La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE UNA DESPEDIDA Y UN CICLO QUE SE ACABA
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DE UNA DESPEDIDA Y UN CICLO QUE SE ACABA

DE UNA DESPEDIDA Y UN CICLO QUE SE ACABA

V yx deseaba creer que ese silencio en su interior, categórico, crudo y desolador, no duraría para siempre. Se negaba a pensar en lo que significaba. No tenía ni el valor ni las fuerzas para comprender que ese vacío no se iría, porque Rose jamás volvería.

Es cierto que nunca le había gustado cavilar sobre las grandes cuestiones de la vida.

No obstante, con el corazón encogido y las piernas fatigadas, exhausta por la sensación de estar moviéndose en un círculo sin principio ni final, pensó que su pérdida no tendría parangón a la de nadie ni a la de nada más, que un vacío así solo podría equipararse al de imposibles, como que al cielo claro le faltara el sol o a la noche oscura las estrellas.

Vyx se movía por inercia, apartando las ramas que entorpecían su avance. Y así, llegó a un claro donde la luz de la luna brillaba con más ímpetu que en ningún otro rincón del bosque.

—Artemisa. Claro que sí —murmuró, dolida y cansada.

Contempló la estatua que me representaba justo a los pies de un arco de piedra en el que vibraba un campo de energía condensada.

«Un portal», dedujo. Reparó entonces en la figura que le daba la espalda un poco más allá del inesperado escenario y, sin pensárselo, Vyx empuñó su fiel arco y extrajo una flecha del carcaj, preparándose para luchar, aunque no supiera bien por qué.

—Ambas sabemos que no dispararás.

Estoy segura de que supo de quién se trataba antes de que me diera la vuelta.

Vyx bajó el arco muy despacio.

—Artemisa.

—Hola, Vyx.

Una ligera brisa nos envolvió, demasiado débil para levantar las hojas pero demasiado fuerte para ella.

Sonreí, pues las guerreras de la Orden no son solo números y músculos para mí.

Siempre han sido mucho más. Son la respuesta a la pregunta que nadie se atreve a formular: ¿pueden lo divino y lo mortal coexistir?

A aquella distancia, la joven Vyx parecía para mí un cervatillo que lo había perdido todo.

—¿Ha valido la pena? —pregunté.

La guerrera se pasó una mano por la cara. Me parecía agotada a todos los niveles, y estoy convencida de que si por ella fuera se hubiese echado en el suelo y dormido varios años seguidos, hasta que el dolor que tanto oprimía su corazón desapareciera.

Contra todo pronóstico, la afilada lengua de Vyx no tuvo palabras para mí.

No creo que fuera por una cuestión de respeto; creo que su ira se había ahogado en la tristeza.

Observé cómo se humedecía el labio inferior, cabizbaja.

Estaba demasiado absorta en la sorpresa como para darse cuenta de que me acercaba, y demasiado cansada para rechazar la caricia que le dejé en la sien.

—Veo que, una vez más, la respuesta es no. No ha valido la pena.

Vyx cerró los ojos. Sus sospechas se convirtieron en una dolorosa certeza y la verdad cayó sobre ella como una pesada losa: todas las veces que había tenido esa sensación de d é j à vu , cada ocasión en la que supo lo que Rose diría antes de que se pronunciara, la inexplicable familiaridad de un entorno que debería haber sido desconocido para ella.

—Estoy en un bucle, ¿verdad? —me preguntó casi sin voz—. ¿Cuántas veces…?

Ambas sabíamos que la respuesta a esa pregunta no importaba en lo más mínimo. Cada una de las veces que había aceptado mi oferta lo había hecho con lágrimas de súplica en los ojos y con el corazón en un puño.

—Al principio parecías muy valiente —respondí, bajando las manos para entrelazarlas a la altura de mi vientre—. Siempre queriendo volver junto a tu hermana, una y otra vez. Pero llegó un momento en que la valentía se convirtió en cabezonería.

Mis palabras la ofendieron.

—No es cabezonería. Es mi hermana, lo único que me importa, pedazo de…

—¿Y qué hay de ti? No sé mucho del amor, pero creo que Rose no aprobaría que pasaras el resto de tus días reviviendo su muerte una, y otra, y otra vez.

La tormenta desatada en el interior de Vyx se negaba a darme la razón.

Seguramente pensara que no solo era una patética inútil incapaz de evitar que su hermana muriera una, y otra, y otra vez, sino que era también una masoquista que prefería mil y una veces revivir esos últimos momentos, por muy dolorosos que fueran, a seguir adelante sin ella.

Sus ojos me decían que recordaba las últimas palabras de Rose. «No le digas que sí».

—Ahora es cuando vas a preguntarme si quiero repetir la prueba, ¿no?

Evitaba mirarme a la cara. Supongo que temía que pudiera ver a través de su fachada, como si no lo hubiera hecho tantas otras veces en el mismo claro y con la luna como testigo.

—¿Quieres volver a empezar, Vyx?

A decir verdad, podía llegar a entenderlo.

Vyx revivía el mismo ciclo con el fin de pasar más tiempo junto a su hermana, a pesar de la certeza de que perdería todos y cada uno de los recuerdos, de que no habría atajos.

Aun así, todas y cada una de las veces su respuesta había sido afirmativa.

Perder a Rose significaba renunciar a esa máscara tras la que se había escondido toda su vida.

