DE DÍAS DE PLAYA Y PRESENTACIONES INCÓMODAS #2
Si bien Vyx tenía la cabeza en cualquier parte menos en el momento presente, no puso objeciones a ningún punto del plan de Astrid para lo que quedaba de día: irían al herbolario, dejarían los frascos a buen recaudo en la trastienda y buscarían una mesa libre para comer en el paseo marítimo, cerca del puerto.
A Vyx le resultaba desagradable la cotidianidad de un paseo bajo el sol un sábado a mediodía de la mano de una chica que no se merecía, y puede que esa fuera, después de todo, la razón de que nunca la considerara suya.
No porque las personas no fueran posesiones, sino porque, aunque lo fueran, ella no consideraba merecer a nadie.
Al menos, nadie que estuviera aún con vida.
En realidad, no era solamente eso. Desde el momento en que Hipólita las reclutó y Vyx supo que los mitos eran ciertos, empezó a parecerle insultante la ignorancia de los mortales.
A veces, cuando se sentaba sola en la mesa más alejada de una cafetería cualquiera y observaba la alegría desmesurada y la tranquilidad injuriosa de la gente, no podía evitar sentirse traicionada.
Ella estaba atrapada para siempre en una misión divina mientras los demás podían jactarse del libre albedrío: hacer y deshacer a su antojo, sin deberle nada a nadie.
—Hoy tienes la cabeza en las nubes.
Astrid buscaba las llaves del herbolario en la bolsa de playa. Vyx, al oírla, chasqueó la lengua y se apoyó de lado contra la pared de ladrillo rojo.
—Estaba pensando que me apetecen unos gofres.
—Podemos pedir gofres de postre.
—O podemos pedir gofres de primero, de segundo, de tercero, de postre y…
—Vyx. —Astrid la miró a los ojos—. Ahora en serio. Estás más distraída de lo normal.
—Faidra y Xanthe van a ir de compras. ¿Cómo quieres que esté?
—¿Qué tiene de malo? ¿Pensabas que tus compañeras de la Orden no hacían otra cosa que entrenar, rezarle a Artemisa y decapitar monstruos?
—Y montarse orgías en los armarios de la limpieza. Pero… sí.
Astrid sonrió. Sacó las manos de la bolsa, las subió a las mejillas de Vyx y se acercó para dejarle un fugaz y sentido beso en los labios. Luego, aprovechando el gesto de desconcierto de la guerrera, le dijo con tono divertido:
—No pasa nada si estás celosa.
—¿Celosa de quién? ¿De Faidra? A ti te ha dado mucho el sol.
—Ajá.
Astrid se rio, sacó al fin las llaves, y abrió. Pero Vyx no entró. Aguardó a que la puerta volviera a cerrarse y miró fijamente el pomo dorado y oxidado por el paso de los años.
Tres años atrás cruzó aquella puerta por primera vez… y no estaba sola.
En sus recuerdos, Rose le pedía que aguantara un poco más.
Avanzaban con torpeza por una callejuela que olía a una mezcla de marisco y aceite quemado, e iban dejando un reguero de gotas rojas y espesas a su paso.
El ronroneo de los motores industriales amortiguaba los gruñidos de Vyx, quien, además, acusaba una cojera desmedida y una palidez preocupante.
—Por aquí —resolvió Rose, doblando hacia la izquierda—. Ya casi estamos. Aguanta.
Todavía no había caído del todo el sol. La única razón por la que las calles estaban vacías era el festival que se estaba celebrando en el puerto. A aquellas horas de la tarde la mayoría de los negocios habían cerrado. Afortunadamente para ellas, no todos.
—¿Estás segura de que el Círculo tiene un contacto aquí?
Formular la pregunta le costó a Vyx sacrificar la entereza con la que había contenido las náuseas hasta ese momento. Rose maldijo en voz baja y se inclinó con ella durante los segundos que su melliza necesitó para devolver todo el contenido del estómago.
—No vamos a acudir al Círculo —dijo Rose—. No hay tiempo.
—¿Qué? —preguntó con voz pastosa.
—Confía en mí.
Y Vyx lo hizo. O puede que no opusiera mucha resistencia porque reservaba las fuerzas que le quedaban para poder seguir respirando.
El tintineo agudo de una campana le mordió los tímpanos sin piedad y el cansancio se organizó para atacar de manera coordinada sus rodillas, blandas como la gelatina.
Oía su propia respiración como si pasara por las fibras de un altavoz y se expandiera en su mente a través de un eco desbordante.
Mirara donde mirara, solo veía estanterías que parecían montones de plastilina y montones de plastilina que parecían estanterías.
—¡Está cerrado!
La voz de una desconocida profirió un grito que a Vyx le pareció poco intimidante, y resultaba irónico viniendo de ella que, prácticamente, era una muerta viviente. Como fuere, Vyx intentó aguzar la vista hacia aquel borrón de ropa blanca que estaba a unos tres metros de ella.
Era una mujer. Rubia y, sospechaba, no tan alta como ella.
—No voy a hacerte daño —dijo Rose—. Mi hermana está herida y necesita ayuda.
«Tu hermana va a volver a vomitar», pensó Vyx, pero, en lugar de decirlo, hizo más presión con los dedos temblorosos en el tajo que tenía en el abdomen y que seguía sangrando copiosamente, mientras Rose tiraba de algún mecanismo para bajar una cortina de madera que repiqueteó contra el cristal de la puerta.
