La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE REGALOS INESPERADOS Y ASESINATOS ENCUBIERTOS
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DE REGALOS INESPERADOS Y ASESINATOS ENCUBIERTOS

DE REGALOS INESPERADOS Y ASESINATOS ENCUBIERTOS

L as ascendidas recorrían el templo como espectros de la noche en incómodo silencio.

Todas, salvo Vyx, llevaban las túnicas negras de holgadas capuchas que complementaban el uniforme arktoi con un toque sombrío.

Como no podía ser de otra manera, verlas juntas inquietó a las guerreras que iban y venían, avivando la sospecha de que corrían tiempos difíciles para la Orden.

A Vyx le dolía horrores la cabeza, tanto que, si no tuviese una reputación que mantener, se habría echado a llorar.

«Nota mental: no volver a probar la cerveza lo que me queda de vida».

Xanthe era la única que caminaba a su lado durante esa improvisada formación en la que estaban algo rezagadas.

Vyx la miró con la idea de echarle en cara el momento incómodo que había propiciado en la biblioteca, pero no lo hizo.

Puede que se debiera a que su amiga tenía los brazos cruzados más para protegerse a sí misma que por una postura de indiferencia.

Vyx le preguntó:

—¿Estás bien?

Xanthe bajó de las nubes y le lanzó una mirada compungida.

—¿A qué te refieres?

—Pareces agotada. Llevas semanas así.

Las dos habían cambiado mucho después de trece años de esclavitud divina, pero Vyx sabía que la niña extrovertida que consiguió mil y una veces que se sintiera menos sola cuando Rose se separaba inevitablemente de ella seguía allí, detrás de expresiones hoscas, gestos compungidos y engañosas sonrisas.

Había asuntos de la vida y del corazón sobre los que Vyx rara vez reflexionaba, pero mirando a su compañera se le ocurrió que, si perdía a Astrid, Xanthe sería todo lo que tendría en el mundo. Lo único que le quedaría.

—Estoy pasando por un mal momento —contestó Xanthe.

—Porque no puedes dormir.

—¿Recuerdas cuando el otro día, en la cafetería, me dijiste que Astrid te juzgaría si supiera lo que intentabas hacer? —Vyx asintió y Xanthe cogió aire antes de añadir—: Te dije que era una locura y tú me dijiste que yo nunca te juzgaría. ¿Y tú a mí? ¿Me juzgarás?

—Solo si te acostaras con un tío que se parece a Keanu Reeves…

Pero la broma pasó sin pena ni gloria. Xanthe detuvo sus pasos y miró a Vyx a los ojos.

—Creo que me estoy volviendo loca, Vyx.

Había algo profundamente doloroso detrás de unas palabras monótonas y vacías, un miedo abismal, algo oscuro enterrado bajo densas capas de delirios: pura desesperación.

Y eran muy pocas las cosas que asustaban más a Vyx que la desesperación.

Por fortuna o por desgracia, la aparición de Cora interrumpió el contacto visual y la que seguramente, pensó Vyx, hubiese sido una de esas confesiones que empeoran las resacas.

—Os he hecho algo. No quería entregároslo cuando estábamos con las demás. Elara es súper celosa, por si no os habéis dado cuenta.

Cora no parecía ser consciente de que acababa de interrumpir un momento muy personal.

Estaba plantada entre sus dos compañeras, gesticulando más muecas indescriptibles de las que una persona debería ser capaz de gesticular y buscando algo en los bolsillos de sus ropas.

Soltó un grito medido de alegría y les enseñó a ambas unas pulseras hechas con cuentas de madera y diminutas piedras brillantes de tonos esmeralda.

—¿Os gustan? Las he hecho yo misma. —Miró a Vyx con expresión intensa e indescifrable—. Soy habilidosa con las manos.

Vyx se ruborizó, mientras que Xanthe la miraba estupefacta. Cora, a falta de las reacciones que esperaba, se impacientó y alzó la voz:

—¿A qué esperáis, idiotas? Cogedlas. ¿O vais a hacerme el feo de recha…?

—¿Has hecho pulseritas? —interrumpió Vyx. Acababa de coger la suya y la examinaba como si las pequeñas cuentas escondieran un enigma—. ¿Por qué?

—Nunca os he hecho regalos.

—Nosotras a ti tampoco —reconoció Xanthe—. No tenías que…

—Pero lo he hecho. Consideradlo un gesto de disculpa.

Entonces a Vyx no le cupo duda: Cora se había vuelto completamente loca.

Cora cruzó los brazos a la espalda e intercaló la mirada entre ambas. Vyx preguntó muy bajito:

—¿Una disculpa por qué, exactamente?

—Una disculpa —zanjó Cora.

—Es muy bonita —dijo Xanthe, que sonrió y se puso la pulsera.

—No he visto nada igual. —Vyx también se puso la suya—. Parece mágica y todo.

—No seáis imbéciles —espetó Cora de manera tan abrupta que las otras dos dieron un brinco—.

Son sencillas pero simbólicas. Entiendo que esto os ha pillado un poco desprevenidas.

He tenido mucho tiempo para pensar en la situación que estamos viviendo y no sabía cómo expresar que…

—La pausa impuso un silencio tan sepulcral que las tres oyeron el golpe sordo de una puerta al cerrarse en el extremo sur del templo—. Os aprecio. A las dos.

