La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE MISTERIOS Y VISIONES #2
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DE MISTERIOS Y VISIONES #2

Vyx bajó la mano antes de llegar a tocar el grueso lomo de uno de los cientos de libros que brillaban en la biblioteca. Lanzó una mirada a Lucian, quien se encontraba plácidamente sentado en el filo de su escritorio, y respondió con un escueto asentimiento.

—¿Quieres hacerlo ahora o prefieres esperar?

La respuesta de Vyx no pudo ser otra que:

—Llevo esperando más de tres meses.

El hechicero asintió, comprensivo.

—Siéntate en la alfombra. Estarás más cómoda. —Lucian se aclaró la garganta en lo que Vyx se acomodaba en la postura de quien se dispone a meditar—. Rose me habló alguna vez de vuestras visiones. Dijo que no podíais controlarlas, ¿no?

—No.

—Eso va a tener que cambiar. Como he dicho antes, el aagonaz es un potenciador, por lo que cabe esperar que tu poder se eleve a un nivel que no has experimentado antes.

—Fantástico —ironizó Vyx.

—Escúchame, porque esto es importante. Veas lo que veas, no te desvíes del camino. Visualiza lo que buscas y no pienses en nada más. ¿Lo entiendes?

—No soy gilipollas, Lucian.

Él hizo una mueca, le dio la espalda y rezongó un: eso es debatible.

Vyx lo fulminó con la mirada y siguió haciéndolo cuando el hechicero se acercó con un frasco transparente en la mano que contenía un líquido azulado.

El Cuervo se acuclilló frente a ella y, tras unos instantes de deliberación, le tendió el frasco.

Sin embargo, cuando la guerrera hizo amago de aceptarlo, Lucian se lo negó y le dijo:

—Prométeme que lo has entendido. No te…

—Mensaje recibido alto y claro: no la cagues, Vyx.

Rápida, Vyx le robó el frasco a Lucian de un manotazo y se bebió el contenido de un trago. El sabor amargo del elixir se asentó tan deprisa en su garganta que le provocó arcadas. Dejó caer el frasco despreocupadamente e hizo presión en la zona abdominal con una mano.

—Sabe a mierda de vaca.

Alzó la mirada esperando ver la sonrisa de Lucian, solo para descubrir que una tela fina y borrosa los separaba.

Vyx parpadeó con lentitud, horrorosamente consciente de cuánto le pesaban los párpados.

Empezó a respirar entre terribles estertores y luchó contra la poderosa ola de sueño que amenazaba con llevársela.

«No», se dijo. «Es lo que debo hacer: dormirme».

Cerró los ojos y se convirtió en la espectadora de una intermitente oscuridad, pues sin que pudiera hacer nada para evitarlo, el rostro de su hermana aparecía y desaparecía a conveniencia de su corazón resentido, hasta el punto de romperse.

Risas, palabras con musicalidad y anécdotas hechas recuerdos llenaban poco a poco la nada que debía alcanzar.

«No te desvíes del camino», recordó. Apretó los párpados y pensó en la crueldad de que hasta en los sueños se le pudieran revolver las tripas como si fueran un nido de serpientes.

No volvió a abrir los ojos hasta que una fuerza imperativa tiró de ella, como una madre que desprende a un niño de las sábanas un lunes al salir el sol.

Se llenó el pecho de aire al descubrir que se hallaba bajo una estridente y aterradora tormenta.

Las gotas de lluvia se le clavaban en la piel como finas agujas y el viento soplaba con la fuerza de un titán, meciendo con violencia su cuerpo y silbando entre las copas de los árboles que la rodeaban.

Delante de ella se abría un terreno cenagoso y desnivelado que llevaba hasta el borde de un acantilado.

Empapada y desorientada, Vyx retrocedió un paso, y luego otro, y el viento silbó de otra manera: trajo su nombre.

—¿Vyx?

«Rose». Vyx giró sobre sí misma y miró en derredor con el corazón en un puño.

¿Dónde estaba? ¿Desde dónde la llamaba? La lluvia le calaba los huesos y el frío se le había metido en el pecho como si fuera el gélido suspiro de la muerte.

Nunca nadie podrá entender el esfuerzo colosal que supuso para Vyx convencerse de que no era real, cubrirse las orejas con las manos, repetirse que la voz de su hermana solo era fruto del más insondable de sus deseos y que no debía desviarse del camino.

«Visualiza lo que buscas y no pienses en nada más», había dicho Lucian.

Un relámpago centelleó en el cielo. Al trueno que rompió tras las nubes grises lo sucedieron los repiqueteos de una veintena de herraduras.

Antes de que Vyx pudiera darse la vuelta, una sombra pasó veloz por su lado.

Era un hombre, o eso razonó ella. Llamó su atención el destello escarlata del objeto que pendía de su mano.

«¿El guardapelo?». Tenía que serlo. Por tanto, el hombre que corría hacia el precipicio no podía ser otro que Tántalo.

Dispuesta a alcanzarlo, Vyx le echó un pulso al viento.

No era capaz de comprender si su presencia en ese momento del pasado era tangible o, como todas esas otras veces cuando era niña, se había convertido en un fantasma más, obligada a ser tan etérea como un recuerdo.

Tántalo dio la espalda al precipicio. Incluso desde la insalvable distancia que los separaba, Vyx pudo apreciar un miedo primitivo en sus ojos.

Otro relámpago pintó los cielos de tonalidades malvas.

Vyx se encogió por instinto y agachó la cabeza.

Fue al alzar de nuevo la mirada que vio las densas sombras que la envolvían y que, gigantes y amorfas, eclipsaban por completo el ya de por sí lúgubre paisaje. ¿Qué estaba pasando?

