La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE RECUERDOS OLVIDADOS Y NUEVOS PROPÓSITOS
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DE RECUERDOS OLVIDADOS Y NUEVOS PROPÓSITOS

DE RECUERDOS OLVIDADOS Y NUEVOS PROPÓSITOS

S in los recuerdos, los mortales están a merced de un destino más cruel que la muerte, y a Vyx ya no le quedaban muchos.

Cuánto tiempo había pasado desde que se convirtió en el alimento favorito de la ninfa es irrelevante, pues la única pregunta que rondaba a la guerrera denigrada era si habría llovido.

Olía a algo dulzón y fresco, y estaba convencida de que ese olor en particular tenía un nombre, de que alguien muy importante para ella se lo dijo una mañana de primavera de hace mucho tiempo y de que, al oír la palabra, se convirtió automáticamente en su favorita.

¿Cómo se llamaba ese aroma?

Nada tenía sentido. Sabía dónde estaba, pero no por qué.

Sabía que había una criatura decrépita que aparecía de tanto en tanto como un mal augurio, bailando sin música, y que cuando se acercaba a ella el hedor que despedía le revolvía las tripas y vomitaba.

Todas las veces, antes de irse, la ninfa le dejaba de recuerdo un dolor punzante en el cuello y una sensación de vacío inmensurable.

Las dos últimas veces Vyx todavía recordaba su nombre, pero mientras miraba fijamente un punto del suelo en el que no hacía mucho, o quizá sí, se hallaba el cuerpo de un hombre pálido y aterrorizado, intentaba recordarlo sin suerte.

Hacía también mucho tiempo que había perdido la voluntad de luchar contra las gruesas ramas que la amarraban.

A todas luces, Vyx se había rendido. Estaba pálida, cansada y apática.

Una densa neblina envolvía su mente, ocultando sus pensamientos y ahogando sus recuerdos.

Ese hombre... ¿Cómo se llamaba? En cualquier caso, Vyx ya había comprendido la actitud sumisa del extraño, pues no había nadie que pudiera enfrentarse a ese demonio de piel arrugada y pústulas verdes y vencer.

¿Fue la guerrera en algún momento la esperada y decepcionante salvación de Sergei?

Vyx descansaba la barbilla contra el pecho.

Su captora había salido en una de las tantas incursiones por el bosque en busca de otros incautos como ella que hubieran osado adentrarse con objetos brillantes bajo el brazo.

Estaba sentada en el suelo, pero apenas era consciente de su propio cuerpo.

Las tinieblas parecían estrecharse a su alrededor, tanto como los dientes afilados de la ninfa cada vez que los hundía en su piel.

Un repiqueteo captó su pobre atención. Vyx entornó los ojos despacio y miró más allá de los barrotes, donde los tesoros robados vibraban con vida propia sobre el deslucido camastro.

Aguzando la vista, descubrió que, en realidad, había algo en movimiento.

Y, entonces, el maullido de un gato le perforó los oídos.

Parpadeó y fijó la vista en el bulto de pelaje negro que se movía como una sombra.

¿Sería también propiedad de la ninfa? Cabía la posibilidad de que esos ojos felinos le hubieran resultado lo suficientemente brillantes como para decidir no matarlo.

O quizá consideró que valía la pena quedárselo por esos dientes de perlas y las puntiagudas y afiladas garras.

Lo que estaba claro es que a la ninfa no le haría ninguna gracia saber que su mascota había sido tan buena aprendiz que estaba a punto de superar a su maestra y robarle, o quizá comerse, parte de las reliquias que había atesorado.

Y parecía tener un gusto exquisito, porque más que remover al azar, a Vyx le daba la impresión de que estaba buscando a conciencia.

Ni el extenuante maullido del gato pudo acallar aquellas palabras que siempre acompañaban a la presencia de la ninfa.

Brilla, brilla, brilla; cantaba según se acercaba.

Volvía a oler a podrido, pero la guerrera apagó los sentidos, cerró los ojos y se obligó a no volver a abrirlos.

Se sentía tan pequeña que estaba convencida de que podría pasar desapercibida, de que se olvidaría de que estaba allí, de que no volvería a hincarle los dientes ni le robaría los pocos recuerdos que le quedaban, como el de aquel pajarraco con alas envueltas en llamas en la rama de un cerezo.

—¡Bestia inmunda!

Las paredes vibraron y las raíces se estremecieron con el grito de la ninfa. La poca voluntad que a Vyx le quedaba pidió que abriera los ojos y viera cómo los gusanos se desprendían de la melena enmarañada de la criatura, que tenía los brazos alzados en un gesto de exaltación.

—¡Apártate de mis tesoros, animal maldito!

Aunque era imposible, a Vyx le pareció ver al gato arquear una ceja.

«¿Los gatos tienen cejas?», se preguntó.

No estaba segura. En esas, la ninfa se abalanzó sobre el camastro, dispuesta a atrapar al animal y partirle el pescuezo.

