La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE CUERVOS Y LANGOSTAS
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DE CUERVOS Y LANGOSTAS

DE CUERVOS Y LANGOSTAS

D esde que abandonó el herbolario de Astrid, las horas habían pasado tan despacio que más de una vez llegó a considerar que su reloj necesitaba pilas nuevas.

Vyx no recordaba cuándo fue la última vez que estuvo tan pendiente de que Astrid le enviara un mensaje.

No quería escribirle ella y que pensara que estaba enfadada porque su hermano la había atacado, aunque creía tener todas las razones del mundo para estar molesta.

Se preguntaba a qué había venido semejante estallido de rabia.

Normalmente crispaba los nervios de la gente cuando abría la boca y no solo con su mera presencia.

Estaba muy entrada la madrugada cuando decidió invertir algunas horas muertas en una limpieza exhaustiva del apartamento.

Insatisfecha e inquieta, procedió después a sumergirse en su rutina de entrenamiento, que empezó por una serie de flexiones y continuó con repeticiones exageradas de abdominales.

Vyx estaba irritada y furiosa, pero no solo por lo sucedido con Astrid, sino también por el descubrimiento del ritual.

La voz de su hermana era un susurro lejano envuelto en fuego que ni todo el ejercicio del mundo conseguía extinguir.

Por un lado, nada evitaba que se lanzara a la aventura en busca de los elementos y, por otro, era muy consciente de que no sería capaz de hacerlo sola, y esa certeza era un incordio para su ego.

A Vyx le habría gustado que Xanthe estuviera más predispuesta a ayudarla, pero intuía que sus últimas misiones le habían robado suficiente energía como para no querer unirse a su vendetta personal.

Así pues, tras terminar con la sesión de entrenamiento, empapada de sudor, decidió que había llegado el momento de dejar su orgullo a un lado y acudir al ser vivo que más detestaba de la faz de la tierra.

Se dio una ducha, se metió en la ropa más negra que pudo encontrar en el armario y se marchó del apartamento con una vieja mochila a la espalda, el casco de la moto en una mano y un pesado silencio que le dolía entre las costillas rumbo a Atenas.

Llegó a su destino con el crepúsculo. Se retiró el casco, bajó de la moto y alzó la mirada como respuesta a un abrupto e irritante graznido.

El cuervo más grande que Vyx había visto nunca se encontraba apostado sobre el borde de un viejo letrero que invitaba a uno de los establecimientos más desdeñosos de los bajos barrios de Atenas: el Cerberos.

Se llenó el pecho de aire y se obligó a hundir en las profundidades de su mente todos los recuerdos que querían aflorar solo para retorcerle el corazón.

No hubo ni una sola vez que Rose subiera aquellos dos peldaños con indiferencia, y no hubo ni una sola que Vyx los subiera con éxtasis.

Rose adoraba ese lugar y Vyx lo odiaba, y lo seguía odiando.

Apoyó la mano en la superficie desgastada de la puerta metálica y empujó. La oscuridad del local la desestabilizó durante unos segundos mientras la voz del cantante de Black Lab le daba la bienvenida con This Night desde los altavoces.

—¡Joder! —maldijo Vyx al notar un roce a la altura de las espinillas.

Bajó la mirada y vio a un gato negro que maulló antes de alejarse a toda prisa.

Lucian tenía una gran fijación por los lugares oscuros, pero si había algo que le gustaba todavía más eran los animales.

Vyx suponía que ser descendiente de la gran hechicera Circe lo conectaba de algún modo a ellos.

O quizá eran ciertos los rumores de que había heredado la insólita habilidad para transformar a sus enemigos en cualquier criatura que se le pasara por la cabeza.

Echó un vistazo alrededor. A su derecha se encontraba la barra, tras la que un hombre de hombros hundidos y una cara esculpida en cicatrices limpiaba con parsimonia un vaso al que parecía querer sacarle brillo.

Siendo que a simple vista era la única persona presente, la guerrera se dirigió hacia allí decidida y puso las manos sobre la superficie de madera.

El camarero le dio menos importancia a su llegada que al dichoso vaso. Aunque sí preguntó:

—¿Has venido a conocer a la Muerte?

Era difícil para Vyx determinar qué edad tendría. Si tuviera que deducirlo solo por la voz, diría que doscientos cincuenta y tres años como mínimo.

—Ya la conozco —contestó la guerrera con tono altivo y alzando una ceja—. Me ha dado recuerdos para Lucian. ¿Está aquí?

Alistair esbozó una sonrisa grotesca. Vyx supuso que esperaba intimidarla y que, al no conseguirlo, la sonrisa grotesca se convirtió en una mueca de resignación.

—Las escaleras. Última puerta.

Ella asintió. No obstante, cuando se disponía a alejarse, la misma voz grave la advirtió:

—Ten cuidado, arktoi. Melinoe tiene hambre, y a ti te acompañan muchos fantasmas.

Un segundo de reflexión fue todo el tiempo que Vyx invirtió en esas palabras antes de continuar su camino con la mandíbula tensa y las manos cerradas en puños.

