DE REGALOS INESPERADOS Y ASESINATOS ENCUBIERTOS #2
Si a Vyx le hubieran dicho que el mundo se acabaría en los próximos cinco minutos, esa noticia le habría sentado mucho mejor.
La idea de tener pegada a una de sus hermanas guerreras las veinticuatro horas del día y siete días a la semana hacía que se sintiera enferma.
Por si fuera poco, Thalia avanzó con determinación hacia la venerada sacerdotisa y se posicionó a su derecha.
La soberbia brillaba de tal manera en sus ojos negros que su piel parecía más oscura que nunca.
No era ningún secreto que, de las filas de sucesión, Thalia era la favorita para ser la próxima adalid.
Y Vyx no pudo evitar pensar que si Rose estuviese viva ese sería el lugar que ocuparía.
No solo porque su hermana no había soñado con nada más desde su ritual de Iniciación, sino porque no habría nadie más preparada, ni más leal, ni más digna.
—Eso no es todo —dijo Thalia, quizá con excesiva solemnidad—. Hasta nueva orden, queda prohibido el acceso al Archivo. Todo lo que deba ser archivado se…
—¿Qué? —Fue Cora quien interrumpió en esta ocasión—. ¿Al Archivo? Eso es absurdo.
Vyx y Xanthe intercambiaron una significativa mirada. Después, Xanthe intentó transformar la suya en una de advertencia al leer perfectamente las intenciones de su amiga, pero fue tarde.
—Me pregunto por qué. —Vyx encogió los hombros con falsa inocencia—.
¿No quieres explicarlo? —Respondió a la mirada asesina de Thalia con una elocuente sonrisa—.
Va, no pasa nada. Siempre has sido un poco tímida para hablar en público.
Ya lo explico yo. —Vyx alzó los brazos hacia el techo y cerró los ojos—.
¡Hermanas guerreras, adeptas de la Orden Sagrada!
Lo que Thalia no quiere deciros es que hace unas semanas alguien le dio una paliza en el Archivo.
Tampoco quiere compartir con vosotras sus sospechas de que fui yo…
—De sospechas nada. —Thalia alzó una ceja—. Estoy convencida.
—Cuando todas sabemos que, de haber sido yo, no le quedarían dientes.
Thalia se abalanzó a por Vyx como un perro rabioso, y estoy segura de que se hubieran enzarzado en una pelea a muerte si Cora no hubiese intervenido.
Vyx vio como la ascendida hacía alarde de esas asombrosas habilidades que la convertían en una de las mejores guerreras de la Orden al ejecutar una llave perfecta contra Thalia.
Cora, pegada a la espalda de su hermana de credo, apretó más los dedos en su brazo cuando Thalia intentó liberarse.
Después, se puso de puntillas y le susurró al oído:
—Tendrás todos los números para ser la próxima adalid, cariño, pero no se conocerá adalid en toda la historia de la Orden que haya estado más sola que tú.
—Suéltame —exigió Thalia airada—. Que me sueltes.
Cora la soltó, y ambas guerreras volvieron a sus respectivas posiciones: Cora en la formación de ascendidas y Thalia a la derecha de Hipólita. Vyx miró a Cora, preguntándose por qué lo había hecho. Por qué hacía todo lo que hacía: regalarle pulseras, defenderla, sonreírle.
—¿Habéis acabado? —La voz de Hipólita destilaba decepción—. Lo que Vyx ha dicho es cierto, aunque sus maneras sean, como poco, cuestionables. Hubo una incursión en el Archivo. Por lo tanto, la Orden está comprometida. Os he enseñado a cumplir órdenes: cumplidlas.
—Solo la venerada sacerdotisa y las ascendidas tienen acceso al Archivo —observó Iris. Si algo de todo eso la había inquietado lo más mínimo, nadie podría saberlo—. ¿Significa eso que nos enfrentamos a una posible traición?
—Es pronto para conclusiones. —Hipólita les dio la espalda y se encaminó hacia el ventanal—. Por ahora, mantened los ojos abiertos y protegeos las unas a las otras.
—¿Y ya está? —espetó Cora—. ¿Mantened los ojos abiertos? ¿Ese es el plan? ¿No vamos a buscar al asesino de Gaia? Deberíamos estar ahí fuera siguiendo el rastro. Esto es absurdo.
La adalid giró lentamente la cabeza y miró a sus aprendices de soslayo.
—Si una cosa hemos aprendido de esta amenaza es que vosotras sois el objetivo.
La investigación está en manos del Círculo.
¿Me habéis entendido? —Hubo un silencio absoluto como toda respuesta.
Vyx observó cómo Hipólita volvía a acariciar el afeado plumaje del fénix antes de añadir—: Podéis retiraros.
Y las guerreras abandonaron juntas el despacho. Fue en el pasillo que empezaron a dispersarse. Vyx tenía una esperanza vaga y casi infantil de que, si conseguía salir del templo sin ser vista, podría seguir con su vida sin necesidad de niñera alguna.
—Debimos darle más importancia a lo del Archivo cuando me lo contaste —dijo Xanthe.
Vyx guardó las manos en los bolsillos, notablemente contrariada.
—Me preocupa más tener vigilancia veinticuatro horas al día, los siete días de la semana.
Xanthe puso los ojos en blanco.
—Si te hace sentir mejor, hablaré con Hipólita y la convenceré para que…
—Chicas.
