La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE TEMPLOS Y RITUALES #2
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DE TEMPLOS Y RITUALES #2

—Como si a mí me importara lo que tú piensas —respondió Thalia con desdén. Se apartó con un golpe de cabeza la larga melena recogida en incontables trencitas que aseguraba con cuentas de madera dorada—. El mundo no gira a tu alrededor, Vyx.

La aludida se llevó una mano al pecho.

—Menudos dardos envenenados me estás lanzando, Thalia. Y delante de nuestra mentora. ¡Qué poco respeto por las canas!

Hipólita se mostró impasible antes de entrar en el templo sin mediar palabra.

Si le importara, Vyx lamentaría haberla ofendido.

Pero no le importaba, así que se limitó a observar cómo su archienemiga saltaba del balcón al estrecho tramo empedrado del jardín con la gracia de un ave.

Luego, Thalia se enderezó cuan alta era y avanzó hacia ella con la cara pintada de arrogancia.

Vyx llegó a admirar muchas de las cualidades de la ascendida cuando era pequeña, una fascinación que, insulto a insulto, mofa a mofa, se convirtió inevitablemente en desprecio.

—Podrías mostrar un poco de respeto por quien te lo ha dado absolutamente todo.

—No hace falta —dijo Vyx—. Ya te encargas tú de demostrar suficiente respeto por todas. Y ahora, si me disculpas...

Hizo ademán de marcharse, pero su compañera la cogió por el brazo. Vyx entornó los ojos hacia ella sin girar apenas la cabeza y Thalia le espetó:

—Igual no lo sabes porque nunca prestas atención, pero ¿recuerdas lo que le pasa a una ascendida que traiciona a la Orden?

Vyx pensó que acusarla de traición era un poco excesivo.

—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que me convierta en una osa?

—dijo, y se soltó de su agarre con un brusco tirón—.

Ya conoces el mito, ¿eh? Una osa enorme, del tamaño de esa estatua de Artemisa a la que le sacas brillo por las noches para no sentirte tan sola.

—Se pasó la mano por la manga derecha de la túnica como si se limpiara una mancha de tomate—.

Espero que no se me haya pegado esa peste que echas a capulla celosa.

Thalia soltó una estrepitosa carcajada.

—¿Celosa de ti? No eres más que un montón de mierda ególatra, tan despreciable que ni siquiera has tenido la decencia de acudir a la despedida de Gaia. Puede que tengas a Hipólita comiendo de la palma de tu mano porque tu hermana está muerta, pero...

La rabia que Vyx llevaba en su día a día como una bandera subió de temperatura y explotó en un puñetazo que lanzó a la mandíbula de Thalia. La guerrera, que no lo vio venir, cayó sobre la piedra irregular del camino ante la violencia del golpe.

El odio descomunal que Thalia contenía en una mirada furibunda no podía compararse al que Vyx sentía. Eran, simplemente, diferentes. Uno se justificaba con una cuestionable envidia, y el otro con los trozos afilados de un corazón roto.

No sabría decir qué impidió a Vyx lanzarse sobre Thalia y hacer lo que llevaba mucho tiempo deseando, pero sí le dijo, señalándola:

—Lávate la boca antes de hablar de mi hermana, pedazo de gilipollas.

—¿Había una reunión de ascendidas antes del ritual y nadie nos ha avisado?

Vyx se giró al oír la voz de Xanthe. Su amiga llegaba junto al séquito de ascendidas.

Iban todas enfundadas en túnicas verdes y ataviadas con motivos simbólicos, como la cuerda que llevaban al cuello, de la que pendía la punta de la asta de un ciervo.

Todas, sin excepción, lucían unas sandalias mucho más relucientes que las de Vyx.

—¿No os cansáis nunca de intentar mataros?

La que había formulado la pregunta se llamaba Elara, la guerrera más menuda de las ascendidas y que compartía el mismo tono oscuro de piel que Thalia.

Estaba obsesionada con el parkour y acusaba una ligera cojera en la pierna izquierda.

Todas las elegidas conocían la historia de cómo Elara se había precipitado desde uno de los cipreses del jardín cuando era pequeña, rompiéndose la rótula, y que ni siquiera la ascensión le había devuelto una completa funcionalidad en la articulación.

—Algún día deberíais considerar hablar sobre vuestra tensión sexual no resuelta —apuntó Iris, que esa mañana llevaba la larga melena rubia recogida—. Nos está matando a todas.

Agitada, Vyx volvió la vista hacia su compañera ascendida. Si bien Iris era ciega, estaba convencida de que le devolvía la mirada detrás de sus inseparables gafas de sol.

—Vamos a calmarnos.

Xanthe apoyó la mano en el hombro de Vyx.

Los ojos de su amiga pedían explicaciones que no pensaba darle, mucho menos cuando Faidra, segunda en la escala de lameculos de la Orden de acuerdo con el criterio de Vyx, acababa de ofrecerle la mano a Thalia y la ayudaba a levantarse.

Vyx se había propuesto hacer una llamada al autocontrol, y estaba muy cerca de conseguirlo cuando oyó a Thalia murmurar que no le llegaba a Rose ni a la suela de las sandalias.

