La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE PESADILLAS Y ALTER EGOS
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DE PESADILLAS Y ALTER EGOS

DE PESADILLAS Y ALTER EGOS

M aliciosos senderos oníricos solían llevar a Vyx al Bosque de los Olvidados, y esa noche no fue una excepción.

Vyx corría entre los árboles. A veces olvidaba por qué, como si se apoderara de ella una momentánea demencia, pero entonces oía los gritos de auxilio que repetían una y otra vez su nombre. Era Rose.

Cuando creía que podría al fin alcanzarla, el grito de auxilio se alejaba como una mota de polvo en el viento y se perdía entre los incontables cipreses muertos.

Entonces, Vyx se detenía durante un momento de engañoso silencio, pues la súplica se había apagado tanto que ya no podía discernir la procedencia.

Empezaba a faltarle el aire, pero la sensación de ahogo era diferente a la fatiga por la tediosa carrera. Era algo más profundo. Era angustia.

Siempre rompía a gritar, sin excepción. Vociferaba el nombre de su hermana mientras daba vueltas sobre sí misma, encerrada en una abrumadora oscuridad tímidamente salpicada con destellos de plata, hasta que comprendía que la voz no se había ido.

Seguía allí, bajo sus pies. Vyx se dejaba caer de rodillas y hurgaba y cavaba en la tierra húmeda con las manos desnudas mientras un miedo frío y voraz le apretaba entre las costillas.

Un temor muy suyo, y otro que no era suyo, también.

Del hoyo surgía con violencia una mano pálida de nudillos agrietados que envolvía su muñeca con excesiva violencia.

A Vyx se le paraba el corazón. Luchaba por soltarse desesperadamente y, cuando lo conseguía, caía de espaldas sobre el barro por la fuerza cargada en su propio impulso.

Apoyaba los codos en el suelo, miraba aquellos dedos blancos y, horrorizada, reconocía el punto exacto en el que había enterrado a quien nunca debió haber perdido.

Donde antes solo había una mano mortecina, ahora se presentaba una imagen lánguida y espantosa de Rose sentada sobre la tierra removida de su improvisada e indigna tumba.

Su difunta hermana tenía el pelo de un color rojo apagado, los ojos vacíos de vida, los labios agrietados y la piel cuarteada y pálida.

Briznas de tierra húmeda caían como lluvia sucia por el cuerpo marchito de Rose, que separaba los labios despacio.

Las palabras que decía a continuación hundían al silencio con el peso de la culpa:

—O se llevan a las dos, o no se llevan a ninguna.

Un sollozo nacía y moría en la garganta de Vyx, y Rose decía:

—Sigo esperando.

Vyx abrió los ojos, se incorporó con violencia en la cama y se llevó casi al mismo tiempo una mano al pecho, como si pudiera arrancarse así la angustia.

Lo primero que pensó fue: «Sigue esperándome».

Después sintió lo más parecido a un bálsamo que pudiera imaginar: unos brazos cálidos envolviendo su desnudez y un susurro tranquilizador muy cerca del oído.

—Vyx. Tranquila. Estoy aquí.

Era en esos escasos momentos de vulnerabilidad, y solo en esos, que Astrid podía ver la cara más frágil de Vyx.

Esos segundos que seguían al despertar, cuando estaba demasiado abrumada para volver a levantar los muros.

Por eso no hubo máscaras engañosas ni gestos de indiferencia, sino la más pura y sincera reacción al miedo.

Vyx dejó caer la cabeza hacia delante, envolvió la mano que Astrid había dejado en su vientre con las suyas y dejó en los nudillos cálidos un beso.

Vyx respiró hondo antes de decirle en voz baja:

—Lo siento, no quería despertarte.

—Ya estaba despierta. ¿Estás bien?

Irremediablemente acostumbrada a mentir, Vyx asintió y miró a Astrid con una sonrisa ensayada.

No se preguntaba si conseguía engañarla alguna vez.

