La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE NINFAS Y TESOROS #2
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DE NINFAS Y TESOROS #2

Como si ese nombre que estaba prohibido en todos los labios menos en los suyos hubiese traído un huracán de revelaciones, Vyx lo recordó todo: la avioneta, el gato negro, el pergamino de Lucian, el fantasma de Cleta…

y la ninfa consumida junto al árbol podrido.

Vyx descubrió con un rápido vistazo que se encontraba atrapada tras unos barrotes hechos de raíces retorcidas.

Después analizó su deplorable situación con cuestionable sagacidad: se hallaba sentada sobre un suelo árido y con la espalda contra una pared rugosa.

Aunque, sin lugar a duda, lo peor de todo fue darse cuenta de que tenía las manos atadas a la espalda.

—No me jodas.

Miró más allá de las raíces que la encerraban, bañadas del mismo musgo enmohecido que cubría las ásperas paredes y que desprendía una sustancia azul y pastosa de nauseabundos grumos negros.

Con el estómago revuelto, pasó la mirada por la estancia semicircular y localizó un solitario camastro sin colchón en una esquina, sobre el que se amontonaban objetos brillantes de toda índole.

Las patas se hundían en la hierba mustia y seca que crecía por todas partes como una infección incontenible.

Vyx sonrió al localizar su bolsa, apilada entre muchas otras, y pensó que los huesos hacinados en los rincones, que deseó con todas sus fuerzas que fueran restos de animales, eran una elección decorativa, como poco, cuestionable.

Finalmente, a su izquierda, en otra jaula delimitada con líneas de rizoma putrefacta, vio a un hombre tendido en el suelo que en opinión de Vyx parecía salido de una película de campistas.

La miraba fijamente desde unos ojos hundidos y moribundos.

La guerrera se fijó de manera inevitable en el pelo corto y gris que recordaba a un amasijo de telaraña, y en todas las arrugas que surcaban una piel tan fina que Vyx podía contar y describir la forma de cada hueso facial.

—No te muevas —dijo de pronto él con voz seca y grave—.

Si descubre que has despertado, vendrá a por nosotros.

Se alimenta más de ti cuando eres nueva.

Y oh, oh… No toques el musgo por nada del mundo —aconsejó.

El aspecto enfermizo del hombre preocupaba soberanamente a la guerrera—.

Esa sustancia te provocará una infección. ..

Perpleja, Vyx se limitó a preguntar:

—¿Dónde estamos?

—En el estómago de la bestia.

«Le falta un tornillo», pensó Vyx. Si la Orden descubriera que una ninfa decrépita la había noqueado de un solo golpe, ya podía estar segura de que al menos Thalia se reiría de ella durante varios años. Apretó los dientes y movió las manos, probando la firmeza de las cuerdas.

—Maldito ciervo. Si es que me cago en… —rezongaba Vyx, hasta que resopló, hastiada, y enfocó la mirada una vez más en el hombre, tan decrépito como todo lo que la rodeaba—. A ver, versión fatalista de Indiana Jones. ¿Cómo te llamas?

A Vyx le dio la impresión de que al hombre le resultaba difícil hallar esa respuesta.

—Sergei.

—Vale, Sergei. Te sacaré de aquí. Todo está controlado. Es una ninfa. Muy decrépita y fea, sí; pero una ninfa. En la Orden nos enseñan a lidiar con ellas en el segundo año de instrucción y...

—La llamas ninfa, pero a mí me parece un demonio.

—No vamos a entrar en un debate religioso ahora mismo —resolvió Vyx, que continuaba luchando contra las cuerdas—. Probemos otra vez, dejando a un lado los sinónimos y los eutenismos, ¿vale? —Con eutenismos, Vyx quería decir eufemismos—. ¿Sabes dónde estamos?

Preso de unos estertores que impresionaron a la guerrera, Sergei se arrastró por el frío suelo con intención de llegar a los barrotes laterales.

—Bajo el árbol —dijo, agotado—. O dentro de él. Creo que aquí es donde vive. El árbol está podrido porque ella está podrida... Sí, eso es. Podridos…

Vyx torció el gesto, pues las advertencias de Cleta empezaban a cobrar un preocupante sentido.

Apostaba más por la decadencia de la ninfa que por la del árbol.

