DE DÍAS DE PLAYA Y PRESENTACIONES INCÓMODAS #3
—Bueno, Vyx a secas. —Le tendió la taza de té—. Bienvenida a los Secretos de Asclepio.
Vyx pensó, contemplando el pomo de la puerta, que ni en un millón de años hubiera imaginado que entraron en la vida de Astrid para quedarse.
O, en su defecto, que Astrid entró en las suyas para hacerse hueco a base de anécdotas, cafés a media tarde y noches en una bolera de mala muerte.
Decidió de manera deliberada que no podría haber sido de otra forma.
Para odiarnos tanto, a Vyx le encantaba tenernos presentes siempre que la culpa la abrumaba.
Cuando entró en el herbolario lo hizo con el sigilo de un gato, y siguió el aroma de Astrid hacia la cortina que ocultaba la trastienda, incapaz de gestionar la abrupta y densa tristeza que sentía. Encontró a Astrid reorganizando frascos de cristal y maldiciendo en voz baja.
Vyx se sintió obligada a no apartar la mirada de ella, aunque apoyarse en la pared y cruzarse de brazos fue enteramente cosa suya.
Para su sorpresa, acababa de descubrir cuánto le disgustaba mentir a Astrid.
Podía mentir a Hipólita, a cualquiera de las otras guerreras y, en un momento de pésima cordura, incluso a Xanthe.
Pero no a Astrid. Sin embargo, contarle lo que había hallado en el Archivo sería como enterrar con sus propias manos una mina antipersona para luego, sin dignidad alguna, pisarla y volar por los aires.
La moralidad de Astrid no conocía límites, y el plan de Vyx era, sobre todo, inmoral.
Se sentía como una mosca a la que acaban de meter en un tarro de cristal y que sigue volando, a pesar de saber que no hallará escapatoria.
«Es espantoso», pensó.
«¿El qué?», se preguntó.
«Que me importe», se respondió.
Todo se resumía en uno de esos dilemas existenciales que nunca pensó que debería resolver.
—Me vas a gastar de tanto mirarme —dijo Astrid de pronto.
Astrid también la miraba. Tenía un gesto mucho más relajado mientras se echaba la bolsa de playa al hombro.
Vyx se humedeció el labio inferior con parsimonia.
Por fuera aparentaba estar serena, mientras que, por dentro, se debatía entre salir corriendo y una alternativa mucho más inesperada.
Se decidió por la alternativa inesperada.
Se acercó a Astrid a paso rápido y la abrazó.
Fue un abrazo tan férreo y cálido y desesperado al mismo tiempo que, durante unos segundos, Astrid no supo cómo reaccionar.
Vyx cerró los ojos y dejó ir un suspiro de alivio cuando, finalmente, el abrazo le fue devuelto, llenándola de algo que no sabría describir.
—Vyx, ¿estás bien?
—¿Te he dicho alguna vez que me gusta mucho la colonia que usas?
—No.
Había un tinte de decepción en su voz y Vyx la estrechó un poco más. Era, a todas luces, un momento de debilidad al que, si no ponía rápidamente fin, le costaría muy caro.
—Astrid. —Vyx tragó saliva—. Tengo que contarte algo.
—Vale —susurró.
El miedo sacó el tapón del tarro de cristal y la mosca voló hacia unos fluorescentes solo para achicharrarse y caer como una mota de polvo.
O, dicho de otra manera, Vyx cambió de idea en cuanto se oyeron las campanas de la puerta o en cuanto Astrid rompió el abrazo y tensó tanto los hombros que parecía más un palo que un ser humano.
Vyx la vio rezongar, llevarse las manos a la cabeza y después la oyó soltar un:
—Mierda.
—¿Astrid? ¿Estás aquí?
Ambas se giraron al mismo tiempo para ver a un chico de pelo rubio, corto, ondulado y perfectamente despeinado apartando la cortina con un golpe de brazo.
Vyx le echó un buen vistazo: era más alto que ella y tenía los ojos del mismo color miel que los de Astrid.
Sus facciones eran adustas y presumía de una barba tupida y unos labios finos.
La camiseta de manga larga que llevaba puesta marcaba unos hombros anchos y unos músculos que la tela apenas podía contener.
Vyx se habría preguntado si ese joven había salido de un catálogo de modelos si no fuera por el odio apabullante que destilaba su mirada.
Una mirada que la escudriñaba con descaro hasta que se detuvo en su cuello, como si acabara de convertirse en un vampiro y solo pudiera pensar en probar su sangre.
Vyx estaba confundida. Y más confundida estuvo cuando el chico se abalanzó hacia ella con una violencia desmesurada y una rabia incomprensible.
—¡Kyrian, no!
Pero Kyrian hizo oídos sordos a las palabras de su hermana.
Había echado las manos a la pechera de Vyx y la había empujado contra la pared con una determinación impecable.
Cerró una mano con angustiosa rapidez en torno al cuello de la guerrera, quien instintivamente alzó las suyas para clavarle las uñas en el antebrazo.
—Asesina —siseó él.
—¡Kyrian!
Astrid apareció a su derecha y trató de tironear del brazo de su hermano para que la soltara. Sin embargo, la tenía firmemente sujeta contra la pared.
