La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE DÍAS DE PLAYA Y PRESENTACIONES INCÓMODAS
25%

DE DÍAS DE PLAYA Y PRESENTACIONES INCÓMODAS

DE DÍAS DE PLAYA Y PRESENTACIONES INCÓMODAS

V yx llevaba un buen rato soltando gruñidos y resoplidos.

No había otra posible reacción a esa imagen que, a su modo de ver, solo significaba una cosa: dos partes de su mundo colisionando de la manera más sutil y delicada posible, casi como si pretendieran convencerla de que era de lo más normal que su mejor amiga y la chica a la que más veces le había quitado la ropa charlaran despreocupadamente a la orilla del mar.

«Seguro que están hablando de mí», pensaba.

Lo cierto es que no podía saberlo, y eso la irritaba muchísimo.

La risa esporádica y natural de Astrid contrastaba con la alegría comedida de Xanthe mientras Vyx estiraba la mano y tanteaba con ella sobre la arena hasta dar con el botellín de cerveza, al que le dio un lacónico trago sin apartar la mirada de ese gesto con el que Astrid señalaba hacia las rocas que se veían algo más al este.

Lo cierto es que todo era culpa suya.

Había tenido la cabeza más allá de las nubes desde que encontró el ritual de resurrección en el Archivo y estaba pagando las desagradables consecuencias de haber quedado la misma mañana con las dos a la vez.

Solucionarlo habría sido tan fácil como escribir a Xanthe para verse en otro momento, pero tuvo la brillante ocurrencia de comentar en voz alta su pequeño dilema y Astrid, que sentía gran simpatía por Xanthe, sugirió que podrían pasar un buen rato las tres en la playa mientras recolectaba algunas plantas y raíces que faltaban en el inventario del herbolario.

Para desagrado de Vyx, Xanthe y Astrid continuaron hablando unos buenos cinco minutos más, hasta que su mejor amiga decidió enfilar hacia las toallas y dejar que Astrid se dirigiera hacia el tramo rocoso con un frasco de cristal en cada mano.

—Tu novia me cae de maravilla —dijo Xanthe nada más haberse sentado a su lado—. ¿Te lo he dicho alguna vez?

—Unas cuantas, pero no las he contado porque menuda pereza.

—Vaya humor de perros tenemos hoy, guapa.

—Perdona. —Vyx suspiró—. Estoy de mala hostia.

—¿Por algo en concreto?

Vyx respondió con una mirada fulminante que a su amiga no le hizo ni cosquillas.

—Estar de mala hostia es mi actitud habitual. Tú pareces muerta en vida. ¿Cuál es tu excusa?

Xanthe se quedó en silencio mientras trataba de esbozar una media sonrisa. A Vyx le daba la impresión de que cada vez que su amiga intentaba sonreír, sus facciones se resentían y solo conseguía dibujar una mueca deplorable en ese rostro pálido de pronunciadas ojeras.

—Ya te lo dije. No estoy durmiendo muy bien —respondió finalmente—. En el templo…

—¿Es por Thalia? ¿Te ha dicho algo? ¿Tengo que partirle la cara? Pídemelo.

Xanthe negó con la cabeza.

—Las cosas están un poco… tensas en general.

El gesto de su amiga ensombreció como si una nube negra acabara de posarse sobre ella, y Vyx supo por qué.

—Demasiados cerdos muriendo en el matadero, ¿eh?

—Me da la sensación de que hay gato encerrado —murmuró Xanthe, pasándose una mano por la larga coleta—. No somos fáciles de matar.

—Lo somos antes de la ascensión.

—Gaia era una ascendida. —Xanthe sacudió la cabeza—. Ya sabes cómo funciona. Si una de nosotras muere, el Círculo se encarga de llevar nuestro cuerpo al templo para el ritual de despedida. Cuando el ritual empezó, Gaia ya estaba bajo tierra.

El corazón de Vyx se saltó un latido al recordar que nadie recuperó el cuerpo de Rose.

Su hermana seguía pudriéndose en un bosque ilocalizable.

Solía decirse que debería haber puesto más empeño en traerla consigo cuando por fin rompió las cadenas que la ataban a esa realidad.

Sin embargo, Hipólita apenas prestó atención a sus súplicas para darle un sepulcro digno a la única guerrera de su generación que aspiraba a ser la próxima adalid.

Tres meses y quince días de arrepentimientos después, Vyx se preguntaba cuánto de Rose quedaría a los pies de la estatua. Fue ese pensamiento el que la llevó a recordar algo que guardaba como un tesoro en la pequeña mochila de color vino.

—Tengo algo que contarte —dijo sin previo aviso—. Pero no se lo puedes decir a nadie.

La otra ascendida le lanzó una mirada de confusión mientras Vyx echaba un vistazo a Astrid, que caminaba entre las rocas con el bajo de los vaqueros doblado.

Vyx inspiró profundamente.

—El otro día estaba en el templo y…

Se lo contó todo. Desde la conversación que había escuchado entre Hipólita y Thalia, la que ella misma mantuvo con su mentora, su paseo con Cora por el Archivo hasta, finalmente, su inesperado descubrimiento.

Al terminar, Xanthe intercalaba la mirada entre Vyx y las páginas arrancadas y manoseadas que descansaban en su regazo.

—Un ritual nigromántico —dijo Xanthe al fin, cuando pudo procesarlo todo.

—¿Es con lo único que te has quedado?

—Has robado las páginas de un ritual nigromántico del Archivo.

