DE TEMPLOS Y RITUALES #3
Tanto aspirantes como guerreras se giraron al unísono para contemplar la llegada de Ifigenia.
La niña de solo diez años llevaba la larga melena dorada como el oro recogida en un moño y vestía por primera vez la túnica de color azafrán.
Caminaba a paso lento pero seguro, seguida muy de cerca por Hipólita.
A Vyx le dio la impresión de que Ifigenia estaba nerviosa, así que cuando sus miradas se encontraron por suerte o por azar, esbozó una sonrisa para inspirarle confianza, e Ifigenia se la devolvió.
El ritual de Iniciación se llevó a cabo con la misma devoción que todos los demás, síntoma de adoctrinamiento y de fe infundada que no significó nada para Vyx en su día y que seguía sin significar nada en absoluto años después.
Estoy al corriente de que incontables eruditos han intentado descifrar cada una de las etapas del rito de Iniciación y, si bien la mayoría difieren entre sí, todos coinciden en que, con el Ritual Arkeia, las niñas ponen su protección en mis manos y me aceptan como su guía y protectora durante el paso de la niñez a la adultez.
Era habitual que se celebrara un gran festín al acabar el ritual. Siempre se llevaba a cabo en los jardines, donde se disponían largas mesas a rebosar de manjares y de los mejores vinos.
Vyx deambulaba despreocupada con un trozo de pan en la mano y un vaso de vino en la otra.
Había decidido ignorar los incesantes intentos de Thalia de cruzar miradas, convencida de que ni rodeada de cinco ascendidas más y un número que no se había molestado en contar de guerreras y aspirantes sería capaz de negarse el placer de partirle la nariz o hacerle saltar los dientes.
También había decidido que, debido al exceso de verduras y hortalizas en los platos, guardarse en los bolsillos cantidades ingentes de alitas de pollo, pan redondo y tacos picantes era una gran idea.
Aunque debo decir que ni su generoso apetito conseguía distraerla de la evidente crisis por la que pasaba la Orden.
Vyx jamás había visto a sus compañeras tan divididas.
Las arktoi formaban grupos pequeños en el radiante jardín y hablaban en voz tan baja que podrían estar conspirando contra los dioses.
Ceñuda, Vyx le dio un mordisco al pan que luego bajó con un generoso trago de vino; vino que por muy poco no escupió al ver que Hipólita miraba en su dirección.
La venerada sacerdotisa, que estaba junto a Lysandra cerca de una de las mesas, acababa de excusarse con la anciana y echaba a andar hacia Vyx.
—Ni de coña —murmuró Vyx.
Sus ganas de hablar con la adalid solo eran equiparables a las que podía tener de tumbarse en el suelo y dejar que la aplastara un gigante.
Así que, rauda, le entregó la copa a una de las guerreras que había a su lado y que soltó un “pero ¿qué…?”, y se dio la vuelta.
Se ocultó entre varios grupos para despistar a la adalid, y entre giros y pasos sin un rumbo definido, se alejó del festín, desconocedora de que en esa zona del jardín no estaba sola.
—¿Eres antisocial?
Se giró hacia la voz. No supo qué pensar al ver a Cora sentada a los pies de las columnas del templo. La ascendida estaba tan quieta que cualquiera podría haberla confundido con un arbusto. Vyx se rascó distraídamente la mejilla derecha y le dijo:
—Solo aquí, supongo.
—Me lo imaginaba.
—Aunque no soy yo la que está escondida detrás de las flores como un escarabajo.
La adepta esbozó un triste intento de sonrisa. Lo cierto es que a Vyx, Cora le parecía guapa. Tenía unos ojos rasgados de color chocolate y unas facciones muy finas.
—Ifigenia ha crecido mucho, ¿eh?
Y Vyx, que de buen grado hubiese zanjado ya la conversación, lanzó una mirada a la zona del banquete, meditabunda. Al cabo de los segundos dijo:
—No se merece esto, joder.
—¿Qué?
—Me refiero al ritual. Ahora ya no tiene escapatoria. —Miró a Cora—. A partir de hoy tendrá que elegir entre servir a Artemisa o convertirse en una osa gigante.
—Ya veo. —Hubo un breve silencio. Después, Cora añadió—: ¿Quieres sentarte conmigo?
—La verdad es que no.
Cora se rio. A Vyx le pareció la risa más triste del mundo entero.
—Yo no me preocuparía tanto por Ifigenia —resolvió la adepta—. Además, todavía queda esperanza. Puede que no supere el Pankrátion y acabe en las oficinas del Círculo.
Vyx estaba convencida de que Ifigenia ganaría en un combate justo a cualquiera de las instructoras, que era precisamente el objetivo del Pankrátion, sin esfuerzo alguno.
—¿Tú la has visto luchar, guapa? Esa cría ha nacido para dar hostias como panes.
Fue desconcertante para Vyx descubrir que Cora había disociado por completo de la realidad. Simplemente estaba allí sentada, pálida, menuda, delicada e inmaculada. Esa mirada parda y ausente hizo que Vyx tuviera un desafortunado momento de sensatez y le dijera:
—Siento lo de Gaia.
Cora no tardó en volver en sí. De hecho, fue como si al oír el nombre de Gaia todo su cuerpo entrara en un rictus escalofriante. Fue decepcionante que tan solo dijera:
—Gracias.
—Estabas con ella, ¿no? Cuando pasó.
—¿Te has dado cuenta de que hay muy pocas tumbas en estos jardines?
