DE GATOS Y FANTASMAS #2
—Zeus tiene un mal día —dijo entre dientes—. Nada más. No es una señal de que…
Como si los dioses se burlaran de ella, empezó a llover.
La guerrera se vio atrapada entre cortinas de agua densas y violentas; se hallaba en el corazón de una tempestad capaz de remover los mares.
Guardó el mapa bajo el chaleco del uniforme y preparó el arco que llevaba, como siempre, cruzado a la espalda.
Por un momento pensó que había vuelto a la visión y que si daba un paso en falso se precipitaría al abismo tras el acantilado.
Pero aún se encontraba muy lejos de su destino.
¿Por qué no podía ser más fácil? Estaba en un valle rocoso frente a las muchas entradas de un bosque frondoso que, seguramente, estaría sobrepoblado por toda clase de ninfas.
¿Cómo iba a encontrar a la ninfa? Dio una vuelta sobre sí misma sin saber exactamente qué buscaba.
Fue en uno de esos giros cuando la vio. Se detuvo en seco y fijó la vista más allá de la densa cortina de agua.
Entre los altos y retorcidos troncos de la formación boscosa, una mujer con un largo vestido blanco la observaba con inquietante indiferencia.
Vyx no era capaz de ver con claridad sus rasgos, pero sí supo ver que no se encontraba sola, pues junto a ella se alzaba un majestuoso ciervo de augusta cornamenta.
—¿Pero qué cojones…?
El cielo rugió con el estallido de otro trueno y Vyx se encogió en sí misma por puro instinto. Contuvo el aliento un segundo. Dos segundos. Tres segundos; hasta que lo único que oyó fue el ensordecedor silencio y su propio suspiro. Había parado de llover.
Al alzar Vyx la mirada y ver que el cielo había vuelto a teñirse de los cálidos colores del atardecer, los latidos de su corazón se sosegaron lo que tardó en comprender que su ropa no estaba mojada.
Confundida, se palpó los brazos y el cuero del uniforme, y hubiese continuado desentrañando ese misterio si la presencia de la dama de blanco no tirara de ella con la fuerza de un imán.
Vyx miró de nuevo hacia los árboles y se quedó helada al descubrir que la mujer seguía allí, aunque no quedaba ya rastro alguno del magnífico ciervo.
La guerrera avanzó hacia ella haciendo caso omiso a la prudencia mientras sacaba una flecha de su carcaj y se preparaba para disparar, ignorando el miedo atroz que se le enredaba en las costillas.
Vyx pensó que, si la muerte fuese una emoción, sería aquella; y si la muerte estuviera hecha de carne y huesos, llevaría un vestido blanco, disfrazándose de luz cuando allá donde iba solo dejaba sombras y amargura.
Así era, después de todo, la sombra que había perseguido a Vyx durante aquellos meses desde la ascensión: un espectro tan real como la aparición fantasmal que, para sorpresa de la guerrera, esbozaba una afable sonrisa.
Era la única dulzura que proyectaba, pues sus pupilas eran blancas como una capa de nieve y su larga melena oscura como la noche.
—¿Quién eres?
No preguntó qué era, pues eso lo supo cuando bajó la mirada al suelo y vio, con un nudo en la garganta, que los pies desnudos de la mujer no llegaban a rozar las rocas; flotaban.
—Eres una eidolon —pensó la guerrera en voz alta.
—Has crecido mucho, Vyx.
Vyx alzó deprisa la mirada. ¿Cómo sabía su nombre?
¿Se conocían? Desconcertada, escudriñó a la eidolon y encontró cierta familiaridad en la solitaria peca de su labio inferior.
Todas las dudas se esfumaron cuando vio el tatuaje de la cornamenta de un ciervo dentro de un círculo cerrado que llevaba en el brazo izquierdo.
Retrocedió un paso, atónita. La última vez que vio a esa mujer, Rose y ella acababan de superar el ritual de Iniciación.
—Cleta —dijo la guerrera.
—Hola, pequeña. —La mujer sonrió—. No tengo mucho tiempo. He venido a advertirte.
«¿Advertirme?». Vyx no era capaz de salir de su asombro.