—Ahora solo estás repitiendo lo mismo pero con un tonito que no me gusta nada.

—¿Sabes qué no me gusta a mí? Las locuras. Y esto tiene la palabra “locura” escrita por todas partes. Es demasiado incluso para ti, Vyx.

—A ver, locura es una palabra muy fea…

—Tan fea como la nigromancia.

Vyx resopló.

—No me digas que tú no lo considerarías.

—¿Considerarlo? Es absurdo. Ni siquiera sabes si va a funcionar.

—El que no arriesga no gana, ¿no?

Los ojos oscuros de Xanthe volvieron a las hojas.

—¿Sinceramente? A mí me parecen las notas y divagaciones de alguien que está clínicamente desesperado y obsesionado con la muerte.

—No puede ser tan difícil, va. Solo tengo que encontrar los tres elementos.

—Cuatro.

—¿Qué?

—Son cuatro elementos.

—Bueno, los que sean.

Vyx le arrebató las hojas, volvió a doblarlas y, seguidamente, las guardó en la mochila.

—¿Sabes qué son los objetos?

—El primero parece un guardapelo, pero no sé por dónde empezar.

Su amiga se encogió de hombros. Después se recostó en la toalla y dijo:

—Al menos está claro que el tercer elemento es el grimorio de Hécate.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Por el símbolo. Es la rueda de Hécate.

Vyx pasó por alto el tono de condescendencia y frunció los labios, pensativa.

Un grimorio tan antiguo no estaría al alcance de cualquiera.

La dulce voz de su hermana en su memoria le recordó que en la Biblioteca de Alejandría se guardaban los libros más importantes del mundo.

Su pecho se hinchó de esperanza ante la perspectiva, hasta que recordó también el funesto destino que sacudió a la ciudad de Alejandría.

—A lo mejor alguna bruja lo guarda debajo de la cama —murmuró Vyx, pensativa—. O lo ha escondido entre las lechugas del jardín.

Xanthe se echó a reír. A pesar de la palidez de su rostro y de las profundas ojeras, esa fue la primera risa genuina desde su caso con la ménade.

—No seas ridícula —dijo sin dejar de sonreír—. Ese grimorio lleva perdido muchísimo tiempo. Créeme: nadie sabe dónde está.

—Alguien tiene que saberlo. No puede haber desaparecido para siempre.

—A veces las cosas desaparecen. Nadie sabe dónde está la Atlántida, por ejemplo.

—Eso es porque para saber dónde está tienes que haber estado allí primero.

—Esta vez fue Vyx quien miró a su amiga con cierta condescendencia—.

Rose siempre hablaba sobre eso cuando éramos pequeñas.

Uno de los grandes misterios que desentrañó en cuanto tuvo acceso a la biblioteca del templo.

Solo los atlantes saben dónde está la Atlántida.

—Dudo que tuviera razón.

—¿Estás llamando tonta a mi hermana?

Xanthe alzó los brazos en un gesto de rendición y dijo:

—Artemisa me libre de insultar a la única de las dos con la suficiente cabeza como para prestar atención a los sermones de Hipólita.

Vyx exclamó de pronto:

—¡El grimorio de Hécate podría estar en el Archivo!

—¿No me has oído? Ese grimorio lleva perdido casi desde que el mundo es mundo. Solo los dioses saben dónde está, y dudo que tengas ganas de hablar con alguno de ellos.

—Preferiría comer pizza con piña todos los días antes que ver de nuevo a ese cuervo amargado —gimoteó mientras se tumbaba en la toalla y se cubría los ojos con un brazo.

—No sé de quién hablas. —Xanthe le dio unas palmaditas en el abdomen—. Pero la pizza con piña no está tan mal.

Vyx se incorporó como si le hubieran activado un resorte.

—¡Es fruta caliente en una pizza! —Al ver el gesto de su amiga, suspiró—. ¿Sabes qué? No voy a tener esta conversación contigo cuando tu postre favorito es el chocolate con menta.

—¿Vienes a comer con nosotras, Xanthe?

Astrid, que acababa de acercarse, se acuclilló al lado de Vyx.

Llevaba un frasquito lleno de algas en una mano y su larga melena rubia caía grácilmente por delante de los hombros.

A Vyx se le antojó particularmente hermosa en ese momento, con las mejillas sonrosadas a causa del esfuerzo de mantener el equilibrio sobre las rocas, un rubor que contrastaba con la blusa blanca bajo un chaleco azul marino.

Por unos segundos, la guerrera se quedó embobada mirándola mientras Astrid guardaba el frasco en su bolso y tomaba asiento junto a ella.

—No puedo, lo siento —se disculpó Xanthe—. He quedado con Faidra.

Vyx se acabó la cerveza de un trago y después preguntó, confundida:

—¿Has quedado con Faidra? —Y como la respuesta fue afirmativa, insistió—: ¿Has quedado con Faidra fuera del templo? —Otra afirmación—. ¿Para hacer cosas… normales?

—Vamos a ir de compras —esclareció Xanthe.

Vyx no cabía en su asombro. Escuchó a Astrid murmurar un nosotras nunca vamos de compras , pero la ignoró.

—¿Desde cuándo os lleváis tan bien?

—Siempre nos hemos llevado bien. Si no tuvieras la cabeza tan metida en tu propio culo, te darías cuenta de que nuestras hermanas de la Orden son la mar de simpáticas.

La respuesta de Xanthe había sonsacado una sonrisilla a Astrid; sonrisilla que Vyx intentaba ocultar tapándole la boca con la mano.