DE VERDADES Y SECRETOS
DE VERDADES Y SECRETOS
E l subsuelo del templo, un sótano que hacía a sus veces de almacén, recibió a las arktoi con un manto de oscuridad mucho más denso del que las había acompañado en el tramo de casi veinte metros de descenso.
No se molestaron en prender las antorchas.
Sacaron sus respectivos teléfonos y alumbraron con las linternas a su paso.
A Vyx le sobrevino el recuerdo de cuando estuvo allí por primera vez, empujada como siempre por una travesura.
Si bien ahora era toda una adulta y se sentía indiferente hacia ese espacio frío y oscuro que bien podría ser una antesala del Tártaro, sí tuvo un crudo impacto en una niña de trece años cuyo pasatiempo favorito era meterse en problemas.
Una reja dorada de aspecto imperial se encontraba al otro lado de la estancia, cerrando el paso al Archivo.
Vyx miró el candado de bronce. Era ligeramente más pequeño que la mano de cualquier adulto y en él se habían grabado incontables filigranas alrededor de la majestuosa cornamenta de un ciervo.
Empezaba a comprender que no tenía ni una idea aproximada de cómo abrir la reja.
Al menos podía descartar todas las maneras que ya probó en su día cuando era una niña, como tratar de reventar el candado a golpe de piedra, tirar con todas sus fuerzas, y que, valga decir, no eran muchas, o verter en él zumo de limón.
También estaba segura de que, como ascendida, se le había explicado en algún momento el procedimiento a seguir para entrar en el Archivo y que, mientras Hipólita hablaba, ella había preferido tararear una canción o rememorar las mejores escenas de la quinta entrega de Fast otros momentos parecía una chalada demasiado críptica para su gusto.
La mirada de Cora se perdió más allá de Vyx.
—Esto solo acaba de empezar. No estaremos preparadas. Ninguna lo está.
—¿Qué acaba de empezar? ¿Este sitio ha hecho que te dé un derrame cerebral o algo?
La ascendida cerró los ojos tan despacio que daba la impresión de que sus párpados querían resistirse. Sin duda, estaba terriblemente cansada.
—Tengo que archivar esto —dijo Cora con una voz monótona y grave que ya no se parecía en nada a la de un pajarillo—. Si nunca has estado aquí abajo, te recomiendo echar un vistazo.
—Va… le.