Vyx recordaría esa conversación como una de las más incómodas de su vida. Solo encontraba cierto alivio en que Xanthe no parecía ser capaz de reaccionar mejor.

—En fin. —Cora emprendió la marcha a paso resuelto—. Mi idea es hacer más.

En cuanto les dio la espalda, las otras dos movieron los labios para decirse sin palabras cosas como está fatal de lo suyo o tu pulsera tiene más piedras verdes o cuántos años tienes.

Después de una densa e interminable perorata sobre pulseras artesanas, las tres ascendidas llegaron al despacho de la adalid.

Desde el umbral, Vyx vio que Hipólita se hallaba frente al ventanal y que acariciaba distraídamente a su fénix.

La venerada sacerdotisa daba la espalda a las demás ascendidas que, plantadas en formación semicircular bajo las luces tenues y cálidas, guardaban un respetuoso silencio.

A Vyx le dio la impresión de que el pico del pájaro sagrado tenía un color mortecino y que su plumaje había visto días mejores.

Las recién llegadas ocuparon sus lugares en la formación y dio comienzo la asamblea.

—Como bien sabéis, la Orden ha perdido a cuatro valiosas guerreras —dijo la adalid—.

Las circunstancias sobre la muerte de Gaia no fueron reveladas por una sencilla razón.

—Hipólita se dio la vuelta despacio, pasó la mirada por cada una de ellas, y continuó—: Mi deber como venerada sacerdotisa y adalid es proteger los intereses de la Orden, y no hay mayor interés para la Orden que la integridad de sus adeptas y su protección.

Se os dijo que Gaia había muerto durante su última misión.

—Clavó los ojos en Vyx—. Pero no fue así.

Todas las ascendidas, sin excepción, alzaron la mirada, presas de la sorpresa.

—¿Qué quieres decir?

Faidra, a la derecha de Thalia, avanzó un paso.

Y aunque Vyx quiso mirarla a ella, el rictus de terror de Cora captó toda su atención.

Se percató de que le temblaba el labio inferior y de que cerraba las manos en sendos puños.

Se imaginó la fuerza con la que latía su corazón.

A ojos de Vyx, Cora era la viva representación de una bomba de relojería.

—Gaia fue asesinada —respondió Hipólita.

Como no pudo ser de otra manera, la noticia desató un murmullo colectivo y un amplio abanico de expresiones que iban desde el desconcierto hasta la rabia. «No me jodas», pensó Vyx.

—¿Asesinada por quién? —alzó Elara la voz—. ¿Por qué?

—Cora estaba con ella —apostilló Iris, tan apática como de costumbre.

Todas las miradas se posaron entonces en Cora.

Una parte de ella lo supo en cuanto Xanthe le confirmó que Gaia no estaba sola en su última misión.

Estaba convencida de que trabajar con Cora era una garantía de supervivencia.

Esa reflexión supuso a su vez un indudable indicativo de que, fuera quien fuera el asesino de la ascendida, era incluso mejor que su compañera.

Vyx suspiró, cansada de las constantes preguntas de las adeptas, y rompió la formación solo para interponerse entre Faidra y Cora. Miró a la primera a los ojos.

—¿Qué tal si te calmas, Faidra? ¿Quieres una tila? —Hizo una pausa—. Eso es una rima, ¿no?

—¿Tú lo sabías? —siseó la guerrera, desafiante—. ¿Por eso la defiendes?

—La defiendo porque eres gilipollas.

—Cora actuaba bajo mis órdenes. —La voz de Hipólita se alzó por encima de las demás y todas las miradas se posaron en ella—.

Le pedí que guardara silencio. Un ataque así de directo a la Orden deja al Círculo en una situación muy comprometida.

De haberse hecho pública la amenaza, habría cundido el pánico entre las aspirantes más jóvenes.

—¿Y por qué ahora? —preguntó Xanthe—. ¿Por qué nos lo cuentas ahora?

Vyx miró a su mentora. Fue la primera vez en su vida que vio el mentón de Hipólita temblar.

—Son cuatro ya las guerreras que hemos perdido. El Círculo ha decidido que, a partir de este momento, ninguna de vosotras dejará el templo sin supervi…

—Ni de coña —soltó Vyx, tajante—. Ni hablar. Antes me saco el bazo con una cuchara.

—Si quieres te ayudo.

El comentario de Faidra desató de nuevo el caos en un equipo que estaba, a todas luces, más dividido que nunca. La adalid pidió silencio dos veces. A la tercera gritó:

—¡Silencio! No os he educado todos estos años para que os comportéis como si fuerais enemigas.

Hay un asesino ahí fuera. Alexandra, Maro y Phoebe eran guerreras entrenadas y preparadas para servir a Artemisa a falta de ser elegidas para la ascensión final, pero eran, al fin y al cabo, vulnerables.

Aunque vuestra hermana Gaia era una de nuestras mejores guerreras, el enemigo ha demostrado ser mejor que ella.

—Hipólita dio dos pasos al frente—. Ninguna de vosotras saldrá sin supervisión. ¿Me habéis entendido?