DE SOSPECHAS Y CONSPIRACIONES #2
Si bien el tono de la sacerdotisa fue prácticamente abisal, esas sinceras palabras consiguieron que Vyx esbozara una radiante sonrisa.
No tanto por saberse respaldada y sí mucho más por el corte de mangas verbal que Hipólita acababa de hacerle a su archienemiga.
El silencio que siguió, sin embargo, la instó a pensar que escuchar a hurtadillas no era algo muy digno.
Fue más bien como si al esconderse en las sombras de ese pasillo, con el recuerdo de Rose hecho aire o el aire hecho recuerdo de Rose, oyera una voz que susurraba: no se escuchan conversaciones ajenas.
Vyx se retiró la capucha, irguió los hombros, se hizo crujir el cuello y se animó a entrar en el despacho con una despampanante sonrisa, presumiendo de unos dientes muy blancos.
Hipólita estaba de espaldas a su escritorio de caoba, mientras que su fiel adepta se encontraba sentada en el filo de una segunda mesa más pequeña y de brazos cruzados.
A diferencia de los dormitorios, el despacho de la adalid era una estancia pequeña de unos siete metros cuadrados forrada de estanterías a rebosar de libros y objetos de valor mágico o histórico incalculable.
En el alféizar de la ventana, abierta en ese momento de par en par, descansaba el enorme pájaro de plumas rojas y pico dorado que, como si se hubiera horrorizado con la llegada de Vyx, alzó vuelo y desapareció en la oscuridad de la noche.
—¡Pero bueno! —dijo Vyx ante la mirada atónita de Thalia y el gesto inexpresivo de Hipólita—. No sabía que estabais reunidas. Qué mala pata. ¿Interrumpo algo?
No hubo respuesta por parte de ninguna. Vyx alzó la cabeza de la lamia a la altura de la suya y la movió como si de un juego de llaves se tratara.
—Te traigo un regalito. Te quejarás.
Thalia cerró el libro que se encontraba sobre la mesa, justo a su lado. Era un tomo grueso e indudablemente antiguo. Vyx se tomó un momento para pensar en cuánto le disgustaba el secretismo que se palpaba en el ambiente. Para su sorpresa, le disgustaba más de lo esperado.
—Tranquila, Thalia. La sangre no salpica tan lejos. —Le dio un meneo a la cabeza de la criatura y tres gotas azules salpicaron la nariz, él pómulo y el escote de Thalia, quien cerró lentamente los ojos—. Ups. Pues parece que sí.
El suspiro consternado de Hipólita podría haberse oído desde el Olimpo.
—Thalia —llamó la sacerdotisa—. Puedes retirarte.
Ambas guerreras se miraron desafiantes. A Vyx le colgaba una sonrisa indiferente de los labios y a Thalia le supuraba la rabia por cada poro de su atlético cuerpo.
Al final, Thalia recogió el misterioso libro y salió del despacho, no sin cerrar la puerta con un melodramático portazo.
Vyx se giró hacia Hipólita con un gesto de indignación.
—Pero qué genio tiene, ¿no?
—Vyx. Ya hemos hablado de tus regalos.
La guerrera lanzó la cabeza de la lamia sin miramientos sobre la superficie de la mesa. Su mentora decidió no prestar atención al estropicio que la sangre haría en la madera y se limitó a contemplarla con ese gesto maternal que tanto le crispaba los nervios a su aprendiz.
Vyx se dejó caer en una de las sillas y susurró:
—No me mires así.
—Así, ¿cómo?
Con un movimiento de cabeza, Vyx se apartó el largo flequillo de color cobrizo a un lado.
Estaba exhausta. Le dolían músculos que no sabía que tenía.
Lo único que le apetecía era darse una ducha en la que no se ahogaría por mucho que lo intentara.
«Venir ha sido un error», pensó. No estaba de humor para los juegos mentales de Hipólita.
—Como si quisieras darme un abrazo o algo. La misión era fácil, no es como si hubiera salvado al Lalai Llama.
—Dalái Lama —corrigió la adalid.
Vyx dio un brinco en la silla y señaló a su maestra acusadoramente con el dedo.
—¡Ajá! Si sabes eso es porque estás familiarizada con otras religiones. Falta grave. Imagínate si Artemisa está mirando, Hipo. Qué vergüenza. ¿Te escribes en secreto con los nórdicos también?
La sacerdotisa la miró con ojos pequeños, pero guardó silencio. Vyx se hundió en el asiento, como si quisiera desaparecer en él. Decidió entretenerse limpiándose la sangre que se le había metido bajo las uñas, que llevaba pintadas de un verde mustio.
—Venía a informarte de que quiero unas vacaciones.
—Vacaciones —repitió Hipólita con un tono monótono.
—Necesito desconectar.