Sin embargo, el felino, lejos de amedrentarse, se limitó a mirarla fijamente desde la profundidad de sus ojos amarillos.

Desde la perspectiva privilegiada de su posición, Vyx dudaba entre si estarían batiéndose en un duelo de miradas o si todo aquello era producto de su imaginación.

Le daba miedo estar tan cerca de perder toda cordura, así que cerró las manos en sendos puños para clavarse las uñas en la piel y sentir algo.

Lo que fuera. El dolor alejó un poco las tinieblas y, cuando enfocó de nuevo la mirada en aquella insólita escena, vio que la ninfa retrocedía un paso.

—¡Tú…! —la criatura señalaba horrorizada al animal con uno de sus raquíticos dedos.

El silencio del bosque se llenó de voces distantes, amortiguadas por la densidad de las paredes.

Vyx no sabía bien qué decían, pero fueran quienes fueran, estaban perdidos.

La ninfa esbozó una sonrisa de dientes podridos, dio un alegre salto y salió a toda prisa de su guarida por una de las tantas diminutas cavidades que se abrían en la madera.

La guerrera suspiró. Nuevas presas significaban un respiro para ella, ya que su captora estaría muy ocupada alimentándose de carne fresca.

Pensó que si alguien pudiera leerle la mente le diría que pensar algo así era horrible, aunque no estaba segura de quién sería esa persona.

Unas facciones se ocultaban tras la bruma de su conciencia. ¿Quién era?

Vyx volvió a cerrar los ojos. Un rítmico y lejano golpeteo sugería que había empezado a llover; de la clase de llovizna que cala en los huesos y traspasa el alma. Deseó que las profundidades del árbol no estuvieran diseñadas para torrentes y se inundara.

«Ojalá se inunde. Así podría ahogarme y acabar con todo esto».

Momentos después, Vyx recibió un golpe fortuito en la pierna.

Separó los párpados despacio y vio al gato negro de la ninfa.

«No, no es su gato», se corrigió. «Lo ha llamado bestia inmunda».

Pero entonces, ¿a quién pertenecía ese animal escurridizo que la miraba como si la acusara de ser sumamente estúpida?

¿Y qué era lo que colgaba de sus fauces?

Parecía una cadena sucia de plata de la que pendía…

«Un guardapelo».

Por algún extraño motivo que Vyx no alcanzaba a comprender, ese guardapelo era importante. ¿Por qué? ¿Por qué era importante una joya tan mugrosa? Ella solo quería descansar. Descansar y dejarse llevar a un mundo donde pudiera estar con...

El dolor que la sobrevino fue tan lacerante que Vyx tensó la espalda como la cuerda de una guitarra. El gato, el maldito gato, le había dado un zarpazo en el brazo y cuando lo miró, aún tenía la pata alzada y las zarpas fuera.

Vyx parpadeó, presa de un intenso suplicio que la recorría de pies a cabeza.

Aunque gran parte del suplicio de Vyx no se debió al zarpazo.

—Cabrón —espetó según cerraba las manos en las ataduras.

El gato dejó el guardapelo a su lado y, lejos de ayudarla, se coló entre los barrotes de la celda de Vyx, la miró desde el otro lado, maulló y, seguidamente, se escabulló por un estrecho hueco de la pared.

La cabeza de Vyx, fusilada por todos los recuerdos que habían estado ahogados en la oscuridad y tan cerca del olvido, se quejaba con un dolor martilleante y constante.

Lo primero que hizo al liberarse fue acercar la mano temblorosa al guardapelo y cogerlo con el cuidado de quien teme que se combustione al contacto.

Observó detenidamente la piedra negra con reflejos carmesí en el falso diamante que ocultaba el manjar de los dioses.

Tenía en su mano el primero de los elementos que el ritual de resurrección requería.

El ritual para recuperar a Rose.

El ritual por el que había traicionado a la Orden.

El ritual por el que había mentido a Astrid.

Cerró el colgante en la mano con la poca fuerza que conservaba mientras la cadena oxidada se balanceaba como un péndulo.

La idea de que había estado muy cerca de fracasar ardía en sus entrañas.

«Reducida por una ninfa asquerosa, apestosa y senil», pensó.

Se llevó la otra mano a la zona del cuello que le escocía.

La herida de la mordedura se había cerrado, como todas las otras veces, y lo único que quedaba de su calvario era la sensación de mareo que se acentuó cuando se sentó sobre las rodillas y fijó la mirada en las raíces que hacían a su vez de barrotes.

Si Xanthe estuviera allí le diría que pensara en pequeño y que impusiera autocontrol a cualquier impulso movido por la rabia.

Y eso intentó hacer. Se posicionó de lado y recogió la pierna antes de soltar una débil patada a los barrotes.

Se tragó la frustración y volvió a intentarlo.

De hecho, repitió el movimiento cuatro veces más hasta que las raíces se partieron.

Salió a gatas y rezongando mil maldiciones.