La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE VACACIONES Y ASUNTOS PROHIBIDOS #2
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DE VACACIONES Y ASUNTOS PROHIBIDOS #2

—Vyx. —Rose se incorporó en el sofá y ella se quedó muy quieta cuando sintió las manos de su hermana en las mejillas. Y pensó: «De todas las veces que te he soñado, esta es la mejor de todas»—. Eres muchísimo más que todas las cosas malas que te han pasado.

—No, no lo soy —repuso desesperanzada—. Tú eras lo único bueno que tenía, lo único que le daba algo de sentido a mi vida.

Y sé que es raro, joder, que debería querer algo más, pero siempre he sentido…

siempre he sentido esta… esta necesidad de estar contigo a todas horas. No sé cómo hacerlo. No sé vivir sin ti.

Rose se la quedó mirando durante unos segundos que a Vyx se le antojaron eternos y luego compuso una triste sonrisa, como si pudieran permitirse el lujo de la melancolía. Rose le dijo:

—Claro que sabes.

—No, no sé. Vivo en este apartamento de una habitación porque el templo me recuerda a todo lo que fuimos juntas.

En cada esquina hay un recuerdo que se me clava como un cuchillo en el corazón.

Todos esos putos recuerdos que no me dejan olvidar que ya no estás conmigo, que te perdí, que debí ser más rápida, más ágil, más…

—Eres maravillosa, Vyx. —Rose le acarició las mejillas con los pulgares—. Eres leal, graciosa, valiente, irritantemente sarcástica y tienes un corazón que no te cabe en el pecho, aunque lo uses lo que viene siendo regular. Y sé de lo que hablo, ¿vale? Porque formas parte de mí.

—¿Incluso cuando estás de vacaciones?

—Incluso cuando estoy de vacaciones.

Vyx cerró los ojos. Sentía que una tormenta silenciosa empezaba a arreciar en su mente, y es que los efectos más benévolos del alcohol no tardarían en dar paso a la somnolencia.

—¿Me perdonas? Por dejarte morir.

—No tengo nada que perdonarte.

Rose le dejó un beso en la frente y, poco después, Vyx se durmió.

Antes de caer en las redes de la resaca que pasaría a la historia como una de las peores de su vida, Vyx hizo tres cosas: buscar al fantasma de Rose sin suerte, vomitar hasta perder el conocimiento sobre las baldosas del baño y darse una interminable ducha cuando lo recuperó.

Si recordaba con claridad la conversación que tuvo con su hermana mientras se vestía con una torpeza nada propia de una guerrera de su rango tres horas después, no sabría decirlo.

Lo único que se oía en el apartamento era una repetición de gemidos lastimeros y una gran variedad de insultos.

Vyx no se encontraba bien, y se lo habría dicho a alguien si no estuviera completamente sola.

Su único plan para no seguir regodeándose en el miedo de que Astrid no le dirigiera la palabra nunca más consistía en colarse en el templo como una sombra sigilosa y realizar una búsqueda exhaustiva en la biblioteca sobre Hécate.

Aunque cabe decir que la sola idea de subirse a la moto y conducir hasta el monte Pelión se le hacía un mundo.

Vyx salió del dormitorio con el pelo húmedo y las gafas de sol, de montura blanca y cristales negros, puestas como complemento indispensable.

Comprobó si llevaba las llaves en uno de los bolsillos del pantalón tejano salpicado de parches y los ojos se le fueron de manera inevitable al marco de fotos que se hallaba junto al equipo de música, en el que Astrid y ella sonreían a la cámara con uno de los atardeceres más bonitos que Volos había presenciado tras ellas.

Recordaba con dolorosa nitidez aquel día.

Comieron juntas en la playa sobre la arena y jugaron a cartas hasta que la noche les cayó encima.

Se ajustó la pasta de las gafas al puente de la nariz antes de darse la vuelta y marcharse.

Como era habitual, nadie la recibió en los jardines ni en el templo al llegar.

Vyx merodeaba por los pasillos como un fantasma con mal aliento y peores intenciones, así que no se molestó en increpar a ninguna de las guerreras con las que se cruzó por murmurar a sus espaldas; la jaqueca imperecedera que le taladraba las sienes era un constante recordatorio de que se había dejado la dignidad en casa.

Su plan empezó a hacer aguas en cuanto abrió las puertas de la biblioteca y una inmensa sala forrada de altas e imponentes estanterías la marearon con su sola visión.

Sobra decir que la última vez que la guerrera pisó la biblioteca medía poco más de metro treinta y todavía creía en los unicornios. Se le escapó un:

—Joder.

Llegó a sus oídos el eco de una carrera y se volvió sin borrar esa expresión de quien desea estar muerta.

