DE DEPENDENCIA Y COMPROMISO #2
Era difícil olvidar la primera vez que se besaron, meses después de conocerse.
Fue una noche de otoño en un pub del puerto.
Vyx recordaba como si fuera ayer el momento en que todas las personas que llenaban la pista de baile desaparecieron al ver a Astrid bailando sola al ritmo de Sweet Dreams , con un brazo alzado hacia el techo, los ojos cerrados y una media sonrisa que pedía un beso.
Supo en ese preciso instante que debía prescindir de su orgullo y probarla, pues no podía haber nada tan tentador como ella; tan delicada y salvaje al mismo tiempo.
No había nadie a quien aquel vestido negro y liso, de escote holgado y tela fina, pudiera sentarle tan bien mientras el juego de luces proyectaba claros y sombras en su piel con vitíligo.
Y Vyx se acercó, con las mangas de la chaqueta americana de color vino subidas, la camisa blanca prácticamente fuera del cinturón negro, el nudo de la corbata aflojado y los sentidos embotados por el alcohol y la lujuria.
Puede que nadie las mirara o puede que las mirara todo el mundo.
No importaba. Quería tenerla, y la tendría.
Se arrimó a su espalda, la envolvió con los brazos y le rozó el cuello con los labios.
Nunca olvidaría cómo se estremeció, ni su medida lentitud al bajar la cabeza, girarla y lanzarle una de esas miradas que decían sé que eres tú .
Tampoco cómo dejó de bailar para volverse con una sonrisa contenida y un desafío en los ojos.
Aquella noche, Vyx la besó entre una nota y la siguiente.
Pero no se besaron entonces como se besaban ahora, víctimas del hambre que sentían la una por la otra. Astrid se estremecía bajo las caricias ascendientes de las manos de Vyx por su tibia espalda. Entre beso y beso, un suspiro de Astrid acarició los labios de la guerrera.
—Hacía tiempo que no me recibías así —susurró.
Vyx cerró los ojos y descansó la frente en la suya.
—Será que no te he visto en muchos días.
—Tres.
—Entonces es culpa tuya. Algún embrujo.
Astrid soltó una risita.
—¿Pides la cena, embrujada?
—Si es obligatorio...
—Tienes que ponerme al día.
Vyx compuso un gesto muy parecido al de una niña cuando le quitan su juguete favorito. Luego observó cómo Astrid se movía por el apartamento como si fuera suyo y, en cierta manera, lo era. Puso mucho más empeño que Vyx desde el principio en que pareciera un hogar.
—¿Y bien? ¿Qué has hecho estos días? —preguntó Astrid desde el salón.
Vyx se acercó al mueble y cogió el teléfono para pedir la cena.
Alzó la mirada un segundo y se encogió de hombros mientras Astrid dejaba una segunda copa de vino en la mesa de centro.
Luego, Vyx se acercó al sofá y se dejó caer en él como si el cuerpo le pesara.
Astrid, en cambio, se sentó con suma delicadeza.
—Ya sabes. Lo de siempre. —Vyx aceptó la copa que Astrid le tendía—. Hace unos días nos deshicimos de una ménade que estaba llevando el culto a Dioniso un poquito demasiado lejos...
Narró su última aventura con lujo de detalles mientras compartían un buen vino. Encontró la misma complicidad de siempre en el silencio de la chica de melena dorada, quien escuchaba cada una de sus palabras como si todas tuvieran el mismo valor.
La cena no tardó mucho en llegar. Mientras Vyx se peleaba con los tallarines que querían escapar del tenedor de plástico, con la misma dedicación que si se enfrentara a un centauro, Astrid acababa de explicarle la situación que había vivido en la tienda aquella misma tarde: una anciana había acudido a su herbolario en busca de una medicina alternativa que pudiera frenar el cáncer que la estaba devorando.
