DE CONFESIONES Y TEMORES
DE CONFESIONES Y TEMORES
— L a noche que la orden de Artemisa mató a mi madre había luna llena. Mi madre, mi tía y el aquelarre estaban en el altar sagrado, pero Kyrian y yo nos quedamos en casa, como siempre.
Las palabras de Astrid flotaron en el salón.
Vyx tenía claro que no había un código de vestimenta para la ocasión en que su novia le confesara que la Orden a la que servía por juramento era responsable de la muerte de su madre, pero probablemente cualquier otra cosa hubiese sido mejor que unos pantalones cortos Adidas y una camiseta negra de Black Sabbath.
También estaba segura de que Astrid había pasado horas buscando el conjunto perfecto y que por alguna razón ese vestido color mostaza de escote cruzado y los zapatos de aguja a juego le parecieron la elección ideal.
Vyx nunca había visto a Astrid tan vulnerable como en ese momento, sentada en el sofá con las manos en el regazo y la mirada tan radiante como huidiza.
Cuando recibió el mensaje en el que Astrid proponía que se vieran en su apartamento, Vyx llegó a considerar la posibilidad de que todo acabara aquella noche, por mucho que lo achacara a los efectos secundarios del aagonaz.
No le cabía duda de que hubiera sido una ruptura especialmente dramática por parte de Astrid e insultantemente insensible por la suya.
Vyx llegó a imaginar incontables explicaciones e infinidad de escenarios, pero ni en un millón de años hubiese adivinado que Astrid era una de las víctimas de la masacre del aquelarre del lobo.
Detestaba la vergüenza que sentía, y la única manera que se le ocurrió de manifestar su incomodidad fue cruzar los brazos, morderse los carrillos y mirarse los calcetines, apoyada como estaba en el mueble bar del salón.
—Vivíamos junto a uno de los caminos del monte Licabeto, así que estábamos muy cerca del altar sagrado —continuó Astrid con ínfimas gotas saladas en los ojos.
En ese momento, aunque el impulso fue reducido a una mera intencionalidad, Vyx deseó abrazarla—.
No sé a qué hora pasó, pero debió de ser de madrugada porque ya estaba acostada.
»Me despertó el olor a humo. Cuando vi que Kyrian no estaba en su cama, me asusté.
Lo busqué por todas partes, pero no estaba en casa.
Fue cuando me acerqué a la ventana que vi el fuego.
Había un incendio en la zona del bosque donde se encontraba el altar.
Muerta de miedo, salí de la casa. Todavía recuerdo los gritos.
No sabía qué hacer, así que me quedé allí, llorando a lágrima viva.
Poco después vi llegar a mi tía Calista a la carrera, y llevaba a mi hermano de la mano.
Nunca en mi vida he vuelto a ver a Kyrian tan asustado, Vyx.
Vyx no se consideraba tan ruin como para mirar a Astrid a los ojos y decirle que comprendía su dolor o que podía imaginar el pavor que sintió aquella noche. Solo preguntó:
—¿La Orden os atacó también a vosotros?
Astrid cerró los ojos y negó con un lento movimiento de cabeza.
—No. No sé si las guerreras sabían de nosotros, pero no. Calista nos dijo que debíamos marcharnos y que nos diéramos prisa en preparar una bolsa con lo esencial. Cuando me quedé a solas en la habitación con mi hermano, le pregunté por mi madre. Y…
Astrid hizo menos ruido al romperse que la ramita de un árbol que se parte en dos.
Solo alguien que se ha roto antes puede reconocer ese sonido y, por eso, Vyx lo supo.
Mantener una distancia prudencial sería, a partir de ese momento, un acto de cobardía.
Tan nerviosa como si acercarse a ella y demostrarle afecto supusiera la misión más difícil del mundo, se acercó al sofá paso a paso y tomó asiento a la izquierda de Astrid.
Por unos instantes no hizo nada, salvo dejar que los sollozos de Astrid se le clavaran en el corazón.
Pero, al final, Vyx acercó los dedos despacio a los de ella y, después de un efímero roce, envolvió la mano de Astrid con la suya.
Vyx sintió un alivio sin precedentes al ver una tímida sonrisa en sus labios.
—Kyrian empezó a llorar y a gritar desesperado —prosiguió Astrid—, y yo no sabía cómo tranquilizarlo. No me lo dijo, pero supe que mi madre estaba muerta. Lo único que Kyrian se llevó aquella noche fue el diario de mamá. Nada más. Nunca volvió a ser el mismo.
—¿Cuántos años teníais?
—Mi hermano tenía trece años. Yo tenía once. —Astrid cogió aire y dijo—: Vyx, sé que lo que Kyrian te hizo no tiene justificación y que en ese momento me quedé bloqueada…
Vyx sabía que, si no decía algo, ninguna de las dos sobreviviría al silencio que se hizo dueño y señor del sorprendentemente inmaculado salón.
¿Pero qué iba a decir? Por mucho que le hubiera molestado, lo comprendía.
