La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE GATOS Y FANTASMAS
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DE GATOS Y FANTASMAS

DE GATOS Y FANTASMAS

A Rose siempre la aterró volar. Era uno de esos miedos irracionales al que tenía que enfrentarse cuando Hipólita las enviaba a misiones que precisaban de transporte aéreo.

Vyx recordó cómo los ojos verdes de Rose se fijaban en el pájaro de metal momentos antes de abordar y su escepticismo al susurrar algo como:

—Si los dioses hubiesen querido que pudiéramos volar, nos habrían dado alas.

A lo que Vyx solía responder algo como:

—A ti te da miedo volar, yo tengo un cuerpo descomunal. Cada una carga con su cruz.

Entonces Rose se reía, una risita que a oídos de su hermana tenía la musicalidad de un riachuelo, y aferraba su mano para luego adentrarse juntas en el avión.

En esta ocasión, Vyx contemplaba con pesar la nada que envolvía sus dedos mientras un recuerdo se le clavaba en el corazón. Acarició el colgante de la media luna que siempre llevaba al cuello por instinto, como si así fuera a encontrar el consuelo que tanto necesitaba.

—Un penique por tus pensamientos.

Lucian se había acercado con el sigilo propio de los inmortales.

Llevaba el pelo recogido en una coleta y las manos guardadas en los bolsillos de los vaqueros negros.

La camiseta del mismo color se adhería a su torso y transparentaba ligeramente unas letras griegas que Vyx no fue capaz de descifrar.

—¿Vienes a despedirte de mí? —La guerrera esbozó una gran sonrisa que vio reflejada en las gafas de sol del Cuervo—. Qué sentimental.

—No recuerdo que las langostas tuvieran un gran sentido de la orientación —dijo él con una sonrisa torcida—. Solo quiero asegurarme de que no te pierdes por el camino.

—Qué considerado por tu parte. —Vyx desvió la mirada al imponente avión privado que se alzaba frente a ellos—. Me gustaría saber cómo narices puedes permitirte pagar todas estas cosas con lo que ganas en el Cerberos.

—Soy inmortal, Vyx.

—Puedes poner todo el tonito condescendiente que quieras, pero tu respuesta no…

—Ahorro mucho —zanjó.

Vyx dejó escapar un sonido a medio camino entre una risa y un ronquido.

Llegó a la conclusión de que, si bien Lucian regentaba un local para almas perdidas, seguramente se había dedicado a muchos otros negocios en el pasado.

Si lo pensaba bien, Rose se había enamorado de un hombre que podría ser su tatarabuelo.

—Así que mantente alejada de cualquier cosa que tenga garras. Estoy pensando que no sería mala idea que te acompañ…

—De eso nada —atajó Vyx rápidamente—. Trabajo sola, ¿vale? No necesito una niñera.

—No se trata de tener una niñera —respondió Lucian, armándose de paciencia—, sino de dejar a un lado tu inmenso ego y aceptar una ayuda que es evidente que necesitas.

—¿Y quién dice que necesito tu ayuda?

Lucian arqueó las cejas por detrás de las gafas de sol.

—Acudiste a mí para descifrar por completo el ritual. —Empezó a enumerar, ayudándose con los dedos—. Esperaste a que yo localizara el guardapelo. —El tatuaje de una serpiente pareció brillar en su dedo corazón—. Después me pediste un medio de transporte…

—Vale, vale —refunfuñó Vyx mientras se revolvía el pelo—. Ya lo pillo. Bueno, pues toca romper con la tradición. Para esta misión en concreto no te necesito. Soy una guerrera arktoi, me enfrento a basiliscos y quimeras a diario.

Para dar fin a esa conversación, aferró con determinación la tira de la mochila que colgaba a su espalda y subió resuelta las escaleras hacia el avión. Cuál fue su sorpresa cuando por poco chocó con Lucian en el estrecho pasillo entre los asientos de cuero.

—¡Joder!

—Llevas un mapa en la mochila —comentó el hechicero tranquilamente—.

Sigue las instrucciones y no te desvíes.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que oí rumores sobre las ninfas de esa zona, pero si ves a otras, además de a la que buscas, evita el contacto.

Son demasiado astutas y tú demasiado ton…

—¿Cuándo has metido un mapa en mi mochila?

Lucian se quitó las gafas de sol para seguidamente colgarlas en el cuello de la camiseta.

—Estabas distraída mirándote el ombligo. ¿Me has oído, florecilla? Evita el contacto.

Fastidiada, Vyx se dejó caer en uno de los asientos y lanzó la mochila sobre otro antes de repantigarse como si estuviera en el sofá de su casa.

—Eres monísimo cuando te preocupas por mí, ¿lo sabías?

Se vio forzada a bajar los pies cuando Lucian le dio una patada en la bota.

—Pies fuera. Y no le hagas nada al gato.

—¿Qué gato?

Al volverse en el asiento, Vyx vio al camarero del Cerberos salir de la cabina de mandos.

—Ah, eres tú. ¿Te conviertes en gato?

Alistair rezongó malhumorado antes de volver a meterse en la cabina. Mientras tanto, Lucian suspiraba y volvía a ponerse las gafas de sol

—Alistair, tu piloto, esperará por ti cuarenta y ocho horas —informó a la guerrera según se dirigía hacia la salida del avión—. No te retrases. No es muy paciente.