—No lo sé, Vyx —dijo tras un breve silencio—. Siento como si cruzara una línea, ¿sabes? Que a veces las brujas podemos llegar a pensar que nuestros poderes no tienen límites.
Vyx la miraba detenidamente y con los carrillos llenos de comida. No tragó antes de hablar.
—Tú conseguiste que tu vitíligo remitiera.
—Pero no ha desaparecido para siempre. —Inevitablemente, Astrid bajó la mirada a la mancha que tenía en el dorso de la mano derecha—.
Conseguí repigmentarme la cara, pero no el resto del cuerpo.
¿Sabes que la primera mancha que me salió fue en la comisura derecha?
Mi hermano creía que era un poco de pasta de dientes y que no me había limpiado bien.
La guerrera sabía bien que Astrid cuidaba mucho su cuerpo y que al haber hecho desaparecer las manchas de su cara había conseguido cierta seguridad en sí misma. Vyx le dijo:
—A mí me mola que seas un arcoiris.
—A veces eres muy dulce, ¿sabes? Aunque no hace falta que romantices mi enfermedad.
—No sé qué significa eso. Solo digo que si fueras de todos los colores del mundo, seguiría queriendo arrancarte la ropa con los dientes.
Astrid se ruborizó. Había algo vertiginoso en esos ojos de color ámbar que a Vyx le hacía perder la cabeza, y ese algo se acentuaba cuando conseguía que se pusiera roja como un tomate.
—Como iba diciendo… —dijo la rubia tras carraspear—. Esa mujer está enferma. ¿Y si está destinada a morir y mi intervención lo cambia todo?
—Igual vendría bien llevarle la contraria a las Moiras de vez en cuando.
Casi sonrió al ver la expresión de descontento de Astrid, que se debía tanto a la respuesta como a haber tenido que verla hablar con la boca llena. Le encantaba hacerla rabiar.
—Ni los mismísimos dioses desafían la voluntad de las Moiras.
Vyx pensó en ello con disimulada amargura. ¿Significaba eso que Rose siempre estuvo destinada a morir en aquel bosque? ¿Hubiese sido de otra manera si ella no hubiese salido del bucle? Si pudiese volver atrás, no saldría, independientemente de las consecuencias que su decisión pudiera desencadenar.
Estaba tan convencida de eso como de que los tallarines estaban para chuparse los dedos.
—Pues me das la razón —dijo tras el breve silencio. Cuando Astrid alzó la mirada confundida, se explicó—: Si no estuvieras destinada a ayudar a esa señora a superar su enfermedad, seguramente no podrías hacerlo.
Astrid volvió a cargar los palillos con más arroz. Vyx no entendía cómo era capaz de manejarse con ellos.
—No podemos elegir nuestras circunstancias, pero sí cómo respondemos ante ellas, ¿no?
Vyx no supo cómo encajar esas palabras. Intentó parar el dolor antes de que se hiciera más grande, antes de que se le reflejara en los ojos, antes de que fuera demasiado evidente.
Se preguntó si aquel sí la perseguiría toda su vida, hasta que las Moiras cortaran también el hilo que la ataba al mundo de los vivos.
Se limpió las manos con una servilleta y actuó deprisa: tomó a Astrid por la cintura como si fuera el peso más ligero del mundo y luego la alzó del sofá e hizo oídos sordos a sus quejas hasta que la hubo sentado en su regazo.
—¡Estás tirando todo el arroz!
Astrid hizo un puchero digno de una niña de cinco años cuando Vyx le quitó los palillos y los lanzó hacia atrás, por encima del respaldo del sofá.
—¿Te gusta tu trabajo?
—¿Qué? —Astrid rio—. ¿A qué viene esa pregunta?
—Es una pregunta. ¿Te gusta? Lo que eres, lo que haces… Ya sabes, estar sola.
—No estoy sola —corrigió mientras le dejaba una caricia en el pelo.
—Pero no tienes un aquelarre —señaló.
