DE ORGÍAS Y ESPADAS #2
—Sí. Impresionada, ¿eh? —Vyx sonrió de oreja a oreja—.
Astrid me ha regalado uno de esos calendarios que te enseñan una palabra nueva cada día.
La de hoy es taimado , y como la he usado de puta madre creo que me merezco un revolcón como mínimo.
Tu plan de interrumpir la orgía me parece un poco egoísta.
En realidad, Vyx no tenía verdadera intención de ir más allá de furtivas sonrisas con nadie, y la razón era el nombre que pronunció Xanthe a continuación.
—Astrid.
—Sí, Astrid.
Vyx se bebió el contenido de su vaso de un trago, temiendo quizá hacia dónde podría dirigirse la conversación. Su compañera insistió:
—Últimamente no hablamos mucho de ella.
—No hay mucho que contar, yo qué sé. Sigue con su pequeña tiendecita y sus remedios mágicos. Le encanta su vida humilde y tranquila. Es como una gatita adorable.
—También le encantas tú —señaló Xanthe, ignorando las otras tonterías y mirando a Vyx por encima de su copa mientras daba un tímido trago.
—Ya empezamos —rezongó—. ¿Vamos a concentrarnos en la misión o no?
Como Rose tiempo atrás, Xanthe veía a través de las máscaras de Vyx y sabía que su indiferencia no era más que una farsa la mayoría de las veces.
Obstinada en esquivar ese tema de conversación peliagudo y aterrador, Vyx centró la mirada en la pista de baile y sonrió al ver que un grupo de seis chicos y chicas, entre besos, risas y caricias, seguían las indicaciones de un hombre alto y de ancha espalda que vestía un impoluto traje negro.
La criba había comenzado.
—Que empiece el espectáculo —murmuró Vyx.
Las dos guerreras se las ingeniaron para ser elegidas.
Tampoco fue muy difícil; eran atractivas y parecían muy dispuestas a pasarlo bien.
Si bien el gas de los aspersores había actuado de la manera esperada en los demás seleccionados, la condición de ascendidas evitó que ellas cayeran bajo sus efectos.
Xanthe le explicó a Vyx en voz baja que «las ménades son criaturas que hacen honor a su nombre: aquellas que desvarían; y si bien a Dioniso le gusta poseerlas en esa locura mística a la que se entregan, la mayoría de las veces las sacerdotisas prefieren disfrutar de su estado salvaje llevando a cabo orgías con los mortales».
Durante la explicación, la expresión de Vyx fue la de su habitual desinterés.
Se quedó con la información de que las ménades eran mortales y borró toda la demás, como había hecho siempre.
Alrededor de media docena de personas que vestían prendas de cuero y de rejilla se dirigían escaleras arriba hacia la zona exclusiva entre risas y algún que otro manoseo.
Vyx se rio entre dientes cuando alguien le tocó el culo a Xanthe.
Poco a poco, los elegidos fueron conducidos por los guardaespaldas hasta una sala circular carente de ventanas.
Como si fuera algo metódicamente aprendido, estudiaron el entorno y se fijaron en la claraboya, a través de la cual se colaba la luz de la luna.
Observaron también los varios sillones tapizados de color rojo que se hallaban distribuidos por la zona y las muchas velas dispuestas sobre oscos muebles que alumbraban la estancia.
En el centro de la sala, impasible y con una sonrisa desvergonzada que parecía regalarle solo a ellas, se encontraba sentada, en el sillón más lujoso que Vyx había visto en su vida, Myra, la favorita de Dioniso e indiscutible objetivo de las arktoi.
Los elegidos para el sacrificio se dirigieron hacia los sillones llevados por una pasión fruto del gas que habían exhalado los aspersores del club de noche.
Antes de separarse, Xanthe le dijo a Vyx en voz baja:
—Sabe quiénes somos.
—No —repuso Vyx—. Cíñete al plan. A mi señal.
Tan segura de su sexualidad, Vyx no tuvo problemas para mimetizarse con el ambiente.
En cuestión de segundos, la mayoría de los congregados se había despojado de sus escasas prendas de ropa y se entregaban al calor viciado y al ritmo de los gemidos.
No obstante, por mucho que a Vyx le gustara la idea de formar parte de una orgía con dos amantes de belleza cautivadora, sabía qué ocurriría después, y la omofagia no entraba dentro de sus gustos sexuales.
Disfrutaba desgarrando a sus enemigos, pero no podía decir lo mismo de sus amantes.
Contuvo el suspiro, giró la cabeza y le ofreció el cuello a los hambrientos labios de la chica de veinte y pocos que tenía encima mientras se estremecía por las caricias descendentes en su vientre de unas manos más ásperas.
«Concéntrate», se dijo. Fijó la mirada en el vaivén de la llama de una de las velas.
El sexo había sido siempre para Vyx una infalible y divertida evasión de la realidad.
Unas horas de placer sin consecuencias. Pero ya no era así.
Estar en los brazos de cualquier mujer en el momento justo no hacía que el ruido de su cabeza dejara de molestarle.
