DE TEMPLOS Y RITUALES
DE TEMPLOS Y RITUALES
V yx libró una batalla sin testigos contra su propio odio de camino al monte Pelión, y perdió.
Entre otras razones porque no había parado de darle vueltas a la pesadilla.
Como estaba convencida de que alguno de Los Doce le había pedido personalmente a Orfeo que se pusiera imaginativo con ella, su odio había tenido todas las de ganar desde el principio.
Lo cierto es que había días en los que la sensación de asfixia se quedaba con ella, como si la muerte de Rose (que en sus pesadillas había revivido demasiadas veces y salido de la tumba demasiadas veces y le había recordado una promesa sin cumplir demasiadas veces) se le hubiese pegado a la piel como una capa de veneno superficial pero letal.
El dolor que sentía era como un agujero negro que crecía y crecía y crecía y se tragaba todo lo bueno, dejando únicamente la retorcida malicia de una perversa culpabilidad.
Saber que tendría que presenciar un ritual de Iniciación no mejoraba su ánimo.
Siempre había odiado las formalidades, pero que además la elegida para ofrecerse en una promesa de servicio eterno a Artemisa fuera Ifigenia la disgustaba a niveles vomitivos.
Enia, como solía llamarla ella, era la niña de los ojos de Vyx.
Ninguna ascendida debería tener favoritas entre las filas de sucesión, pero Vyx y las normas nunca se habían llevado bien.
La pequeña, de pelo dorado y ojos del color de las olivas, le recordaba a lo mejor de Rose: su entusiasmo, su valentía, su afán por aprender. En definitiva, Ifigenia era buena. Tan buena como Rose. Y si algo le había enseñado la vida a Vyx es que todo lo bueno se corrompe o muere.
Cuando llegó al final de uno de los tantos senderos que cruzan el monte, redujo la velocidad y frenó.
Apagó el motor y sacó la llave del contacto.
Luego se bajó de la moto con tan mala suerte que hundió una de las sandalias en un charco de barro.
Insultó a los dioses y se retiró el casco que rápidamente colgó en el manillar.
Empujó la moto hasta hacerla bajar a un recoveco estrecho y vertical en el que las ruedas encajaban a la perfección.
Siempre la dejaba en el mismo sitio, bajo unas retorcidas ramas tan largas que casi rozaban el barro.
Tras haberse cerciorado de que la moto quedaba oculta a la vista de senderistas, echó a andar sin mirar atrás en dirección norte.
Vyx conocía esos claros intermitentes de tonalidades verdes y marrones como la palma de su mano.
Estaba segura de que ella cambiaba un poco más cada vez que volvía, lo que tratándose de Vyx se traducía en que tenía más odio que la vez anterior y mejor practicada la expresión de desdén que, por supuesto, no pensaba borrar hasta que llegara el momento de largarse.
Se detuvo frente al que era, sin duda, el ciprés más longevo del monte.
Observó desairada el símbolo tallado en el tronco, impasible a los años, a los fuertes vientos de las tormentas otoñales o a la humedad del frío invernal.
Una vez, hace ya mucho tiempo, contempló las astas de ese magnífico ciervo con los ojos de la inocencia, cuando todavía no comprendía que tras un muro invisible, la vida que las depararía a ella y a su melliza no era mucho mejor que aquella de la que Hipólita las había rescatado.
No sabía por ese entonces que estar a salvo ya no sería tan sencillo como meterse bajo una cama, ni que los peligros no serían tan previsibles como las travesuras de los otros huérfanos.
Las amenazas que les depararía el futuro serían de las que dejaban manchas de sangre imborrables y heridas que nunca cicatrizaban del todo.
Como solo una iniciada o una ascendida podría, posó la mano sobre el símbolo y el bosque respondió.
Las hojas que pisaba vibraron bajo las suelas de las sandalias que habían visto días mejores, y vientos del norte y del este soplaron con el silencio de un susurro y la fuerza de un titán.
Vyx desvió la mirada a su derecha, donde, entre dos árboles equidistantes, la barrera oculta empezó a vibrar como lo harían las cuerdas de un arpa.
Ella bajó el brazo y avanzó hacia el campo de energía compendiada en un aura etérea e invisible, y cruzó.
Ya en territorio sagrado, alzó la mirada.
A su izquierda se hallaba una estatua de mármol en mi honor, majestuosa e imponente, con un arco apuntando hacia el templo que los cipreses más altos del idílico jardín ocultaban.
Vyx permaneció unos instantes más a los pies de la estatua, mirándola con altanería y, como siempre, un inmensurable recelo.
—Estarás contenta, ¿no, Artemisa? Todavía quedan cerdos que podrás enviar al matadero.
No se sintió más aliviada por decirlo en voz alta.
