La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE CUERVOS Y LANGOSTAS #2
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DE CUERVOS Y LANGOSTAS #2

La sonrisa torcida de Lucian no se hizo esperar. El hechicero dejó la botella junto a una pila de libros y se sentó en el filo del escritorio, mirándola fijamente vaso en mano.

—Bien. Escuchemos qué tienes que decirme antes de que descubras si es verdad lo que se rumorea sobre mí y mi poder de transformar a mis enemigos en animales.

Vyx alzó las cejas como respuesta a la implícita amenaza. Sopesó sus posibilidades. Dar rodeos nunca había sido su fuerte, por lo que optó por ser arrolladoramente sincera.

—He encontrado una manera de recuperar a Rose.

Lucian titubeó según alzaba el vaso. Sus labios no llegaron a rozar el filo del cristal. Miró fijamente a la guerrera con una advertencia mortal brillando en esos oscuros ojos suyos.

—¿Qué has dicho?

—Ya me has oído.

El hechicero dejó el vaso sobre la mesa. Se incorporó y dio un primer paso hacia Vyx.

—Quería a tu hermana. Esa y solamente esa es la razón por la que sigues viva: el respeto que siento por ella. ¿A qué estás jugando?

A pesar de la intimidante cercanía de Lucian, Vyx no apartó la mirada de esos ojos tan singulares como hipnotizantes. El izquierdo era de un gris claro, mientras que el derecho era negro como el ébano.

—Hay un ritual. Solo tengo que encontrar los elementos que se mencionan. No es un juego.

—¿Crees que si existiera algo así no lo habría intentado ya?

Vyx torció el gesto y dijo:

—Puede que no sepas tanto como crees, no sé.

Y se arrepintió. Si bien el único aviso fue el color dorado que bañaba los ojos de Lucian, Vyx tampoco podría haber hecho nada para evitar salir disparada por una fuerza equiparable a la suma de los cinco vientos.

La arktoi se tragó el quejido cuando su espalda impactó violentamente contra la madera de la puerta.

Sintió cómo se le cerraba la tráquea y solo supo gorgotear impotente.

Se llevó la mano al cuello sin aire que respirar y muy consciente de que no había más enemigo contra el que luchar que una magia fuera del alcance de su entendimiento.

Lucian se aproximó a ella con una alarmante serenidad y Vyx encajó el desprecio que veía en su mirada con la práctica de quien se ha acostumbrado a verlo.

—No estoy mintiendo —aseveró Vyx con voz queda—. La Orden... lo ocultaba. Funcionará. Sé que funcionará. Pero necesito tu ayuda.

Él escuchó, pero no revocó la influencia mágica que ejercía sobre la guerrera.

—No entiendo por qué ascendiste tú.

Tan grande era el dolor que supuraba de sus palabras que Vyx casi pudo palparlo.

—Yo... tampoco.

Tras un breve y angustioso silencio, Lucian bajó la mirada y le dio la espalda a Vyx, quien una vez liberada del influjo mágico pudo volver a respirar.

El hechicero se dirigió hacia el escritorio con gesto pensativo.

Tomó el vaso de vino y bebió. La guerrera se recuperó del todo tras dos series de tos seca que le hicieron flaco favor a su dignidad.

—¿Vas a ayudarme o no?

—No puede hacerse. No sé de dónde habrás sacado la idea, pero…

—Yo también lo hubiese puesto en duda, pero encontré el ritual en el Archivo.

Lucian giró la cabeza. Lanzó a Vyx una mirada fría y preguntó:

—¿Qué clase de libro era?

—¿Y eso qué más da?

—¿Te esfuerzas en ser más ignorante cada día o es una cualidad de nacimiento? Claro que importa. Pretendes jugar con la muerte, y Hades no es precisamente un dios benevolente.

—¿Es que sois íntimos? —ironizó Vyx.

La respuesta de Lucian fue una perfecta apología al silencio. Vyx suspiró, alcanzó su mochila y la abrió bajo la atenta mirada del hechicero. Con las páginas del diario dobladas en la mano, la guerrera se puso en pie, acortó distancias con su anfitrión y se las tendió.

Hubo unos instantes de escepticismo por parte de Lucian.

—¿Has arrancado unas páginas de un libro que probablemente tenía un valor histórico y mágico incalculable?

—¿Y qué iba a hacer? ¿Llevármelo? Daba muy mal rollo.

Lucian suspiró. Resignado, ojeó el descubrimiento de Vyx con atención.

—Curioso —dijo.

—¿Curioso?