Prefería pensar que Astrid nunca veía el filo de sus mentiras, las que consideraba meramente piadosas y las que sabía que estaban hechas de un ingrediente en abundancia: pura cobardía.

Las últimas semanas habían sido agotadoras para la guerrera.

Además de haberse enfrentado a una gorgona en la ciudad de Patras y a un mormo en la pequeña localidad de Rétino, había estado pensando más de lo que le gustaría en Gaia, la guerrera de la Orden que alcanzó la ascensión poco después de que Vyx volviera de la suya sin Rose y que había fallecido.

Se preguntaba en qué clase de persona la convertía haber imaginado con macabro detalle las circunstancias de la muerte de otra ascendida solo para poder sacarse de la cabeza, aunque fuera durante unos segundos, el recuerdo de la mirada vacía de su hermana.

—Estás sudando —le dijo Astrid en voz baja—. Ven, túmbate.

Se recostaron una de cara a la otra. Tras un breve silencio durante el que se miraron como si intentasen desentrañar sus respectivos misterios, Astrid preguntó:

—¿Has tenido una pesadilla?

—He soñado que me pedías matrimonio —contestó Vyx—. Ha sido horrible.

Astrid intentó disimular la sonrisa. No lo consiguió.

—Somos muy jóvenes para casarnos.

—Siempre seré muy joven para casarme.

—Ha tenido que ser una pesadilla horrible para que hablemos de esto.

—Es verdad. Cambiemos de tema. En una escala entre más o menos bien y como si fueran de gelatina, ¿cómo dirías que te sientes las piernas?

Astrid le acarició el pómulo con el pulgar.

—No creo que pueda ir a trabajar hoy —respondió.

Se sonrieron. Vyx cerró los ojos despacio, acunada por el pensamiento de que no hacía tanto tiempo eran pasión desbordada y nada más; dos coches avanzando de cara por el mismo carril que esperan impotentes el impacto inevitable.

Lo que compartieron antes de la ascensión fue algo casual, una respuesta directa a un estímulo irrefrenable, una atracción física que hubiera hecho rabiar a la mismísima Afrodita.

Vyx era consciente de que por ese entonces redujo a Astrid a ser una de tantas, a pesar de que Rose le dijo mil y una veces que Astrid la había convertido a ella en la única desde la primera vez que se besaron. Puede que incluso desde mucho antes.

La cuestión es que las cosas habían cambiado, por mucho que Vyx se hubiera esforzado en desdeñar cualquier atadura.

Ya no era solo sexo, no eran meras explosiones de pasión esporádicas, pues también compartían un café recién hecho al alba o conversaciones casuales sobre unas sábanas que despedían ese aroma a vínculo emocional que tanto pavor le despertaba.

Su relación iba despacio entre la peligrosa dependencia de Astrid y el dudoso compromiso de Vyx, pero no por ir más despacio se llegaba menos lejos.

Y la perspectiva de ese lejos resultaba, para Vyx, aterradora.

—No vengo a verte solo por eso —dijo Astrid de repente.

Vyx tuvo la impresión de que se había sentido obligada a aclararlo. Sonrió.

—Lo sé. Pero no me negarás que es una de las principales razones.

—¿Qué quieres oír exactamente? Acabaremos antes.

—Que no has probado nada mejor.

—Disfruto muchísimo el sexo contigo,Vyx. ¡Oh, majestuosa amante!

A Vyx no le cabía la sonrisa en la cara. Satisfecha, invitó a Astrid a acomodarse en su pecho.

—¿Qué planes tienes hoy?

La expresión de Astrid cambió por completo a una de absoluto horror y dijo:

—Mierda. Lo había olvidado. Quería decírtelo anoche y se me fue de la cabeza porque alguien empezó a quitarme la ropa antes de sacar el vino.

—¿Con qué clase de gente te juntas tú? Madre mía.

Astrid se rio y preguntó:

—¿Te acuerdas de Kyrian?

—¿Tu hermano el nómada?