—¿Quiénes sois?
—Creo que lo sabes. Y tú eres una hacedora de magia. —Pocas veces la voz de Rose destilaba una urgencia capaz de erizarle a Vyx el vello—. Por favor. Ayúdanos.
—¿Una bruja? —escupió Vyx en un momento de lucidez—. Prefiero morirme.
—Pues yo prefiero no tener que presenciar cómo te quedas sin tripas —replicó Rose.
Aquella fue la primera vez que Vyx vio a Astrid, y como primera vez dejó mucho que desear.
Le hubiera gustado poder apreciar, cuando se acercó, el lunar que tenía en el pómulo o la llamativa y curiosa despigmentación de su piel, pero lo único que hubiese podido decir sin miedo a equivocarse era que tenía una de las voces más dulces que había oído nunca.
—Esto no funciona así. No puedo…
—Por favor —insistió Rose.
—Está bien. Pero dejad los arcos y las aljabas en el suelo.
—No me quites… —Vyx no acabó de hablar que Rose ya la había despojado de todas las armas—. Claro, desármanos delante de la Bruja Escarlata, dí que sí.
—Estoy intentando salvarte la vida —murmuró su hermana entre dientes.
—¿Qué criatura os ha atacado? —preguntó Astrid.
—Una empusa con muy malas pulgas.
Vyx se rio y, seguidamente, tosió. Una tos acompañada de esputos rojos que pusieron a su hermana en jaque. En retrospectiva, Vyx comprendía la desconfianza de Astrid: dos desconocidas que vestían de negro, sucias de barro y armadas con arcos y flechas, irrumpían en su humilde herbolario.
—Venid a la trastienda. Necesito ver bien la herida para saber lo que me hará falta.
Lo siguiente que Vyx supo fue que estaba tendida sobre una mesa de madera y bajo la luz anaranjada de una bombilla solitaria.
Apretó los dientes al sentir una descarga de dolor e hizo un esfuerzo titánico para no gritar de rabia.
Buscó a Rose con la mirada y, cuando la encontró, torció una sonrisa que pretendía ser socarrona antes de decir:
—Ya casi la tenía.
—Lo que sí teníamos era un plan —contestó Rose—. Yo la distraía y tú la sorprendías.
—¿La ha mordido?
Desconcertada, Vyx giró la cabeza hacia la segunda voz y vio unas facciones poco definidas y unos ojos del color de la miel. Debían ser los ojos más bonitos de toda Grecia.
—No. —Fue Rose quien contestó—. Aunque lo intentó. La ha herido con las garras.
—La herida es profunda. Hay que limpiarla antes de aplicar nada.
Vyx vio cómo la desconocida se alejaba y sopló muy despacio. Después susurró:
—Quiere verme desnuda.
—Vyx. —Rose suspiró—. No todas las chicas del mundo quieren verte desnuda.
—Se parece un poco a Afrodita, ¿no?
—Pero si nunca en tu vida has visto a Afrodita.
—Ya, pero se da un aire seguro. Así como muy mona.
Rose apoyó los codos en la mesa, le acarició la mejilla y le susurró:
—Te pondrás bien.
—¿Lo prometes por Adonis?
—Por Adonis y por todos los perros bonitos que hay en el mundo.
Y como si Vyx no necesitara nada más que una promesa de su melliza para llenarse de paz, cerró los ojos y dejó su vida en manos de una desconocida.
Fue el bullicio del tráfico el que la despertó.
Se sentía apelmazada por un cansancio que ni las largas horas de sueño pudieron vencer.
Notaba los labios secos y los párpados le pesaban como si estuvieran hechos de hormigón, y la pequeña estancia estaba llena de una luz tan clara que resultaba cegadora.
No tardó en darse cuenta de que llevaba puesta una camiseta que no era suya. Al gesto de incorporarse, la piel de su abdomen se quejó como si acabaran de caerle mil brasas encima, así que se limitó a apoyarse sobre los codos y mirar a su alrededor.
Rose se encontraba sentada en una silla, que había visto tiempos mejores, de brazos cruzados y con la cabeza ligeramente inclinada. Su hermana estaba profundamente dormida.
—Se ha dormido hace muy poco.
Miró a la mujer que se acercaba a paso lento con una taza azul entre las manos.
Vyx no podría decir que los recuerdos de la pasada noche estaban tan nítidos como para poder relatarlo todo con lujo de detalles, pero sí estaba segura de que la chica que la miraba con unos ojos que parecían hechos de miel era una hacedora de magia.
Llevaba un vestido blanco y caminaba descalza.
Vyx se preguntó si se había quedado toda la noche despierta, velándola.
La sola idea le revolvía las tripas. Aunque consideraba que eso era buena señal: todavía tenía las tripas dentro.
No, puede que Vyx no estuviera acostumbrada entonces a las bondadosas intenciones de nadie, y puede que no se acostumbrase nunca.
Lo que sí estaba claro era que aquella chica le había resultado sumamente hermosa siendo solamente un borrón de pelo dorado y vestido blanco, y le parecía mucho más bonita todavía ahora que la observaba con mayor lucidez.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó la joven.
A Vyx solo se le ocurrió decir:
—Creo que necesito un caramelo de menta. O una botella de ron.
—Puedo conseguir lo primero. Me llamo Astrid, por cierto. Astrid Lykaios.
—Vyx a secas.