DE NINFAS Y TESOROS
DE NINFAS Y TESOROS
— D ónde estás, dónde estás…
Con tan solo nueve años, Vyx había acumulado una lista tan larga de pecados a ojos de Dios que escandalizaría al mismísimo Diablo, o eso era lo que la madre superiora decía cada vez que la pillaba orquestando una travesura.
El caso es que solo una travesura podría explicar que se encontrara en el despacho de la madre Agnes abriendo cada cajón que veía, en busca de un tesoro prohibido.
A decir verdad, a Vyx nunca le había importado lo que Dios o el Diablo pudieran pensar de ella ni los castigos que las monjas le impusieran, y mucho menos si sus diabluras conseguían que Rose fuera mucho más feliz.
Y lo que Vyx buscaba aquella tarde valdría cada reprimenda.
Deshizo una perfecta pila de papeles con una mano mientras se subía los pantalones grises del uniforme que le iban por lo menos una talla grande con la otra. La sonrisa no le cabía en la cara cuando encontró el tesoro sin ayuda de ningún mapa: las llaves de la sala de audiovisuales.
—Premio —celebró en un susurro.
Cogió las llaves, las alzó para hacerlas repiquetear entre sí a la altura de sus ojos sin borrar la sonrisa.
Luego cerró todos los cajones que había abierto a base de patadas.
Cuando se disponía a salir a la carrera, el verde intenso de una solitaria manzana que se hallaba sobre el escritorio hizo que se detuviera.
Se cuestionó a sí misma si debía añadir otro agravante a su delito y se contestó con un encogimiento de hombros. Robó la manzana.
Vyx asomó la cabeza por el umbral del despacho y miró a ambos lados del pasillo.
Le dio un mordisco a la manzana mientras observaba a su hermana hacerle aspavientos desde el fondo este del ancho corredor.
Salió, cerró la puerta con sumo cuidado y echó a andar con parsimonia hacia Rose.
En un tramo de unos quince metros se subió los pantalones tres veces.
—¿Por qué has tardado tanto? —recriminó Rose.
La niña miraba a su melliza acusadoramente y con los brazos en jarra.
—¡Oye! Que no es nada fácil encontrar algo en ese sitio. La madre superiora tiene un montón de cosas. —Suspiró apesadumbrada—. Pero no he visto mi tirachinas. ¿Se lo habrá comido?
—Ese tirachinas solo te ha dado problemas. ¿Y? ¿Las tienes o no?
Vyx había empezado a dibujar una sonrisa victoriosa cuando una voz familiar hizo que ambas abrieran mucho los ojos y encogieran los hombros.
—No voy a mentirles: nos faltan recursos —decía Agnes—. Pero hacemos lo que podemos con lo poco que tenemos. ¿De dónde han dicho que venían?
Las mellizas tuvieron la misma idea: se acercaron a la barandilla y miraron hacia el vacío de las escaleras.
La madre superiora subía acompañada de dos adultos más.
Vyx y Rose intercambiaron una mirada cómplice y se desplazaron con sigilo hasta los pies de las escaleras que subían a una tercera planta, escondiéndose tras el muro que soportaba la barandilla.
Se asomaron con cautela cuando los pasos se alejaron pasillo abajo.
—La mayoría son mocosos revoltosos —decía Agnes—: pequeños diablos con muy mal carácter. Pero tengo un par aptos para la adopción. Hay una niña en particular que les encantará. Muy educada, si tenemos en cuenta las circunstancias.
La madre superiora invitó al matrimonio que la acompañaba a entrar en su despacho. Rose suspiró del más puro alivio cuando la puerta se cerró y miró a su hermana, solo para descubrir que Vyx estaba burlándose de Agnes sin una pizca de decoro, repantingada en el último escalón.
—¿Has oído eso? —Vyx resopló—. Pequeños diablos. Será zo…
—Estoy segura de que estaba pensando en ti al decir eso. A ver… ¿Las has conseguido?
—¿Cuándo te he fallado yo? —Vyx sonrió con picardía. Luego se puso en pie y, sin que Rose pudiera hacer nada para evitarlo, le plantó un beso en la mejilla y echó a correr escaleras arriba, dejando atrás el eco de su propia risa—. ¡La última en llegar es una princesa!
Su hermana no pudo evitar reírse también. Corrió tras ella.
—¡Espera! —pidió en un grito susurrado—. ¡Has hecho trampa!
En un edificio que oía más llantos que risas, las mellizas dejaron un rastro de carcajadas, empujones, vítores y una manzana a medio comer.
Solo se detuvieron cuando la última puerta del oscuro pasillo, el más alto del viejo edificio, les cortó el paso, cerrada a cal y canto.
Vyx se inclinó hacia delante y apoyó las manos en las rodillas, desalentada.
Echó un vistazo a Rose, que se apoyaba en la pared e intentaba recuperar el aliento también.
—Eres tontísima —acusó Rose entre risas—. Hemos hecho mucho ruido.
—Pero ha sido super divertido. —Vyx alzó el juego de llaves oxidadas—. ¿Preparada?
Su hermana respondió con una de esas sonrisas que no caben en la cara.
