La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE CIERVOS Y QUIMERAS #2
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DE CIERVOS Y QUIMERAS #2

Otro crujido. Esta vez, el sonido fue como el de un hueso que se astilla antes de romperse. Contemplaron atónitas cómo el animal se retorcía y deformaba hasta convertirse en una criatura mucho más peligrosa que la ausencia de respuesta a sus plegarias.

Ninguna lo dijo, pero las dos lo sabían. Era una quimera.

Cabeza de león. Cuerpo de serpiente. Cola de dragón. Ojos en llamas.

Vyx tardó en reaccionar. Cuando la flecha salió disparada del arco y la luz de la luna le arrancó un destello a la punta de acero, la quimera la esquivó con una facilidad pasmosa.

Daba la impresión de que había llamas en esos ojos rojos.

La quimera abrió las fauces a una ráfaga de fuego que luego escupió cual dragón hacia ellas.

Rose se abalanzó sobre Vyx y se la llevó por delante con tanto ímpetu que ambas rodaron sobre el suelo cubierto de hojarasca.

La llamarada, no obstante, alcanzó y abrasó la pierna derecha de Rose, quien profirió inevitablemente un grito de dolor capaz de romper el craso silencio del bosque y un poco el corazón de su hermana.

El olor a carne quemada azotó las fosas nasales de Vyx.

Apretó los dientes al ver la expresión contraída en dolor de Rose y lanzó una rápida mirada a la quimera.

Había perdido el arco durante la caída y solo podía pensar en poner a Rose a salvo, así que se puso en pie.

Buscó y sacó rápidamente del cinturón lo que a simple vista parecía una sencilla y corta vara, hasta que un mecanismo oculto reaccionó a la presión del dedo corazón de la guerrera sobre la empuñadura y la vara se alargó como una caña de bambú bajo el sol.

Ahora, Vyx empuñaba una lanza de doble punta.

—¡Eh, bestia inmunda! —gritó Vyx. Miró de reojo a Rose un segundo. Su hermana se arrastraba para ponerse a salvo de la quimera—. ¡Ven a por mí, pedazo de engendro mutante!

La larga cola de serpiente cortó el aire con un azaroso latigazo como respuesta al desafío, y Vyx consiguió esquivarlo por los pelos.

Luego, la arktoi corrió hacia la criatura y se impulsó sobre un peñasco para dar un poderoso salto.

Así, con la fuerza y la ventaja de la altura, atacó hacia abajo con un corte seco que hizo a la quimera girar la cabeza y soltar un tremebundo rugido.

Vyx fue lo bastante ágil para evitar el primer zarpazo del contraataque, pero nada pudo hacer para esquivar el segundo.

Las afiladas garras sajaron la tela y la piel a la altura de su hombro, arrancándole un gruñido que se debía más a la rabia que al dolor.

Guerrera y bestia se enzarzaron en un combate de furia y destreza, de ímpetu y sangre. Llegado el momento, Vyx no desaprovechó la oportunidad de hundir la lanza en el ojo de la quimera y esta, encolerizada, lanzó otro zarpazo que despidió a la arktoi como si fuera un trapo.

Tras la violenta caída, la adepta sacudió la cabeza. Puede que pensara que así podría sobreponerse al mareo y a las náuseas. En esas vio que Rose estaba en pie al otro lado del claro, empuñando un arco que de nada iba a servirle sin las flechas, pues la aljaba la tenía ella.

De todas las cosas a las que las mellizas se habían enfrentado, nunca imaginaron que habría una quimera entre las dos.

La criatura expulsaba humo por las fosas nasales e intercalaba la mirada entre mis guerreras, una a cada lado de la bestia, como si estuviera decidiendo a cuál de las dos iba a destrozar primero.

Vyx se puso en pie con un salto más o menos digno y contuvo el aliento.

Se fijó irremediablemente en su hermana.

Rose estaba pálida y apoyaba todo su peso en la pierna izquierda, y Vyx pensó que no parecía ella.

La había visto vencer a la instructora más fiera de la Orden; la había visto moverse con la soltura y la soberbia dignas de un dios. Algo no iba bien.

A pesar de todo, se miraron a los ojos y se asintieron.

Sabían lo que tenían que hacer. Vyx dio un tirón de la cinta de la aljaba y el carcaj pasó a estar contra su pecho.

Puede que la estrategia de dividir y vencer les hubiese funcionado muchas veces, pero esa noche no iban a tener la misma suerte.

Corrió hacia la quimera, lanza en mano. No frenó ni cambió de idea cuando vio que la bestia se giraba hacia ella y preparaba otra llamarada; en todo caso, aceleró.

Esperó al momento oportuno y se lanzó con un buen impulso de espaldas al suelo, deslizándose entre las robustas y fibrosas patas de la criatura.

Alzó la lanza y rajó las tripas de la quimera a su paso, aunque bien sabía que no iba a ser suficiente.

