DE RECUERDOS OLVIDADOS Y NUEVOS PROPÓSITOS #2
A pesar del mareo, la guerrera hizo acopio de voluntad y mantuvo el equilibrio.
Dio un paso y luego otro hasta llegar junto a su mochila, dispuesta a recuperar sus armas y salir de allí.
Mientras recogía la bolsa, se la echaba a la espalda y acariciaba la madera pulida de su arco arktoi, miró el tesoro de la ninfa.
Se preguntó cuál de todas aquellas joyas perteneció a Sergei.
Lo había visto morir, y la impotencia que sintió entonces la golpeó una segunda vez sin piedad.
Se dijo que podría marcharse. Podría irse sin más.
Tenía lo que quería. Pero, y a pesar de que Vyx no se enorgullecía de ser una ascendida, la decisión que tomaría en ese momento ratificaría por qué estaba allí, por qué se debía a la caza y por qué no podía irse sin mirar atrás: una ninfa corrompida por la avaricia había matado y devorado indistintamente durante demasiado tiempo.
Y Vyx acababa de decidir que el tiempo de la ninfa se había acabado.
«Además, esa zorra maloliente tiene mi colgante», pensó mientras apretaba los dientes.
Se colocó el arco a la espalda, envainó las dagas arktoi en sus respectivas fundas y jugó con el robusto mango de lo que a simple vista parecía una tercera daga.
Vyx resolvió que tenía dos opciones: «Puedo salir del árbol y rezar a todos los dioses por que la ninfa esté cerca y poder partirle el cuello, o puedo esperar a que vuelva con la cena y partírselo entonces».
Se inclinó por la segunda opción, aunque decidió darle una razón para volver antes.
Como parecía que la había atraído el hecho de que el gato hubiera estado jugando con sus tesoros, Vyx barrió todo el contenido del camastro con una mano.
Los objetos cayeron estrepitosamente al suelo entre agudos repiqueteos y Vyx no dudó en pisar todos aquellos que podrían ser de cristal.
Pegó una patada a una olla y guardó en el bolsillo de la mochila todas aquellas joyas que creyó que podrían valer algo en alguna casa de empeño del Círculo.
Estaba a punto de lanzar contra el suelo un pequeño espejo de la época victoriana cuando percibió una leve fluctuación en el ambiente.
—¡Mis tesoros!
Las paredes volvieron a vibrar al son del grito, pero esta vez la guerrera estaba preparada: activó un mecanismo oculto en el mango de la daga y esta se convirtió en una lanza más alta que su adversaria; una lanza de doble filo que utilizó para cortar todas las raíces que zigzagueaban en el aire hacia ella.
Vyx no quería tentar a la suerte y decidió escuchar la vocecilla de su difunta melliza, cuyo recuerdo había vuelto con la fuerza del dolor de más de tres meses de ausencia: ninguna guerrera arktoi debe subestimar jamás a su enemigo.
Vyx sabía que tenía el control, pero también que no estaba en plena forma. Así pues, continuaron con aquella demostración de magia por parte de la ninfa y de reflejos por parte de Vyx hasta que se hizo un imperioso silencio.
Luego bajó la lanza, y casi sonrió al ver el desquicio absoluto en los ojos de la criatura.
—¿No te ha sentado bien mi energía? ¿La has vomitado? —preguntó Vyx con muy bien fingida compasión—. Igual deberías haber preguntado qué llevaba primero, ¿eh? La gente suele decirme que soy un poco amarga y que provoco retortijones.
La ninfa retrocedió el paso que Vyx avanzó y dijo colérica:
—¡La guerrera de la osa…! ¡Traidora a su diosa…!
—No me van los pareados.
La ninfa la señaló con un dedo acabado en una uña muy afilada.
—¡Haciendo tratos con inmortales desterrados!
Un comentario que descolocó a la guerrera.
—Yo no he hecho tratos con nadie, ninfa-zombi —aseveró—. No sé a qué dios vas a rogarle tú, pero tengo malas noticias para ti: aquí hay muy mala cobertura.
—Brilla, brilla, brilla —canturreó la ninfa de tétrica sonrisa—. Tu dolor brilla...
La ninfa volvió a atacar y la guerrera se defendió, repeliendo la violenta arremetida de las raíces.
Sin embargo, no fue lo suficientemente rápida y una de ellas le dejó un corte vertical en el brazo izquierdo a su paso, arrancándole un siseo.
Vyx impuso pausa a la batalla y cerró los ojos, dejándose en manos de sus sentidos.
Fue así cómo percibió que unas raíces se alzaban detrás de ella y pudo esquivarlas a tiempo.
Después se lanzó al suelo de rodillas y giró sobre sí misma para seguidamente hundir la punta de la lanza en el vientre de la ninfa.
La hoja rasgó piel y músculo, atravesando a la criatura de lado a lado.
—Me gusta mi dolor, gilipollas —dijo Vyx, retorciendo la lanza. Un borbotón de sangre negra y espesa estalló en los labios agrietados de la ninfa—. Me recuerda que aún estoy viva.
Tiró de la lanza y se puso en pie según la criatura se desplomaba para morir en el suelo.
Un suspiro aletargado fue todo lo que las paredes del árbol tardaron en cubrirse de una capa gris.
Vyx siguió por el rabillo de los ojos el recorrido de la muerte mientras se llevaba lo que hacía ya mucho tiempo que debió haber sido suyo.
Las ramas crujían por última vez, y a la guerrera le dio la sensación de que las hojas suspiraban como si se abrazaran a un adiós que había sido demasiadas veces pospuesto.