Y Vyx no acababa de entender por qué. No sabía mucho de los hacedores de magia, pero tenía entendido que eran más poderosos en grupo.
—Pero te tengo a ti —susurró Astrid.
Vyx tragó saliva mientras subía y bajaba las manos por los brazos desnudos de Astrid.
—Ya. Pero no es eso lo que te estoy preguntando.
—Claro que lo es —refutó sin dejar de sonreír—.
Es como si yo te preguntara si te gusta lo que eres, lo que haces.
Estar sola. Pero no estás completamente sola, Vyx.
Lo sabes, ¿no? Me tienes a mí, a nuestros largos paseos por la ciudad, a esas películas con coches que vuelan por los aires que tanto te gustan cuando hacemos noche de cine, a esos platos cutres que cocinamos los fines de semana.
.. —Se inclinó hasta que su nariz rozó la de Vyx—.
Nos tenemos la una a la otra y, para mí, eso es suficiente.
Allí estaba: la adoración. Vyx no sabía cómo sentirse cada vez que la ponía en un pedestal o insinuaba que cada pedacito de su vida que albergaba sentido alguno o que la hacía feliz llevaba su nombre.
Cuando regresó de la ascensión sin Rose, Astrid decidió no separarse de su lado, sin importar cuan bravas fueran las aguas en las que se ahogaba.
Casi sin darse cuenta, fue abriéndose camino en su vida hasta convertirse en algo indispensable, y eso la asustaba.
No se sentía preparada para estar a la altura de las expectativas de otra persona.
Vyx estaba más acostumbrada a decepcionar que a enorgullecer.
Como si estuviera destinado a suceder, sus miradas se encontraron en un golpe de reloj.
El dedo índice de Astrid se deslizó hacia el grueso labio inferior de Vyx, cuyo corazón latía con fuerza.
Ninguna cedió a la tensión. No enseguida, al menos.
Vyx admiró los rasgos delicados de Astrid.
Se deleitó en las manchas claras de su piel, en el lunar que tenía en el pómulo izquierdo, en la intensidad del ámbar que brillaba en sus ojos.
Vyx hundió los dedos en la espalda de Astrid, atrayéndola más hacia sí.
Podía leer el beso en el fuego dorado de su mirada, en su manera de separar los labios, en cómo inclinaba ligeramente la cabeza.
Era un deseo que crecía despacio, como un vaso que se llena gota a gota.
Pero la lentitud no iba con Vyx. A ella le gustaba explotar, hacer una apología de esa belleza que se esconde en el caos de cada encuentro fortuito, de cada chispa de pasión, de cada noche en la que reinventaban el juicio final y el big bang al mismo tiempo.
Eran muy diferentes. No querían lo mismo. Pero siempre encajaban.
Y volvieron a encajar.
Los labios de Vyx buscaron los de Astrid con un hambre famélica, furor y cierta rabia, y los de Astrid la recibieron sedientos, seguros y demandantes.
Hubo suspiros de alivio y de impotencia, también hubo mucha prisa y pocas pausas, como si una terrible profecía acabara de condenarlas y supieran que no habría un mañana.
Vyx bajó los tirantes del vestido de Astrid y ella desprendió a Vyx de la camiseta.
Era muy poco lo que todavía importaba a Vyx y había mucho menos todavía que la hiciera sentirse viva.
Solo dos cosas: las misiones y ella, esa diosa hecha mujer que despertaba las pocas buenas sensaciones que todavía era capaz de experimentar.
No se permitía pensar en que no había probado otro sabor como el de los labios que ahora la besaban o que había dejado de buscar.
Tampoco que ningunas otras manos la habían desnudado nunca de la misma manera o que, a pesar de cuánto intentaba convencerse de que Astrid solo era una de tantas, habían repetido muchas veces y Vyx repetiría mil veces más.
Y así, en lo que pudiera durar un suspiro entre dos ansiosos besos, lo supo: Astrid era la única verdad en un mundo lleno de mentiras.