Cabe decir que Cleta, una de las mujeres más consagradas del Círculo, fue una de las pocas maestras a las que Vyx llegó a apreciar.
Donde las demás la miraban con desprecio por su desinterés, Cleta le regalaba sonrisas cargadas de ánimos y dosis inusitadas de fe.
—¿Qué te pasó? ¿Cómo...?
—Debes marcharte. Este monte ya no es seguro.
—¿De qué estás hablando?
—Lo sabes bien. Siempre andabas cerca de tu hermana y fingías que no entendías nada de lo que te rodeaba, pero, oh..., pequeña Vyx. —La sonrisa de Cleta puso en jaque las emociones de Vyx, siempre tan inconmovible—. Lo entendías todo, ¿verdad?
El nudo que la arktoi notaba en la garganta empezaba a apretar tanto que le costaba respirar. Lucian no la advirtió de que algo así pudiera suceder; aunque, de haberlo hecho, no lo habría creído: los fantasmas raramente se manifestaban ante los vivos.
Vyx alzó todos los escudos y apretó los labios en una fina línea.
—Si vamos a hablar del pasado, hablemos del tuyo. ¿Qué te pasó?
El viento sopló con fuerza y la eidolon desapareció en un parpadeo ante la mirada perpleja de Vyx. Al darse la vuelta, volvió a estar frente al fantasma de Cleta, quien preguntó:
—¿Sabes quién murió en este monte? —Vyx asintió—. Entonces también sabrás que Tántalo cometió los tres grandes pecados, pero solo uno lo llevó a la tumba.
—Desafiar a los dioses —adivinó Vyx, y Cleta asintió.
—Mi pecado fue otro, pero mi castigo es tan eterno como el de ese ladrón.
Eran tiempos difíciles para la Orden: una amenaza crecía bajo la sombra de un lobo.
Hipólita necesitaba mi ayuda para confirmar sus sospechas de que un aquelarre era el único culpable de la desaparición de tantas criaturas. Ninfas, sátiros...
Vyx escuchaba con atención y puso sus sospechas en voz alta:
—El Aquelarre del Lobo.
—Pocas veces se han vivido tiempos tan oscuros. El poder es más tentador para los hacedores de magia que la ambrosía para cualquier mortal, Vyx, y Andrómeda Lykaios estaba dispuesta a pagar cualquier precio para obtener el poder absoluto.
Vyx sintió que la boca se le quedaba seca: Andrómeda era la difunta madre de Astrid.
—Llegué a acercarme mucho —continuó Cleta—, pero Andrómeda me descubrió.
—Y te mató.
—Sí —confirmó Cleta sin rastro alguno de emoción en la voz.
La guerrera bajó la mirada. Se preguntó qué pensaría Cleta de ella si supiera que estaba enamorada de la hija de su asesina, o si supiera que estaba dispuesta a cometer el mismo pecado que Tántalo y desafiar a los dioses para recuperar a Rose.
—Busco a una ninfa. —Vyx rompió el pesado silencio—. Tántalo robó una porción de ambrosía y la ninfa se la llevó cuando fue asesinado. Sé que está aquí.
—Nunca se fue. Si entras en este bosque, puede que no salgas jamás. Intento disuadir a los excursionistas con mi presencia, pero ya pocas cosas asustan a los vivos.
—Yo no soy como los demás. Sé lo que quiero.
La sonrisa de Cleta se desvaneció y Vyx volvió a sentir la angustia retorciéndose en su pecho. La eidolon avanzó un paso hacia ella y alzó los brazos despacio. Aunque las manos de la aparición no llegaron a rozar sus mejillas, Vyx sintió el frío de la muerte en cada fibra de su ser.
—Algún día dejarán de escribir canciones para los muertos y hablarán de lo que es morir en vida.
Solo entonces el mundo comprenderá tu pesar.
—Mirando aquellos ojos blancos, Vyx sintió que estaba contemplando un abismo sin fin, y por eso cerró los suyos–.
Debes tener cuidado: todo lo que está condenado a morir se aferra a la vida y nada alberga más vida que el sentir.
Tú sientes mucho, pequeña, y del sentir nadie puede huir.
