuperar a Astrid siguiendo los pasos de lo que consideraba un plan infalible .
Sospechaba que, habiendo vivido tantos años, el hechicero sabría restarle importancia al asunto y aligerar así el peso de su conciencia.
Y allí estaba ahora, descartando uno a uno los conjuntos de su armario mientras soportaba el descarado escrutinio de Lucian, cómodamente sentado en la cama.
—Pero no van a enterarse —resolvió Vyx.
—El traje azul.
—¿Qué?
—Que te pruebes el traje azul. Ese. —Y señaló con el dedo. Vyx ladeó la cabeza, se encogió de hombros y sacó la percha —. Y esa no es la cuestión. ¿De verdad pretendes seguir adelante con el ritual cuando hay una amenaza así contra la Orden?
—Ya te lo he dicho: el caso está en manos del Círculo. —Suspiró exasperada—. No tengo zapatos para combinar con este traje.
—¿Qué clase de persona se compra un traje y no unos zapatos a juego?
—No te he invitado para que juzgues cada puto aspecto de mi vida, Lucian.
—Es verdad. —Él se cruzó de brazos—. Me has invitado para que te dé unas palmaditas en la espalda, te anime a cometer más errores y te diga lo buena que estás con camisa y corbata.
—Creo que tiraré por una pajarita. Date la vuelta, anda. —Cuando Lucian se dio la vuelta, empezó a desvestirse—. Cora te pidió ayuda con lo de Gaia. ¿Has averiguado algo?
—No había cámaras de seguridad en la zona del asalto. He hecho correr la voz por los bajos fondos de la ciudad, pero nadie sabe nada por ahora. —Hizo una pausa—. Camisa blanca.
—¿Qué le pasa a la negra?
—Que el negro hay que saber llevarlo. —Ignoró el resoplido de Vyx—. Lo que sí me parece digno de mención es que hay un nuevo aquelarre en Volos.
—¿Aquí? —Vyx se quedó muy quieta y con la camisa a medio poner—. ¿En serio?
—Son un grupo joven por lo que tengo entendido. Y están asustados. No es para menos si tenemos en cuenta que el último aquelarre que obró en esta zona fue aniquilado. Ah… —Lucian suspiró de pura melancolía—. Gente muy interesante los hacedores de magia.
—No has conocido al hermano de mi novia —dijo subiéndose el pantalón.
—Entonces, para que me quede claro: vas a ignorar deliberadamente que hay un asesino de guerreras arktoi acechando en las esquinas, vas a llevar a tu novia a cenar…
—Eso si acepta cenar conmigo… —murmuró ella entretanto.
—Y vas a hacer todo eso evitando que la Orden o Astrid descubran que pretendes poner a prueba la veracidad de un ritual de resurrección ancestral.
—¿Cómo se ponía esta cosa?
—Por muchas veces que le pidas perdón a Astrid, Vyx, lo único que vas a conseguir es posponer lo inevitable.
La verdad siempre sale a la luz. —Se giró sin permiso.
Vyx estaba delante del espejo, peleándose con la pajarita—.
Esta es tu oportunidad. Aprovecha la intimidad a la luz de las velas y dile cómo te sientes y por qué haces lo que haces. Igual te sorprende.
—No la conoces. Si se lo cuento, me odiará.
Lucian se acercó a ella y le pidió con un gesto que se diera la vuelta. La miró a los ojos un momento y después puso toda la atención en la pajarita, que empezó a colocar debidamente.
—¿Has oído alguna vez eso de “la verdad os hará libres”?
—No, pero menuda cursilada. ¿Es de Nike? ¿De los Backstreet Boys?
—De Jesucristo. ¡Ah! Rose tenía razón. —Lucian colocó a su gusto las solapas de la chaqueta y después retrocedió un paso—. No hay otra chica a la que un traje le quede mejor.
Vyx no supo cómo encajar el inesperado halago, así que hizo lo que hacía siempre: sonreír sin mediar palabra y volverse hacia el espejo mientras fingía que oír el nombre de su hermana no le había retorcido el corazón.
El hechicero se aclaró la garganta y preguntó:
—¿Ya sabes qué vas a decirle?
El ruido del tráfico le restaba gran parte del encanto a otro magnífico atardecer en Volos.
Vyx avanzaba a paso lento y sin pausa por una de las avenidas más concurridas de la ciudad, esquivando a base de instinto la maraña de viandantes.
Era la quinta vez que intentaba aflojarse el nudo de la pajarita y más o menos la sexta que leía las palabras escritas con bochornosa caligrafía en el papel blanco y arrugado que llevaba en la mano.
—Astrid, soy gilipollas. —Leía atentamente—. La verdad es que no supe reaccionar en ese momento y no elegí las palabras correctas para expresar que entendía tu malestar. Tu malestar…
Hizo falta que un repartidor que iba en bici casi se la llevara por delante y que ella alzara la vista y lo insultara sin remordimientos para que se diera cuenta de que estaba a una calle de su destino. Se llenó el pecho de aire y se atusó el pelo en un gesto nervioso.