A salvo de las llamas y al otro lado de la criatura, Vyx se incorporó sobre las rodillas.

Miró a Rose y ambas llevaron a cabo el intercambio con inmejorable sincronización.

Rose le lanzó el arco y Vyx la lanza antes de ponerse en pie de un salto.

Luego volvió a tirar de la cinta de cuero, ajustando la aljaba en la espalda.

Podría haber sido perfecto. Podría haber sido el contexto ideal para coordinar un ataque con el que enorgullecer al mismísimo Ares, pero no hubo tiempo.

Una vez más, la quimera agitó la cola como si de un látigo se tratara y Vyx tuvo que lanzarse hacia atrás con una improvisada acrobacia para esquivarla.

Hincó la rodilla en el suelo, echó mano a las flechas y disparó una tras otra en una ofensiva que, como era de esperar, resultó del todo ineficaz.

Vyx bramó:

—¡Rose, ahora!

No hubo respuesta. Frustrada, Vyx se puso en pie, retrocedió y descargó otra flecha.

—¿Qué cojones estás ha…?

Cuando al mirar a su hermana la vio tambaleándose y buscando apoyo en el tronco de un árbol, como si el peso del cosmos acabara de caer sobre ella, la arktoi supo que los dioses no estábamos de su parte esa noche y que nunca lo habíamos estado.

En cualquier caso, apostábamos por la quimera que se abalanzó hacia ella sin piedad.

Vyx no pudo esquivar el violento zarpazo con el que, además de desarmarla, la garra más grande y afilada le dejó un profundo corte en la zona del antebrazo.

Desestabilizada, la adepta cayó de espaldas y se tensó como un alambre bajo la inmensidad de la bestia.

Había una imponente pata a cada lado de la cabeza de Vyx y el aire que expulsaba la criatura por las fosas nasales le quemaba la piel de la cara.

Sentía que era poco más que un montón de carne apetitosa, un bocado delicioso para afrontar la noche más larga.

La quimera se hizo más grande, abrió las fauces y Vyx vio cómo las llamas subían por el hueco abismal que era la garganta de la bestia. La guerrera cerró los ojos, hundió los dedos en el barro y dio las gracias por ser ella la que estaba a su merced y no Rose.

Siempre me he preguntado qué hace falta para que alguien tema más a la vida que a la muerte o para que la posibilidad de la pérdida pueda sobrecoger a un mortal más que el fin de su existencia. Supongo que la respuesta es: tener pocas razones para vivir.

Vyx oyó primero un grito irascible y un gruñido furibundo después.

Abrió los ojos y se asombró al ver que la quimera había retrocedido y que sacudía la cabeza como si tuviera la sesera en llamas.

La espalda de Rose se interpuso en su campo de visión.

A su hermana le temblaban las piernas, pero pisaba en el barro como si se hubiera propuesto que nada en el mundo pudiese tumbarla.

La quimera volvió a rugir y la heroína que vestía el negro con mucho más orgullo del que Vyx podría presumir jamás la esperó con lanza en alto.

Iracunda y monstruosa, la bestia saltó con las patas y la cola afilada por delante, dispuesta a comerse a la guerrera de un bocado.

Lo que sucedió fue una explosión de sangre cítrica y espesa que manchó el suelo sagrado del bosque y a Rose.

La lanza atravesaba la cabeza de la quimera como una sentencia de abajo hacia arriba.

Eran solamente las patas traseras de la bestia las que tocaban el suelo y se deslizaban como respuesta a los constantes estertores propios de una muerte agónica.

La sangre manaba a chorro de las fauces abiertas y resbalaba por el recubrimiento de la lanza, goteando sobre la lengua bífida y viscosa ensartada en el metal.

La adepta soltó la lanza y la gravedad se encargó del resto.

La quimera se desplomó con todo su peso, temblando el suelo al recibirla.

Vyx se dio prisa en gatear hasta su hermana cuando Rose cayó de rodillas también.

La envolvió con los brazos, pegando el pecho a su espalda, y contempló desconcertada cómo la bestia desaparecía entre humo y cenizas que se disolvieron irremediablemente en un golpe de viento. Sobre las hojas, solo quedó el arma.

—Joder. —Vyx cerró los ojos y descansó la frente en la cabeza de Rose—. ¿Estás bien?

—Vyx.

Rose pronunció su nombre como un lamento.

Solo entonces Vyx se dio cuenta de que tenía las manos empapadas, de que su hermana estaba dejando caer todo el peso contra su pecho y de que temblaba como si fuera a convertirse también en un montón de cenizas.

Miró por encima del hombro de Rose sus propias manos; demasiado rojas para que la sangre fuera solo suya.

Se hizo a un lado despacio y acompañó con sumo cuidado la caída de su hermana, dejándola tendida sobre el barro. Rose ejercía presión con las manos en un punto de su abdomen, pero la sangre se abría camino entre los trémulos dedos.

Así fue como el peor miedo de Vyx se hizo realidad.