Por algún motivo toda sangre abandonó las mejillas de Vyx. Aunque sospecho que el motivo sería para ella algo como: «No debería haber preguntado».
—No somos fáciles de matar —se le ocurrió decir.
—Es cierto. —Hubo otra breve pausa—. Creo que nunca te di el pésame por lo de Rose.
—Mira, no te ofendas, pero esta conversación está empezando a crisparme los nervios.
—Tienes razón. —Cora se puso en pie tan despacio que a Vyx le pareció que se movía a cámara lenta—. No deberíamos hablar de los muertos. Y mucho menos yo.
Los ojos de Vyx siguieron a la otra ascendida en todo momento. No fue hasta que Cora se había alejado unos diez pasos que reaccionó y preguntó:
—¿Qué coño significa eso?
Pero Cora no respondió.
No me cabe duda de que Vyx se hubiera largado del templo de buena gana si no no fuera porque habría pesado en su conciencia haber perdido la oportunidad de hablar con Ifigenia, así que volvió a la zona del banquete con el gesto algo turbado y con mucho menos apetito que antes.
No tardó mucho en localizar a la recién iniciada.
La pequeña hablaba animadamente con un par de jóvenes aspirantes que no tendrían más de doce años.
Vyx se acercó a ella por detrás con sigilo y la asustó con un:
—¡Bu!
La niña dio un brinco y soltó un grito. Luego se giró y dijo, disgustada:
—¡Vyx! Eres muy tonta. Me has dado un susto de muerte.
—Tienes que entrenar más tus habilidades auditivas. ¿Dónde está tu sentido arácnido?
—Siempre dices cosas muy raras.
—Ven aquí, anda.
Vyx se agachó y extendió los brazos. Era una invitación que Ifigenia no dudó en aceptar: se lanzó al cuello de la guerrera y la estrechó con fuerza.
—Lo has hecho muy bien —felicitó Vyx.
—Estaba un poco nerviosa, pero saber que estabas conmigo me ha calmado mucho. ¿Te quedarás unos días? —Rompieron el abrazo y se miraron a los ojos—. ¡Ahora ya voy a poder entrenar de verdad! Algún día seré como tú.
«Ojalá nunca seas como yo», pensó Vyx. Sin embargo, lo que dijo fue:
—Pues nada, ahora vas a tener que comer mucha fruta y mucha verdura.
Y le pellizcó la mejilla.
—¿Judías también? —preguntó Ifigenia con una viva expresión de asco.
—Especialmente judías. —Vyx se irguió y apoyó una mano en su hombro, como si fuera a nombrarla caballera—.
Las guerreras de verdad, las mejores —puntualizó—, se comen todas las judías del plato para honrar a su diosa vegetal.
Haberlo pensado antes de apuntarte al club de las acelgas de Artemisa, pequeña Enia.
El gesto de la niña delataba un profundo disgusto que desapareció cuando empezó a mover enérgicamente los brazos como si acabara de recordar algo muy importante.
Invitó a Vyx a agacharse otra vez, y Vyx lo hizo mientras decía:
—Si te va a dar un chungo por comer verduras…
La niña negó con la cabeza.
—¿Te puedo decir una cosa? Es un secreto.
—¿Tienes novia? —preguntó Vyx.
—¡No!
—¿Novio?
—¡Qué asco! No es nada de todo eso. ¿Guardarás el secreto?
—Seré una tumba. —Vyx hizo como que se cerraba los labios con una cremallera.
—Vale, es que... ¿Te acuerdas de Ophira?
—Ajá.
—Pues hoy, mientras nos vestíamos, le he pedido ayuda y me ha dicho que ya no se llama así.
Vyx entrecerró los ojos, pero dejó que continuara.
—Dice que ahora se llama Orión. —Ifigenia abrió mucho los ojos—. Es raro, ¿a que sí? Cambiarse el nombre. Un nombre es para toda la vida, ¿no? Además, es nombre de...
La adepta alzó una mano, interrumpiéndola, y le preguntó:
—¿Crees que podrás acordarte de llamarle así?
—Pues claro. —Ifigenia se cruzó de brazos—. No soy tonta.
—Pues ya está. Es muy fácil. Y lo demás lo entenderás cuando seas más mayor.
¿Cuántos años tiene Orion? ¿Trece? —Ifigenia asintió—.
Pues va a necesitar una amiga, porque es posible que algunas niñas no lo entiendan y que a veces se ponga muy triste.
Mira… Es complicado, pero lo único que tú tienes que entender es que la persona que queremos ser y el nombre que queramos darnos es un derecho que nadie debería poder quitarnos. ¿Me explico?
—Creo que… ¿sí?
—Genial. Es oficial: tu primera misión como iniciada será defender el derecho de Orión de decidir cómo quiere llamarse y cómo quiere ser. —Le pellizcó la punta de la nariz—. ¿Qué me dices? Es una misión muy importante.
La pequeña la miraba sin parpadear. Al final, Ifigenia sonrió y exclamó:
—¡No te defraudaré!
—¡Ifigenia!
—¡Ay! ¡Es verdad! Tengo que cortar el pastel. ¿Vienes a comer pastel, Vyx?
—Tengo que irme ya, peque.
—¡Pero si acabas de llegar!
—Volveré pronto. Te lo prometo.
Vyx se dijo que cumpliría esa promesa, aunque solo fuera para garantizar que en ninguna de las pocas tumbas que había en los jardines, como bien había señalado Cora con ese tono vehemente y afligido a partes iguales, estuviera jamás el cuerpo de la dulce Ifigenia.