DE MISTERIOS Y VISIONES
DE MISTERIOS Y VISIONES
— O tra —pidió Vyx con énfasis.
Al principio, más o menos antes de la tercera copa, Alistair se había permitido la licencia de dibujar esa sonrisa típica de quien está viendo a un gatito adorable hacer algo indebido.
Pero a esas alturas, el nuevo protegido del Cuervo , nombre con el que la comunidad de renegados y olvidados conocía a Lucian, llenaba el vaso a regañadientes y la miraba con un odio que, de haber estado la guerrera algo más lúcida, sin duda habría tachado como desmedido e inmerecido.
Pero Vyx no estaba lúcida.
Más de cuatro horas habían pasado desde que Lucian la echara de su despacho de intelectual milenario y engreído con el pretexto de lo mucho que le costaba concentrarse con su irritante presencia.
Sin nada mejor que hacer, Vyx había escogido un taburete en el que sentarse y había dejado el teléfono sobre la barra para dedicarse a mirarlo fijamente, como si así fuera a conseguir que Astrid recordara que le debía un mensaje con una disculpa o, por lo menos, una explicación.
Se bebió el contenido del vaso de un trago. Luego eructó, dejó ir un interminable suspiro, apoyó el codo sobre la barra y la mejilla en la mano. Miró detenidamente a Alistair, o tan detenidamente cómo podría alguien observar algo después de seis copas de vodka.
—¿No tienes como doscientos años? —preguntó Vyx—. Deberías estar jubilado.
De pronto, Alistair parecía incómodo con el trapo al que tanto apego le tenía, y también sumamente enfadado. Vyx pasó por alto ambos cambios de actitud.
—Tengo edad para ser tu padre —espetó Alistair—, no tu tatarabuelo, rata inmunda.
—Joder. —Vyx abrió exageradamente los ojos—. Pues no llevas muy bien lo de envejecer.
Los ojos de la guerrera vagaron hasta la escalofriante cicatriz que Alistair tenía en el cuello.
Vyx había degollado a suficientes criaturas a lo largo de su vida como para no conocer la causa de una marca así.
Abrió la boca para comentar algo al respecto, pero el camarero se adelantó y, para su sorpresa, no fue para dirigirse a ella:
—Está cerrado hasta las doce.
—Creo que el Cuervo hará una excepción conmigo.
El principio de borrachera de Vyx se evaporó como gotas de agua bajo el sol al oír aquella voz.
Miró incrédula hacia la entrada del bar, desde donde la ascendida más infravalorada de la Orden de Artemisa le devolvía una mirada divertida.
Estupefacta, Vyx balbuceó varios sinsentidos en lo que Cora se acercaba y tomaba asiento a su lado con suma elegancia.
Más serena, a Vyx solo se le ocurrió decir:
—¿Me estás siguiendo?
—Oh, sí. Vivo por y para ti. —Cora le guiñó el ojo—. Tomaré un Martini.
—¿Pero…? ¿Qué haces aquí?
—Lo mismo que tú. —La pausa fue excesivamente dramática—: emborracharme.
—¿Conoces este sitio?
—Tiene su encanto. Cuando Rose me ofreció venir por primera vez me sentí bastante escéptica.
Al Círculo no le gusta nada lo que hace el Cuervo.
Pero… —Tomó el vaso que Alistair acababa de servirle y lo alzó a la par que sonreía a Vyx—.
Está fuera de su radar. Este antro es lo más cerca que estaremos nunca de la libertad, ¿no? A tu salud.
A Vyx le dolía terriblemente la cabeza, tanto que pensó que sus neuronas iban a explotar una a una. ¿De qué estaba hablando? ¿Rose y ella habían estado en el Cerberos juntas? De eso nada, pensó. Rose era muy reservada respecto a Lucian. ¿O tal vez no?
—No sabía que Rose y tú…
—¿Estábamos unidas? —interrumpió Cora, dejando el vaso—. Era de esperar, ¿no?
Vyx hizo una mueca de desagrado como única respuesta y la miró con más detenimiento.
Fuera del templo, la ascendida había optado por llevar un vestido cruzado de color verde con un estampado floral blanco, e iba con la larga melena al viento.
Las ojeras que días atrás insinuaban que tenía un pie en la tumba habían desaparecido y un ligero rubor le pintaba las mejillas.
Cora se dio cuenta del escrutinio al que Vyx la estaba sometiendo y preguntó:
—¿Cómo llevas tus misiones en solitario?
—Bien. —Vyx se aclaró la garganta—. De maravilla.
La sonrisa de la guerrera le dijo a Vyx que no se había creído ni una palabra.
—No deberías pasar tanto tiempo fuera del templo, ¿sabes? Es peligroso. —Cora se tomó la libertad de colocar a su gusto el flequillo despeinado de Vyx, que decidió no moverse—. Tus ojos me recuerdan mucho a Gaia. Tenía esa misma mirada ardiente y llena de curiosidad.
Vyx apartó los ojos, incómoda, y puso algo de distancia con Cora.
—Vivo fuera del templo, Heidi. ¿Siempre has sido tan jodidamente críptica?
Cora cogió el vaso con delicadeza y dio un buen trago antes de preguntar:
—¿A qué te refieres?
—«Es peligroso» —citó Vyx, cabreada—. Y mejor no hablemos de tu momento Yoda en el Archivo. Esto solo acaba de empezar, uhhh oooh.
—Olvídalo —pidió, dejando la copa—. Estaba pasando por un momento… complicado.
—¿Es por el ataque a Thalia en el Archivo?
