La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE VACACIONES Y ASUNTOS PROHIBIDOS
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DE VACACIONES Y ASUNTOS PROHIBIDOS

DE VACACIONES Y ASUNTOS PROHIBIDOS

— S oy una puta mierda.

Vyx lanzó el teléfono contra el cojín del sofá y dio un lacónico trago a la lata de cerveza. La noche ya había caído sobre la ciudad y el apartamento estaba a oscuras. Solo las tenues luces de las farolas se filtraban por las ventanas, dibujando sombras grotescas a su alrededor.

El desordenado salón olía a alcohol y a autocompasión.

Había latas vacías de cerveza barata desperdigadas por encima del sofá o pisoteadas en el suelo, y piezas varias de ropa yacían olvidadas junto al mueble de la televisión.

Vyx se ajustó el tirante del sujetador y suspiró hastiada.

Había decidido emborracharse nada más llegar a casa.

Su primera opción, por supuesto, fue hacerlo en el Cerberos, pero como no le apetecía conducir hasta allí solo para tener que soportar la mirada ponzoñosa del camarero, prefirió quedarse en casa.

Después de quitarse la ropa y darse una ducha, que no ahogó sus cuestionables intenciones, se puso unos pantalones cortos de deporte y un top y asaltó sin remordimientos el armario de la cocina donde guardaba el alcohol.

—Si bebes más, creo que lo de ahogarte en tu vómito se hará realidad.

Vyx se atragantó con la cerveza al oír la grácil voz de Rose.

Su hermana estaba tan cerca que podía apreciar al detalle esa media sonrisa suya o el brillo bermejo de su pelo del mismo color que el fuego.

Ante ese imposible, Vyx se quedó a merced de una angustia que se esforzaba por mantener a raya todos los días. Apartó la mirada y cerró los ojos.

—No estás aquí —hipó.

—Vaya. Qué amable.

—Eres producto del alcohol —continuó diciéndose.

—¿Y eso debería impedirme visitar a mi hermanita porque…?

—Porque estás de vacaciones.

—¿Estar de vacaciones es un eufemismo de estar muerta?

Vyx abrió los ojos horrorizada y la miró. Rose, que había subido las largas piernas y las había recogido como una niña pequeña, la observaba con profundo interés. Vestía el uniforme de combate y tenía las manos entrelazadas en el regazo.

—Creo que deberías pedirle perdón a Astrid. —Su voz era tan dulce como Vyx la recordaba—. Primero: por haber desaparecido durante cinco días y no dar señales de vida. Y segundo: por esos mensajes que le has enviado y que, sinceramente, apestan a desesperación.

—No apestan a desesperación —repuso ofendida.

Luego recogió el teléfono y lo desbloqueó con intención de leer los mensajes, insegura.

—¿Llamitas? —Rose se inclinó sobre ella para poder ojear la pantalla—. ¿En serio? ¿Sabes que hay más emoticonos en el mundo, no?

—El de las gotas de agua me parece demasiado porno, ¿vale?

—¿Y ese no?

—No. Las llamitas son mucho más sutiles. Además, pueden interpretarse como: oye, tengo ganas de verte. O: eh, guapa, me muero de ganas de empotrarte.

—Ya veo. —Rose esbozó una divertida sonrisa—. ¿Y qué significa en este contexto?

—Las dos cosas. Creo. O puede que solo la primera… ¡Joder, es una pregunta muy difícil, Ro! ¿Has venido para reírte de mí o para darme soluciones?

—La verdad es que he venido a recordarte que eres tonta.

—Ah, pues qué bien. Gracias, se me había olvidado.

Rose le dio la vuelta al colgante de la media luna que pendía del cuello de Vyx.

—No es lo mismo que lo diga Xanthe que yo, ¿verdad?

—No, claro, porque Xanthe siempre evita herir mis sentimientos.

Su hermana fingió estar sorprendida y le dio un golpecito en el muslo.

—¿Tú tienes de eso? ¿Por qué no me lo habías dicho antes?

Vyx esbozó una sonrisa tan grande que apenas le cabía en la cara, ruborizada por el exceso de alcohol.

Pensó en lo mucho que echaba de menos a su hermana y lo terriblemente cansada que estaba de luchar contra lo que realmente anhelaba: volver a oír su risa, poder lanzarse pullas sin malicia alguna, vivir con la tranquilidad de su compañía.

Con la sensación de que todo, incluso ella, se movía muy despacio, Vyx le preguntó:

—¿Cómo es?

Rose frunció el ceño y, como si hubiera visto algo fuera de lugar, se irguió ligeramente en el sofá para seguidamente inclinarse hacia su hermana. Vyx empezó a temblar mucho antes de sentir las caricias de los largos y delicados dedos de Rose en el flequillo.

—¿Cómo es qué?

—Estar de vacaciones.

Vyx todavía aferraba entre las manos la lata de cerveza cuando Rose volvió a sentarse en su sitio.

—Es como quedarte dormida —contestó su hermana en voz baja—. No te das cuenta de que lo estás hasta que abres los ojos por la mañana.

—Pero tú no volviste a abrir los ojos.

Rose se encogió de hombros como toda respuesta y un incómodo silencio se asentó entre ellas. Vyx quería decirle tantas cosas que no sabía por dónde empezar, así que se limitó a acabarse la cerveza. Desechó la lata vacía y refunfuñó mientras cogía otra.

—¿No lo echas de menos? —decidió preguntar al final, sin atreverse a mirarla—. Ya sabes… ¿Echas de menos no estar de vacaciones?