Los ojos de Vyx se encendieron como brasas, y estoy segura de que de no haberla contenido Xanthe con toda su fuerza y determinación, envolviéndola con los brazos, podría haber matado a Thalia a golpes y no demostrar arrepentimiento alguno jamás, ni cuando estuviera a minutos de morir desangrada a los pies de una arpía.

—Eres imbécil —le espetó Xanthe a Thalia.

—Vamos. —Cora se había mantenido a un lado.

Fue solo al mirarla directamente que Vyx advirtió que tenía un gesto afligido nada propio de ella.

Tenía los brazos cruzados y la media melena oscura le caía sobre la cara como una cascada—.

El ritual está a punto de empezar. Hay cosas más importantes en el mundo que vuestra ridícula rivalidad.

Vyx la miró en silencio. Sobre Cora, sabía que era letal de una manera única y misericordiosa, casi como si una parte de ella sufriera cada vez que ponía fin a la vida de un monstruo.

Reservada y distante, su presencia era como la de un pajarillo que bate las alas sin llamar la atención.

En ese momento acusaba unas pronunciadas ojeras que se le clavaron a Vyx como un cuchillo cuando esos ojos rasgados la miraron directamente.

En realidad, si lo pensaba detenidamente, no sabía mucho de sus compañeras, tan solo lo justo y necesario.

A diferencia de Rose, tan dada a relacionarse y crear vínculos hasta con las mariquitas del jardín, ella siempre fue de las que comía en silencio, acudía a clase en silencio y merodeaba por el templo en silencio.

No porque fuera un alma en pena en un cuerpo muy pequeño, sino porque nunca sabía qué decir.

La verdad es que las elocuencias verbales y la riqueza de vocabulario para insultar llegaron con la adolescencia.

Ya fuera por indiscutible efectividad o porque sugerir lo contrario hubiera resultado en un conflicto, Hipólita decidió permitir que las mellizas formasen un equipo indivisible, por lo que Vyx solo empezó a compartir misiones con las demás después de la muerte de Rose.

Cora apartó la mirada y acompañó a las otras ascendidas jardín abajo mientras Thalia seguía haciendo aspavientos y murmurando insultos.

—¿Qué ha pasado?

A la pregunta de Xanthe, Vyx se frotó los ojos, extenuada.

—Algún día la mataré —prometió—. Y joder si voy a disfrutarlo.

—No puedes dejar que te afecte así. Ya no sois unas crías.

—Eso díselo a ella. No soy yo la que va acusando a otras de traición.

Vyx miró un momento hacia el grupo que se alejaba y después le preguntó a su amiga:

—¿Gaia estaba sola cuando murió?

Si la pregunta desconcertó a su compañera, no lo demostró.

—Estaba con Cora. ¿Por qué?

—¿No te parece que tiene mala cara?

—Yo también tendría mala cara si hubiese visto como una criatura mitológica te saca las tripas y se las zampa delante de mí.

El comentario desconcertó agradablemente a Vyx.

—¿De verdad? ¿Llorarías por mí?

—Cada día de mi vida hasta que me muriera.

—Pues no sé si me vas a llorar mucho tiempo, porque menuda cara tienes tú también.

—No duermo muy bien.

Xanthe le revolvió el pelo a Vyx para hacerla rabiar, y lo consiguió.

Recorrieron juntas los jardines en completo silencio.

No tardaron en ver a lo lejos la amalgama de colores de las diferentes túnicas arktoi.

Vyx nunca admitiría que se le retorcían las tripas cuando veía a esas niñas sonrientes y rebosantes de ilusión haciendo gala de una inocencia que estaba condenada a desaparecer demasiado pronto.

Si bien Vyx jamás había sido persona de muchos sueños, uno de ellos era llevárselas a todas de los jardines sagrados, una noche de luna creciente, a poder ser, para burlarse de mí, y ofrecerles la verdadera libertad.

Siempre miraba a las más pequeñas como si estuvieran pidiendo a gritos que las salvara.

Cuando se acercaron a la congregación, Vyx no se sorprendió al oír a una de las aspirantes murmurar que Ifigenia había superado la prueba de la primera caza con lo que había sido un tiro perfecto al entrecejo de un jabalí.

De hecho, sonrió con orgullo antes de ocupar junto a Xanthe su lugar en el semicírculo de formación frente al altar, entre las demás ascendidas.

Enseguida reparó en que Lysandra, primera de las tres ancianas madres del Círculo, se encontraba al otro lado del jardín.

Vyx sintió un tirón en las entrañas y una inexplicable sensación de frío al verla.

Era sabido que al menos una de las tres ancianas presenciaba los rituales de iniciación, pero pocas eran las veces que se las había visto.

En la Orden, y aunque estaban por debajo de Hipólita en la consagrada jerarquía, Lysandra, Cassira y Myline se consideraban fuentes infinitas de conocimiento.

Sin duda, eran motivo de admiración para las demás adeptas, pero lo único que Vyx sentía al mirar a Lysandra eran náuseas.

El incómodo momento acabó con el silencio absoluto que se hizo de repente.