La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE CIERVOS Y QUIMERAS
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DE CIERVOS Y QUIMERAS

DE CIERVOS Y QUIMERAS

—¡ R ose!

Llevaba más tiempo del que se había molestado en calcular vagando por ese oscuro y frío bosque.

Avanzaba a paso ligero, con una mano cerca del carcaj y el arco en la otra, exigiéndose agudizar los sentidos al máximo.

No lo había pensado bien, se decía. Si hubiese dado ya con Rose, su hermana señalaría que su plan tenía más agujeros que un colador.

Y no cabía duda de que no podría llevarle la contraria.

Simplemente le respondería que lo había hecho lo mejor que había podido con las pocas opciones que tenía.

Pero debía admitirlo: no había sopesado la posibilidad de que Hermes jugara sucio, y ahora lo único a lo que podía aferrarse era a la esperanza de que el destino, ese del que tanto alardeaba la Orden, la llevara hasta Rose antes de que fuera demasiado tarde.

Con cada paso a ciegas que daba más crecía su desesperación, pese a no estar segura de si la angustia que sentía era realmente suya o de Rose.

Entre tonos azules y verdes, los marrones de la tierra seca y los tristes grises de los charcos de barro, no había visto nada que pudiera servirle para orientarse.

Así pues, seguía el fulgor de la media luna impasible y eterna, como si fuera la aguja de una brújula dispuesta en el cielo para indicarle el camino a seguir.

El crujir abrupto de las ramas tras ella hizo que se girara y tensara con la flecha la cuerda del arco, tan hábil como veloz.

No vio nada. No había ya brisa alguna que meciera las hojas de los árboles, bañadas del rocío de un alba que no llegaba.

«¿No debería haber salido ya el sol?», se preguntó.

Afinó la vista y tensó un poco más la cuerda.

Creía haber percibido movimiento tras los matorrales ocultos entre dos árboles de imponentes troncos.

Contuvo el aliento y hundió un poco más las botas en la húmeda tierra.

Le pareció ver la cornamenta de un ciervo, pero antes de poder comprobarlo una tos seca llenó el pequeño claro y el corazón de Vyx dio un vuelco.

Retrocedió un paso tras otro sin dar la espalda a la amenaza hasta que se supo con ventaja.

Entonces, bajó el arco y echó a correr. Siguió el eco de una tos que recordaba a los golpes de baqueta en un tambor, apartando con rabia durante la carrera las ramas que la frenaban y se enredaban a sus brazos como colas de serpiente.

Corrió hasta que la encontró.

Vyx vio a su hermana tendida en el suelo, a los pies de un roble de gruesas raíces.

—Rose.

Se acercó a ella aprisa, y cuando se dejó caer a su lado, Rose esbozó una exhausta sonrisa.

—¿Por qué has tardado tanto?

—Tenía que ponerme histérica primero.

A Vyx no le cabía el alivio en el pecho.

Tenía las emociones a flor de piel, algo que se evidenciaba en la manera en que tomaba el rostro de su hermana entre las manos o en cómo acariciaba la tersa piel con los pulgares, dejando un camino limpio de mugre en las maltrechas mejillas de Rose.

Cuando estuvo segura de que todas las articulaciones seguían en su sitio, vio lo que había pasado por alto hasta ahora: las manos de Rose estaban destrozadas y tenía los nudillos en carne viva.

—¿Qué…?

No fue necesaria respuesta. Al mirar algo más allá y localizar el montón de tierra removida, entendió que había llegado tarde, que había perdido un tiempo muy preciado trazando un plan y que su hermana, la dulce e inteligente Rose, no tuvo otra alternativa que abrirse paso en su propia tumba con las manos desnudas.

—Lo siento —se disculpó Vyx con un nudo en la garganta y las manos temblando—. Lo siento, Rose. He tardado demasiado.

—Has venido —interrumpió la otra. Sonrió para tranquilizarla y tomó una de sus manos entre las suyas—. Salgamos de aquí, ¿vale?

