La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE DEPENDENCIA Y COMPROMISO
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DE DEPENDENCIA Y COMPROMISO

DE DEPENDENCIA Y COMPROMISO

E urípides dijo una vez: «¿Quién sabe si morir no será vivir y lo que los mortales llaman vida será la muerte?

». Vyx se preguntaba si habría una manera de escapar de todo y abrazar la libertad que supondría dejar de sentir.

Consideraba que sería tan sencillo como regalarle un margen de error a la próxima criatura a la que se enfrentara: un zarpazo a una arteria, un salto a destiempo, un paso en falso. ..

Vyx estaba tumbada en el sofá con la única compañía de la música.

Lanzaba hacia arriba una pelota de béisbol para luego cazarla al vuelo.

No le cabía duda de que si alguien pudiera meterse en su cabeza y oír los pensamientos que rondaban su mente pondría el grito en el cielo.

Aunque quien la conociera de verdad sabría que, para ella, bajar los brazos significaría insultar la memoria de Rose.

Y no podía hacer eso. ¿Qué sentido tendría entonces haber roto el bucle?

Pero quería. Muchas veces. Demasiadas veces.

El teléfono vibró en la pequeña mesa de centro. Pensó que estaría escondido bajo las montañas de papeles, que no eran otra cosa que facturas sin pagar y tickets de compra. Se incorporó con gesto cansado. Dejó la pelota en el sofá y buscó el móvil hasta dar con él.

Vio que tenía un mensaje nuevo.

Se pellizcó el puente de la nariz, como si quisiera concentrarse en otra cosa que no fuera en las ganas de sonreír.

Cuando conoció a Astrid pensó que era la mujer más extraordinaria que había visto nunca.

Algo curioso, ya que también se lamentó porque hubiera resultado ser una bruja.

Nunca supo muy bien por qué odiaba a los hacedores de magia, pero sospechaba que era de esas cosas que se le metían a una en la cabeza por el adoctrinamiento.

La Orden de Artemisa y los aquelarres tenían un pasado oscuro que a Vyx le había importado siempre entre nada y menos. Rose, en cambio, escogió no dejarse influenciar por los prejuicios y acudir a una de ellas en un momento de extrema necesidad.

Pensó en cuánto tiempo había pasado desde que conoció a Astrid.

Se hundió los dedos en el pelo. Consideraba que el cobrizo no le quedaba tan mal como pensó en un primer momento.

Habría preferido teñirse de color rosa chicle, pero cuando estuvo frente a la estantería de los tintes en el supermercado y vio el color en el cartón de una de las cajas, se le revolvieron las tripas y empezó a faltarle el aire ipso facto.

Así que compró el cobrizo y luego se llamó cobarde unas veinte veces.

Contestó al mensaje.

Lanzó el teléfono al sofá con una sonrisa de oreja a oreja, se puso en pie de un salto y levantó los brazos por encima de la cabeza para desentumecerse.

Luego miró las pintas que llevaba: una camiseta básica negra de tirantes y unos shorts deportivos que no recordaba haber comprado.

Se dijo que probablemente fueran de Astrid, porque tenía más estilo en el dedo pequeño del pie que ella en todo el cuerpo, o eso solía decir Rose, y Rose siempre tenía razón.

Decidió que no quería recibirla así. Mientras se dirigía al dormitorio con pasos perezosos se preguntó en qué momento había empezado a importarle cómo recibía a Astrid.

Fuere como fuere, revolvió en el armario hasta dar con unos leggings negros que pensaba combinar con una camiseta extragrande de Linkin Park.

Se vistió y después se acicaló a su gusto el pelo.

Cuando se disponía a calzarse unas zapatillas Vans negras recordó que solía ir descalza en casa y que, por lo tanto, Astrid notaría que se había esforzado mucho en estar presentable, así que se limitó a cambiarse los calcetines por otros limpios y a sonreír satisfecha al acabar.

Vyx vivía en uno de esos desórdenes típicos de los humanos que creen que coger un montón de ropa y meterlo en un armario de cualquier manera es lo mismo que ser ordenado.

Cuando Astrid le señalaba lo equivocada que estaba, ella se limitaba a encogerse de hombros y a cambiar de tema.

Vyx no se había emancipado de la Orden porque ansiara libertad por encima de todo, y ese había sido, probablemente, el principal problema: se marchó del templo para librarse de esas constantes ganas de vomitar que tenía estando allí, provocadas por las paredes que eran repugnantes, los dormitorios que eran el escondite favorito de cualquier quimera y, sobre todo, sus compañeras guerreras, que estaban muy vivas mientras que su hermana estaba muy muerta.

Deambulaba por aquel insulso espacio de setenta y cinco metros cuadrados que costaba quinientos euros al mes como rata en su ratonera.

Lo único que denotaba una pizca de personalidad era la música, la misma que reflejaba en las camisetas como un mensaje subliminal y un intento de alarde de identidad propia.

La sonrisa satisfecha que tenía en los labios al dejar el dormitorio dio paso a una mueca de histerismo nada más poner un pie en el salón.