—Echarlo de menos significaría que puedo sentir algo, Vyx, y cuando estamos de vacaciones no sentimos nada. Te quedas vacía y ya está.

A Vyx se le secó la boca. ¿Por qué le había preguntado algo así? Podría haber dicho cualquier otra cosa. Supongo que había algo terriblemente sombrío y retorcido en estar junto a la persona a la que más quería en el mundo y dudar al mismo tiempo de su propia salud mental.

—Te recuperaré —determinó Vyx, alzando al mismo tiempo la lata de cerveza hacia ella, como si fuera el momento ideal para un brindis—. Te recuperaré, Ro, y entonces podrás volver a sentirlo todo. Mira, le diré a Lucian que te dé unos cuantos orgasmos de mi parte.

—¿De tu parte?

—Bueno, ya me entiendes. No de mi parte, porque claro… el incesto y eso… ¡No me confundas! —exclamó, y Rose estalló en carcajadas—. ¡Me has entendido perfectamente!

—Sí, sí, pero eres tan adorable cuando te aturullas que no he podido evitarlo. —Los ojos verdes de su hermana parecían dos esmeraldas, brillantes e hipnóticas—. De todas formas, enana, ¿para qué quieres recuperarme?

—¿Cómo que para qué? —repuso Vyx sin una pizca de su bravuconería habitual en la voz—. Para que estemos juntas, pedazo de lerda.

Rose sonrió. Hizo un gesto con la mano como si quisiera abarcar todo el salón.

—¿Juntas aquí, en tu apartamento de una habitación?

—Puedo comprar una cama plegable de esas. O podemos mudarnos a un piso más grande.

—¿Por qué no vuelves al templo?

—¿Y por qué iba a hacer algo así?

—Porque hay mucha gente allí que te aprecia, por ejemplo.

—Eso es mentira, va.

—¡Claro que no! —exclamó Rose antes de empezar a contar con los dedos de la mano derecha—. Veamos. Xanthe es tu mejor amiga…

—Xanthe solo me aguanta por costumbre.

—Ifigenia te adora.

—Algo que, sinceramente, no entiendo.

—Vale. ¿Y qué me dices de Cora?

La pregunta pilló a Vyx a medio trago y por poco no se atragantó. Tosió varias veces y agradeció en silencio las palmadas que su hermana le dio en la espalda.

—Ay, que me muero, joder —murmuró Vyx antes de sufrir otro acceso de tos. Después se limpió la boca con el dorso de la mano y, como si acabara de tener una de esas revelaciones trascendentales, dijo—: Cora está buenísima.

Rose le dio un pellizco en el muslo, sonrió y después siguió enumerando:

—También le gustas a Elara, aunque le demuestres tu simpatía con comentarios más que desafortunados sobre su cojera.

—Así me tienes que querer.

—Está feísimo hacer esa clase de comentarios despectivos, Vyx.

—No los hago con mala intención, joder.

—Es mejor que no los hagas, con o sin mala intención —aconsejó sin cambiar el tono cariñoso de su voz—. Bueno. ¿Y qué me dices de Iris?

—Es más mayor que nosotras, Ro.

—Pero también le caes bien.

—Porque es mayor pero no muy inteligente que digamos.

—Recuerdo aquella vez que la ayudaste con su bastón letal…

—¡Ah, sí! Es que el suyo se le había roto cuando luchaba contra Kobalos.

La sonrisa de sabionda de Rose hizo que Vyx se mordiera el labio inferior y señalara:

—Thalia me odia.

—Ya, bueno. —Rose hizo un mohín—. La pregunta sería: ¿a quién no odia Thalia?

—Y Faidra tampoco me aguanta.

—Una vez le eché polvos picapica en el pijama —confesó Rose. Luego se recostó hacia atrás y descansó las manos en la nuca —. Estaba harta de que me tirara de las coletas solo porque contestaba a todas las preguntas antes que ella.

—Siempre has sido un poquito Hermione Granger, la verdad.

—¿Me estás llamando sabelotodo insoportable?

—¿No es evidente?

—Sí. Solo quería asegurarme.

Entonces, Vyx dejó la cerveza en la mesa, se tragó las ganas de vomitar y preguntó:

—¿Por qué quieres que vuelva al templo?

—Las necesitas tanto como ellas te necesitan a ti.

Vyx se clavó las uñas en las palmas de las manos.

—No las necesito —murmuró entre dientes.

—Entonces, ¿por qué le has contado a Xanthe tu intrincado plan para recuperarme?

—Es mi mejor amiga.

—Sé que intentas autoconvencerte de que solo vas al templo para ver a Ifigenia, pero yo sé que, en el fondo, te gusta ver a las demás y sentir que formas parte de algo.

La sangre emanó de las heridas. Cualquier dolor era mejor que admitir algo así en voz alta.

—Ninguna de ellas eres tú.

—Tamp…

—Cállate —interrumpió Vyx. Su primer impulso fue ponerse en pie, alejarse, pero las piernas se negaron a responderle.

Sollozó—: Cállate, Ro, porque sé lo que estás haciendo.

Estás intentando convencerme de que hay un lugar para mí en la Orden.

Intentas convencerme de que mi vida sería increíble si volviera al templo…

—A ver, no sé si usaría la palabra “increíble”, pero estoy segura de que tu vida sería mucho mejor de lo que es ahora.

—Pues te equivocas, joder —espetó—. Mi vida nunca será increíble ni fantástica ni maravillosa.

Siempre estará llena de todas las malas decisiones que he tomado.

¿Las contamos? No haber prestado atención a la carretera el día de la ascensión, haber entregado a Adonis al imbécil de Hermes para que me ayudara a llegar hasta ti…