DE ERRORES COLOSALES Y TERRIBLES CONSECUENCIAS
DE ERRORES COLOSALES Y TERRIBLES CONSECUENCIAS
H abía muy pocas cosas de las que Vyx pudiera presumir a sus veintitrés años, pero, sin lugar a duda, una piel tersa sin magulladuras ni cicatrices después de casi toda una vida sirviendo a la Orden de Artemisa era un buen motivo para vanagloriarse.
Sin embargo, no había quedado con Xanthe en una de las cafeterías más concurridas de Volos para debatir sobre las ventajas y las desventajas de ser una ascendida. Sí podrían hablar del frío que se le había quedado a Vyx en el cuerpo tras la aventura en el monte Sípilo.
—No sé cómo puedes ir en sudadera en pleno mes de junio.
Xanthe miraba a Vyx sentada de cualquiera manera en la silla.
No porque acostumbrara a adoptar posturas despreocupadas en las sillas, sino por puro cansancio.
Las pruebas de que Xanthe estaba trabajando más de lo habitual estaban en su piel cetrina, en el lánguido cabello aprisionado en una coleta y en la escasa emoción de los ojos, más apagados que nunca.
Vyx sintió un atisbo de culpabilidad por haber pedido vacaciones en el momento más inoportuno.
—Nunca he oído que una ninfa se comportara así —continuó su amiga—. Es uno de esos expedientes que la Orden archivaría bajo llave si pudieras contarlo.
—Una ninfa cleptómana y devora almas. —Se encogió de hombros y continuó dándole vueltas al café doble con media cucharadita de azúcar—. ¿Qué más da?
—¿Alguna vez no estás de un humor de perros?
El suspiro de Vyx fue tan lento y tendido que Xanthe pensó que se ahogaría.
—No quiero hablar de eso. ¿Cómo va todo por el templo?
—Si pasamos por alto que otras dos guerreras han muerto y que a Thalia le ha dado por espiarnos desde las esquinas como si fuera la detective de un caso de Agatha Christie, supongo que bien.
—Tras una breve pausa, añadió—: Creo que tenías razón.
La muy insípida cree que una de nosotras la atacó a traición en el Archivo.
—Pues claro que tenía razón.
Dicho eso, Vyx saboreó el café. Se regodeó tanto en el calor que prometía ser capaz de templar su cuerpo que pasó por alto el descarado escrutinio de Xanthe, quien preguntó:
—¿Estás bien?
—De maravilla —respondió Vyx, de pronto muy risueña—. He encontrado el primer elemento y solo me faltarán dos para completar la…
—Tres —corrigió Xanthe, interrumpiéndola—. Te faltarán tres elementos.
Xanthe pudo comprobar que Vyx estaba de los nervios gracias al resoplido dramático que soltó.
Estaba más irritable de lo habitual. El motivo, el gran secreto de por qué Vyx la había citado a las once de la mañana en una cafetería cualquiera, era nada menos que Astrid, a quien no había visto desde que volvió de su misión personal.
Por fortuna para las dos, Xanthe era mucho más intuitiva de lo que Vyx se merecía.
—Tengo curiosidad… —dijo, inclinándose hacia delante muy despacio sin apartar la mirada de una Vyx que intentaba rehuirla—.
Vuelves a Volos a las tantas de la madrugada, duermes unas horas, te levantas, te das una ducha y decides llamarme a mí en lugar de plantarte donde sea que está tu novia, quitarle la ropa y empotrarla en la primera pared que veas. ¿Por qué?
Vyx echó un vistazo a la pantalla del móvil.
—A estas horas estará trabajando.
—¿Y desde cuándo ese detalle te ha detenido?
—La última vez que me puse imaginativa en el herbolario, un cliente nos llamó exhibicionistas y luego nos dio una tarjeta de su línea de hoteles para encuentros discretos .
—¿Y eso fue un problema porque…?
—Astrid no quiere mancillar su reputación con nuestros gemidos.
—Mancillar —repitió Xanthe—. A ver si lo adivino. ¿Esa es la palabra del mes?
—Exactamente. Tengo que amortizar el calendario. Por cierto, amortizar es la palabra del mes que viene. —Sonrió de oreja a oreja—. Me merezco puntos extra por usarla antes de tiempo.
—¿Y qué me dices de la palabra evitar? Porque eso es lo que estás haciendo con Astrid.
Vyx desvió la mirada y le dio otro sorbo al café. Estaba asustada, pero no por las razones que cabría esperar. Ese miedo no se equiparaba al que sintió en las profundidades del árbol podrido, con la ninfa alimentándose de ella. Era un pánico mucho más visceral.
—Tenía veinte llamadas perdidas suyas cuando miré el móvil —dijo al fin, y dejó la taza de nuevo sobre la mesa—. Veinte.
Xanthe se rascó la mejilla, confundida.
—Supongo que estaba preocupada por ti.
—No lo entiendes. —Vyx sonrió amargamente.
En ese momento era incapaz de mirar a su mejor amiga a la cara y continuar con esa conversación, así que enfocó toda atención en la taza, como si quisiera desentrañar los misterios ocultos en la cerámica—.
Le dije que me iba de misión. Ella sabe que cuando me voy de misión no tengo tiempo para mirar el teléfono.
No tengo tiempo para… Ella lo sabe. —Carraspeó y se reclinó en el respaldo de la silla—.
No puedo estar pendiente de contestarle cada vez que me llama.