Un escalofrío recorrió la espalda de Vyx hasta hundirse en su nuca como un clavo ardiendo. Cuando la guerrera abrió los ojos la eidolon había desaparecido, y por más vueltas que Vyx dio, no volvió a verla. Su voz, no obstante, la llamó desde el corazón del bosque:
—Busca el árbol que muere. Allí encontrarás a la única ninfa que vive.
Vyx cogió aire, apartó las verdades que acababa de descubrir a un lado y entró en el bosque, siguiendo un camino que se presentaba sospechosamente tranquilo bajo las últimas luces del día.
Las ramas de los árboles parecían suspendidas en un instante del tiempo y ni la más ligera de las brisas agitaba sus hojas.
La guerrera no tardó mucho en encontrar el árbol podrido.
Tal vez Cleta la había guiado hacia su destino, o puede que la magia que envolvía aquel bosque hubiese tirado de ella como si conociera sus más profundos deseos.
Observó que el tronco del árbol era de un gris apagado, y por mucho que se esforzó en descifrar qué clase de árbol era, no pudo hallar respuesta.
El paso del tiempo y la podredumbre se habían encargado de que cualquier seña de identidad se desvaneciera.
Dio unos pasos a la derecha para enseguida volver sobre ellos y plantarse en el mismo punto.
Las botas se le hundían en mares de hojas secas, y la quietud que se respiraba la invitaba a pensar que no solo las criaturas mágicas habían abandonado el bosque, sino también cualquier ser vivo.
Sin lugar a duda debía culpar a la decadencia que se respiraba en el ambiente.
De hecho, Vyx empezaba a sentirse enferma.
Se frotó los ojos y maldijo en voz baja.
No estaba siendo fácil mantener la cordura entre retazos de visiones forzadas, apariciones fantasmales y árboles podridos.
Al bajar las manos tuvo una sensación horripilantemente familiar y se giró despacio.
Frunció el ceño con sorpresa, pues a unos pocos metros de ella se hallaba el mismo ciervo que había visto junto a la eidolon, presumiendo de la sublime cornamenta con un gesto noble.
Cualquier guerrera arktoi que se preciara sabía que la presencia de un ciervo era una señal divina.
—Artemisa —murmuró Vyx—. ¿Estás intentando decirme algo? Algo en plan… No sé. Retrocede. Huye. Sigue. Juguemos al pilla pilla. Córtate el pelo.
Porque la alternativa era mucho peor. ¿Y si el ciervo era una advertencia?
¿Y si yo sabía qué estaba haciendo allí?
Vyx cerró los ojos con fuerza y deseó que al abrirlos el ciervo hubiera desaparecido.
Para su sorpresa, cuando separó ligeramente los párpados vio que lo que tenía delante ya no era una aparición divina, sino el rostro demacrado de la ninfa de su visión.
—Me gusta tu collar. —La voz de la criatura era tan aguda que podría rayar el cristal—. No tengo un collar con una media luna.
Actuando por mero instinto, Vyx levantó el arco que todavía llevaba en la mano y trató de lanzar un golpe a la ninfa para alejarla de sí.
Sin embargo, la criatura se movió a una velocidad sobrehumana y le dio un golpe en la boca del estómago que la dejó sin aire.
Vyx cayó de rodillas. La risa grácil y retorcida de la ninfa se le clavó en las entrañas.
—Me gusta tu collar.
La guerrera apretó los dientes y con el orgullo herido buscó a tientas una versión más corta de las dagas artkoi que siempre llevaba en el forro interno de la bota derecha.
—Pues cómprate uno.
El cese de la risa fue como un disparo de salida.
Vyx se envalentonó y giró el torso con el cuchillo en alto, muy consciente de la presencia de la criatura a su espalda, decidida y preparada para hundirlo en el corazón, pero el golpe certero que la ninfa le atestó en la cabeza fue más rápido que la voluntad de la arktoi, que se desplomó sobre el manto de hojas.
Lo último que Vyx oyó fue la irritante y rota musicalidad de unas aceradas carcajadas muy cerca de su oído, interrumpidas solamente por las mismas cuatro palabras: me gusta tu collar.
Vyx cerró los ojos y ya no hubo ciervos ni señales ni carcajadas ni luz. Solo oscuridad.