—Ese mismo. Volvió hace un par de días de Italia. Hemos quedado para desayunar y ponernos al día, y después me ayudará con el inventario de la tienda.

A todas luces era un plan aburrido, lo mirara por donde lo mirara, pero Vyx sabía que Astrid adoraba a su hermano mayor, y no había detectado en su tono de voz la alegría que esperaba.

—No pareces muy contenta. ¿Te molesta que haya vuelto?

—Bueno… Es complicado.

—Ah. Vale.

Durante unos segundos, Vyx se dedicó a rascarse la nuca mientras se preguntaba si esa mancha del techo tenía forma de cocodrilo.

—¿No vas a preguntarme nada más? —inquirió Astrid de pronto y muy ceñuda.

—¿Sobre qué?

—Sobre mi hermano.

—Pero si has dicho que es complicado.

—Sí, pero… —Astrid parecía irritada—. ¿A qué viene esa falta de interés?

—¿Falta de interés? —Vyx alzó las cejas, confundida—. He pensado que no querrías hablar.

Astrid suspiró frustrada y volvió a su lado del colchón.

—Serás muy buena en la cama, chica, pero te falta un poco de inteligencia emocional.

Vyx vio cómo apartaba las sábanas a un lado y se inclinaba para recoger el sujetador del suelo.

—Astrid… —Le puso una mano en la espalda desnuda—. Eh, venga. Perdóname.

Ella giró la cabeza un momento para mirarla por encima del hombro derecho, en el que brillaba una mancha clara que a Vyx le recordaba a la constelación de Casiopea.

Tal vez la bruja consideraba si realmente valía la pena su disculpa, pues bien sabía que su novia no era de las que pedían perdón con facilidad.

Era difícil comprender todo lo que pasaba por la mente de Vyx, sobre todo en los últimos tres meses.

—Da igual. La cosa es que hacer inventario no me hace gracia.

—Podrías usar un sistema de colores —dijo Vyx.

Se tragó el suspiro de alivio al comprobar que Astrid dejaba el sujetador encima de la lámpara y volvía a acostarse a su lado—.

Los colores molan. Verde para ojos de rana, rojo para sangre de arpía, morado para flores venenosas…

A ti te encantan los colores y decorar. Mira este apartamento.

Tiene más de ti que de mí. Hay días que cuando entro en casa y veo los cuadros, me asusto pensando que tengo un alter ego o algo así.

Astrid se revolvió hasta colocarse a horcajadas sobre ella, provocando un roce entre sus cuerpos que Vyx consideró peligrosamente tentador. Se llenó el pecho de aire, convencida de que necesitaba una reserva de oxígeno en cuanto vio su media sonrisa.

—¿Un alter ego? Cielo, tu ego es tan grande que no deja espacio para nadie más.

—¡Auch! Te lo acepto, pero, auch.

—Te prepararé el desayuno para compensar. ¿Piensas recoger lo de anoche antes de que las bacterias acaben montando un campamento?

—Depende de la energía que me quede después de todo el esfuerzo que estoy haciendo para no volver a hacerte ge…

Astrid la calló con un beso y Vyx se lo devolvió con una sonrisa. Por supuesto, quiso más. Así que cuando supo de sus intenciones, Astrid echó las manos atrás y apartó las de Vyx.

—Tengo que trabajar. —Le dejó un beso en la punta de la nariz—. Ya podrían dividir las entregas durante la semana. Cada viernes es la misma historia.

—Espera. ¿Es viernes? —Astrid asintió y Vyx se llevó las manos a la cara—. ¡Mierda!

Luego apartó a Astrid con toda la delicadeza que pudo. Salió de la cama desnuda y con tanta prisa que, en una demostración de torpeza nada propia de una guerrera como ella, un pie se le quedó enredado en las sábanas y se fue de bruces al suelo. Gimoteó como una niña.

—¡¿Qué hora es!?

Aún en la cama, Astrid no podría estar más confundida.

