DE CAMBIOS Y MENTIRAS
DE CAMBIOS Y MENTIRAS
T res meses habían pasado desde que Vyx tomara mi mano y aceptara su lugar en la ascensión, y si una eternidad no es rival para el olvido, mucha menos suerte tienen tres meses.
La guerrera intentó deshacerse del dolor de todas las maneras que conocía y, al mismo tiempo, se aferró a él como si esa aflicción que tenía cara y nombre fuera lo único capaz de conseguir que se sintiera viva.
Aunque el efluvio del perfume dulzón de la chica que le daba calor por las noches perduraba entre las paredes de un apartamento vacío de anhelos, personalidad y recuerdos, a veces ni siquiera Astrid era suficiente. A veces nada lo era.
El agua caía sobre Vyx augurando llevarse todo lo que la hacía sentirse sucia mientras luchaba contra un silencio ensordecedor, como si necesitara vencerlo antes de que se llenara de todas las palabras que no pudo decir, o de todas las que desearía haber callado, como el sí que me dio a mí.
Con la frente contra las baldosas, contemplaba el agua que se teñía de rojo caoba y se perdía por el desagüe. Agua roja como el color favorito de Rose. Roja como roja era la sangre que le manchaba los labios la última vez que la vio. Cerró los ojos y giró el grifo.
Nada más poner un pie fuera de la ducha, el silencio de su mente se llenó con los acordes de Running Up That Hill , de Placebo. Vyx se envolvió en una toalla blanca, hizo frente al espejo y dispersó el vaho que empañaba el cristal con la mano.
La vida tras la ascensión no estaba siendo como Vyx había imaginado.
Como ascendida, ahora era una guerrera superior: tenía la fuerza, la ferocidad y la resistencia de la Osa, además del atributo de la regeneración.
Sin embargo, nada de eso importaba. De hecho, nunca había importado.
El único cambio que prevalecía por encima de todo lo demás era la ausencia.
Una ausencia que nunca pensó que sentiría, a pesar de haberla temido desde que tuvo uso de razón.
Rose y Vyx fueron entrenadas para desafiar al peligro y para no retroceder jamás ante la fiera mirada de la muerte.
Vyx llegó a creer que serían invencibles; indomables como el tiempo.
Ya era así incluso antes de que Hipólita apareciera en sus vidas.
En un día gris, en una noche oscura o en el crepúsculo de una tormenta, les bastaba la presencia de la otra en la negrura de una inmensa habitación.
Se metían bajo sus respectivas camas con el fin de apagar los gritos de la madre superiora o evitar los golpes de una vara.
Se miraban, sus manos se buscaban, y los ojos de ambas brillaban de esperanza en el momento en que sus dedos se encontraban.
La adulta que se miraba en el espejo y se hundía los dedos en el pelo húmedo de color caoba era, en parte, la misma niña asustada que esperaba encontrar esa mano que nunca le había faltado bajo la cama.
Pero ahora solo hallaba los fantasmas de los monstruos que había cazado y el hedor a quemado del único al que no pudo vencer a tiempo.
Bajó la mirada a los dos cepillos de dientes que había en un vaso transparente con un símbolo floral, muy parecido a la enredadera de rosas y espinas que se había tatuado en el hombro izquierdo en memoria de su hermana.
Ni siquiera se había dado cuenta de que Astrid ya había dado ese paso, y prefirió no preguntarse qué significaba.
Vyx se había mudado a ese pequeño y destartalado apartamento de una sola habitación poco después de la ascensión.
Tomó la decisión una noche de luna llena, tras despertar de una vívida pesadilla y darse cuenta de que el miedo no la soltaba.
Todo le recordaba a Rose: las paredes, los inmensos jardines, las ascendidas, las iniciadas y también las más pequeñas, inocentes desconocedoras de a quién le venderían sus almas.
Por supuesto, a Hipólita no le gustó la idea y ninguna otra arktoi respetó su decisión. Ninguna salvo Xanthe.
A partir de entonces, los encuentros con Astrid pasaron de ser esporádicos a habituales.
Ya no se reducía todo a quitarse la ropa en una trastienda, en un sofá o en el baño de un local de mala muerte; también compartían noches de pizza, paseos por el puerto y desavenencias con el destino, pues Vyx no era la única que huía del suyo.
Si bien no tenía claros sus sentimientos por Astrid, sí estaba segura de que era una de esas constantes que no quería que cambiaran.
No era mucho pedir que su relación no fuera a más y que tampoco fuera a menos, ¿no?
«Las amigas no le quitan a la otra el sujetador con los dientes», recordó, enfrentándose otra vez a su reflejo.
Le costaba reconocerse. Nada tenía que ver con que se hubiera teñido el pelo de color rojo o con que llevara más perforaciones en las orejas; era más bien lo que gritaba su mirada.
A simple vista, Vyx seguía siendo la misma chica impertinente y socarrona de siempre, pero los ojos son el reflejo del alma, y todas las mentiras que escondían sus sonrisas se ahogaban en el azul de unos iris cansados de no saber ni poder escapar de la tormenta.
El teléfono móvil vibró sobre la superficie del lavamanos y Vyx miró la pantalla.
El remitente, sin nombre, era el símbolo de la cornamenta de un ciervo dentro de un círculo cerrado.
Abrió y leyó el escueto mensaje. Se trataba de unas coordenadas que al ser introducidas en otra aplicación revelaban un local de ocio nocturno del centro de Atenas.
No había más detalles, y Vyx sabía bien por qué: no se le había asignado la misión a ella.
Su compañera, fuera quien fuera, llevaría las riendas. «Al menos es trabajo», pensó.
Salió del baño y acabó de secarse con la toalla mientras tarareaba la misma canción.
Luego se dispuso a enfundarse en el uniforme arktoi, cuyo tejido sintético de color negro se le ajustaba al cuerpo como una segunda piel.
Tensó el chaleco cruzado, destinado a proteger el pecho, y aseguró las hebillas de las botas altas de cuero.
Finalmente, abrió el segundo armario de la habitación para enfrentarse a la decisión de qué arma elegir para la ocasión.
Pensó que, a juzgar por la localización del objetivo, debería elegir algo discreto.
Se decidió por las dagas arktoi, tan ligeras como letales.
Las hojas eran de acero al carbono y las empuñaduras de anillo.
Se guardó ambas en sendas fundas del ancho cinturón y, por último, recogió del sillón la chaqueta negra de corte largo.
El sol ya se había escondido cuando Vyx salió del edificio de apartamentos. Se subió a la moto, se ajustó el casco y puso rumbo a Atenas.
Supongo que, a efectos generales, la vida de Vyx tras la ascensión no había cambiado tanto.
Como antes, se lanzaba cada día al peligro de una misión sin miedo a morir.
Se ponía su máscara inalterable y fingía que todavía estaba completa.
Se decía que servir a la Orden era tan buen propósito como cualquier otro.
Pero hiciera lo que hiciera, nunca dejaba de sentir los bordes ásperos de ese agujero que dejó la parte de su vida que había volado por los aires, esa parte de su vida de la que solo quedaban recuerdos, algunos fieles y otros con demasiados matices inventados.
La pura verdad es que, cuando estaba sola y sin motivo para ponerse la máscara que le enseñaba al mundo, Vyx no sabía qué quería ni quién era ni por qué se levantaba por las mañanas.
Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa hace una hoja que mecerse con el viento?