—¡Vyx!

«¿Lucian?»

—¡Vyx! ¡Tienes que volver! ¡Despierta!

«No, todavía no». Estaba demasiado cerca.

La guerrera desafió a las sombras y dio otro paso.

Al hacerlo, las nubes de humo negro empezaron a disiparse y Vyx buscó a Tántalo.

Y lo encontró: su cuerpo yacía, sin cabeza, sobre las afiladas y resbaladizas piedras.

Como si de una broma macabra se tratara, tampoco quedaba nada ya de la cruel tormenta.

El sol se abría paso entre el nimbo blanco que salpicaba un cielo de tonalidades cálidas.

«¿Qué…?». Vyx no cabía en su asombro. Interpretó que el abrupto y lacerante dolor que sentía en el pecho era cosa de la rabia, hasta que empezó a sangrarle la nariz.

—¡Vyx!

«Cállate, Lucian». Se limpió el hilo húmedo, rojo y espeso con el dorso de la mano, clavó la mirada en el cuerpo inerte y lo vio: a unos pocos centímetros de Tántalo yacía el guardapelo.

Y, aunque solo era un sueño o, en su defecto, un recuerdo que no le pertenecía, Vyx desoyó a Lucian y avanzó resuelta para cogerlo.

Fue instintivo. Fue el saberse tan cerca del primer objeto que se sintió incapaz de escuchar a la razón.

Pero cuando Vyx se agachó, cuando sus dedos estaban a punto de rozar el recubrimiento de bronce y la gema roja incrustada, otra mano fue más rápida.

Una mano putrefacta de piel verdosa y granos supurantes.

Vyx entornó los ojos para mirar en otros blancos como la leche.

Era una ninfa. O lo que quedaba de ella bajo el largo cuello marchito coronado por unas facciones decrépitas y un cabello lacio a rebosar de gusanos.

Daba la impresión de que se le iba a caer la carne a trozos y la piel a tiras debajo de los harapos que vestía.

Mirando a los ojos de aquella criatura senil, Vyx sintió que toda esperanza la abandonaba.

Lo primero que Vyx vio cuando abrió los ojos fue la horrible lámpara araña que pendía del techo.

Por un momento llegó a pensar que por fin había mordido el polvo; era la única explicación a la falta de sensibilidad de sus extremidades.

Los brazos, si es que todavía los tenía, le pesaban como si estuvieran comprimidos bajo toneladas de cemento.

Hizo una mueca digna de su decepción con la primera arcada que la sobrevino. Estaba viva.

—Eres el ser más despreciable y temerario de todas las dimensiones conocidas y por conocer, patético intento de arktoi.

Vyx apretó los párpados antes de entornar la mirada hacia el sillón, desde donde el Cuervo la miraba con un resentimiento tan profuso como visceral. Ella no supo por qué, pero sonrió y le puso las pilas a sus brazos para poder frotarse la cara con las manos.

—Bueno, si nos vamos a poner románticos, yo también te aprecio un montón.

—Sé que me oíste. Te dije que esto podía ser peligroso y que no te desviaras.

—Si quisiera oír los sermones de un padre me hubiese lanzado a los brazos del primer solterón que se presentó en el orfanato. Dame un respiro, joder.

Supo que era una mala idea antes de intentarlo, pero se incorporó de todas formas. La cabeza le daba vueltas y la boca le sabía a bilis.

—¿Qué ha pasado?

No hubo respuesta. Vyx se dio un susto de muerte cuando Lucian apareció de repente en su campo de visión y se acuclilló para estar a su altura.

—Te has desmayado. La buena noticia es que no ha sido grave. La mala noticia es que si el aagonaz te ha robado algunas facultades, como ya eras tontísima nadie podrá notar la diferencia.

La guerrera hizo una mueca, además de un sobreesfuerzo para enseñarle el dedo y le dijo:

—Si sigues hablando, te vomito encima.

—Se te pasará. Con los días. —Cuando Lucian le puso las manos en las mejillas y la miró directamente a los ojos, como si buscara algo más allá de sus pupilas, Vyx no supo cómo reaccionar—. Te he llevado más allá de tus límites. Te pido perdón.

El hechicero bajó las manos y Vyx lo miró sin parpadear. Había tardado meses en acostumbrarse relativamente a las muestras de afecto de Astrid. No estaba preparada para las demostraciones cariñosas del primer amor de su difunta hermana.

Lucian se incorporó, cruzó los brazos y dijo:

—Esperemos que tu estupidez haya servido para algo. ¿Lo has visto?

A Vyx le llevó unos segundos reconstruir el puzle de la visión.

—He visto a Tántalo. Era una noche de tormenta y alguien lo perseguía.

Luego todo se volvió borroso y lo siguiente que sé es que estaba muerto.

Sin cabeza, para ser más exacta. Tenía el guardapelo, pero…

—Tragó saliva para engullir los resquicios de aquella desesperanza que sintió al mirar unos ojos blancos—.

Había una ninfa. Creo. —Suspiró—. Ella lo cogió.

—Tántalo fue ejecutado en el monte Sípilo —reflexionó Lucian tras un breve silencio–. Si la ninfa se quedó con el guardapelo, cabe la posibilidad de que siga allí. Buen trabajo. — Revolvió alegremente el pelo de Vyx y se apartó antes de que ella le diera un manotazo—. Es una pista.

Como si haberse incorporado y haber dicho más de dos palabras la hubieran agotado, Vyx volvió a tumbarse en el suelo.

Antes de volver a dormirse, pensó que ya estaba un poco más cerca de recuperar a Rose.