O, al menos y para su propia sorpresa, podía empatizar con la rabia de Kyrian.
Era otro pensamiento el que atormentaba a Vyx: si el hermano de Astrid tenía la sensatez de odiar a la Orden que le robó a su madre, ¿por qué la chica que aguantaba la respiración a su lado había cometido la temeridad de enamorarse de ella?
¿Por qué decidió ayudarlas la noche en que una empusa le rajó el abdomen?
Conocer la verdad sobre el pasado de Astrid solo alimentaba la percepción de Vyx de que no era suficiente para ella. De hecho, era mucho más que insuficiente: era indigna.
—Vyx —llamó Astrid con voz rota—. Por favor, di algo. —Vyx la miró—. Yo no pienso como él. Vosotras no estabais allí aquella noche. No creo que pueda perdonar nunca a la Orden por lo que hizo, pero sé la verdad.
«¿La verdad?», se preguntó Vyx. «¿Qué verdad?». Astrid cerró los ojos y susurró:
—Mi madre era una asesina. Tampoco puedo perdonarle a ella lo que hizo.
Lo único que quiero, lo único que espero, es que me perdones tú.
Debería habértelo dicho. —Empezó a alzar la voz, angustiada—.
Pero al principio tenía miedo de que me odiarais y después tenía miedo de que Kyrian os odiara a vosotras y al final… al final…
Vyx se dio cuenta de que nada de lo que pudiera decir significaría tanto como lo que pudiera hacer. Por eso subió las manos a las mejillas de Astrid, la miró a los ojos y le dijo:
—No te odio. Deberías odiarme tú a mí.
Astrid apretó los labios como toda respuesta, dándole a Vyx la desgarradora sensación de que su empatía había sido insuficiente, pues un miedo visceral apagaba una a una las briznas doradas que salpicaban esos bonitos ojos de color miel.
La única persona que Vyx aprendió a consolar en toda su desgraciada vida fue a su hermana, y lo hizo únicamente en los confines de la noche, cuando el mundo entero dormía y nadie podía descubrir que ese corazón arrogante y despreocupado suyo era capaz de profesar amor.
No cabe duda de que Vyx era una pésima oradora que guardaba los gestos afectivos como una niña malcriada guarda sus tesoros; pero esos segundos de mirarse a los ojos, pendiendo ambas de un hilo frágil y volátil, exigían que diera un paso adelante.
Pedían que fuera emocionalmente valiente, y eso, para alguien como Vyx, era mucho más difícil que plantarse desarmada y borracha ante el más letal de los monstruos.
Aceptar que quería a aquella chica de deslumbrante sonrisa y admitir que no había nada que deseara más que arrancarle el dolor a mordiscos de amor supondría cruzar un umbral sin retorno.
Y lo cruzó. Se lanzó al vacío de lo inesperado con los brazos abiertos.
Se inclinó hacia los labios de Astrid y la besó como si así pudiera recomponerla o atarla para que fueran las dos las que cayeran al vacío como pájaros sin alas.
Fue un beso sin aire, dulce y salado, lento y delicado, un beso con el que Vyx le decía que no la odiaba, que la quería, aunque quererla fuera para ella el sentimiento más aterrador del mundo.
Compartieron un suspiro con los labios pegados, volvieron a mirarse a los ojos y, como si ese instante le hubiera devuelto a Astrid la esperanza, ella también la besó.
Firmaron la paz por las mentiras y empezaron una guerra de caricias y de pasión.
Y de pasión, al menos, a Vyx le sobraba conocimiento.
La voz inmadura de su conciencia le decía que estaba cometiendo un error, que debería advertir a Astrid de que quererla era como meterse en un laberinto de espinas creyendo que saldría ilesa.
Vyx sabía que le haría daño. Al fin y al cabo, eso era lo que mejor se le daba: romper todo lo que tocaba. Pero no podía parar.
No quería necesitarla y, de repente, la necesitaba.
No quería quererla y, de repente, la quería.
O la había querido desde el principio y acababa de darse cuenta.
Entre beso y beso, el cuerpo de Astrid se deslizó en el sofá y el de Vyx encajó sobre el suyo.
Pasaron de la lentitud propia de la incertidumbre a la prisa por sentir, de las caricias sutiles a los besos voraces, de las crueles dudas a una ardiente certeza.
Pero Astrid impuso pausa al momento antes de que Vyx acabara de bajarle el segundo tirante del vestido.
—Espera, espera —pidió Astrid, sofocada—. Aquí no.
Vyx pensó que si aquí era el sofá, aquí le parecía tan buen lugar como cualquier otro, pero todo lo que hizo fue asentir, robarle otro beso y ponerse en pie.
Solo fueron capaces de no tocarse lo que tardaron en asimilar la urgencia que vibraba en sus venas, como si durante unos segundos que cabían en los cuatro metros que separaban el salón de la puerta del dormitorio las hubiera sobrecogido el eco de la conversación que habían tenido.