—Me sobrarán cuarenta y cinco.

Vyx tenía una expresión ufana cuando perdió de vista la ancha espalda de Lucian y, aunque no quería que el agotamiento se apoderara de ella, la pesadez que sentía desde el día que forzó la visión se manifestó cruelmente tras un largo y tendido suspiro.

—A ver qué ha metido el cuervito en la mochila…

Al abrir la cremallera, encontró una botella de agua, una manta y lo que parecía…

—Un pergamino —murmuró incrédula—. Mira que es rancio.

Con el runrún de los motores que anunciaba el inicio del despegue, Vyx se recostó en el cómodo asiento y miró el mapa con fingida meticulosidad.

Los resoplidos de frustración llegaron cuando el jet ya surcaba las nubes: la letra de Lucian era un enigma en sí misma.

Así que, consternada, Vyx se llevó las manos a la cara y se repitió como si de un mantra se tratara que estaba muy cerca de encontrar el primer elemento del ritual y, por tanto, cada vez más cerca de volver a estar con Rose.

De que toda aquella pesadilla llegara a su fin.

Los momentos que había compartido con Astrid la pasada madrugada acudieron a su mente como la promesa de un bálsamo que curaría todas sus heridas: los besos, las caricias, los suspiros.

Había desechado la oportunidad de ser sincera tantas veces que ya no sabía cómo hacerlo.

No sabía cómo enfrentarse al miedo de que Astrid le abriera los ojos a todas esas posibilidades que no quería afrontar.

Un tímido maullido hizo que Vyx diera un brinco y bajara las manos rápidamente. Sentado sobre uno de los asientos había un gato negro de ojos amarillos que no apartaba la mirada de ella. Vyx alzó una ceja, bufó y se hizo un ovillo en el asiento.

—No sé de dónde has salido, pero mientras no te acerques, nos llevaremos bien.

Si no fuera porque le resultaba imposible, Vyx juraría que el gato acababa de sonreír.

El viaje hasta el monte Sípilo se le hizo eterno.

Ya no solo por el gato, cuya presencia le crispaba los nervios, sino también porque tuvo demasiado tiempo para pensar en todas sus tribulaciones.

Así pues, cuando la avioneta tomó tierra cerca de la ciudad turca de Manisa, Vyx se sintió más que contenta por poder dejar atrás aquel espacio claustrofóbico.

Apenas había bajado las escaleras para tomar tierra firme con su bolsa al hombro cuando un carraspeo la invitó a girarse. Alistair estaba en la entrada del jet y el dichoso gato negro se hallaba sentado a su derecha. ¿O era Alistair el que estaba a la izquierda del gato?

—Si no estás aquí en cuarenta y ocho horas —dijo Alistair con cara de pocos amigos—, nos iremos sin ti. ¿Te ha quedado claro?

Vyx levantó el dedo del medio y echó a andar hacia el monte.

No tardó en sacar el mapa, aunque lo único que había comprendido de las instrucciones era que, al parecer, debía encontrar algo llamado La roca que llora.

Cualquier otra guerrera de la Orden hubiese sabido que se trataba de una formación natural relacionada con Niobe, la hija de Tántalo.

Desde allí, Vyx debía caminar unos kilómetros más hasta dar con la otra cara del acantilado, donde se hallaba una estatua hitita de Cibeles.

Avanzaba en apariencia resuelta con el pergamino desplegado en una mano y una brújula en la otra, pero la cantidad de veces que tuvo que consultar el mapa a las dos horas de haber emprendido camino evidenciaban que, a todas luces, Vyx se había perdido.

—¿Qué mierdas pone aquí? —murmuró, acercándose el pergamino a los ojos. La letra de Lucian parecía a sus ojos un garabato hecho por un bebé—. ¿Saloe o Salou? Porque si tenía que ir a pegarme una fiesta a Salou estoy en el sitio equivocado...

Estaba segura de que Rose se hubiera reído por la ocurrencia.

Pero allí, en aquel valle y en busca de una roca que recordaba a la silueta de una mujer abatida e implorante, su única compañía era el viento.

Taciturna, la arktoi siguió camino hasta detenerse en un claro rocoso, desconocedora de que en esos páramos secos se hallaba mucho tiempo atrás el lago Saloe, cuyas aguas ocultaron a más de una ninfa.

Vyx miró en derredor y se preguntó si no habría interpretado mal las anotaciones de un mapa que, por muchas vueltas que le diera, no conseguía que se sintiera menos perdida.

Suspiró exhausta y bajó los brazos mientras veía cómo el sol jugaba a esconderse en el horizonte, tras la línea irregular de un bosque y más allá de una verde colina.

Resopló y alzó la vista al cielo nuboso.

Inevitablemente, cerró los ojos y se dejó envolver por la quietud del silencio.

Vyx odiaría admitir que necesitaba ayuda, pero llevaba tres meses con la sensación anclada en el pecho de que, hiciera lo que hiciera, siempre perdía.

Una gota explotó en el puente de su nariz y, casi al mismo tiempo, los ojos se le anegaron de lágrimas de impotencia.

No supo que el cielo sobre ella era ahora uno tormentoso hasta que abrió los ojos y miró alrededor: toda luz había sucumbido a la oscuridad de una noche que llegaba demasiado pronto.

Un trueno rompió en los cielos y Vyx tragó saliva.