DE ORGÍAS Y ESPADAS #3
Xanthe le cortó la cabeza a su atacante de un solo tajo con una espada que no era suya. Una vez libre, Vyx relajó los hombros y miró con asco el cuerpo decapitado.
—¡Vyx! —Xanthe se abalanzaba sobre otros dos guardias—. ¡La ménade se escapa!
En aquella sala de ambiente viciado solo quedaban los cadáveres y la sangre que bañaba el suelo como únicos testigos del combate.
Convencida de que Xanthe se las arreglaría para deshacerse de los guardaespaldas, fueran cuantos fueran, Vyx echó a correr tras la ménade en una persecución que la llevó a bajar de dos en dos las escaleras y a desviarse hacia un pasillo estrecho, en cuyo final se advertía una salida de emergencia.
La patada que dio Vyx abrió la puerta de metal con tanta violencia que por poco no hizo que se soltara de los gonces.
La guerrera salió a un callejón oscuro de olor nauseabundo, pero no fue la peste a podrido la que le estrujó las entrañas, sino ese efímero segundo de sentirse dolorosamente sola, como si fuera la primera vez.
El segundo duró lo que tardó en aceptar, sin remedio, que estaba sola y seguiría estándolo.
Vyx miró los contenedores a desbordar de bolsas negras y puso atención al zumbido de las moscas.
Aferraba con tanta fuerza como maestría la empuñadura de la espada y dejó que sus sentidos arktoi tomaran el control, porque eso era lo que le habían dado como consuelo por perder a su hermana: un sexto sentido.
La ménade no habría huido, pensó, por lo que debía de andar cerca.
Rose le dijo una vez que el lugar que las ménades escogían para el culto a su dios era equivalente a un templo, lo que significaba que habría invertido mucho tiempo y recursos en aquel local nocturno como para marcharse sin presentar batalla.
—Bonita noche para morir, ¿eh? —dijo Vyx, relajada—. No voy a mentirte: estás buenísima. Pero eres un poco zorra y eso me echa para atrás, no sé si me explico.
La ménade apretó los dientes detrás de la falsa sonrisa.
—No me pareces de esas a las que les importe. ¿Me equivoco?
—Hay que tener principios, moral, etcétera. —Encogió los hombros—. Pero, en serio, tengo curiosidad. Podrías haber sido cualquier cosa. ¿Por qué elegiste esto? Entiendo lo del sexo a todas horas, de verdad, pero, joder… ¿Arrancar corazones de cuajo?
—La Orden de Artemisa cada vez recluta a guerreras más incompetentes que no demuestran respeto alguno por los dioses.
—La ménade hablaba con una emoción que oscilaba entre la decepción y la exasperación—.
No eres más que una cría a la que le gusta llamar la atención.
Los dioses exigen sus sacrificios, niña.
Vuelve a tu templo y ruega por el perdón.
«Perdón», repitió Vyx en su cabeza. «Los dioses deberían pedirme perdón a mí».
La ménade aprovechó ese momento de introspección de la guerrera y atacó.
Sin embargo, Vyx la esquivó con esa insultante facilidad de la que anteriormente había presumido la sacerdotisa.
Después puso en práctica un movimiento que aprendió en su día de Rose.
Hizo amago de atacar a la ménade por su derecha, y cuando la criatura alzó la palanca para atajar la ofensiva, la guerrera le asestó el golpe por el lado izquierdo.
Fue rápido. La espada se hundió en el costado de la mujer y el líquido carmesí salió a borbotones, oscureciendo el vestido de gala.
Vyx se regocijó en la sorpresa que pintaba las facciones antes irresistibles de la ménade y, sin apartar la mirada, tiró de la espada y retrocedió un paso.
La sacerdotisa cayó al suelo de rodillas.
—Igual no te lo ha dicho nadie, preciosa —dijo Vyx—, pero hay una cosa que se llama consentimiento.
¿Te suena? Básicamente significa que no puedes desnudar a alguien si no te han dado permiso, y eso está por encima de tus egocéntricos dioses.
—Miró la espada como si analizara la calidad del acero—.
La cuestión es que, si no hay consentimiento…
Con un giro de muñeca y un golpe limpio de la espada, la guerrera decapitó a la ménade.
—Alguien acaba perdiendo la cabeza.
Ya no quedaba ni un alma en el local cuando las guerreras se reunieron en la puerta principal.
Xanthe medía la gravedad del corte que tenía en la ceja con gesto cansado y Vyx resoplaba, disgustada por la sangre que le manchaba el uniforme.
No porque odiara la sangre, no; lo que no soportaba era poner lavadoras.
Ambas caminaron en silencio hasta dejar caer al mismo tiempo el peso de sus cuerpos contra la carrocería del Volvo gris.
Vyx se limpió la ropa y luego se pasó la mano por el pelo.
—Era rápida —dijo.
—La mayoría lo son. ¿Es la primera vez que te enfrentas a una? —preguntó Xanthe según limpiaba el filo de una de sus dagas Artkoi con un pañuelo de seda negro.
—Sí.
Xanthe le lanzó una mirada de soslayo a su compañera.