—Sé lo que hiciste en el bosque —susurró él con voz grave—. La mataste.
Vyx dejó de forcejear y un rubor que nada tenía que ver con la vergüenza subió a sus mejillas. De pronto volvía a estar allí, mirando la sonrisa abatida de Rose y su cara manchada de barro seco mientras el aire se impregnaba de un hedor a carne quemada.
No, él no podía saberlo. Él no podía saber lo que había sucedido en el bosque, en el bucle, durante la ascensión. Era imposible porque no se lo había contado a nadie, ni siquiera a Astrid.
Esa historia estaba reservada para narrar sus peores pesadillas.
—¡No fue ella, Kyrian! —gritó Astrid—. ¡Tenía nuestra edad! ¡Para!
—¿Qué más da que no la matara con sus propias manos? —preguntó él con un marcado siseo. Seguía mirándola con esos ojos ambarinos tan fríos como el hielo—. Son todas iguales. Solo siguen a su diosa como ganado a su pastor.
La presión de los dedos de Kyrian contra su garganta hizo que Vyx se preguntara cómo sería morir.
Después de todo, enfrentarse a criaturas de dientes afilados no era tan difícil cuando ninguna de ellas le recordaba todo lo que había perdido.
Pero allí, en ese momento, con esa oscura verdad retorciéndole las entrañas, pensó que lo único que tenía que hacer era rendirse y dejar que el hermano de Astrid acabara con ella.
—¡Kyrian, basta!
Asustada, Astrid hizo gala de su poder contra quien nunca pensó que debería utilizarlo y lanzó un hechizo telequinético para apartar a Kyrian de Vyx. La espalda del brujo impactó contra una estantería, desatando una lluvia de frascos que se hicieron añicos en las baldosas.
La guerrera cayó sentada al suelo y se llevó una mano al cuello.
—¿Cómo te atreves…?
Kyrian se incorporaba con el gesto contraído por la rabia mientras varios mechones de pelo rubio le caían hacia la frente.
—¿Qué cojones te pasa, pedazo de psicópata? —espetó Vyx.
—¡Vyx! —protestó Astrid, molesta y dolida a partes iguales.
—Ni Vyx ni leches. El cabrón de tu hermano me ha atacado sin venir a cuento.
—Eres una maldita arktoi. —Kyrian cuadró los hombros y avanzó hacia ellas—. Y voy a arrancarte la cabeza con mis propias manos.
—¡He dicho que basta!
Después de lo ocurrido, Vyx reflexionaría sobre las pocas veces que había visto a Astrid utilizar sus poderes de manera activa, pero en ese momento todo lo que supo fue que una onda expansiva la levantó del suelo cual pluma solo para lanzarla como a una pelota de béisbol.
El cuerpo de Vyx atravesó la cortina y aterrizó de espaldas sobre el frío suelo de la zona principal de la tienda.
Lo primero que hizo fue arrugar la nariz, dolorida.
Lo segundo fue apoyar los codos e intentar levantarse.
La cabeza le daba vueltas y, por mucho que parpadeaba, no conseguía que las estanterías volvieran a ser estanterías y dejaran de ser los troncos retorcidos de un bosque que seguía riéndose de ella.
Un borrón se acercaba a ella. Tensó los hombros, preparada para defenderse.
Por fortuna, se trataba de Astrid.
—Dioses, Vyx —dijo cuando se agazapó a su lado—. Lo siento mucho. No quería…
Vyx aguzó la vista. Se le hizo un nudo en la garganta al ver que Astrid lloraba.
—Tienes que irte —pidió Astrid—. Por favor. Te lo explicaré todo en otro momento, pero ahora tienes que irte.
—No pienso dejarte con ese gilipollas…
—Es mi hermano —interrumpió Astrid—. No va a hacerme daño. Es complicado, ¿vale? Pero te lo explicaré todo, de verdad. Ahora vete, por favor.
Astrid era un mar de lágrimas y, a pesar de los frenéticos temblores que la recorrían de pies a cabeza, tuvo la fuerza para ayudarla a ponerse en pie. Vyx detestaba verla así, pero aún estaba conmocionada por lo sucedido, así que no estaba muy segura de cómo reaccionar.
Lo que sí tenía claro era que odiaba ver a Astrid sufrir.
—Vale. —Vyx cedió. Luego se pasó una mano por la cara, como si así pudiera deshacerse de esa incómoda sensación que latía en su pecho—. Te llamaré, ¿vale?
—No, no. —Astrid aferró la muñeca de Vyx y tiró de ella hacia la puerta principal de la tienda—. Yo… yo te llamaré.
Vyx contempló con recelo a Kyrian cuando cruzó la cortina.
Al chico debía de dolerle el hombro, pues había recogido el brazo hacia el pecho y colocado la otra mano bajo el codo para evitar así moverlo.
Astrid volvió a ser protagonista del momento al abrir la puerta hasta que las bisagras no dieron más de sí, invitando a Vyx a salir.
Se miraron a los ojos. A Vyx le resultó curioso que, de todas las veces que se habían despedido, aquella fuera la primera que deseaba con todo su corazón no tener que marcharse.
Pero lo hizo.
Salió de la tienda con la sensación de que, si pudiera explotar, arrasaría con Volos.