Cora se acercaba a ellas. Vyx no supo si fue por esa impresión de que la adepta se iba a echar a llorar de un momento a otro que le dijo:
—Gracias por lo de antes.
—Ya. No hay de qué. —Cora también escondió las manos, pero en ella, ese gesto parecía mucho más una cuestión de timidez que simple despreocupación—. Sobre lo de Gaia…
—Que Hipólita te haya obligado a guardar silencio es horrible —opinó Xanthe—. No puedo ni imaginar lo que habrá sido para ti saber que la mataron a sangre fría y no poder…
—Por eso fuiste a ver al Cuervo —aventuró Vyx—. ¿No?
Cora se llenó el pecho de aire y encogió ligeramente los hombros.
—Supongo que me sentía traicionada. No me enorgullezco. Todas sois mis hermanas, pero…
—Ya.
Vyx alzó la mano para evidenciar la pulsera, y Cora sonrió.
—Gaia y yo teníamos una conexión especial. Cuando la mataron, fue como si…
—Perdieras una parte de ti.
En ese momento, Vyx se permitió creer que tal vez, solo tal vez, sí hubiera una persona en el mundo capaz de comprender la ausencia que devoraba su corazón.
Cora y ella se miraron a los ojos como si el tiempo fuera su esclavo, ajenas al espacio en el que se encontraban e incómodamente conscientes hasta del mero acto de respirar.
Al final, Cora entornó los ojos y agachó la cabeza.
—¿Lo viste? —preguntó Xanthe—. Al asesino.
Cora se llenó el pecho de aire una vez más. A Vyx le parecía tan pequeña que le resultaba del todo inverosímil que no echase a volar.
—Parecía un espectro. Vestía ropas negras, capucha y una máscara blanca.
—¿Una máscara? —Vyx alzó las cejas, incrédula—. ¿En plan superhéroe?
—No pude verla bien. Lo siento. Pero era rápido —añadió—. Y bueno. Muy bueno.
Como si no hubiera nada más que decir, Cora se dio la vuelta y se marchó.
Aunque pudieron recorrer el templo en silencio, pues no eran precisamente pocas las preocupaciones sobre las que cavilar, Vyx cedió a la insistencia de Xanthe y acabó contándole por qué tenía la peor resaca de su vida.
Salían por la puerta principal cuando Xanthe dijo:
—¿Qué esperabas? Te dije que no iba a tomárselo bien.
—Estuve cuatro días atrapada debajo de un árbol mientras una ninfa cleptómana me succionaba el alma —se defendió—. Ni siquiera me dio una oportunidad para explicarme.
—Explicarte. —Xanthe le cortó el paso. A pesar de la dureza de su tono, su sonrisa era dulce y sincera—. ¿Te refieres a que no tuviste oportunidad de mentirle?
Vyx sabía que no iba a ganar esa batalla.
Se dejó caer con pesadez en los escalones de la entrada, escondió la cara en las manos y soltó un grito de frustración.
Después bajó los brazos y alzó la mirada para descubrir que Xanthe acababa de agazaparse a su altura.
La miraba como si no hubiera nada en su corazón que no pudiera entender.
—La he cagado —murmuró Vyx—. La he cagado pero bien.
—Sí. —Xanthe le dio una palmada en el muslo y se sentó a su lado—. Pero todavía no es tarde. Puedes arreglarlo.
—¿Y si no quiero?
—Vyx.
—En serio. Astrid es buena, joder. Demasiado buena. Astrid es… maravillosa. Es pura. Es un puto ser de luz. —Se inclinó hacia delante y empezó a trazar formas con el dedo en el polvo del empedrado—. Estaría mejor sin mí.
—Puede. —Vyx la miró desconcertada—. Pero eso es decisión suya.
Las relaciones ya son complicadas de por sí y las capullas como tú las complicáis todavía más.
—Vyx susurró: no me parece bien que me insultes en un momento así—.
La cosa es que, si Astrid significa tanto para ti, no esperes a que te conteste al teléfono. Haz que se dé cuenta de que te importa.
—Ya. Bueno. —Suspiró—. Hablar no se me da bien.
—Amiga mía, hablar se te da de maravilla.
—Xanthe le dio un codazo. Después se acomodó de lado sobre los escalones, estiró las piernas y apoyó la cabeza en el regazo de Vyx—.
Lo que se te da como el culo es expresar tus sentimientos.
No hace falta que le digas que la quieres si no estás preparada.
A veces… esas dos palabras pueden dar muchísimo miedo.
—¿Y qué hago?
—Te he dicho que no se lo digas, no que no se lo demuestres. La experiencia me ha enseñado que las cosas por las que no luchamos son las que no nos importan. Ganes o pierdas, Vyx, lo que te definirá será las veces que lo intentes.
Vyx pensó que intentarlo no iba a ser tan sencillo.
—Por cierto. —Xanthe la miró y añadió con una sonrisa—: No te preocupes por las órdenes de Hipólita. La convenceré para que me asigne como tu compañera, así podrás respirar un poco.
—¿Harías eso por mí?
—En realidad, lo hago como favor a cualquiera de las demás. Acabarías matándolas.
—A veces me asusta que me conozcas tan bien.
Xanthe encogió los hombros. Vyx apoyó la frente en la de su amiga y dijo:
—Oye. Antes querías decirme algo.
La aludida se estremeció ligeramente y, tras un breve silencio, susurró:
—Sí. Que pase lo que pase, todo saldrá bien.