La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE VERDADES Y SECRETOS #2
24%

DE VERDADES Y SECRETOS #2

Todo ese intercambio de palabras durante una situación que Vyx solo podía tachar de incómoda la había dejado bastante traspuesta. O confundida. O ambas cosas.

Observó cómo Cora se alejaba hacia el infinito de la izquierda y se perdía más allá de la luz al deslizarse entre dos altas filas de estanterías.

Vyx pensó en sus opciones. Podía jugar a desentrañar el misterio del ataque de Thalia para limpiar su nombre sin tener ni una remota idea de por dónde empezar o podía sentarse en el suelo y esperar a Cora. Echó a andar antes de decidirse.

En su paseo por el laberinto de libros, cajas y pergaminos cuidadosamente enrollados, razonó que la mayoría de los objetos tendrían más años que la orilla del río. De hecho, algunos de los tomos daban la impresión de que se reducirían a polvo si llegaba a tocarlos.

No sabría decir cuánto tiempo deambuló por los homogéneos pasillos o cuánto se alejó de la entrada del Archivo.

Lo único que debes saber es que, cuando Vyx estaba ya dispuesta a darse la vuelta, reparó en un pasillo al que la luz del hechizo rehuía, y tuvo la sensación de que la oscuridad escondía un secreto mayor que todos los que la rodeaban.

El nudo inexplicable que se le hizo en la boca del estómago intensificó esa sensación.

Sospechaba que, si cruzaba esa línea invisible, las tinieblas se la llevarían.

Y precisamente por esa razón avanzó hacia las sombras.

Se metió en la boca del lobo como si volviese a tener trece años y al otro lado de la negrura la deparara una travesura.

El aire que respiraba se tornaba más y más enrarecido a medida que se acercaba.

No podía explicar el malestar que la embargaba, el incómodo desasosiego o que las piernas le pesaban un quintal.

No se detuvo. Cruzó la línea imaginaria que nadie más había cruzado en mucho tiempo, adentrándose en un corto pasillo que olía a podredumbre y desesperanza flanqueado por estanterías, a simple vista, vacías.

Sacó el móvil del bolsillo y alumbró con la linterna a derecha e izquierda.

Lo único que halló fue un libro de cuero, negro como el ébano, tumbado en un sucio estante.

Vyx tenía serias dudas de que los libros pudieran hablar, pero también juraría que las voces de ultratumba que susurraban como en una danza tétrica a su alrededor surgían de las propias páginas, casi como si el mismísimo Tártaro pudiera caber en un libro.

Cualquier otra persona hubiese sabido que mil malos augurios rondaban ese objeto y que la única decisión sensata era no tocarlo, darse media vuelta y no volver a pensar en él jamás.

Pero lo que Vyx hizo fue, por supuesto, coger el libro.

Ignoró la advertencia que se manifestó como un hormigueo en las yemas de los dedos.

El libro que tenía en las manos no era otra cosa que un homenaje a la vida y la muerte y a ese interespacio entre la existencia y la decadencia, cuyo concepto pocos se habían aventurado a comprender.

El corazón de Vyx latía muy deprisa cuando se sentó en el frío suelo y cruzó las piernas para descansar el libro en el regazo. Lo abrió y comenzó a hojearlo meticulosamente.

No tuvo que pasar muchas páginas para llegar a la primera conclusión: no era un libro, sino un diario.

En las páginas, gruesas y ásperas y de un color amarillento se leían, en una caligrafía pulcra y curvilínea, cientos de notas sobre anatomía y espiritualidad.

Vyx no pasó por alto las menciones a Thanatos, dios de la muerte, hijo de Erebos y Nyx.

Eran muchos los interrogantes que el autor del diario dibujó en los márgenes en su día como para pensar que ese estudio, si es que se le podía llamar así, tenía rigor científico o mágico alguno.

A decir verdad, algunas páginas eran completamente ilegibles, pues estaban escritas en un idioma que Vyx desconocía.

No era griego antiguo, y tampoco era fenicio.

Estaba ante meras sucesiones de letras prestadas de un alfabeto irreconocible.

La falta de entendimiento podría haber llevado a Vyx a cerrar el diario y volver a dejarlo en su sitio.

Sin embargo, siguió recorriendo con los ojos cada página y cada boceto, cada uno menos intuitivo que el anterior.

Se quedó sin aire cuando comprendió que lo que se presentaba en la amplitud de dos páginas era, indudablemente, un ritual.

Si bien las notas suponían un enigma en sí mismas, los bocetos eran, por otra parte, esclarecedores.

El primero presentaba dos altares y dos cuerpos tendidos sobre ellos.

El segundo, algo más abajo, era el dibujo de un guardapelo con una piedra oscura.

A la derecha, un libro con el símbolo de la rueda de Hécate.

También, con una cantidad generosa de notas a su alrededor, el boceto de un fénix con las alas extendidas que renace de sus cenizas.

Y el último: el alzamiento de uno de los cuerpos.

«No puede ser», pensó. Pero la verdad que tenía ante sus ojos era incuestionable: acababa de encontrar un ritual de resurrección.

«Puedo recuperar a Rose». A Vyx le faltaba el aire.

Estaba conmocionada. No sabría decir si por una rabia inconmensurable o por una inusitada esperanza que, además de tener un sentido del humor de lo más retorcido, era conocida como una cruel enemiga.

Las preguntas se agolpaban en su mente sin piedad.

Sus propios pensamientos se mezclaban con las palabras condescendientes que Hipólita o cualquiera de las ascendidas pronunciarían de saber que estaba considerando llevar a cabo un ritual nigromántico.

No cabía duda de que Vyx tenía un bote salvavidas en las manos y lágrimas aglomeradas en los ojos.

¿Cómo afectaría al gran designio de los dioses que un alma fuese arrancada del Tártaro para ser devuelta a su recipiente mortal?

¿Acaso el hilo que las Moiras cortaron en el pasado volvería a unirse como si nunca se hubiese roto?

Todo lo que Vyx había aprendido como arktoi auguraba que las consecuencias podrían ser horribles y, sin embargo, era incapaz de soltar el diario.

Porque era tentador. Demasiado tentador.

Si lo lograba, si resucitaba a Rose, todo el dolor acabaría.

Todas las pesadillas desaparecerían para siempre.

Volvería a sentirse llena, completa, invulnerable.

Jamás temería más a la vida sin Rose que a la muerte.

Arrancó las páginas del diario sin miramientos. Luego las dobló con la meticulosidad de quien no siente arrepentimiento alguno y las guardó en el bolsillo del pantalón. Vyx hizo oídos sordos al murmullo de la muerte. Se puso en pie, dejó el diario en el estante y se marchó sin mirar atrás.

Había llegado el momento de embarcarse en la única misión que importaba. La única misión por la que haría imposibles y por la que moriría si fuese necesario: recuperar a Rose.