—No serán todavía las nueve. Vyx, ¿qué…?

—Voy a llegar tarde. Soy lo peor, joder. Lo peor. Le prometí que no me lo perdería.

Vyx se levantó dando tumbos y abrió el armario de dos puertas.

Descartó deprisa varias perchas en busca de su túnica arktoi.

Cuando la encontró, se la puso rauda por encima sin molestarse en ajustar los encajes.

Después se agachó en busca de las sandalias.

Astrid seguía preguntando a su espalda, pero Vyx apenas le prestaba atención.

Se sentó en el suelo para calzarse. Al acabar, pasó las finas tiras de cuero por los tobillos y las ajustó.

—¿Qué? —preguntó al final, ceñuda.

—Te preguntaba que por quién me dejas solita en la cama. ¿No te pones sujetador?

Vyx resopló y murmuró un «maldita sea». Luego dijo:

—Es el ritual de Iniciación arktéia de Ifigenia.

—¿No se llamaba así la hija de Agamenón? —preguntó Astrid meditabunda—. ¿La del mito?

Vyx asentía mientras rebuscaba en la mesita. Sacó un sujetador gris al mismo tiempo que se retiraba la túnica con movimientos bruscos.

Estoy segura de que a Astrid le hubiera gustado decirle que parecía un saltamontes.

—Esa misma. —Vyx le dio la razón—. Y también es una de las niñas de la Orden.

—No es un nombre muy… moderno, que digamos.

—¿Por qué crees que me puse yo el mío? Las monjas querían llamarme Penélope o algo así. Anda, no me mires mientras me visto, que vas a querer que hagamos cositas y llego tarde.

Vyx ignoró el resoplido de Astrid y se puso en pie.

Se miró en el espejo del armario y descubrió que su pelo tenía uno de esos días en los que hacía apología al caos.

Se dirigió al baño murmurando palabras malsonantes con la idea de que una generosa dosis de gomina podría solucionar el problema.

Se echó más gomina de la debida en una mano y empezó a peinarse.

Astrid, que se había levantado de la cama, la observaba desde el umbral del baño.

La camiseta blanca de Three Days Grace de Vyx que se había puesto le quedaba muy grande; aunque cabe decir que a su dueña también.

Astrid apuntó con gesto divertido:

—Entre la túnica verde y el pelo cobrizo pareces Poison Ivy.

Ese comentario sorprendió a Vyx.

—No sabía que leías cómics.

Astrid se apoyó en el marco de la puerta y se cruzó de brazos.

—Hay tantísimas cosas que no sabes sobre mí…

Vyx le lanzó otra mirada de desaprobación en cuanto empezó a oír esos ruiditos que solo podían significar que estaba aguantándose la risa. Le preguntó con resentimiento:

—¿Algo que quieras decir? Venga, suéltalo. No te cortes.

—¿Vas a ir así por la ciudad? Estás ridícula —contestó Astrid antes de echarse a reír.

La guerrera puso los ojos en blanco y se pasó una última vez los dedos por el pelo engominado. Se dio por satisfecha.

—Me pondré la chaqueta por encima —resolvió al cabo de los segundos, como si acabara de recordar la observación que le había hecho.

—Así nadie pensará que ha llegado el carnaval —aprobó Astrid—. Muy inteligente.

—He leído suficientes libros para saber... —Vyx se acercó a ella, deteniéndose solo cuando lo único que separaba sus labios de rozarse era un suspiro— que las túnicas que usáis las brujas en vuestros rituales paganos no son mucho mejores.

—Tú no has abierto un libro por voluntad propia en tu vida, cielo.

Vyx sonrió, se encogió de hombros y fingió que iba a darle un beso, pero lo que hizo fue darle un pellizco en una nalga y escabullirse del baño con todas las prisas que llevaba.

Astrid dio un brinco. Gruñó y después gritó:

—¡No pienso recoger yo lo de anoche!

—¡Las dos sabemos que sí!