Hipólita tomó asiento a su lado. Tenía esa media sonrisa permanente en los labios, la clase de sonrisa que decía: ninguno de tus comportamientos podrá llegar a perturbarme jamás. A Vyx le resultaba sumamente exasperante. La adalid dijo:
—No hace ni dos semanas me pediste trabajar en solitario. Accedí a tu petición, aunque sigo pensando que no estás preparada. Y ahora quieres vacaciones. Supongo que eres consciente de que un deber como el tuyo no ostenta descansos largos.
—Dame un respiro, joder. Estoy harta de toda esta mierda.
Siempre es lo mismo. Una lamia en un pueblo costero, una ninfa peligrosamente zorra, un cíclope mestizo en celo que sale de las montañas y se come un rebaño de cabras.
Tienes un ejército de guerreras para salvar el mundo de esas horribles barbaries.
Hipólita la observó en completo silencio. Al cabo de unos segundos, dijo:
—De acuerdo.
La respuesta dejó a Vyx perpleja, tanto que solo pudo preguntar atónita:
—¿Qué?
—De acuerdo, Vyx. Priorizaré los avisos para las demás guerreras si surge algo.
—¿Y ya está? ¿No vas a darme otro sermón sobre el deber y el honor?
—Vyx, estoy preocupada por ti. Me gustaría que hablaras conmigo.
Esa respuesta era menos deseable que un sermón.
—A mí me gustaría que nunca hubieras aparecido en el orfanato, pero ya ves, la vida.
Las palabras de Vyx tenían el propósito de convertirse en algo afilado, capaz de cortar en pedacitos la entereza de cualquiera. Sin embargo, el gesto de Hipólita no mutó ni un ápice.
—Este es tu hogar —dijo en cambio la adalid—. He notado cómo me esquivas. Huir no va a ponerte las cosas más fáciles. Entiendo que necesites tu espacio…
—No.
Vyx se levantó de la silla como un titán furioso para luego rodearla y poner, así, distancia entre ella y su mentora, a quien miró de hito en hito antes de decirle:
—No es espacio lo que necesito. Lo que necesitaba me lo has quitado tú y lo que necesito ahora no puedes dármelo. —Abrió los brazos para luego dejarlos caer con el peso de la gravedad—. No tengamos conversaciones absurdas. ¿Qué te parece?
La sonrisa que Vyx dibujaba formaba parte de la misma máscara de siempre, aunque en ese momento la llevaba con menos determinación.
Estaba furiosa y estaba frustrada y estaba dolida.
Hipólita era lo más parecido a un referente que tenía, y más allá de todos los reproches que pudo haber escupido durante su adolescencia, la admiraba.
Siempre la había admirado, de la misma manera que una niña admira a su madre.
Hipólita se levantó con indiscutible elegancia. Su pesar era innegable detrás de esa mirada de un azul añil más oscuro que el de los ojos de su aprendiz.
—Mejorará —dijo la sacerdotisa—. Gestionar la pérdida es uno de los procesos más complejos que existen. Pero te prometo que llegará un día en que todo irá mejor.
Vyx se odió por no ser capaz de moverse antes de que Hipólita le pusiera una mano en el hombro derecho, gesto que a cualquier otra persona le hubiera parecido conmovedor.
La adalid no dijo nada, y eso fue mucho peor para Vyx que si hubiera decidido continuar con su larga perorata sobre el tiempo y la pérdida.
Los silencios eran su peor enemigo, pues siempre llegaban acompañados de recuerdos de color verde y finales amargos.
—Thalia tiene razón —murmuró Vyx afligida—. No le llego a Rose ni a la suela de las sandalias. Estoy segura de que habrías preferido que fuese ella la que saliera del bosque sana y salva, pero tienes que conformarte con la hermana emocionalmente distante.
—Te equivocas —interrumpió su mentora. Vyx la miró a los ojos e Hipólita añadió—: Eres una de mis mejores guerreras.
Artemisa os elige, os pone en mis brazos y yo contemplo cómo crecéis y os convertís en las mujeres que sois ahora.
No puedo pedirte que vuelvas al templo mientras seas fiel al credo, pero las cosas están cambiando, Vyx, y ante algunos peligros estamos solas.
Ten mucho cuidado. Es todo lo que te pido.
No estáis a salvo y no sois invencibles.
Vyx almacenó la advertencia en algún rincón de su cabeza junto a la promesa de que le daría vueltas más tarde. En ese momento respondió con un bleh , añadiendo:
—Rose tuvo mucho cuidado y mira cómo acabó.
«Oh, Vyx, querida. Creo que ya has sufrido suficiente para toda una vida».
Mis palabras retumbaron con crueldad en su mente.
Aquella noche decidió creerme. Creyó de verdad que todo el sufrimiento había acabado para ella.
Y, sin embargo, durante los últimos meses había llegado a la conclusión de que solo acababa de empezar.
Hipólita abrió la boca con intención de responder, pero Vyx ya había superado con creces sus propios límites de conversaciones incómodas. Se dio la vuelta y abandonó la estancia dando un portazo tras de sí que retumbó tanto o más que el de Thalia.