Por qué se había corrompido así una criatura de naturaleza afable, Vyx no lo sabía, pero dudaba que averiguarlo fuera a ayudarla a escapar.

Mientras intentaba soltar las sogas se esforzó en captar más detalles de la lúgubre fosa.

Los objetos que brillaban sobre el camastro eran, sin lugar a duda, joyas de toda clase: colgantes, anillos de diamantes, piedras preciosas.

.. Y como si observarlos hubiera despertado una sensación de incómoda ausencia, Vyx bajó la mirada y descubrió que le faltaba el colgante de Rose.

Se le encendieron las mejillas de pura ira.

—Será cleptómana, la muy... —Apretó los dientes, rabiosa—. Voy a matarla. Asquerosa zorra retorcida. Cerda apestosa… ¡Voy a romperle todos los huesos!

El prisionero soltó una risilla que la enfureció aún más.

—¿Te hace gracia, cara de pasa?

—No hay escapatoria —sentenció.

—No se puede ir por la vida con esa poca fe, eh. He salido victoriosa de situaciones mucho peores, como esa vez que tuve que cargarme a un basilisco coja y desar…

Sergei torció una sonrisa y ella alzó una ceja, contrariada.

—Todavía no estás cansada —dijo él—. No… Eres un juguete nuevo. Pronto no tendrás fuerzas para querer escapar. Es lo que hace cuando se alimenta. Te agota, te consume, te vacía…

Vyx pensó que, a decir verdad, sentía un indefinido agotamiento entumeciendo los músculos.

Se negaba en rotundo a rendirse, y por eso persistió en intentar librarse de las cuerdas que la amarraban.

Cuando consiguió sacar el dedo pulgar, tiró como buenamente pudo hasta liberar del todo la muñeca izquierda. Después hizo lo propio con la otra.

—¿Lo ves, Indy? Es una cuestión de actitud. —La guerrera se frotó las rozaduras de las muñecas y se echó hacia delante con la idea de encontrar una forma de abrir su jaula—. Ahora solo tengo que romper uno de los barrotes y...

El eco de un chasquido hizo que a Vyx se le helara la sangre y se detuviera en seco. Sergei se alejó de los barrotes con triste torpeza, se sentó muy cerca de la pared rugosa y se dedicó a balancearse sobre sí mismo, abrazándose a las rodillas.

—Ya viene. Oh, Dios, protégenos...

Vyx retrocedió hasta volver a sentarse tal y como se encontraba antes de liberarse, escondiendo las manos en la espalda.

Y entonces, de entre las sombras surgió la figura decrépita de la ninfa, que portaba un objeto pequeño y brillante en la mano.

Vyx vio que pendía de su cuello infecto, además, el colgante de la media luna.

—Brilla, brilla, brilla —cantaba a media voz la ninfa mientras se movía con la gracilidad de un esqueleto al que le faltaban huesos; daba la impresión de que bailaba al ritmo de una música que nadie más podía oír—. Brilla, brilla, brilla...

Hallándose la ninfa bajo el foco de luz que se filtraba desde lo más alto del árbol, Vyx pudo apreciar en detalle el largo cabello de un color grisáceo trenzado y enmarañado entre hojas secas y gusanos.

El harapo que vestía, y que apenas cubría su piel ulcerada, no era más que hierba ajada y cosida con un verdoso filamento junto a hojarasca marchita.

La piel hinchada de pústulas cetrinas le confería un aspecto malicioso y enfermizo.

Vyx sacó sus primeras conclusiones: la ninfa se había alimentado de Sergei y, aunque no tenía muy claro cómo lo hacía, sí intuía por qué: le robaba energía y se la transfería a sí misma para mantenerse con vida.

Seguramente, pensaba, era así como la criatura y el maltrecho árbol habían sobrevivido durante tanto tiempo.

Dedujo que de no haber encontrado la ninfa a Tántalo decapitado, habría corrido la misma suerte que ellos dos.

Pero Vyx no era Tántalo, y tampoco acabaría como Sergei.

Ahora no había ciervos que pudieran distraerla y estaba convencida de que, en un combate justo, las habilidades que adquirió tras la ascensión le garantizarían la victoria.