Vyx tuvo que probar varias llaves hasta dar con la correcta. Se miraron cuando la cerradura se abrió, contuvieron el aliento y empujaron la puerta juntas.
El aula de audiovisuales era la estancia del orfanato que menos veces pisaban.
De hecho, si fuera por la madre superiora, no la habrían pisado jamás.
Por suerte para los pequeños, de tanto en tanto acudían al orfanato grupos de jóvenes de una asociación con fines benéficos que organizaban actividades para los huérfanos.
Avanzaron de la mano entre una de las cuatro hileras de pupitres y se detuvieron frente al relativamente grande televisor.
Rose miró alrededor mientras Vyx se agachaba y abría el mueble que hacía a su vez de soporte.
—No sé si es buena idea, Vyx. Si nos descubren…
—¿Quieres la canción o no, cobardica?
Rose resopló y se cruzó de brazos como única respuesta.
—Aquí está —celebró Vyx con la caja de un DVD en las manos—. Haz sitio. ¡Venga!
Si a su hermana le quedaban dudas, la emoción se encargó de disiparlas todas. Rose se dispuso a arrastrar los pupitres hacia ambos lados de la sala, empujándolos hacia los ventanales. Le pareció oír a Vyx rezongar algo sobre el mando a distancia, pero no le prestó mucha atención.
Se limpiaba las manos en el pantalón gris del uniforme cuando unos tímidos acordes se hicieron con el silencio de la sala.
Los ojos de Rose brillaron de emoción y se giró hacia la pantalla, pero solo vio a Vyx, con esos pantalones más grandes que ella y una pajarita de papel en el cuello de una camisa demasiado larga.
Vyx puso en práctica lo que consideraba una elocuente reverencia y su hermana se aguantó la risa. Después y no sin un carraspeo previo, Rose puso la expresión más solemne que se pudiera esperar de una niña de nueve años y correspondió la reverencia.
Las dos se quedaron maravilladas cuando vieron la película de animación de Anastasia por primera vez.
No fueron precisamente pocas las noches que hablaron bajo las sábanas de sus camas mientras los demás dormían, debatiendo sobre qué pasaría si su pasado también escondiera un secreto así.
¿Cabía la posibilidad de que sus padres no las hubieran abandonado y, en realidad, alguien las hubiera separado de su familia a la fuerza?
¿Estarían destinadas también a volver a encontrarse en un palacio?
Las mellizas acortaron distancia entre risas contenidas y Vyx alzó una mano. Rose alzó la suya a la misma altura. Entrelazaron los dedos y, tras compartir una sonrisa cómplice, empezaron a danzar al ritmo de Érase una vez en diciembre.
Era su momento: el momento de ser quienes quisieran ser, al margen de las normas y a salvo de la vacía monotonía que reinaba en el orfanato.
Aunque era su primera vez, los pies de las mellizas se dejaban llevar por la música como hojas mecidas por el viento.
En su propia representación de una escena en la que Anastasia bailaba con los fantasmas de un pasado olvidado, ellas dejaban las sombras del suyo atrás y danzaban juntas, como si nada más importara; como si nada más fuera a importar jamás.
De pronto, el sol se escondió detrás de las nubes y la música se apagó, hundida por un abrupto y espeluznante silencio. Rose se detuvo, y Vyx y el tiempo se detuvieron con ella.
—¿Qué...?
Vyx soltó a su hermana con un grito de horror y retrocedió un paso ante la imagen de una versión de Rose que no quería recordar.
Una versión de Rose que, por mucho que lo intentara, no conseguía olvidar.
El techo del orfanato se deshizo como si estuviera hecho de cenizas, abriéndose a un cielo negro en el que solo brillaba la luz plateada de la luna, mientras las paredes de ladrillo se rompían con la violenta incursión de espeluznantes gruesas ramas de árboles retorcidos.
Vyx era incapaz de apartar la mirada de ese rostro pálido, ojeroso y mancillado de tierra que sus recuerdos habían convertido vilmente en su peor pesadilla.
Varias hojas y astillas de madera se adherían al pelo del color rojo más chillón del mundo, y los ojos verdes más bonitos que Vyx había visto nunca y no volvería a ver jamás eran ahora de un blanco lechoso.
Rose separó los labios y un borbotón de sangre emanó de su boca.
—No —suplicó Vyx—. Por favor.
Ya no quedaba nada de las dos niñas que se negaban a dejar de soñar. Solo quedaban las guerreras: la que había muerto y la que había roto una promesa.
—O se llevan a las dos, o no se llevan a ninguna —dijo Rose—. Sigo esperando, Vyx.
Fue el maullido de un gato lo que la despertó.
Lo hizo muy consciente de las desagradables náuseas y abrió los ojos demasiado deprisa, desorientada.
Un hedor a descomposición le azotó sin piedad las fosas nasales y no pudo evitar pensar que el susurro de las ramas balanceándose por encima de su cabeza se parecía al baile fantasmal de su pesadilla.
Vyx parpadeó varias veces cuando un halo de luz la apuñaló en los ojos.
—¿Rose? —murmuró con voz pastosa.