—No pasa nada, Vyx. Si te dice que no, pues nada, encontrarás otra chica —se dijo, mintiéndose descaradamente—. O muchas chicas. Tú vales para tener muchas chicas.
Siguió camino e intentó doblar el papel con nefasta meticulosidad, por lo que acabó haciendo con él una bola deplorable antes de guardarlo en el bolsillo del pantalón.
—No elegí bien las palabras —repetía—. Soy gilipollas y tú eres maravillosa…
Poco después de colarse en la estrecha calle que cruzaba la avenida, se detuvo en seco.
Un grupo de jóvenes abandonaban el edificio en el que Astrid vivía.
Vyx sintió un profundo e insondable acceso de ira, y Kyrian Lykaios debió de sentir lo mismo a juzgar por la frialdad con la que le devolvió la mirada.
La guerrera hizo, sin saber muy bien cómo, un acopio de voluntad para no hacer un alarde de palabras malsonantes.
Lo había pensado más de una vez: «Seguro que su hermano intenta meterle la idea en la cabeza de que soy una mala influencia para ella» o «hará lo que sea para que cortemos». Verlo solo confirmó sus sospechas.
La chica y el chico que lo acompañaban tantearon la situación con evidente confusión. Fuera por la razón que fuera, no hubo enfrentamiento alguno. A Kyrian le bastó con contemplarla destilando un odio abisal y, sin mediar palabra, le dio la espalda y se alejó calle abajo.
Vyx se quedó tan confundida que sintió el principio de una jaqueca.
—Eso —susurró—. Vete, modelo de Calvin Klein con media neurona.
Tiró de las solapas de la chaqueta como si acabara de ganar el combate de su vida, pero se le olvidó la prepotencia cuando vio que la puerta del portal estaba a punto de cerrarse. Tuvo que correr para evitarlo y volvió a despeinarse. Ya dentro del edificio, suspiró aliviada.
Llegado el momento de la verdad, ya frente a la puerta de un apartamento en el que había estado tantas veces como en el suyo, Vyx se llenó el pecho de aire y de valor.
—Soy gilipollas —se recordó—. Esa es la parte importante.
Se aseguró de que el flequillo, demasiado largo para su gusto, estaba en su sitio y llamó al timbre. Los segundos que Astrid tardó en abrir la puerta se le hicieron eternos.
—Vyx. —Detrás de la puerta entornada, Astrid le echó a Vyx un buen vistazo. Alzó las cejas y se afanó en borrar la expresión de sorpresa para mirarla después con dureza—. ¿Qué haces aquí?
—Pues… Pues… Te he llamado.
—No te he preguntado eso.
—Ya. —Vyx se aclaró la garganta y se palpó el pantalón, como si recordar que el dichoso papel estaba en uno de los bolsillos la tranquilizara.
Cogió aire y lo soltó despacio—. Vale. Astrid, escúchame.
He tenido mucho tiempo para pensar y me he dado cuenta de que la he cagado. En plan… —Resopló—. Un montón.
—¿Has llegado tú solita a esa conclusión?
—No —contestó sin pensar. Pero cuando Astrid alzó una ceja, negó rápidamente con la cabeza y corrigió—: Quiero decir, sí.
He llegado a la conclusión de que soy gilipollas.
Y no me interrumpas porque es muy difícil hablar con esta taquicardia.
—Astrid se cruzó de brazos y la miró con gesto altivo—.
Vale. La cosa es que… me puse nerviosa. Me di cuenta de lo mucho que te habías preocupado por mí y de lo fatal que me había portado, pero no supe expresarlo bien.
Soy lo peor. Una rata. Un gusano. El tentáculo disfuncional de un pulpo.
Si Vyx no hubiera visto una sonrisa en los labios de Astrid, se habría arrodillado en el suelo y continuado con la perorata de pésimas comparaciones.
—Por favor —suplicó—. Dame una oportunidad. Quiero compensarte.
Astrid suspiró antes de decir:
—Ya no es solo por lo de esta vez. Es todo. Siento que he estado dando vueltas alrededor de ese muro tras el que te escondes durante meses, Vyx. Y es agotador.
—Ya lo sé, lo sé. Sé que soy complicada y que estar conmigo no es fácil, pero quiero cambiar, joder.
O quiero… intentarlo, al menos. También sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero voy a pedirte igualmente que me des otra oportunidad porque tengo la capacidad emocional de un pez y se me da fatal decírtelo, pero me gusta estar contigo y quiero…
—Vyx.
—Fingir que podemos hacer bebés y tirarte el arroz por encima y…
Astrid abrió más la puerta, dio un paso hacia ella.
—Vyx.