Con una emoción que no sabría explicar entre las costillas, Vyx bajó la mirada al cuerpo inerte de la ninfa.
La piel de la criatura se deshizo como polvo hasta que no quedó de ella más que los tristes y apagados harapos.
La arktoi tenía un nudo en la garganta cuando se agachó y recogió lo único que brillaba y que tenía realmente valor para ella en ese lúgubre escenario: el colgante de Rose.
Limpió los restos de polvo que quedaban en el recubrimiento de la media luna para luego acercar el colgante a sus labios y besarlo, como si acabara de recuperar una parte de sí misma con el miedo de saber que no era así; que había partes de un alma que, cuando se iban, nunca volvían.
Tras unos segundos de deliberación, guardó el colgante en el otro bolsillo del pantalón y recogió su chaqueta negra antes de poner rumbo hacia la salida.
No tardó en darse cuenta, mientras recorría el mismo bosque que la había traído hasta allí, de que había perdido la brújula y de que su teléfono estaba sin batería. Se resignó a la idea de que tendría que valerse de la memoria para volver al punto de extracción.
Cuando dejó el bosque atrás detuvo sus pasos unos instantes para despedirse de la telaraña de árboles y mirar el punto en el que Cleta se manifestó ante ella.
No había rastro alguno de la eidolon.
Ya veía a lo lejos una de las alas del jet cuando refunfuñó, apretándose la zona herida del brazo.
Se preguntaba si la velocidad de regeneración era significativamente menor por lo que la ninfa le había hecho.
A medida que se acercaba, Vyx fruncía más y más el ceño, como si así pudiera encontrarle sentido a lo que veían sus ojos.
¿Ese que estaba cómodamente sentado en una silla plegable a los pies del avión, con lo que parecía una copa de cristal en una mano mientras la saludaba con la otra, era Lucian?
—¡Florecilla! —exclamó Lucian—. Te veo un poco coja y un poco... —Movía el dedo índice como si la invitara a encontrar la palabra que le faltaba—. Un poco...
—Cállate —espetó Vyx al llegar.
—¡Frustrada! Esa es la palabra.
Vyx murmuró un insulto. Estaba demasiado cansada para discutir. Se dejó caer en uno de los escalones que subían a la avioneta y se pasó una mano por el pelo sucio.
—He encontrado el guardapelo —anunció con grandilocuencia. Nadie le quitaría esa victoria, y mucho menos él, que estaba cómodamente sentado mientras ella había arriesgado la vida para encontrar el primer elemento—. Y no ha sido gracias a ti precisamente.
Lucian la miró a través de las gafas de sol y cruzó las piernas. Los pantalones de cuero negro del hechicero produjeron un sonido con el roce que le crispó a Vyx los nervios.
—Bueno, claro, es que no querías que nadie te acompañara, ¿recuerdas? Todo eso de la loba solitaria y de que podía irme a... ¿Cómo era? Ah, ya me acuerdo: a tomar por culo.
—No te necesitaba —resolvió Vyx con lo que ella interpretaba como franqueza—. He vuelto a tiempo con el objeto. Tenía razón. Ahora podrías dejar de tratarme como si...
Lucian alzó un dedo, pidiendo la palabra y dijo:
—Lo de que no me necesitabas, ¿en qué parte de toda la aventura ha sido?
—Vyx alzó una ceja como única respuesta y él continuó—: ¿Cuando merodeabas por las colinas como una conejilla desorientada?
¿O te refieres a cuando estabas atada bajo un árbol podrido mientras una ninfa te succionaba como si fuera una aspiradora?
«No. No puede ser». Eran muchos los rumores que circulaban sobre Lucian, el misterioso dueño del Cerberos. Rumores sobre el alcance de sus poderes, tan supuestamente parecidos a los de su madre que todo el mundo temía que fuera a transformarles en animales.
¿Y si había interpretado mal las habladurías?
¿Y si, en realidad, el que podía transformarse en un animal era él?
—No —masculló—. No es verdad.
El hechicero se llevó la copa a los labios y degustó el vino antes de decir:
—Además, eso de que has vuelto a tiempo con el objeto es discutible.
—Agitó la mano derecha para echarle un vistazo al reloj de pulsera—.
Han pasado cuatro días desde que te dejamos a tu suerte.
Alistair pretendía irse. Que se pudra, dijo, para ser más exactos.
Pero como soy un hombre majísimo lo convencí para darte algo más de tiempo.
Vyx enterró el rostro en las manos y ahogó un grito de rabia, gesto que no duró mucho. Bajó los brazos, entornó lentamente los ojos hacia él y fulminó al hechicero con la mirada.
—Me has arañado —recordó.
—Soy un gatito malo.
—No te pedí ayuda.
—No hacía falta.
Lucian sonrió, alzando la copa en un brindis solitario y Vyx ni se planteó rebatir sus palabras con algún comentario mordaz.
—¿Puedes transformarte en cualquier animal?
—Puedo hacer muchas cosas con las que tú solo puedes soñar. —Se puso en pie con parsimonia y pasó por encima de Vyx para subir al avión—. Esto te va a encantar. ¿Alistair?
Ella se levantó como buenamente pudo. No había subido ni dos escalones que una melodía que reconoció al instante hizo que deseara matar a Lucian con sus propias manos.
Pero Vyx sabía escoger sus batallas, así que no lo intentó.
Encajó las risas del hechicero mientras ambos embarcaban para volver a Volos al ritmo del himno de los Juegos del Hambre.
—¡Por Panem! —exclamó Lucian—. Grandes películas, mejores libros.
—Te odio —murmuró Vyx.