DE BOSQUES INFINITOS Y UNIVERSOS DE BOLSILLO
DE BOSQUES INFINITOS Y UNIVERSOS DE BOLSILLO
L os dioses no entendemos la finitud de la vida.
No sabemos lo que supone amar a alguien que está condenado a exhalar un último aliento.
Escapa a nuestro entendimiento que su tiempo es limitado y nunca experimentaremos la desesperación de saber que el mundo seguirá girando por mucho que necesitemos que se detenga.
Jamás entenderemos que quienes forman parte de nuestras vidas no están compuestos únicamente de carne y huesos, sino también de recuerdos.
Vyx se sentía abandonada y desolada. Intentaba digerir que la vida de su hermana pendía de un hilo y que no había nada que ella pudiera hacer para cambiarlo.
Durante esos agónicos momentos de dedicarse a frenar una hemorragia sin más recursos que los que ofrecía un bosque en el que seguía siendo de noche, la adepta rezó a los dioses. Me imploró a mí, imploró a Asclepio y rabió mientras lo hacía.
Sin duda, Vyx había hecho todo lo que cabría esperar en esas fatídicas circunstancias.
Trasladó a Rose lo más cerca de la orilla del río que le fue posible, encendió una hoguera y se valió del metal de la lanza para cauterizar la herida y cortar así la hemorragia.
Sajó sin miramientos la tela de la chaqueta del uniforme arktoi e hizo de ella varios paños negros que después utilizó para limpiar las heridas, tanto las de Rose como las suyas.
Ahora, sentada sobre el tronco de un árbol caído, Vyx hacía girar el astil de una flecha entre los dedos sin apartar la mirada de las llamas.
Los minutos seguían pasando, pero el amanecer no llegaba.
Daba la impresión de que la luz del sol no se atrevía a bañar ese bosque y ella meditaba en silencio sobre el concepto de un universo de bolsillo, de esos que caben en bolas de cristal, donde siempre nieva y la navidad nunca acaba.
No era la primera vez que ese pensamiento cruzaba su mente.
Todavía sentía que todo lo que había hecho desde que llegaron al bar de carretera estaba escrito en páginas que ya había leído.
No había salvación. Estaban muy lejos de casa. ¿Qué podía hacer? Su hermana agonizaba, tendida junto al fuego, y la guerrera que había sobrevivido a una quimera deseaba poder arrancarse del pecho la sensación de que estaba a punto de perder lo único que le importaba.
Rose tuvo de repente un horrible acceso de tos roja y Vyx apartó la mirada de las llamas. Soltó la flecha como si le quemara en las manos, se acercó rauda a su hermana y se puso de rodillas a su lado. Le acarició el pelo con cariño y le dijo con falso ánimo:
—Nos quedamos atrapadas en un bosque de mierda y vas tú y te echas una siesta. Ya te vale.
Hizo un esfuerzo titánico para esbozar una sonrisa convincente y, aunque su hermana le devolvió el gesto, las dos sabían que eran sonrisas de mentira.
Vyx nunca había visto a Rose tan pálida, ni siquiera esa vez que estuvo dos días en cama con fiebre y delirios.
Atormentada, bajó la mirada y apartó con cuidado el paño húmedo que había colocado sobre la herida cauterizada.
Se sobrecogió al imaginar que Rose se estaba pudriendo por dentro.
—Esto forma parte de la última prueba, Vyx. Estoy segura.
—Si te refieres a la ascensión, espero que no, porque te juro que quemaré el templo y los putos jardines hasta que solo queden cenizas. ¿Qué te parece? Sí. Eso haré cuando ascienda.
—No digas tonterías. Nos ha elegido. A ti y a mí. Puede que nos haya reservado para el final, ¿no? —Su voz era débil y dulce como una brisa primaveral—. Es un regalo. Una bendición.
Vyx cerró los ojos y escondió la cara en las manos, como si lo peor que pudiera pasarle ahora a Rose fuese descubrir que su hermana pequeña seguía siendo una niña. Qué horrible. Qué espantosa era la sola idea de que para alcanzar la gloria primero tendría que renunciar a su alma.
—Enana —llamó Rose—. Mírame, por favor.
—Tengo que pensar —dijo acongojada—. Estoy pensando.
—Lo siento mucho. Quería hacer tantas… —Otro acceso de tos y sangre coagulada obligó a Vyx a enfrentarse a su peor pesadilla.
Debió ser totalmente desesperanzador para ella no poder hacer nada más que apoyar una mano en un hombro de Rose y apartarle el pelo de la cara con suavidad.
¿Qué otra cosa podía haber hecho?—. Tenía tantos planes, Vyx.
—No hables así, va. Solo tienes que aguantar un poco.
Se quedó muy quieta cuando Rose alargó la mano despacio y le acarició la mejilla como solo ella sabía hacerlo.
Vyx observó la sangre que manchaba los labios de su hermana con un nudo en la garganta y con la sensación de que cada vez había menos gravedad en esa orilla del bosque.
Suspendida en lo inevitable, en la verdad que gritaba cada gota de sudor que perlaba las mejillas y la frente de Rose o en la ausencia de color en sus mejillas, el miedo se hizo grande en el pecho de Vyx y se convirtió en pavor.