Un destello llamó su atención y Vyx fijó la mirada en la criatura corrompida. ¿Cómo se atrevía a mancillar el colgante de su hermana? Lo único que le quedaba de ella. El último regalo que le hizo antes de cerrar los ojos para siempre. «No. Para siempre no», pensó. «Voy a recuperarla».

A su modo de ver, era tan sencillo como esperar a que la ninfa se marchara, abrirse camino entre los barrotes, sacar a Sergei de su inmunda jaula, encontrar el guardapelo y dar con la salida de aquel laberinto de raíces muertas.

«Pan comido». Así pues, Vyx estudió su entorno minuciosamente y empezó a elucubrar un plan. Pero entonces, Sergei rompió a llorar.

—No, por favor. Otra vez no. Por favor...

Era una súplica tan sollozante y desesperanzadora que se le metió a Vyx bajo la piel.

La guerrera no pudo hacer otra cosa que observar impotente cómo la criatura se acercaba a la jaula del prisionero con la soltura de quien danza al son de la melodía de un sátiro.

Vyx sabía lo que iba a suceder, pero se obligó a mantener la cabeza fría y a no pasar por alto ningún detalle, como, por ejemplo, que los barrotes de madera parecían deformarse a voluntad de la ninfa, abriéndose hacia los lados.

La criatura se detuvo a poca distancia de la jaula y de sus pies surgió una hiedra que crecía y reptaba moviéndose cual serpiente, hasta envolver el tobillo derecho de Sergei.

Después, la enredadera empezó a recogerse, sacando a rastras al hombre de su prisión.

Rabiosa, Vyx gritó:

—¡Suéltale, cadáver asqueroso!

Por un inquietante momento todo se detuvo en aquel agujero oscuro, incluso la sutil brisa que mecía las hojas de las paredes.

La ninfa clavó los ojos en ella, la guerrera la desafió con la mirada, y la criatura respondió con una sonrisa decrépita.

El tiempo volvió a acelerarse y el cuerpo de Sergei fue arrastrado fuera de su cárcel sin que Vyx pudiera hacer nada por evitarlo.

Pero lo intentó, y ante el amago de Vyx de arrojarse hacia los barrotes, las enredaderas adheridas a la pared tras ella se soltaron y la cercaron tan vivas como veinte reptiles: se enredaron en sus brazos, su torso y su cuello.

Cuanto más atrapada se sentía Vyx, más se le encendían los ojos de una rabia llameante.

Sergei acabó tendido como un despojo a los pies mugrientos de la ninfa, tembloroso y suplicante.

Se hizo un ovillo cual niño, y continuó llorando.

—Brilla, brilla, brilla —cantaba la criatura, esta vez con un tono de voz profundo y escalofriante, mientras se inclinaba sobre su víctima—. Brilla la vida en tus ojos muertos.

Vyx luchó contra las enredaderas en vano, obligada a contemplar, horrorizada, cómo la ninfa separaba los labios agrietados, dejando a la vista una serie de dientes desiguales y afilados, para después hundirlos en la arrugada piel del cuello de Sergei.

El hombre no pudo gritar, pero Vyx se lo imaginó.

Se imaginó sus gritos y su agonía y su desesperación mientras la poca sangre que a la víctima le quedaba manaba silenciosamente por su piel.

Vyx se sintió mareada por una pena inusual y una rabia desbordante durante esos eternos segundos en los que el único sonido que oyó fue el de una lenta pero constante succión.

Al acabar de alimentarse, la ninfa se pasó el dorso de la mano por la boca y se irguió.

—Brilla, brilla, brilla…

Fijó esa escalofriante y desorbitada mirada en Vyx.

—Brilla la vida en tus ojos muertos.

El cuerpo de Sergei yacía a sus pies, consumido hasta no ser más que una carcasa vacía de pelo blanco y piel lívida. Contemplando lo que quedaba de ese hombre, Vyx pensó inevitablemente en Rose.

Rose, pálida y sucia.

Rose exhalando su último aliento.

Mientras la ninfa se alejaba para volver a las sombras, unas enredaderas reptaban por el suelo marchito y se encargaban de desmenuzar el cadáver que, al romperse, se reducía a cenizas.

La tierra húmeda consumió los residuos y Sergei se convirtió en abono para las raíces de un árbol corrompido que, como la ninfa que lo habitaba, se negaba a morir.