Y lo odiaba. Odiaba que solo una persona en el mundo consiguiera que todo doliera un poco menos.
Lamentablemente, por mucho que esa chica intentara colar las manos por debajo de su traje de combate e independientemente de cuánto le gustara, no era Astrid. Nadie más era Astrid.
Vyx miró alrededor y localizó uno a uno a los lacayos de Myra.
Había dos frente a la puerta cerrada y otros dos más protegiendo a su reina que, impasible, se relamía los labios y observaba el frenesí inevitable que la pasión despertaba en sus futuras víctimas.
Después, Vyx buscó a Xanthe y ésta le devolvió la mirada. Xanthe asintió con la cabeza.
Antes de que pudiera darle la señal, el instinto de Vyx la obligó a reaccionar deprisa y frenar la mano que subía en una caricia por su pierna y que, por accidente, había estado muy cerca de tocar la funda de una de las dagas sagradas Tal fue su determinación y fuerza que la joven amante, cuyo nombre desconocía, apartó los labios de su cuello y se incorporó ligeramente, desconcertada.
Vyx contuvo el aliento. Entornó los ojos hacia los guardias que protegían a la ménade y vio que uno de ellos daba un paso al frente, con el ceño ligeramente fruncido.
«Mierda», pensó. Antes de que pudiera trazar un plan, una exhalación de sorpresa se alzó por encima de los gemidos y jadeos.
Alertado, el lacayo se giró y vio, al mismo tiempo que Vyx, cómo uno de sus compañeros que estaban apostados en la puerta se llevaba una mano al cuello, concretamente a la empuñadura de anillo que sobresalía de él.
El guardaespaldas arrancó la daga de un tirón y de la herida explotó un borbotón de sangre, y él cayó al suelo de rodillas con gesto agonizante.
Vyx, comprendiendo lo que acababa de ocurrir, volvió la vista hacia Xanthe y vio que la guerrera se había deshecho de su compañía y que se había puesto rauda en pie, preparada para volver a atacar con una segunda daga en mano.
—Lo siento, guapa. No es nada personal —murmuró Vyx a su amante.
Luego la empujó a un lado. Ignoró la queja de la chica, desenfundó una de las dagas arktoi, apuntó y se la lanzó con acierto al otro guardia que estaba apostado cerca de la puerta.
Los gritos no se hicieron esperar. Los mortales, desorientados y prácticamente desnudos, chocaban entre ellos y se tropezaban en una huida frenética hacia la única puerta de acceso.
Xanthe hundió la daga en el cuello de otro guardián mientras Vyx apartaba de un empujón a un chico sin pantalones que se interponía en su camino hacia la ménade.
Fijó la mirada en la sacerdotisa en un intencionado desafío.
Myra permaneció sentada e impasible, como si el caos no acabara de desatarse ante ella.
O peor; como si aquel caos fuera motivo de diversión.
Uno de sus hombres interceptó a la guerrera, practicándole una llave que la elevó por los aires.
Vyx se sintió ingrávida por unos segundos, hasta que su espalda chocó violentamente contra el suelo.
Una mano enorme se cerró en su cuello y volvió a notar esa sensación de ingravidez al ser alzada por segunda vez cual ligera pluma.
En esta ocasión, Vyx reaccionó y aprovechó la ventajosa altura para hundirle los pulgares en los ojos a su adversario.
El guardia gritó y soltó a la guerrera de inmediato.
Luego trastabilló hacia atrás, seguramente preso de un agudo dolor.
Con los pies ya en el suelo, Vyx propinó una contundente patada giratoria a dos guardias que se acercaban con relucientes espadas en las manos.
Las defensas de la ménade se habían multiplicado.
«¿Quién en su sano juicio usa espadas?», se preguntó Vyx mientras se agachaba y recogía uno de los sables.
Sopesó el peso en la mano. «Nada mal». Miró a la ménade y la soberbia sonrisa que le dedicaba.
Empujada por el deseo de borrársela, Vyx echó a correr hacia el sillón que la sacerdotisa ocupaba como si de un trono se tratara.
Cuando otro de los lacayos se interpuso en su camino, Vyx se lanzó de espaldas al suelo con agilidad, deslizándose entre las piernas abiertas del guardaespaldas con la idea fija de arremeter contra la criatura embutida en el vestido rojo.
Era suya. Solo suya. La ménade la esperaba en pie y esquivó el golpe rabioso y fiero de la guerrera con insultante facilidad.
Vyx atacó de nuevo y gruñó como protesta a la insoportable agilidad de la sacerdotisa.
Se enzarzaron en una coreografía de ataques y evasivas que no dejaban en buen lugar a la arktoi.
Su oponente estaba resultando ser mucho más hábil en el combate cuerpo a cuerpo de lo que había imaginado en un primer momento, y es que Vyx desconocía que el mismísimo Dioniso otorgaba ciertos dones a sus fieles ménades como tributo por su ciega lealtad.
Un brazo rodeó a Vyx por la espalda, frustrando su tentativa de embestir nuevamente contra la ménade. Oyó un “agáchate” y obedeció como buenamente pudo.