La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE ERRORES COLOSALES Y TERRIBLES CONSECUENCIAS #2
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DE ERRORES COLOSALES Y TERRIBLES CONSECUENCIAS #2

—A las pruebas me remito. Lo siento, pero confiarte misiones importantes es darle un noventa por ciento de ventaja al fracaso, así que prefiero apostar por mi plan.

—Eres un hechicero. El hijo de una todopoderosa estrella fugaz o lo que sea tu madre…

—No hablemos de mi madre.

—Me parece flipante que no haya ningún hechizo o ritual místico que nos sirva, uno de esos en los que bailas desnudo bajo la luz de la luna mientras entonas un canto a Hermes.

—Esta vez no tenemos un perro con el que pagarle por su servicio.

Vyx se sintió profundamente ofendida.

—¡Tuve que dárselo! Rose se estaba asfixiando vete tú a saber dónde y necesitaba…

—El aagonaz es una vía mucho más directa y sin tratos de por medio.

Vyx se pinzó el puente de la nariz. Aunque no le apetecía probar el aagonaz de nuevo, tampoco tenía ningún interés en volver a invocar a Hermes. Habían pasado cuatro meses desde que le entregó a Adonis y su pérdida seguía pesando en su conciencia.

—Vale —dijo con un bufido, resignada—. Pero me niego a hacerlo en tu despacho con esa urna de bichos asquerosos delante.

Lucian se rio.

—¿No te gustan mis animales de compañía?

—Tú los llamas animales de compañía y yo prefiero llamarlos por lo que son: bichos asquerosos, repugnantes, vomitivos…

Se imaginó a Lucian delante de su terrario gigante, observando a las arañas, los gusanos y las ratas. El simple pensamiento le revolvió las tripas.

—Solucionado el tema del grimorio —continuó él como si nada—, deberías pensar cómo vas a explicarle a Hipólita que necesitas llevarte unas pocas cenizas de su fénix.

La guerrera se detuvo. Estaba a solo unos metros del herbolario.

—Se lo pediré amablemente. Hasta puede que deje caer un por favor y todo.

—Me pregunto si te convertirás en una osa cuando le robes a la adalid —comentó Lucian, viendo más allá de sus palabras—. Necesitaré una urna más grande.

—No me meterás en esa urna de cristal como si yo fuera otro de tus asquerosos bichos.

—Alguien tiene que ocuparse de ti, florecilla.

—Qué amable por tu parte. —Vyx fijó los ojos en el cartel del herbolario de Astrid: los secretos de Asclepio. Negó con la cabeza y espetó—: Ya te llamaré.

Colgó antes de que el Cuervo pudiera replicar y se guardó el teléfono en el bolsillo. Las manos todavía le temblaban. No estaba segura de si se debía a las ganas que tenía de ver a Astrid o al pánico que le daba todo lo que suponía volver a verla.

Allí plantada, indecisa, presenció cómo un cliente salía del herbolario a toda prisa y no se la llevaba a ella por delante de milagro.

El chico de pelo verde se disculpó rápidamente y prosiguió su camino con una bolsita de cartón abrazada contra el pecho.

Por unos instantes, Vyx caviló la posibilidad de seguirlo y hacer lo mismo: huir de allí lo más rápido posible.

—Te has enfrentado a quimeras y ninfas putrefactas —se dijo—. No seas cobarde.

Cogió aire, abrió la puerta y entró.

El repiqueteo agudo y molesto de la campanilla anunció su llegada, y ni el ruido sordo de la puerta al cerrarse pudo disimular el gruñido que Vyx soltó al ver que quien se encontraba al otro lado del mostrador era Kyrian, el hermano de Astrid; con su pelo rubio y ondulado idéntico al de su hermana agitándose ligeramente bajo la brisa del ventilador del techo.

Vyx observó que tenía una barba mucho más poblada que la última vez que lo vio.

—Hola.

No pasó por alto que los músculos de los brazos de Kyrian se contrajeron al escuchar su educado saludo.

Por no hablar de las chispas de guerra que saltaron entre ellos en el momento en que sus miradas se encontraron.

Aunque Vyx sabía que era una persona difícil de aguantar y estaba acostumbrada a las miradas de desdén, lo que encontró en los ojos de Kyrian fue mucho más que recelo.

La miraba con un odio tan puro como estremecedor.

—Astrid no quiere verte —dijo el brujo entre dientes.

—Bueno. Eso tendrá que decírmelo ella, ¿no?

—¿Es que insinúas que te debe un mínimo de decencia después de haber estado cinco días sin saber nada de ti?

—Es lo que tiene trabajar. ¿Lo has probado?

—Ser una asesina no es un trabajo demasiado ético que digamos.

Vyx decidió morderse la lengua. Era consciente de que Kyrian la odiaba por pertenecer a la Orden y, por eso, hizo un llamado al autocontrol y practicó algo completamente insólito en ella: ponerse en los zapatos de otro.

«Si yo hubiese perdido a alguien a manos de la Orden…

», pensó, y se le llenó el pecho de rabia.

«He perdido a alguien a manos de la Orden».

—¡Astrid! —bramó. No se dio cuenta de que había cerrado las manos en sendos puños mientras se obligaba a no apartar la mirada de él—. ¡Astrid!

