INTERLUDIO
INTERLUDIO
M is últimas palabras flotan durante unos segundos entre nosotros hasta perderse en el silencio del valle. La joven de larga melena castaña que me devuelve la mirada, antes tan risueña y ahora indudablemente apesadumbrada, no puede callar el sollozo que se rompe en su garganta.
Nada queda ya de la niña que vimos cuando llegué. La he visto crecer ante mis ojos y ahora, vestida con una larga túnica blanca de lino y con las manos entrelazadas en el regazo, se esfuerza en contener las lágrimas.
—Es una historia muy triste —susurra.
Supongo que lo es.
—¿Crees que Vyx se equivocó? —le pregunto.
Descubro que no me gusta ver a la adolescente llorar. Invoco un pañuelo de tela con un gesto de la mano para ofrecérselo, pero Phyr ha sido más rápido que yo y le tiende el que ha sacado del bolsillo de su pantalón negro.
—Gracias —susurra ella, aceptándolo. Se enjuga las lágrimas y deja escapar un pesado suspiro—. Perdona, Artemisa. ¿Qué me habías preguntado?
Le aparto un mechón de pelo, se lo coloco detrás de la oreja y sonrío.
—¿Crees que Vyx se equivocó al romper el bucle?
Medita, esquivando mi mirada.
—Lo que yo creo es que Vyx siguió los deseos de su hermana.
—¿No decidió por sí misma?
—Sí y no. —Dobla con cuidado el pañuelo de Phyr—. Probablemente pensara que estaría honrando la memoria de su hermana si rompía el bucle, si aceptaba tu mano. Pero, la verdad… No me parece que estuviera preparada para vivir sin ella.
—Entonces crees que la condené a una vida sin Rose.
La joven se toma unos segundos para cavilar su respuesta.
—Creo que al morir Rose, Vyx perdió una parte importante de su alma, y por mucho que tú pensaras que le estabas dando una oportunidad para sanar, por mucho que ella aceptara romper el bucle, la verdad es que no estaba preparada. Fue valiente por las razones equivocadas.
Phyr, que sigue cruzado de brazos, la observa con una ceja arqueada.
Puede que aplauda su osadía de dirigirse a un dios como si fuera su igual, o quizá esté considerando la idea de hacerla estallar en llamas por esa misma razón.
En realidad, a mí no me importa tanto su falta de respeto como ese convencimiento que demuestra en sus palabras. Decido tantear un poco el terreno.
—¿Qué hubieras hecho tú en su lugar?
Ella parpadea repetidamente, sorprendida.
—¿Yo?
—Sí. ¿Qué hubieras hecho tú?
El día oscurece bajo las nubes grises que se aglomeran sobre nosotros, y sé que este lugar intenta decirme que no puedo permitirme atajos.
—No juegues con fuego, Artemisa —me aconseja Phyr—. Podrías quemarte.
Suspiro como toda respuesta. Por supuesto. No he venido hasta aquí para comprometer todo lo que hemos preparado. Hay demasiado en juego.
—¿La historia acaba así? —pregunta la joven—. ¿Qué fue de Vyx?
—No, querida. —Sonrío—. La historia acaba de empezar.