Recorrió los pasillos como si la persiguiera un fantasma y abandonó el templo por el pórtico sur, desencantada con la idea de volver a cruzarse con Elara o cualquiera de las demás ascendidas.
En algún momento había empezado a dolerle la cabeza y a costarle respirar.
Estaba familiarizada con esos síntomas. La jaqueca, la presión en el pecho, la falta de aire.
La primera vez que experimentó algo así se debatió entre la tentación de dejarse morir o llamar a una ambulancia.
Pero Astrid, que estaba con ella cuando sucedió, supo ponerle nombre a su dolencia.
—Es ansiedad —le había dicho—. A los demás mortales también nos pasa, ¿sabes?
Vyx se sentó en los escalones de la entrada del templo y miró el cielo mientras intentaba recordar cómo respirar, como si fuera un bebé que pasa por el suplicio de dar sus primeros pasos otra vez.
Se cubrió la cara con las manos y apretó con los dedos contra los párpados.
Pensaba en lo horrible que era sentirse tan vulnerable y rota y perdida y asustada, todo a la vez.
Solo cuando estuvo más calmada bajó las manos y después la mirada al colgante de la media luna que pendía de su cuello.
Acarició el pequeño ornamento de plata con las yemas de los dedos.
Odiaba estar allí. Odiaba que ninguna arktoi estuviera dispuesta a entender que no eran heroínas, que no eran más que los engranajes de la maquinaria de los dioses, piezas reemplazables, carne desechable y sangre prescindible.
Eso había sido Rose, y eso mismo seguía siendo ella.
El pesar de los mortales es un sentimiento intrigante para mí, y el de Vyx suponía un misterio aún mayor, pues cuanto más profundo era su dolor, más se aferraba a él, como si quisiera mirarlo a la cara y demostrar que podía vencer.
Suspiró al ver la larga sombra que se proyectaba en el camino de piedra. No alzó la mirada.
—Dos veces entras en el templo en menos de un mes. Guau.
Vyx volvió a cerrar los ojos. Pensó que, si se concentraba lo suficiente, Cora la dejaría ahogándose en su miseria y podría morirse en paz. Pero estaba segura de que la ascendida no se había movido ni un ápice, así que al final dijo:
—Te sientes bendecida por mi presencia, no me digas más.
—Oh, sí. Me siento tan bendecida que estoy por ir a buscar a las demás para que se sientan bendecidas ellas también —dijo Cora con su voz de pajarillo—. ¿Crees que Thalia estará despierta? Seguro que es la que más se alegra de verte.
«Despierta y conspirando contra mí», pensó Vyx. Abrió los ojos y se sorprendió al ver más luz en las finas facciones de Cora. Aunque era imposible pasar por alto las cuencas hundidas y las marcadas ojeras, al menos ya no parecía un cadáver. Vyx hizo un mohín y dijo:
—Qué golpe más bajo.
—O puedo ir a buscar a Elara para que vuelvas a llamarla pata de palo.
—Vale. Lo admito. Me he pasado. Pero no es nada fácil ser creativa con los insultos cuando has convivido la mitad de tu vida con las mismas personas. Mi imaginación tiene límites.
—Ni que lo digas.
Cora era una de las personas más contradictorias que Vyx había conocido nunca.
Su aspecto era el de una chica de facciones, miradas y gestos delicados.
De hecho, Vyx recordaba que cuando eran pequeñas y compartían mesa en el comedor, llegó a pensar más de una vez que no superaría nunca el Pankrátion porque era todo huesos, dulzura y amabilidad.
Se equivocó. Había visto a Cora luchar con la fiereza y la eficacia de seis guerreras juntas en su mejor día.
Fue en ese momento que Vyx resolvió el enigma de la muerte de Gaia: si la guerrera que tenía delante estaba con ella cuando sucedió, no tenía sentido que su compañera estuviera muerta.
Cora jamás lo habría permitido. Pero a Vyx le resultaban del todo inverosímiles las ganas de pedirle a Cora más detalles sobre lo que había sucedido.
Sobre todo porque hacerlo implicaría que la Orden o sus compañeras le importaban más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Por suerte, la carpeta que Cora llevaba en las manos fue suficiente para disuadirla y preguntó:
—¿Qué es eso? ¿Un regalo para mí?
—Tengo que llevarlo al Archivo. ¿Quieres venir conmigo?
—¿Al Archivo? ¿Estás pensando en hacerme cosas indecentes en la oscuridad?
—No me hace falta la oscuridad para hacerte cosas indecentes. —Cora sonrió y Vyx se ruborizó—. Venga, levanta el culo y acompáñame. A veces es fácil perderse en ese sitio.
Vyx suspiró con exagerado dramatismo y se puso en pie a regañadientes.
—Venga, va. Seré tu caballera de brillante armadura.
La ascendida se dio la vuelta risueña y a Vyx le pareció que se aguantaba la risa.
—Pata de palo —murmuró Cora—. Le habrá dolido en el alma.