—¿Vyx?

Astrid salió de la trastienda con la sorpresa pintada en la cara.

Todo en lo que Vyx pudo pensar al verla fue que ahí estaba esa mirada tan limpia que podría curar heridas.

Después sintió curiosidad por cómo podían caber tantas expresiones distintas en unas mismas facciones, y es que Astrid había pasado del asombro al alivio y del alivio al enfado en apenas medio segundo.

Vyx fue a su encuentro con unas diez excusas preparadas, pero no pudo poner en voz alta ninguna antes de que Astrid la envolviera en un efusivo y desesperado abrazo.

—Pensaba que estabas muerta.

Había pocas cosas que pudieran hacer sentir mal a Vyx, pero esas palabras desataron una corriente eléctrica de culpa que solo supo gestionar devolviéndole el abrazo.

Me he preguntado en varias ocasiones si habrá alguien en el mundo que odie a Vyx más de lo que ella se odia a sí misma, y todas y cada una de las veces, la respuesta ha sido negativa.

Rompieron el abrazo, se miraron a los ojos y Vyx balbuceó sin saber qué decir. Por fortuna, una vez superado el momento de alivio, Astrid tuvo claro qué hacer después.

La bofetada que recibió Vyx le dejó un escozor en la mejilla y un hormigueo en los dientes.

—¡Cinco días! —exclamó Astrid fuera de sí—. ¡Cinco días llamándote y sin saber nada de ti!

A Vyx le costó horrores escapar del estupor, pero lo consiguió diciendo:

—Te dije que me iba de misión, joder.

—Dos días. —Astrid alzó dos dedos—. Eso es lo que me dijiste que tardarías en volver.

Si bien Vyx abrió la boca, no supo qué decir. Se limitó a observar cómo Astrid cerraba los ojos, se llenaba el pecho de aire y desviaba la mirada hacia el mostrador para luego decir:

—Kyrian, por favor. Déjanos a solas.

A la guerrera no le gustó nada la sonrisa socarrona que el brujo tenía en los labios. Volvió a morderse la lengua mientras Kyrian se dirigía a la trastienda, y toda su rabia se evaporó cuando Astrid la miró a los ojos, ya a solas. Parecía que iba a echarse a llorar.

—¿No podías llamarme ni una sola vez? —preguntó acongojada—. Una vez.

Vyx tenía un centenar de gusanos en el pecho y miles de hormigas en la piel.

—¡Lo habría hecho si hubiese podido!

—Claro. Pero te ha dado tiempo de ir a casa, darte una ducha, cambiarte de ropa…

—¿No crees que estás exagerando un poco?

A Astrid se le escapó una carcajada de pura incredulidad. Dejó a Vyx allí plantada y se encaminó hacia los expositores, de donde cogió tres amatistas de una diminuta caja para luego retroceder sobre sus pasos enfurecida y enseñárselas a Vyx.

—¿Ves estas piedras? ¿Las ves? Pues tienen más empatía que tú. No soy tu juguete.

—¿Qué? Nunca he pensado que lo seas.

—No puedes acordarte y olvidarte de mí cuando te apetece. Sé que algo no va bien porque te conozco. Llevo semanas notándolo y no haces más que mentirme a la cara…

—¡No te estoy mintiendo!

—¡Llevo años intentando entenderte! Estoy ahí cuando me necesitas, todas y cada una de las veces. ¿Cuándo estás tú para mí? —Astrid rompió a llorar y Vyx se rompió por dentro—. Si de verdad me quieres, te juro que no entiendo tu manera de demostrármelo.

«Claro que te quiero», pensó Vyx. Lamentablemente, lo que dijo fue:

—¿Puedes, por favor, dejar que te lo explique?

Astrid escondió la cara entre las manos y dijo con un sollozo:

—Ni siquiera te das cuenta, ¿verdad? —Bajó una mano y se echó la melena hacia atrás con la otra, innegablemente abatida—. No necesito explicaciones. Necesito que te importe. Necesito que entiendas lo que ha sido para mí no saber nada de ti durante cinco días.

—Astrid…

—¿Sabes qué? Será mejor que te vayas. Tengo muchísimo trabajo —zanjó.

Vyx respiró hondo. Tenía la sensación de que esa conversación había sido una broma de mal gusto que no podría haberle sentado bien a nadie.

Buscó esperanza en los recovecos de su apático corazón, pero, una vez más, las palabras no acudieron en su ayuda.

Abrirle las puertas a la desolación le resultaba impensable, así que hizo lo que mejor se le daba: fingir que los daños colaterales de sus mentiras no empezaban a enseñar los dientes.

Cuadró los hombros, se aclaró la garganta y sugirió:

—Vamos a cenar, va. Te recojo en un rato, te lo cuento todo con lujo de detalles y…

—Tengo planes.

La voz de Astrid fue tan apática como mordaz.

Cuando Vyx salió del herbolario no sabía muy bien cómo sentirse ni en qué punto de su vida estaba o en qué punto de su relación estaban las dos.

Pero sí sabía que había gastado todas las fichas del engaño y que, a esas alturas, la partida solo podría dejarla a la suerte de una verdad que la llevaría hacia un único posible final.