La pereza le hundió los hombros, pero se dijo que compensaba más pasar por el mal trago de recoger que perder una valiosa noche de sexo y pasión a favor de uno de esos discursos condescendientes de Astrid.

Se enorgullecía de haber dejado ya el salón como una patena cuando oyó la tímida vibración del móvil entre los cojines del sofá. Fue a buscarlo con un trozo de pan duro en la boca.

Leyó uno a uno los mensajes. Xanthe había escrito:

«Cuándo no», pensó. Por poca decencia que Vyx tuviera con los dioses y por muy poca que me tuviera específicamente a mí, había cierto respeto arraigado a su corazón por nosotros, y eso fue lo único que le impidió meter sus pocas pertenencias en una mochila o que se largara de Grecia con lo puesto.

No había mucho de lo que hablar en el templo cuando eran pequeñas, así que todas las aspirantes se dedicaban a adivinar qué sucedería si intentaban huir de su destino.

A algunas les bastaba con temer convertirse en una osa gigante, pero otras iban más allá y hacían correr el rumor de que un rayo caería sobre ellas desde los cielos y las partiría en dos.

Vyx no quería que ningún rayo la partiera en dos o que le saliera pelo en zonas no deseadas, así que, le gustara o no, estaba atrapada y condenada a servir a la Orden hasta que mordiera el polvo.

Un deber que ejecutaría encantada si no odiara tanto a Los Doce.

Dos golpes en la puerta anunciaron que su cita había llegado.

Dejó el teléfono sobre el mueble, junto al equipo de música, y se dirigió a la entrada.

Se apoyó despreocupada en la pared contigua nada más abrir.

Llegó a tener intención de recibir a su invitada con un gesto de indiferencia, pero una sonrisa sincera se le escapó como la suerte en el Bosque de los Olvidados.

Miró a Astrid, que estaba con postura relajada al otro lado del umbral.

Llevaba un vestido azul de corte medio y mantenía el equilibrio sobre unos finísimos tacones, desafiando a la gravedad.

Su mirada de un marrón dorado decía que era una chica sencilla, pero todo lo demás, no.

Vyx se fijó en el largo cabello rubio de un tono pajizo que caía con gracia por encima de unos hombros delgados, formando esas ondas naturales que la hacían rabiar de ganas.

Astrid carraspeó.

—Siento molestar. He quedado con una chica y no recuerdo el número del apartamento.

—¿No me digas? —Vyx alzó las cejas—. ¿Vive en este edificio?

—Creo que sí. Igual la conoces. Metro setenta y tres, pelo corto, un poco engreída…

—¿Y es guapa?

—Ajá. Aunque tampoco es nada del otro mundo.

—¿Y quieres que me crea que te mereces menos que eso?

Astrid perdía cada vez que se atrevía a empezar uno de esos juegos, pero nunca se rendía.

—Hay maravillas en este mundo sin necesidad de buscar en otro, ¿no te parece?

Vyx la contempló en silencio unos segundos. Al final dijo:

—Sí que las hay.

Se aplaudió mentalmente al ver un ligero rubor en las mejillas de la bruja, y añadió:

—¿Esa botella que escondes es para la chica que es guapa pero nada del otro mundo?

—Pues sí. —Alzó la botella oscura—. Es su vino favorito.

—También el mío.

—Qué casualidad, ¿no?

—No creo en las casualidades.

La sonrisa de Astrid consiguió que se le borrara el regusto amargo que esas últimas palabras le habían dejado en la boca.

Vyx se enderezó y después envolvió la cintura de la bruja con un brazo.

La atrajo hacia sí y dio un giro rápido pero grácil de ciento ochenta grados para después atrapar a la única mujer que había roto todos sus esquemas entre su cuerpo y la pared.

Sus miradas se encontraron en un suspiro. Los ojos azules de la guerrera recorrieron el rostro de Astrid, fijándose en el lunar que tenía debajo del ojo izquierdo y luego le miró los labios, como si estos fueran un imán y ella no quisiera ni pudiera resistirse a su fuerza de atracción.

—Puedes compartirla conmigo si quieres —dijo Vyx.

—¿Sin cenar primero?

—Vale. Podemos cenar primero.

No reprimió más sus ganas y besó la sonrisa de Astrid despacio. Su novia subió los brazos hasta colgarse del cuello de Vyx y se lo devolvió con las mismas ganas pero más pausa.

Al despegar los labios, Astrid miró a Vyx a los ojos y preguntó:

—¿De verdad ibas a pedir chino sin invitarme?

—Qué dramática te pones cuando llevas tanta ropa puesta.

—Voy a empezar a pensar que solo estás conmigo por mi cuerpo...

—Claro, porque tú estás conmigo por mi cerebro, ¿no?

Vyx le mordió el labio inferior y aflojó solo un poco para poder así perfilarlo con la punta de la lengua. Notó cómo Astrid se deshacía lentamente entre sus brazos hasta que el deseo se transformó en la clase de besos que ni responden a la urgencia de respirar ni respetan distancias.

No, Vyx no estaba con ella por su cuerpo, aunque todo empezara así.