—Vyx, puede que simplemente te echara de menos.
—Cuando Lucian echaba de menos a Rose le enviaba un mensaje, no le freía el contestador con un montón de: “¿Estás bien? ¿Por qué no contestas?” o “Como no me devuelvas esta llamada, empezaré a pensar que estás en el estómago de alguna bestia”.
—Está claro que la relación entre tu hermana y su novio no se puede comparar con la vuestra. Para empezar, Lucian es un hechicero; seguro que entraba en trance o algo así y podía tener una visión geolocalizadora.
El comentario jocoso de Xanthe apenas le hizo cosquillas a Vyx, quien frunció los labios en una mueca indescifrable y dijo:
—Él le daba su espacio. ¿Por qué Astrid no puede darme el mío?
—Vyx. Escúchame. Has estado… ¿Cuántos? ¿Cinco días de misión? Astrid habrá imaginado que has muerto de mil maneras diferentes. No puedes culparla por preocuparse por ti.
—No sé cómo hacerlo —admitió—. Está claro que no vemos las cosas igual.
—¿Qué cosas? ¿Vuestra relación?
Vyx se pasó una mano por el pelo y pensó que necesitaba un corte con urgencia, porque ya le había crecido hasta más abajo de las orejas. Se explicó, o lo intentó:
—Es como cuando teníamos clase de mitología en el templo. Rose iba porque quería aprender y yo iba porque me obligaban a ir.
—¿Se supone que eso es una analogía?
—Astrid está enamorada de mí.
—Pues es maravilloso. ¿Y tú no estás enamorada de ella?
¿Lo estaba? Vyx se lo había preguntado más de una vez. ¿Qué era el enamoramiento? ¿Significaba estar enamorada que debía elegir a Astrid por encima de todo? Vyx sabía poco sobre el amor, pero estaba segura de que no estaba preparada para ese nivel de compromiso.
—Astrid me juzgaría si supiera lo que estoy haciendo para recuperar a Rose.
—Lo que estás haciendo es una completa y absoluta locura, Vyx.
—Ya, pero tú no me juzgas.
—Un poquito sí. —Xanthe sonrió, le dio un golpe inofensivo con el pie por debajo de la mesa e insistió—: No me has contestado. ¿Estás…?
—¿Sabes que Astrid es hija de la sacerdotisa del Aquelarre del Lobo? —Al ver el gesto confundido de su amiga, añadió—: Es la hija de Andrómeda. La Orden destruyó a su familia.
—Bueno, mira, hablando de locuras…
—Su hermano intentó matarme. Un encanto de chico.
—¿Es guapo?
—¿Has oído lo de que intentó matarme?
Xanthe se encogió de hombros y, algo desdeñosa, le dijo:
—La pregunta es: ¿quién no ha intentado matarte alguna vez?
— Touché. —Vyx suspiró con amargura—. Astrid debería odiarme, no enamorarse de mí.
Su amiga entrelazó las manos sobre la mesa. A Vyx no le gustaba nada esa expresión de sabionda que tenía pintada en la cara.
—¿Sabes qué creo yo? —El tonito de Xanthe era el mismo que ponía cuando intentaba explicarle cómo resolver los problemas más sencillos durante las clases de aritmancia de la Orden—. Creo que intentas invalidar los sentimientos de Astrid para no afrontar los tuyos.
Lo primero que pensó Vyx fue que había cometido un error al abrirse en canal delante de su amiga. Después sintió cómo las palabras de Xanthe se metían en su corazón y se clavaban dolorosamente en las paredes musculares y prometían quedarse para siempre.
—¿Sabes qué creo yo? —contraatacó Vyx, apartando la taza de un manotazo—. Creo que necesitas comerte un buen caldo de garbanzos, porque pareces Caronte recién salido de una rave en la que no se ha comido ni un colín.
—Ve a verla —zanjó Xanthe.
Después de esa horrible conversación que desató en la mente de Vyx mil remordimientos y de que su amiga pagara la cuenta, se despidieron con un abrazo y se marcharon en direcciones opuestas, con el sol de mediodía en todo su esplendor.
Vyx deambuló por el puerto sin el más mínimo interés, dejando que sus pies la llevaran a cualquier parte.
Las horas se alargaban tanto que más de una vez llegó a pensar que el tiempo se había estropeado.
En su paseo le dio tantas vueltas a lo que sentía por Astrid que acabó sentada a orillas de la playa en incómoda soledad, con las piernas recogidas hacia el pecho y el pelo irritantemente largo a merced del viento.
La única conclusión a la que fue capaz de llegar fue que le daba miedo ser sincera con Astrid porque serlo significaría perderla.
Y le daba miedo no ser sincera con Astrid porque mentir significaría perderla. «Total», pensó, «que estoy jodida».
Se dirigía al herbolario en un acopio de valentía cuando recibió la llamada de Lucian.
El hechicero le hizo saber que, aunque había demostrado ser una inconsciente y cabía la posibilidad de que se le derritieran los sesos, la opción más viable para localizar el grimorio de Hécate era que se sometiera una vez más al efecto potenciador del aagonaz.
—La última vez me quedé gilipollas durante tres días, joder —protestaba Vyx con el teléfono en la oreja—. ¿No puedes encontrar el grimorio de una manera… no sé, más tradicional?
—¿Quieres encontrar el grimorio o no?
—¿Te gusta hacer preguntas estúpidas?
—Un estúpido preguntaría: ¿qué?
—¿Qué?