Las escaleras se hallaban al otro lado del local, tras una puerta mal cerrada.

Eran estrechas, de madera carcomida y sin barandilla.

Vyx subió escalón a escalón, maldiciendo cada vez que la madera crujía bajo sus pies.

Al llegar a la segunda planta, enfiló el pasillo de la derecha.

Ignoró las dos puertas que había dispuestas a cada lado para centrarse en la última, la que coronaba el emblema negro de un cuervo con las alas desplegadas.

Vyx cogió aire, murmuró un «debo haber perdido la cabeza», y se anunció con dos golpes secos a la puerta.

—Adelante.

Vyx nunca admitiría que Lucian despertaba en ella más miedo que cualquier monstruo o que las peores de las muertes, y mucho menos que sentía por él cierta admiración.

Al fin y al cabo, era la única persona que conocía que había sido capaz de rehuir su destino e imponer sus propias normas en un mundo de dioses y sistemas dominantes.

Lucian era una sombra capaz de tragarse al sol, un hombre que había vivido los momentos más oscuros de la historia y que, aun así, lo había hecho con el privilegio de quien sabe que el hilo de su vida es uno de los pocos que las Moiras no podrán cortar.

Cuando Vyx entró en el despacho y lo vio repantingado en el mismo sillón de cuero de siempre, tuvo la sospecha de que, además del miedo y de la silenciosa admiración, también sintió celos de él; de que hubiera sido capaz de hacer a su hermana más feliz de lo que ella jamás pudo.

Se descolgó la mochila y la dejó caer en el suelo. A su vez, Lucian cruzó las manos sobre el escritorio de caoba sumamente distintivo por el acabado de las patas, pues parecían garras.

—Hola, florecilla del desierto.

A Vyx le hirvió la sangre al oír esas palabras.

Lucian sabía que Toy Story era una de sus películas favoritas, por lo que nunca dudó en utilizar esa referencia para dirigirse a ellas.

A Rose le encantaba. Pero, claro; a Rose también le gustaban muchas otras cosas de Lucian, como, por ejemplo, esa larga melena castaña recogida en un despreocupado moño, la cara angulosa o esas grandes manos.

Y, sobre todo, le gustaban las docenas de tatuajes que escondía bajo la ajustada camiseta negra de manga larga que vestía a diario, tan parte de su personalidad como el delineador de ojos negro bajo la mirada más indescifrable del mundo.

—No me llames así.

Lucian esbozó una filosa sonrisa y apuntó:

—A tu hermana le encantaba.

—Mi hermana no está aquí.

—En eso estamos de acuerdo.

La puerta se cerró por sí sola con un golpe seco. Vyx permaneció inmóvil, como una escultura de mármol. Tragó saliva y espetó:

—Tu camarero es un gilipollas.

—Ah. Has conocido a Alistair. —Lucian agitó la mano despreocupadamente—.

Los hacedores de magia tienen fama de ser un poco hoscos.

El pobrecillo ha hecho muchos enemigos por su talento innato de cabrear a la gente equivocada.

Aunque, si te digo la verdad, no me fío del todo de él.

Pero ya sabes: el Cerberos nunca le cierra las puertas a nadie.

Se levantó del sillón y rodeó el escritorio, dirigiéndose al alto armario de una sola puerta, al lado de un terrario gigante en el que había todo tipo de insectos y animales: desde varios escarabajos que se paseaban por hojas de lechuga, hasta dos ratones que parecían odiarse, a juzgar por cómo estaban situados en lados opuestos del contenedor de cristal.

Una araña se deslizó desde la tapa cerrada del terrario y atacó sin piedad a un pobre gusano verdoso.

—¿Tienes una zoofilia de esas? —le preguntó Vyx, conteniendo una mueca de asco.

Lucian desvió la mirada hacia el terrario y esbozó una tétrica sonrisa mientras sacaba una botella de cristal negro del armario.

—Refréscame la memoria, florecilla —dijo mientras ignoraba su pregunta. El distintivo pendiente de una flecha que colgaba de su oreja izquierda brilló bajo la luz de la lámpara de araña que pendía del techo—. ¿No tuvimos tú y yo una última conversación? Hará unos... tres meses.

Sí, la tuvieron. Vyx jamás olvidaría el gesto demacrado de Lucian cuando supo que Rose había muerto. Tampoco había olvidado que la amenazó con rebanarle el pescuezo si se atrevía a volver a sus dominios.

—Antes de que intentes matarme, creo que te interesará lo que tengo que decirte.

—¿Cuál es tu animal favorito? —preguntó él con una actitud despreocupada mientras sacaba un vaso del armario.

Se volvió hacia Vyx, quien le devolvió una mirada de pura perplejidad.

—¿Qué?

Lucian descorchó la botella y se sirvió un generoso vaso.

—¿Cuál es tu animal favorito? —repitió—. Es una pregunta muy fácil.

«Definitivamente, los ciervos no», pensó Vyx. «Y los perros siempre han sido más cosa de Rose». Cruzó los brazos a la altura del pecho.

—La langosta —decidió—. Vi una película en la que decían que las langostas viven mucho tiempo y son sexualmente activas...