DE SOSPECHAS Y CONSPIRACIONES
DE SOSPECHAS Y CONSPIRACIONES
N o había vuelto a poner un pie en el templo desde el ritual de Iniciación, dos semanas atrás, y Vyx eligió volver a cruzar la barrera invisible una noche que vaticinaba tormenta.
Un silencio casi sepulcral se había instalado en los jardines que tan despreocupadamente recorría mientras tarareaba una canción de Audioslave. Llevaba en la mano derecha la cabeza de una lamia, trofeo del que presumía sin emoción alguna.
Vyx sabía muy bien que el protocolo del Círculo no dictaba presentar pruebas del éxito de la cacería.
A decir verdad, no existía ningún motivo de peso que justificara su presencia a esas horas de la noche más allá de la voluntad y, aunque no lo admitiría en voz alta ni con seis puñales clavados en cada extremidad, una exasperante nostalgia.
Porque la razón por la que se marchó era la misma por la que siempre volvía.
Se llenó el pecho de aire nada más cruzar el portón principal.
Los candelabros, lumbre constante en el espacioso vestíbulo, dibujaban sombras en las distintivas estatuas de mármol, representaciones de las sacerdotisas más veneradas, y en los cuadros al óleo que rememoraban variados mitos, como el secuestro de Perséfone o la batalla de Belerofonte a lomos de Pegaso contra las amazonas.
Vyx continuó hacia la siguiente estancia. Si bien el templo fue construido como tal, su propósito no era otro que el de ser un hogar para las guerreras, y por esa razón constaba de una organización nada convencional para un edificio destinado al culto.
El vestíbulo daba paso al gran comedor, una espaciosa zona bien iluminada que contaba con tres anchas y largas mesas de madera.
Contra las paredes de piedra gris se hallaban vitrinas en las que se exponían las armas caídas de las guerreras de mayor renombre.
En una de ellas se guardaba como si de un tesoro se tratara una copia del código arktoi original, redactado por Asteria la Primera durante el tercer y cuarto año de la bendición.
Vyx avanzó entre dos hileras de mesas con el eco de la voz de Rose bailando en su mente.
No solo en su mente, a decir verdad; Rose estaba en todas partes.
A Vyx le dolía sobremanera que los recuerdos de esos días fueran tan nítidos y su imaginación tan poderosa como para recrearlos en ese momento injusto del tiempo.
Porque ver a la versión pequeña de su melliza correteando por el comedor o verla señalar cada detalle y convertirlo con una simple mirada en algo maravilloso era más de lo que podía soportar.
Pero allí estaba. Por eso había vuelto. No porque deseara entregarle en bandeja la cabeza de una lamia a la mentora que admiraba y odiaba a partes iguales, sino porque temía el olvido tanto como la reminiscencia.
Habían desayunado, comido y cenado juntas en el gran salón.
En la mesa que Vyx miraba fijamente, Rose había divagado sobre mitos y leyendas con las otras adeptas mientras ella escuchaba, callaba y, algunas veces, aprendía.
En esa misma mesa, tan larga y vacía, en la zona de relieves irregulares que los dedos de Vyx acariciaban en ese momento, habían grabado sus iniciales a punta de cuchillo después de que, tras mucha insistencia por parte de Rose, Vyx admitiera el pavor que le daba no ser lo suficientemente buena para superar la prueba del Pankrátion.
—Lo superaremos las dos —dijo Rose hace mucho tiempo.
Y lo hicieron. Crecieron valientes y fuertes. Pero Vyx debió pecar de soberbia, porque en algún punto incierto del camino dejó de cuestionarse si tendría las aptitudes necesarias para la verdadera prueba. La última prueba. La que superó, sí, pero la única en la que realmente perdió.
—Eres muy rara.
Vyx miró hacia la tercera mesa, ubicada en el lateral derecho del gran salón.
En la esquina superior se encontraba Elara, sentada y con un libro como única compañía.
Tenía los ojos de un negro tan intenso que, desde la posición de Vyx, era difícil distinguir las pupilas.
Elara vestía el uniforme de combate, como ella, aunque mucho más limpio.
—¿Me llamas rara a mí, pata de palo?
Elara alzó lentamente las cejas. Vyx no sabría decir si estaba ofendida o sorprendida.
—Eso… —La adepta señaló la cabeza de la lamia—, es bastante rarito. Y asqueroso.
Vyx meditó tanto qué respuesta darle que al final decidió no dar ninguna. Apartó la mirada y enfiló la puerta que la llevaría a las escaleras.
Pasaba por delante de Elara cuando esta dijo, cerrando el libro:
—He oído que le pediste a Hipólita que no te asignase más compañeras en las misiones.
A lo que Vyx no tuvo más remedio que detenerse y contestar:
—Trabajo mejor sola. No es nada personal.
Ni era personal ni fue una decisión precipitada.