—No he leído algo escrito en zreskoh en hará unos ochocientos años.

La guerrera arrugó la nariz.

—¿Zerskoh?

—Zreskoh —corrigió Lucian, impaciente—. Es un idioma muerto que solían emplear los hacedores de magia, una especie de código secreto.

Aunque esto no es tan antiguo. —Se acercó las hojas a la nariz y las olfateó como un perro que busca el rastro de su presa—.

Tendrá doscientos o doscientos cincuenta años a lo sumo.

—Estoy impresionadísima. ¿Y? ¿Qué opinas?

—Opino que también huele a pizza y a arroz tres delicias. ¿Cuánto hace que lo encontraste?

—¿Qué más da? Unos días.

—¿Por qué has esperado tanto en venir a verme?

La Artkoi vio su propia encrucijada reflejada en los ojos del hechicero.

—He estado ocupada. Para desgracia de los dos, la que ascendió fui yo y eso conlleva más misiones. No todas podemos permitirnos el lujo de hacer el vago en un apestoso bar, Cuervo.

La sonrisa de Lucian la desconcertó.

—Ni ascender, por lo que he oído. Los rumores vuelan. Por curiosidad, ¿cuántas de las vuestras han muerto ya? —Vyx apretó los dientes—. Si no me equivoco, he visto este guardapelo antes. —Le devolvió las páginas con una sonrisa—. Siéntate. Lo comprobaré.

—¿Entiendo entonces que esta noche no vas a cenar langosta?

Él se rio con ganas. Tomó la copa y la alzó hacia Vyx en un brindis antes de beberse el contenido de un trago. Vyx renegó en voz baja y tomó asiento en la silla que le correspondía, mucho menos cómoda que el sillón, mientras el hechicero escrutaba su biblioteca personal.

La arktoi se perdió unos instantes en sus pensamientos, unos que no tardaron en convertirse en recuerdos.

Recordaba la sonrisa ensimismada de Rose cuando hablaba de Lucian, capaz de convencerla incluso a ella de que el amor no era un lujo supeditado solamente a aquellos mortales que no se debían a Los Doce.

Y recordaba preguntarse cómo sería sentirse así: vivir a diario con la maravillosa sensación de estar perdidamente enamorada de alguien.

¿Era eso lo que ella sentía por Astrid? ¿Estaba enamorada?

Un golpe seco y contundente hizo a Vyx dar un brinco en la silla. Lucian acababa de soltar un grueso tomo de cuero sobre la mesa. Lo observó sentarse en silencio, abrirlo y empezar a hojear.

Al rato, Vyx preguntó, impaciente:

—¿Y bien?

—La paciencia es la madre de la ciencia —contestó él.

Vyx apretó los dientes al reconocer esas palabras que no hacía tanto tiempo estuvieron en boca de Hermes—.

Aquí está. Tenía una ligera sospecha. —Lucian giró el libro hacia Vyx y puso el dedo cerca del margen superior de la página—.

Tiene que ser esto. El guardapelo de Tántalo.

La guerrera observó la ilustración y el texto con detenimiento.

—Creía que era un mito.

—Para mucha gente, Artemisa también lo es.

Ella puso los ojos en blanco.

—¿Y aquí dice dónde podemos encontrarlo?

—Lamentablemente, no.

—Claro, joder. Porque si lo pusiera, ¿dónde estaría la diversión? —murmuró Vyx—. ¿No puedes hacer un abracadabra de hechicero barra hijo de una semidiosa y encontrarlo?

—Hay tantos errores en tu pregunta que no sé ni por dónde empezar.

—Se recostó contra el respaldo y entrelazó las manos en el regazo—.

Primero: no hago abracadabras. Eso es de Harry Potter, y creo que el término correcto es Avada Kedavra .

Segundo: mi madre no es una semidiosa, es una diosa menor.

Aunque no pertenezca al Olimpo, sigue siendo inmortal y. ..

—Bla bla bla… —Vyx dejó caer la cabeza hacia atrás—. Lucian, me la trae floja si tu madre es una diosa menor o una estrella del firmamento. Lo que quiero saber es si puedes usar tu magia y tus recursos para encontrar el guardapelo.

—Veré qué puedo hacer.

—¿Lo ves? No ha sido tan difícil.

Él sonrió como toda respuesta. Lucian era la viva representación de un pasado que se negaba a desaparecer, y Vyx sospechaba que esa inesperada alianza consolidaría la presencia del hechicero en el futuro. Un futuro que se volvía más incierto con cada día que pasaba.