No se trataba solamente de perder una parte esencial de sí misma, sino de afrontar su propia identidad.

Tenía miedo de preguntarse quién era ella sin su otra mitad.

—¿Qué pasará si me niego? —preguntó Vyx de pronto, cruzándose de brazos.

Tenía frío, a juzgar por cómo le temblaban las manos. O quizá le temblaban porque, por primera vez en su vida, el laberinto de decisiones en el que se encontraba parecía haberse abierto a un camino nunca antes considerado y estaba asustada.

—Si te niegas, cruzarás el portal y alcanzarás la ascensión. Tu propósito.

—Qué bien. Un propósito al que me condenas sin ella.

—Yo no he matado a Rose. Tu hermana luchó siempre por lo que creía y por quienes quería.

El gesto tosco de mi guerrera delataba que ni una de mis palabras consolaba su pesar y que ni mucho menos me eximían de culpa a sus ojos. Sonreí y le dije:

—La mortalidad os otorga una percepción de las cosas, de las personas, de las emociones…

que nosotros nunca podremos entender. Saber que todo es efímero le da un valor incalculable a cada momento de vuestras vidas.

Si no supieras que Rose podría irse un día, no la querrías.

Al menos, no de la manera que la quieres.

Si no supieras que la luna da paso al sol no te levantarías antes para respirar en el crepúsculo y ver otro amanecer.

Vuestra vida fluye y cambia y es preciosa porque se termina.

Es la magia de todo lo que es efímero: esa agridulce verdad de que el final es, simplemente, inevitable.

Vyx me miró a los ojos al fin.

—¿Qué quieres de mí? Las pruebas, la ascensión. ¿Por qué nosotras? ¿Por qué yo?

—¿Crees que soy conocedora de tu destino?

—Lo que creo es que disfrutas de toda esta mierda, de ponerme en la posición de…

—Te equivocas, Vyx. No necesito a una guerrera capaz de renunciar a lo único que quiere porque yo se lo pida.

Necesito a una guerrera capaz de hacer lo que sea necesario a favor de un propósito mayor.

Alguien que escoge luchar por voluntad, porque es lo correcto.

—La duda prevalecía en su fiera mirada—.

Cualquier mortal puede dar su vida por un ser querido, pero requiere muchísimo valor renunciar a lo que más quieres.

—¿Y a qué has renunciado tú, joder? ¿Quién nos protegió a nosotras de esos tablones en la carretera, eh? ¿Quién protegió a Ro cuando tuvo que salir de un ataúd? ¿Quién la protegió cuando esa maldita quimera la destrozó? Que te jodan.

—¿Quieres volver atrás y protegerla? —ofrecí una vez más, paciente—. Solo tienes que decírmelo. Pídemelo, y el contador volverá a cero.

Podía apreciar la cruel batalla que se libraba en su interior.

¿Cuántas veces habría visto el mismo conflicto?

Por un lado, volver a transformarse en Sísifo y cargar con la misma piedra montaña arriba, esperando un resultado diferente.

Por otro, la inexorable convicción de que, por mucho que cargara con esa piedra, volvería a verla caer.

—¿Qué será de su…? —carraspeó, en un pobre intento por no derrumbarse—.

¿Qué será de ella? La dejé en… en algún sitio.

—Echó un vistazo por encima de su hombro, incapaz de discernir dónde exactamente había abandonado el cadáver de su hermana—.

Pero se merece un entierro. Se merece descansar en un sitio digno.

Medité al respecto. El descaro con el que me pedía que me encargara de los restos de Rose solo conseguía enardecer una opinión que llevaba años gestando. De todas formas, cedí. Chasqueé los dedos y la tierra a los pies de la estatua que me representaba vibró.

—La he enterrado frente a mí, donde siempre quiso estar.

Vyx apretó los dientes y fijó la mirada en la tierra removida. Supongo que pensaba en lo fácil que había sido para mí hacer algo así. Y también pensaba en que, si ella tuviera tales poderes, los usaría para algo más que trasladar un cuerpo. Cualquier otra me habría dado las gracias; ella no.

—Rose lo sabía —dijo con voz queda—. Sabía que estábamos en un bucle. Me pidió que no te dijera que sí. ¿Cómo podía saberlo?

Yo la miraba con genuina curiosidad.

—Supongo que, en el momento del adiós, su alma se vio en una tesitura que había experimentado y sufrido demasiadas veces.

El silencio de Vyx pesó en el claro. Mirándola, pensé que nunca había visto una tristeza tan grande en unos ojos tan bonitos.

—¿Duele? —me preguntó—. Ascender.

No pude evitar sonreír.

—Oh, Vyx, pequeña… Creo que ya has sufrido suficiente por toda una vida.

Le tendí la mano y Vyx la miró con recelo antes de entrelazar los dedos con los míos.

Estoy segura de que quiso preguntarme si volvería a ver a Rose o si la ascensión incluiría un acceso directo a los Campos Elíseos para poder estar con ella siempre que quisiera.

No lo hizo, y solo el silencio nos acompañó cuando cruzamos el portal y la luz sagrada estalló ante nosotras.

A pesar de saber que sus heridas nunca cicatrizarían del todo, por primera vez en un ciclo que podría haber sido eterno, Vyx paró la rueda y se dio la oportunidad de empezar a sanar.

Había entrado en el bosque como una niña y saldría de él convertida en una verdadera arktoi.