Tampoco premeditada. Sucedió que, la noche tras el ritual de Ifigenia y de la incómoda conversación con Cora, Vyx estuvo dando vueltas en la cama, preguntándose cuántas pérdidas más estaba dispuesta a cargar en su conciencia.
En efecto, la conclusión a la que llegó fue: ninguna.
—Menuda gilipollez —señaló Elara—. Pillo tus motivos.
De verdad. Estás dolida, rencorosa y en modo separatista.
Pero, querida, siempre habrá un monstruo que pueda con nosotras y, cuando ese monstruo llegue, querrás que haya alguien contigo mientras se te salen las tripas por el culo o vomitas el páncreas.
Vyx levantó el dedo muy despacio, señalándola, y recordó:
—Tú y yo nos besamos una vez.
Elara puso los ojos en blanco.
—Por desgracia. —Y susurró—: Esa noche me prometí que no volvería a probar el vino.
—Me ha venido genial imaginarme cómo se me escapan las tripas por el culo o vomito el páncreas para borrar el recuerdo de ese beso, que fue mucho más desagradable.
—Por Artemisa. —La compasión que Vyx vio en los ojos de Elara era mucho peor que cualquiera de las dos cosas—. Es muy triste lo mucho que te esfuerzas en conseguir que la gente te odie solo porque no sabes qué hacer con todo el amor que pueden darte.
A eso Vyx no supo qué contestar. Estaba estupefacta.
La complejidad de lo que la ascendida acababa de decirle iba más allá de los límites emocionales que Vyx comprendía.
Se puso la capucha de la fina chaqueta negra a juego con el uniforme, salvando las salpicaduras azules de la sangre de la lamia, y volvió a enfilar la puerta sin mediar otra palabra.
Las escaleras crujían con cada peldaño que subía.
Vyx pensó que el precio que estaba pagando por sentir a Rose más cerca estaba siendo desproporcional al crimen, y la perspectiva que se encontró al llegar a la segunda planta era de que la cosa no iba a mejorar.
A la derecha del largo pasillo se podían contar seis puertas.
Cuatro de ellas guardaban los dormitorios, una la enfermería y, tras la última, la única que estaba ligeramente entreabierta, el despacho de la adalid de la Orden.
Vyx recorrió el pasillo murmurando palabras ininteligibles y haciendo un esfuerzo sobrehumano para no detenerse frente a la tercera puerta, abrirla, meterse en el dormitorio que compartió durante tantos años con su melliza y echarse a llorar en el suelo, como si eso fuera a cambiar que una de las dos seguía viva y la otra seguía muerta.
Aminoró el paso al oír las voces que escapaban como un murmullo por la puerta del despacho de Hipólita.
Se acercó con discreción, se pegó a la pared, y puso oído.
—...dicho. No hay precedentes. —Vyx reconoció la voz de Thalia y no pudo evitar torcer los labios en una mueca de disgusto—. Este templo es sagrado. Una incursión así significaría…
—Sé lo que significa —dijo la venerada sacerdotisa—. ¿Qué es lo que sugieres?
—Sugiero que me dejes investigar. El Archivo está protegido. Si solo las ascendidas y la venerada sacerdotisa tienen acceso a sus pasillos… Alguien me atacó, Hipólita.
El gesto sombrío de Vyx no casaba nada con lo que estaba pensando. «Qué cojones…?».
—Esta situación es muy compleja, Thalia.
Y es, además, demasiado pronto para sospechas y acusaciones.
Estoy al corriente de todo lo que está sucediendo fuera del templo.
No debemos olvidar que la muerte de Gaia ha inquietado a las tres madres.
Puede que ambos sucesos estén conectados o puede que no lo estén. Pero lo que insinúas…
—¿No te parece mucha casualidad? Que algo así pase justo ahora. No se me ocurren más maneras de las que pueda renegar del credo y, aun así, dices que necesitas más pruebas.
—Creo que la subestimas —repuso Hipólita.
Que Vyx se diera cuenta de que Thalia estaba acusándola de la desafortunada situación no la sorprendió tanto como cabría esperar.
Tampoco hizo que se sintiera especialmente mal.
Puede que ya hubiera hecho las paces con la certeza de que, si dependiera de Thalia, la Lameculos, cualquier desgracia que azotara al mundo sería culpa suya.
—Yo creo que estás cegada y no entiendo por qué —continuó Thalia—. Soy mejor que ella. Cualquiera de nosotras es muchísimo mejor que ella. ¿Sinceramente? Me sorprende que todavía no se haya convertido en una osa. Eres muy indulgente con ella.
—La indulgencia que tengo con ella es la misma que tendría con cualquiera de vosotras.
El código arktoi es una guía, no una doctrina, y de nada le sirve a la diosa a la que honramos una guerrera letal si sus virtudes se vuelven en su contra.
Que la coraza de Vyx es fuerte es innegable, Thalia.
Me placería que te dieras cuenta de que la tuya también.