Esas palabras pusieron a Cora en jaque. La adepta hundió los hombros y le lanzó la mirada más fría que había en su ser.
—¿Qué has dicho?
—Igual tienes remordimientos, yo qué sé.
A ver, Thalia cree que fui yo porque soy una renegada y porque me odia.
Pero igual fuiste tú. —Vyx sonrió—. ¿Buscabas algo, Cora?
¿Era tan importante que cuando Thalia te pilló infraganti decidiste darle una paliza?
Oye. —Alzó las manos—. No te juzgo. Yo soy la primera que aprovecharía cualquier oportunidad para…
—Cállate —espetó Cora. No quedaba rastro alguno de su docilidad—. ¿Alguien ha atacado a Thalia en el Archivo? Eso no tiene sentido.
—Cora.
Vyx resopló al oír la irritante voz de Lucian. Miró a Cora de reojo y pensó que no hacía falta ser una intelectual para darse cuenta de que no había sido ella. Eso, o Cora era una gran actriz con muchas nominaciones a los Oscar.
—No te esperaba hoy. —Lucian dejó un frasco sobre la barra; frasco en el que Vyx se concentró como si guardara la respuesta a todas sus preguntas—. Bonito vestido.
—Gracias. Te he traído lo que me pediste.
Cora le entregó al Cuervo un papel pequeño y doblado.
—Estupendo —dijo Lucian—. Veré lo que puedo hacer. ¿Estás segura de esto?
—¿Tengo elección? —Cora se acabó el Martini de un trago. Después, bajó del taburete grácilmente y fijó la mirada en Vyx—. ¿Cómo te has enterado? Del ataque.
—Tengo la mala costumbre de escuchar a hurtadillas.
Se imaginó que Lucian ponía los ojos en blanco. Su compañera arktoi, en cambio, había adoptado una expresión indescifrable y todo lo que dijo fue:
—Me alegro de verte, Vyx.
Cora enfiló la salida para desaparecer tras la puerta, convirtiéndose una vez más en un fantasma. Solo el audible chasquido de Lucian consiguió que Vyx apartara a un lado todas las preguntas y le lanzara al Cuervo una mirada recelosa.
—¿A qué ha venido todo eso? ¿Desde cuándo conoces a Cora?
—Desde que tu hermana me la presentó. Qué buenos recuerdos. Ese día descubrí que Rose no era la única excepción a la norma de que sois unas tiesas religiosas.
—¿Eso va por mí? ¿Me estás llamando tiesa, pedazo de…?
—Los asuntos que Cora y yo podamos estar tratando son cosa nuestra. La privacidad de mis clientes tiene un gran valor para mí. —Lucian alcanzó el frasco y lo alzó a la altura de los ojos de Vyx—. He aquí la solución a tus problemas.
—¿Qué cojones es eso? ¿Ya sabes dónde está el guardapelo?
—No. —Lucian se pasó la mano por el desarreglado moño—.
A los escribas les encanta documentar mitos, pero siempre pasan por encima los detalles más importantes.
No he encontrado nada en los libros. —Al ver la decepción en los ojos de Vyx que ni siquiera se molestó en disimular, Lucian sonrió—.
La mala noticia es, evidentemente, que no puedo encontrar el guardapelo. La buena noticia es que tú sí.
—Lucian, no te lo tomes a mal, pero la inmortalidad te sienta regular.
—¿Sabes qué es esto? —preguntó Lucian, haciendo alusión al frasco.
—Yo qué sé. ¿Viagra?
—Es elixir de aagonaz. Se extrae de una planta que crece en la isla de Eea. Mi madre me enseñó que funciona como potenciador de la magia y…
—Qué guay, oye, pero siento tener que recordarte que yo ya no tengo poderes, cuervito.
—Bueno, eso no es del todo cierto.
—Perdí mis poderes cuando Rose se fue.
«Irse», pensó Vyx. No, irse no era lo mismo que morirse.
—Dudo que los perdieras. Creo que están dormidos, latentes. Y para eso es el aagonaz: potenciará el poder que ya posees. En tu caso, esperemos que al menos lo despierte.
Vyx rezongó una maldición y se dedicó a jugar con el vaso vacío.
Ni con toda la voluntad de su alma habría podido disimular el agotamiento que en cuestión de un segundo cayó sobre ella como una pesada losa.
Apartó la mirada y se dijo que de nada valdría preguntar si era peligroso: lo sería.
Absolutamente todo lo que estaría dispuesta a hacer para recuperar a Rose lo sería.
Bajó del taburete de un salto, le dio la espalda a Lucian y enfiló las escaleras.
Los siguientes minutos pasaron inadvertidos para Vyx.
Lo único con lo que se quedó de la tediosa verborrea de Lucian fue que el elixir de aagonaz requería de una meticulosa preparación previa.
Su mente, al parecer, prefería dar cabida a preguntas que no sabía cómo responder.
¿En qué clase de problemas estaría metida Cora para acudir al Cuervo en lugar de pedir ayuda al Círculo?
Y por si fuera poco, la idea que empezaba a cobrar demasiado sentido en su cabeza resultaba asquerosa, repulsiva, desgarradora: Rose jamás la necesitó tanto como ella.
El amor que Vyx había profesado por su hermana desde el momento en que abrió los ojos al mundo tenía la retorcida forma de un ancla, de una obsesión, de un bote salvavidas.
¿Qué se suponía que debía hacer ahora? ¿Reflexionar sobre los límites éticos de la adoración?
—¿Estás preparada?