La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE CONFESIONES Y TEMORES #2
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DE CONFESIONES Y TEMORES #2

Astrid, por delante de Vyx, se dio la vuelta antes de cruzar el umbral de la habitación y abrió la boca, pero Vyx se comió cuales fueran las palabras que quiso y no pudo decir con un hambriento beso.

También se bebió los esporádicos quejidos de Astrid cuando la pared les puso freno.

Vyx sentía las manos de su novia en todas partes, como si dejaran una huella por donde fuera que pasaran.

Y le encantaba. Le gustaba cómo hundía los dedos en su pelo, recordar todas esas veces que le había dicho cuánto le había crecido y que echaba de menos el lateral rapado.

Le gustaba poder agarrar el muslo de Astrid con una mano y le gustaba que ella se dejara llevar, y le gustaba que su pecho se revolucionara como una bomba de aire.

Y, sobre todo, le gustaba saberse deseada tanto como desearla a ella.

—Vyx. —Astrid gimió en su boca—. Dime que no me odias.

—No te odio —le susurró al oído antes de morderle el lóbulo.

Los zapatos de Astrid se quedaron olvidados en el umbral y ellas entraron en el dormitorio con algunos pasos firmes y otros mucho más torpes.

—Es… —intentaba decir Astrid—. Solo quiero estar segura de que…

Que Vyx la empujara hacia el colchón supuso una interrupción en toda regla. Desde los pies de la cama, Vyx contempló la larga melena dorada de Astrid, sus labios hinchados, las manchas blancas de su piel, esa mezcla de anhelo e inquietud en su mirada áurea; y se le aceleró el pulso.

—Astrid —dijo mientras se subía a la cama de rodillas—. Cállate.

Verla sonreír por primera vez en días le robó a Vyx la poca razón que le quedaba. Puso una mano en cada pierna de Astrid, invitándola a separarlas. Luego se coló entre ellas, se inclinó hacia sus labios y, cuando estuvieron pecho con pecho, la besó.

No quería pensar en nada: ni en lo poco que la odiaba, ni en lo mucho que la quería.

Tendida en la cama en completo silencio, Vyx se decía que hubiera pagado una fortuna por seguir oyendo los gemidos y jadeos de Astrid durante unas horas más para no tener que oír ese timbre monstruoso que le taladraba los oídos.

Su paz mental acabó cuando Astrid se quedó dormida a su lado, graciosamente mal envuelta en la sábana que para ella olería a perdón y que para Vyx solo olía a lo que fuera que oliese la fustigación.

La culpabilidad. El remordimiento. Llevaba un buen rato mirando al techo y repitiéndose que, si se esforzaba en ignorar esa sensación desagradable que le oprimía el pecho, acabaría desapareciendo.

Pero no desaparecería. Recordó que Astrid, mucho más entrenada en eso de enfrentar a sus demonios y vencer, le dijo una vez que la ansiedad se adhería al corazón como la suciedad a la suela de un zapato, y se le ocurrió pensar en lo que le dijo después: «Cuando no consigas dejar la mente en blanco, canta. Recuerda la letra, y canta».

Vyx giró la cabeza y miró a Astrid. Como le pareció que estaba profundamente dormida, se cubrió la cara con las manos, se llenó el pecho de un aire viciado, y cantó a muy baja voz:

— On a cobweb afternoon, in a room full of emptiness.

¿Decirle a Astrid que no la odiaba era lo mismo que decirle que la quería?

— By a freeway, I confess I was lost in the pages.

¿La odiaría Astrid si descubriera sus mentiras?

— Of a book full of death, reading how we’ll die alone.

¿La odiaría Rose por no haber salido ya en busca del guardapelo?

— And if we’re good, we’ll lay to rest anywhere we want to go.

Vyx intentó coger aire y bajó las manos, asustada por la sensación de que no podía respirar.

Las paredes fluctuaban a su alrededor y ni siquiera esa que consideraba la mejor canción de todos los tiempos había podido mitigar el timbre agudo que le descomponía las entrañas.

Como si a su lado se hallara su peor enemigo y no una de las pocas personas que la ayudaban a mantener cierta cordura, se deshizo de las sábanas, abandonó la cama y recogió su camiseta del suelo para ponérsela mientras salía a trompicones de la habitación.

Después cruzó el salón, que en esa hora punta de ansiedad se había convertido en un vómito de sombras y nubes amorfas, y apartó las cortinas opacas de estrambótico diseño con determinación.

Luchó contra la manilla de la puerta de cristal que daba al pequeño balcón de dos metros cuadrados y, cuando consiguió salir, se abalanzó contra la barandilla de hierro oxidado.

Allí, a solas, intentó respirar la agradable brisa de la noche y concentrarse en devolverle cierta estabilidad a sus piernas.

Se odió por sentir ganas de llorar. ¿Pero llorar por qué?

Ella no lloraba. No había hecho nada malo.