—Creo que era un culto reciente. Eso o han tenido excesivo cuidado durante bastante tiempo. Tampoco es que importe mucho. Cuando una ménade cae, otra se alza, y cuantos más sacrificios realizan en nombre de su dios, más poderosas son.
Vyx cerró un momento los ojos. Estaba segura de que Rose había usado esas mismas palabras en su momento y de que no prestó atención.
—Deberíamos llamar al Círculo para que limpien el desastre.
Porque eso era lo que hacían. Detectaban los problemas, enviaban a las guerreras y después limpiaban y eliminaban las pruebas.
—Ya les he puesto al tanto. Oye —Xanthe se dejó caer un poco hacia ella para empujarla hombro contra hombro—, ¿estás bien?
Era una pregunta trampa y Vyx lo sabía. Era la clase de pregunta que Astrid solía hacerle cuando se despertaba de madrugada tras una desagradable pesadilla. Era la clase de pregunta que solo tenía la clase de respuesta que ella se negaba a poner en voz alta.
Pero eso Xanthe ya lo sabía.
—Sigo con todas las articulaciones en su sitio, ¿no?
—Vyx sonrió y le guiñó el ojo—. Y puedo darme con un canto en los dientes por que la misión haya sido contigo.
Imagínate si hubiera sido con Thalia. Hubiese tenido que cuidarme las espaldas también de ella, y no solo de que uno de esos guardias me ensartara con su espada. Cualquiera de las dos espadas.
Hipólita solía decir que su deber como guerreras era proteger a los mortales de un destino que les era indiferente pero no esquivo, y al recordarlo en ese momento, porque era tan buen momento como cualquier otro, Vyx pensó que de haber sabido de antemano el destino que deparaba a Rose, habría hecho todo lo posible por que le fuera esquivo.
—Es verdad. —Xanthe encogió los hombros—. A Thalia no le caes bien. Pero te respeta.
—No me jodas.
—Vale, tampoco te respeta.
Las dos rompieron a reír.
—Pásate por el templo algún día —pidió Xanthe. Vyx la miró con una advertencia en los ojos y su compañera sonrió, imperturbable—. Hay cierta renacuaja que te echa mucho de menos, ¿sabes? Y puede que yo también.
—Lo intentaré —dijo sacando el casco del maletero—. Pero no prometo nada. Sabes que me sale urticaria cada vez que…
—Cada vez que pisas los jardines, sí.
Vyx hubiera sonreído de no haber sido por la extraña sensación que la embargó.
Empezó como un hormigueo en las yemas de los dedos y subió como un relámpago por sus venas hasta coronarse como la perfecta migraña.
Fue un dolor tan agudo que la obligó a cerrar los ojos durante un agónico instante.
Hizo presión con los dedos en el recubrimiento del casco, no porque pensara que supondría alivio alguno, sino porque la ayudaba a recordar que tenía los pies en el suelo y la cabeza sobre los hombros.
Se le había nublado la vista hasta tal punto que la fachada del club de noche era una turbia mancha, la acera una papilla grisácea y la carretera una niebla fría.
Si Vyx tuviera que describirlo, diría: es como si me hubieran clavado una broca en la sien para taladrarme los sesos.
Hizo el esfuerzo más grande de su vida para no tambalearse.
El dolor de cabeza crecía como la desesperación de un animal famélico y una templada gota de sudor empezó a bajarle por la sien.
Desmayarse era tan tentador como los labios de Astrid cuando estaban mojados de vino, pero lo que hizo fue cerrarse los ojos con los dedos y coger aire.
Cuando vio una puerta hacia la lucidez en la oscuridad, se lanzó a por ella.
Abrió los ojos. Primero vio la sombra de un lobo. Después, el casco de la moto rodando y repiqueteando en el suelo.
El calvario que se le había clavado en el cráneo menguó tan deprisa que Vyx se quedó unos segundos estupefacta por la explosión de una amalgama de sonidos: un claxon, su propia respiración, las palabras malsonantes de un borracho y la sirena de emergencia.
Se forzó a parpadear. Del lobo no quedaba nada y el casco se movía en un ligero vaivén sobre el asfalto.
Vyx se volvió hacia su compañera. La palidez que pintaba las toscas facciones de Xanthe le hizo pensar que habían compartido el momento más insólito de sus miserables vidas.
Podría haberle preguntado y, en cambio, se agachó a recoger el casco y luego se pasó la mano por el pelo.
Decidió achacar lo que acababa de pasarle a la falta de sueño o a un castigo de Los Doce por esa costumbre suya de insultarnos cada vez que le venía en gana.
—¿Estás bien? —preguntó Xanthe.
—Perfectamente. ¿Y tú?
—Creo que sí.
Vyx asintió y luego comentó, como si no hubiera pasado nada:
—Si algún día quieres jugar en otra liga, llámame. Por probar y eso.
—Mira que eres fantasma —dijo Xanthe—. Hoy lo hemos hecho bien, ¿eh?
Vyx se puso el casco y se subió a la moto.
—Hemos estado a la altura de los dioses —contestó.
Su amiga le lanzó un beso mientras buscaba las llaves del coche y Vyx encendió el motor. Sí, había estado a la altura de los dioses; y no había nada que detestara más.
Puso rumbo a Volos con más odio dentro que cuando llegó a Atenas.