Reconoció a Ifigenia y decidió llamarla con un silbido, algo de lo que se arrepintió al instante.

La recientemente iniciada de la Orden se detuvo en seco, miró en dirección a Vyx, sonrió con genuina alegría y echó a correr hacia ella.

—¡Hola, Vyx! Voy a entrenar un rato con Orión —le contó entusiasmada.

La mayor frunció el ceño y comprobó la hora en el reloj de pulsera.

—Pero si es tardísimo.

—Solo será un ratito. —Ifigenia se columpiaba, impaciente—. ¿Necesitas algo?

—¿Ibas a pasar de largo sin darme todos los besos que me debes?

A la niña no le cabía la sonrisa en la cara. Se colgó del cuello de la ascendida cuando esta se agachó y le dejó un reguero de efusivos besos en la mejilla. Satisfecha, Vyx le dio una palmada en el trasero, se incorporó y señaló hacia el final del pasillo.

—Que no me entere de que ese renacuajo te hace daño, porque…

Ifigenia ya había echado a correr y, mientras se alejaba, gritó:

—¡Algún día estarás orgullosa de mí!

Vyx permaneció unos momentos bajo el umbral, viendo como el arco que Ifigenia llevaba a la espalda se balanceaba al ritmo de su carrera.

Pensó que había perdido una gran oportunidad para decirle que ya estaba orgullosa de ella.

Resolvió que no podía posponer más la pesadilla que la deparaba y entró arrastrando los pies en la biblioteca.

Pasó cerca de veinte minutos recorriendo los pasillos y analizando con ojo relativamente crítico las estanterías en busca de algo que se pudiera ajustar a lo que necesitaba. Fueron seis los tomos que dejó sobre una de las largas mesas de madera carcomida, levantando una nube de polvo denso y gris.

Acababa de sentarse y de abrir el primer libro, titulado Historia de la magia, cuando tuvo la que consideró una brillante idea. Buscó el móvil en el bolsillo y le envió un mensaje a Xanthe.

Pasaron unos buenos diez minutos que Vyx había invertido en probar varias maneras de sentarse en una silla hasta que la puerta de la biblioteca se abrió.

La sonrisa que esbozó al ver entrar a su mejor amiga se esfumó de un plumazo al descubrir que no venía sola.

Elara, Cora e Iris entraron con ella. Vyx pensó que eso tenía que ser lo que una siente ante la más vil de las traiciones.

Contemplarlas a las cuatro juntas era como estar frente a una amalgama de peculiaridades: Elara intentaba disimular la ligera cojera al desviar toda posible atención hacia su sonrisa altiva, mientras que Iris caminaba con el apoyo incondicional del bastón negro y una expresión enigmática e indiferente, como si la ceguera con la que nació fuera motivo de intimidación para el mundo entero y no una desventaja para ella. Y tenía razón.

Por último estaba Cora, la chica de las cuencas hundidas y los ojos rasgados que escondían una misteriosa carga. Vyx no tenía claro cómo había llegado a ese punto de sentirse cómoda cerca de Cora, sobre todo si tenía en cuenta que últimamente parecía haber perdido un tornillo.

—Si no lo veo no me lo creo —dijo Elara con tono burlón—: Vyx la ignorante y una pila de libros compartiendo el mismo espacio. Pellizcadme.

Como si fuera su deber defenderla, Cora le dio un codazo en las costillas a Elara, y ese gesto de protección tan genuino hizo a Vyx sonreír fugazmente.

—No la defiendas, Cora —intervino Iris, sumamente apática. El golpe que dio sobre la mesa con el bastón hizo que Vyx diera un brinco—. Nos sorprende a todas.

Creo que es un buen momento para señalar que Iris era una de las pocas guerreras que le ponía a Vyx los pelos de punta.

Xanthe encogió los hombros como respuesta a la mirada asesina de su mejor amiga y se sentó resuelta junto a ella.

Las demás, en cambio, tomaron asiento al otro lado de la mesa.

Como las guerreras vestían los uniformes arktoi, de tela sintética y negra como el agujero más profundo del averno, dio la impresión de que tres sombras acababan de tomar forma bajo las cálidas luces de la biblioteca.

Elara eligió un libro de la pila mientras decía:

—Nos ha dicho un pajarito que estás buscando información sobre Hécate.

Incómoda hasta en su propio cuerpo, Vyx sopló sin llegar a separar los labios, llenándose los carrillos de aire.

¿Por qué habría decidido Xanthe ponerla en un compromiso así?

¿Es que pretendía que alguna de ellas descubriera sus verdaderas intenciones?

Mientras rumiaba, la mirada inquisitiva de Elara se le clavó en las retinas.

—¿Por qué?

Todo lo que a Vyx se le ocurrió contestar fue:

—¿Curiosidad?