No había engañado a Astrid. Sus sentimientos eran auténticos.

Y ese era el problema. Esa aterradora lucidez hizo que la sacudiera una imperiosa necesidad de correr, de llamar a Lucian y decirle que no quería esperar más, que ya se había recuperado de los efectos del aagonaz.

Con el tiempo he aprendido que los mortales hallan la paz cuando dejan de correr, pero Vyx solo parecía encontrarla mientras corría. Cuando paraba, el caos de su mente la devoraba.

Le pareció oír la voz de Astrid antes de ceder al temblor de sus piernas y sentarse sobre las baldosas grises del balcón.

Sonrió a duras penas cuando la vio aparecer en su campo de visión.

La inquietud había borrado cualquier rastro de somnolencia de Astrid.

De hecho, la miraba con suma preocupación, como si pensara que Vyx iba a morirse de un momento a otro y eso la asustara profundamente.

—Vyx. —Astrid le puso las manos en las mejillas—. ¿Qué te pasa? ¿Has tenido una pesadilla? Estás sudando muchísimo. ¿Te traigo un vaso de agua?

—Estoy bien. Necesitaba un poco de aire fresco.

—Mientes fatal —dijo Astrid. «Miento demasiado bien», pensó Vyx—. ¿Te cuesta respirar? Puedes decírmelo.

Vyx meditó antes de, para su propia sorpresa, asentir con la cabeza.

—Vale. —Astrid vaciló—. No pasa nada. Tengo una idea.

Creo que no me equivoco al decir que la soltura de Astrid en cada movimiento, su capacidad para reaccionar al conflicto sin perder la calma, maravillaron tanto a Vyx que, por unos instantes, olvidó que respirar se le hacía un mundo.

Astrid se acomodó en el suelo con las piernas abiertas y estiradas y la espalda contra la puerta de cristal.

Invitó a Vyx a que se acercara.

—Ven. Ponte de espaldas a mí y recuéstate en mi pecho.

En otras circunstancias, Vyx hubiese soltado algún comentario morboso.

Sin embargo, eligió hacer un gran esfuerzo y seguir sus instrucciones.

Cuando estuvo entre los brazos de Astrid, cerró los ojos.

No los abrió al notar la ligera presión que hacía la mano de Astrid en su tórax.

El masaje circular resultaba tranquilizador.

Se quedaron en silencio un buen rato y solo Astrid se animó a romperlo. Preguntó:

—¿Mejor?

—Creo que sí. —Vyx abrió los ojos despacio antes de alzar la mirada hacia las estrellas. Mirándolas, se preguntó cómo podía sentir tanto pavor y tanta paz al mismo tiempo. Cómo podía caber tanto en una sola mente y en un solo corazón—. Bastante mejor.

Astrid la estrechó entre sus brazos y le dejó un delicado beso en el cuello.

—¿Estás así por mí? ¿Por lo que te he contado?

Y el corazón de Vyx, ese en el que tantas emociones cabían, dio un vuelco.

—No —respondió enseguida—. No. No es por ti. He tenido una pesadilla.

—Sabes que puedes contarme cualquier cosa, ¿verdad?

Vyx pensó que llevaba una cuenta demasiado larga de momentos de inflexión. Durante una fracción de segundo, consideró ser sincera. Una intención que murió en el beso que le dejó a Astrid en el dorso de la mano.

—Lo sé. Hipólita me ha asignado una misión en… —Buscó en su memoria el nombre de la ciudad más lejana de Volos que conociera—. Komotini.

Astrid se revolvió y asomó la cabeza por la derecha de Vyx.

—¿Komotini? No suelen enviarte tan lejos.

—Ya, bueno —dijo encogiéndose de hombros—. Se le habrán cruzado los cables. Está un poco nerviosa con todo el tema del ataque a Thalia en el Archivo y…

—¿Qué? —La voz de Astrid se oyó una octava más aguda—. ¿En el Archivo? ¿El Archivo del templo? Vyx, se supone que es terreno sagrado.

—Es inexplicable. De ahí su actitud.

Hubo un breve silencio que a Vyx no le gustó nada. Al final, Astrid dijo:

—Pareces muy tranquila. ¿No te preocupa? Si estás en peligro…

—No estoy en peligro —atajó. Luego chasqueó la lengua y se volvió despacio para poder mirar a Astrid a los ojos—. Está todo controlado. La misión no me llevará mucho tiempo, ¿vale? Estaré aquí en menos de dos días. Ya sabes que las empusas se me dan bien…

Vyx sintió gran alivio al ver un atisbo de sonrisa en los labios de Astrid.

—Si por “se me dan bien” te refieres a que se te da bien que te abran el abdomen…

Antes de que Vyx pudiera protestar, Astrid la besó.

Cuando saliera el sol, la guerrera saldría de su apartamento con una bolsa al hombro y se embarcaría en la búsqueda del primer elemento.

En el monte Sípilo estaría muy lejos de lo que más temía: el compromiso.