De la clase de pavor que paraliza, que detiene el tiempo, que te roba toda esperanza y que te deja completamente vacía.
Se preguntaba por qué sentía que había vivido ese momento antes.
Por qué sentía que no era la primera vez que Rose le decía adiós.
—Estarás bien —susurró Rose al cabo de unos eternos segundos.
Vyx se la quedó mirando, como si esperara la aparición de esa sonrisa que pudiera borrar todos sus miedos de un plumazo.
No hubo sonrisa. En cambio, su hermana invirtió las escasas fuerzas que le quedaban en quitarse el colgante de la media luna.
Si Vyx no hubiese lanzado el suyo al fondo de un pozo hacía ya muchísimos años, hoy tendría uno igual.
¿Qué estaría pensando Rose mientras malgastaba el aliento contemplando el pequeño ornamento de plata?
Fuese lo que fuese, se guardó esos pensamientos para ella, cerró los ojos y le ofreció el colgante.
—Cógelo.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Vyx, muerta de miedo.
Rose sollozó:
—Cógelo. Por favor.
Y ella lo cogió, más con miedo que con simple reticencia. Se imaginó que le ardía la palma de la mano al aceptar un símbolo que había rechazado toda su vida, de la misma manera que todos los sueños que tuvieron en su día se convirtieron en cenizas cuando Hipólita las eligió.
Rose luchó contra la pesadez de sus propios párpados y le dijo:
—No le digas que sí.
—¿De qué coño hablas? —Vyx soltó el colgante, se inclinó y tomó el rostro de su hermana con tanta rabia como desesperación—. No te duermas. Rose, eh, que no te duermas.
—No le digas que sí —repitió casi sin voz.
—No lo entiendo. ¿A quién? Te lo suplico. No te duermas. Dame un poco más de tiempo, ¿vale? Puedo arreglarlo. Puedo arreglarlo. O las dos o ninguna. ¿Te acuerdas?
Se miraron durante un segundo que Vyx deseó con toda su alma que fuera eterno. Verde y azul. Protectora y guerrera. Calma y tormenta. Vida y muerte.
—Te quie…
No, supongo que los dioses no entendemos la finitud de la vida ni sabemos lo que es amar a alguien que está condenado a exhalar su último aliento.
Rose exhaló el suyo demasiado pronto, con una sonrisa inacabada y una promesa sin cumplir.
Cerró los ojos y no volvió a abrirlos.
—¿Ro? —Vyx sentía que el peso del mundo entero acababa de caer sobre su pecho—. Rose. Abre los ojos. No me hagas esto, joder. Despierta —suplicó—. No puedes hacerme esto.
Vyx era muy pequeña cuando decidió que su hermana iba a ser todo su mundo, que haría cualquier cosa para que nadie se la arrebatara jamás.
Y acababa de perderla. Veintitrés años de devoción, dependencia y amor extraordinario perdidos en la oscuridad de unos ojos cerrados.
Los hechos hubieran sido innegables para cualquiera, pero ella solo había contemplado una manera de vivir desde que tenía memoria.
No habría nada sin Rose. Así que se obligó a dejar de llorar, pasó un brazo por debajo de la nuca de su hermana y la levantó despacio.
La abrazó como si esperara que los brazos lánguidos de Rose pudieran envolverla a ella también.
—No pasa nada. —Vyx le dio varios besos en la mejilla—.
Estás cansada. No pasa nada. Esperamos un poco más y nos largamos de aquí.
Rose, si abres los ojos haré lo que tú quieras.
Haré todas las ofrendas del credo, ¿vale?
No protestaré nunca más. Creeré en Los Doce, de verdad.
Solo tienes que abrir los ojos. —Cogió aire, pero no llegó a ninguna parte y empezó a sentir que se ahogaba, que se moría—.
Rose, por favor. Nunca te pido nada. Nunca te pido nada.
Podría haberse pasado toda la eternidad haciéndole promesas a alguien que ya no podía oírlas.
Es difícil decir cuánto tiempo pasó Vyx fundida en un abrazo que no le sería correspondido o cuánto tardó en aceptar que Rose había muerto.
Solo sé que la quietud del bosque se rompió con el grito colérico de Vyx, uno que podría haber sobrecogido al más imperturbable de los dioses.
Pasó las siguientes horas velándola en silencio para después deambular por la zona en busca de las flores más bonitas que pudiera encontrar.
La última vez que Vyx miró a su hermana le había dejado dos monedas en los ojos para que pudiera pagarle el viaje de ida a Caronte y había cubierto su cuerpo con un manto de flores blancas.
Deseó haber encontrado otras. Ojalá hubiese encontrado rosas para una rosa.
La noche imperecedera y su constante silencio la acompañaron en su rumbo incierto a través de un bosque al que, de conseguir salir, seguramente nunca podría volver.
Las piernas le pesaban más con cada paso y en su mente se repetían las últimas palabras de Rose, como si lo único que le quedara en la vida fuese el propósito de darles sentido. «No le digas que sí».