La única reacción diferente a esa respuesta, es decir, otra que no fuera una serie de parpadeos de incredulidad, fue la de Cora, pues prefirió regalarle una tímida sonrisa que, de haber prestado Vyx más atención, habría visto que escondía una pizca de devoción.

Cogieron un libro cada una y empezaron a hojearlos. Al cabo de un rato, Iris preguntó:

—¿Y qué quieres saber sobre Hécate, exactamente?

Vyx miró a la guerrera. Estaba sentada de perfil, con una pierna a cada lado del banco y con el bastón muy pegado a la rodilla izquierda.

Tenía el extremo ovalado apoyado en la tesela de blancos y dorados que forraba el suelo de la biblioteca, y había extraído el remate del bastón solo para dedicarse a acariciar con el dedo la punta de la lanza.

—Los orígenes de los hacedores de magia, por ejemplo —contestó Vyx.

No supo si fue suerte o azar, pero ese símbolo de las tres cabezas de un lobo con las fauces abiertas que se presentaba en una de las páginas del libro que hojeaba era el del Aquelarre del Lobo.

Vyx apoyó el tomo verticalmente para que todas lo vieran, y enseguida dio la sensación de que había sacado un tema peliagudo.

Elara cuadró los hombros y la palidez de Cora se acentuó.

—Menudas caras más rancias —dijo Vyx—. ¿Qué os pasa? ¿Sois hacedofóbicas o qué?

El silencio que siguió a su comentario y el hecho de que sus compañeras compartieron miradas de confusión desconcertó a Vyx, que añadió incrédula:

—Hacedofóbicas. He combinado hacedores y fobia. ¿Cómo puede ser que no lo pilléis, joder? Es lo mismo que cuando dices homofobia, pero cambias el homo por el ha…

Su mejor amiga le hizo un favor al carraspear muy por encima de su voz y decirle:

—Déjalo. Déjalo.

—De todas las cosas que podrían despertar tu curiosidad —observó Elara—, eliges lo único que ha conseguido poner en peligro a la Orden en toda su larga historia de servicio. Increíble.

—Hay cosas de las que es mejor no hablar —convino Cora.

Iris volvió a encajar el ornamento de plata del bastón, ocultando el principio de la hoja de la espada y, cuando todas las miradas de las adeptas de la Orden se posaron en ella, dijo:

—Solo he oído la voz de Hipólita temblar una vez. Fue cuando le pregunté por la masacre del Aquelarre del Lobo. Yo tenía catorce años.

—No puedo ni imaginármelo —susurró Xanthe.

A Vyx le pareció que acababa de ver a Elara estremecerse por primera vez en su vida.

—He leído que la Orden perdió a quince guerreras —comentó Elara.

—Yo leí que fueron veinte —dijo Cora más bajito, si cabe.

—El número es irrelevante. —Iris acarició la cubierta de uno de los libros—. La cuestión no es cuántas guerreras se perdieron, sino la reputación imborrable de debilidad que esas muertes dejaron. Supongo que hay peligros de los que ni Hipólita ni Artemisa pueden protegernos.

Xanthe y Vyx intercambiaron una mirada, y Cora se llenó el pecho de aire antes de decir:

—Tengo que admitir que la magia es una de las ramas más interesantes que hemos estudiado.

Gaia siempre repetía lo fascinante que es que algo tan parecido pueda tener orígenes tan distintos.

Por ejemplo… —Fijó la mirada en Vyx—. Se cree que la fuente de la magia de los nórdicos es Ygdrassil, el árbol de los nueve mundos, y que fue la diosa Freya la que transmitió los conocimientos del seiðr a los otros dioses.

Eso hace que me pregunte cuál es la fuente de poder de Hécate y por qué decidió compartirla con las primeras hacedoras de magia.

Vyx estaba tan embelesada por la forma de hablar de Cora que cuando la puerta de la biblioteca se abrió estrepitosamente le dio un vuelco el corazón. Oyó a Elara murmurar un “la que faltaba” incluso antes de descubrir que se trataba de Thalia.

—¿Se puede saber qué estáis haciendo todas aquí?

Ninguna de las presentes se dignó a contestar.

—Hipólita quiere vernos en su despacho. A todas. Así que moved el culo.

Cora fue la primera en levantarse y preguntar:

—¿Y Faidra?

—Ya está avisada.

—Menuda maravilla, Thalia —dijo Iris, poniéndose en pie con suma parsimonia—. Has subido a otro nivel. De ascendida a paloma mensajera.

Y a pesar de todo lo que acababa de aprender y de la perdurable resaca, los ojos de Vyx escondieron una sonrisa detrás de las gafas de sol. Saber que ella no era la única que tenía una opinión deplorable sobre Thalia la había hecho sumamente feliz.