Siguió el sendero de piedra, delimitado por hileras de flores de amaranto perfectamente dispuestas a cada lado. Nada más pisar la sombra que proyectaban los dos inmensos árboles, suspiró con hastío y miró con practicada postergación la fortaleza del templo.
Vyx admitía que pese a todo el odio que la corroía, siempre se había sentido pequeña bajo la gran estructura.
El día que ella y Rose llegaron, con solo diez años y miles de preguntas sin contestar, pensaron que estaban ante el templo más grande y magnífico que habían visto nunca.
Y tenían sus razones, pues el Templo Arktoi era un edificio rectangular y de gran altura únicamente equiparable al majestuoso Erecteion.
Recordaría siempre con cariño esos días en los que Rose se movía como en una danza alrededor del templo, explicándole de qué estaba hecho cada rincón de su nuevo hogar.
Se rumoreaba que yo misma había dado las instrucciones para su construcción, y ese rumor era de los pocos que escondían una pizca de verdad.
Constituía la fachada frontal del templo un pórtico con seis columnas de estilo jónico de piedra gris, tras el que podía verse una puerta de madera.
Vyx centró la mirada algo más arriba, sobre las columnas, justo encima del arquitrabe, donde se alternaban en un cuidado friso triglifos y metopas en las que se narraba, mediante imágenes talladas, el ritual arktéia: desde la llegada de las elegidas, pasando por su aprendizaje y el posterior rito de iniciación, para acabar con el trascendental momento de la ascensión.
Coronaba el edificio un hermoso frontón decorado con las esculturas de un ciervo, una media luna y un arco al que cruzaba una flecha; todos símbolos inconfundibles asociados a mi representación.
La mirada de Vyx, deslumbrada por la luz de las primeras horas del día, se perdía más allá del tejado a dos aguas de madera, rematado por acróteras con motivos vegetales.
Cerró los ojos cuando le pareció oír la voz ensoñadora de Rose decir con rebosante ilusión que era el mejor día de su vida. Vyx, en cambio, no recordaba su llegada al templo con la misma felicidad. Para ella fueron días tormentosos y aterradores.
Por extraño que pueda parecer, los años en el orfanato, tan monótonos y grises, con el tiempo le parecieron a Vyx un regalo que no supo valorar en su día.
Cabe la posibilidad de que yo siempre haya pecado de soberbia por creer firmemente que les daba a las elegidas, huérfanas de familias y oportunidades, un propósito más allá de su mala fortuna, pues Vyx me demostraba todos los días que no atesoraba con cariño alguno las clases de mitología impartidas por las ancianas del Círculo o las promesas de amistad con las otras guerreras.
Mucho menos su primera caza o el recuerdo de la primera vida que salvó.
Yo le había dado un propósito y ella se había empeñado en recordarme que nunca perdió de vista el suyo.
Toda su vida había girado alrededor de Rose, y ya podríamos bajar Los Doce para obligarla a arrodillarse ante nosotros que apartaría la vista o nos deleitaría con algún gesto obsceno.
Vyx miró la hora en el reloj. Eran casi las diez, por lo que el ritual estaría a punto de empezar. Dio un rodeo al templo, hacia los jardines que se abrían verdes y esplendorosos desde el lateral izquierdo de la edificación.
Pronto estuvo a los pies de la balconada de las cariátides, donde Hipólita y una segunda persona, cuya piel oscura resplandecía bajo los rayos del sol, mantenían una conversación.
Por supuesto la reconoció nada más verla.
Era evidente que la sacerdotisa y su aprendiz hablaban procurando no alzar la voz; tan evidente como la frustración de Thalia, y por eso Vyx sonrió.
Cualquier mal trago que pudiera pasar su compañera era motivo de celebración para ella.
Decir que se llevaban mal sería un eufemismo, ya que admitir que se odiaban es mucho más acertado.
La enemistad entre ellas comenzó poco después de que Vyx y Rose llegaran al templo.
Thalia era dos años mayor que las mellizas y se jactaba por aquel entonces de ser la mejor de su generación.
A Vyx no le hubiera importado si la otra no hubiera estado empecinada en hacerle la vida imposible o ridiculizarla siempre que le apetecía.
No he olvidado todas las veces que Cleta, una de las ancianas madres del Círculo e instructora de la Orden, tuvo que separarlas antes de que se mataran a golpes.
Poco le importaba a Vyx que su oponente fuera mucho más alta que ella.
Hipólita la observó con esa serenidad tan habitual suya, enfundada en la túnica violeta con la que presidiría el rito de iniciación, mientras que Thalia, que llevaba la suya del mismo color verde que la de Vyx, la miraba con un inconfundible rencor.
—Mira quién se ha dignado a bendecirnos con su presencia.
Como siempre, había una burla escondida tras esa sonrisa de gruesos labios.
—¿Te has puesto así de guapa para mí? —preguntó Vyx—. Qué mona. No hacía falta.