Vyx asintió y la ayudó a ponerse en pie. Le ajustó también la camiseta rota para que cubriera así el tatuaje del ciervo sagrado salpicado de tierra y que, a diferencia de ella, su hermana lucía en la zona superior del pectoral derecho. Rose se apoyó en ella y se pusieron en marcha.

La luz de la luna apenas se colaba a través de las densas copas de los árboles según las mellizas discurrían senderos cada vez más oscuros y traicioneros.

No tardaron en darse cuenta de que, por mucho que avanzaban, el paisaje no cambiaba.

Vyx intentó señalar lo evidente, pero Rose aseveró con su convencimiento habitual que todo lo que tenía un principio debía, por norma, tener un final.

Pero las dos sospechaban que no se encontraban en un bosque cualquiera, y es que durante el tiempo que deambularon la una junto a la otra no vieron ni un solo animal que se hubiera atrevido a darles la bienvenida ni dríades asomando la cabeza entre la maleza.

Y el silencio… el silencio era atronador.

Acababan de elegir otro camino, siguiendo el rumor de un río, cuando Rose comentó:

—Estás muy callada, enana.

Su hermana la miró por el rabillo del ojo y encogió los hombros.

—Bueno, es que estoy concentrada. Llevamos horas andando y… nada. Ni búhos, ni cuervos, ni ardillas. Es como si lo único que estuviera vivo en este bosque fuéramos nosotras, joder. El lado positivo es que con tanto silencio me he dado cuenta de que estás respirando regular.

—No me encuentro muy bien.

Vyx se detuvo en seco. Miró a su hermana por encima del hombro y preguntó:

—¿Qué quieres decir? ¿Estás herida? No me ha parecido ver…

—No. —Rose sonrió, como si recordar el amor desmedido de Vyx por ella hubiese supuesto y supusiera siempre una inmensa carga que aceptaba con absoluta devoción—.

No es eso. Es difícil de explicar. Es como si…

—Se mordió el labio inferior—. Como si estuviera enferma.

¿Puedes no poner esa cara? No me voy a morir.

—No he puesto ninguna cara.

Rose le revolvió el pelo.

—Claro que sí. Has puesto la misma cara que esa vez que estuve en cama dos días con gripe.

—La gente se muere de gripe, eh, no es por nada.

—Ajá. —Sonrió—. Por cierto, no me has dicho cómo me has encontrado.

Una culpabilidad sin precedentes le impedía a Vyx mirar a su melliza a los ojos. Pero ¿acaso tendría sentido ocultar la verdad mucho más tiempo?

—Después de conectar contigo… invoqué a Hermes —confesó Vyx con la boca pequeña.

—¿Hiciste qué?

—No tenía elección, ¿vale? Ni tiempo. Hice lo que tenía que hacer.

—No se invoca a los dioses, Vyx. No hacen nada sin pedir algo a cambio.

—¡Ya lo sé, joder!

Una inexplicable sensación de déjà vu había acompañado a Vyx constantemente, como una sombra acechándola con el sigilo de un depredador. Sabía lo que vendría a continuación.

—Hermes te ha traído hasta aquí —observó Rose. Vyx se miró las botas y su hermana insistió—: ¿Qué te pidió a cambio?

—Adonis. Hermes se ha llevado a Adonis.

Era muy consciente de que el amor que sentía Rose por su perro iba más allá de lo humanamente posible, por lo que no se sorprendió cuando su hermana se quedó petrificada en el sitio y con menos color, que ya era poco de por sí, en las mejillas.

—¿Qué quieres decir con que se ha llevado a Adonis?

—Fue lo que me pidió. Ese era el trato. Adonis a cambio de llevarme hasta ti.

—¿Le has entregado Adonis a uno de Los Doce como si fuera un objeto de usar y tirar? ¿Como quien regala una pelota con la que ya se ha cansado de jugar?

—Era la única forma de encontrarte, joder. ¿Crees que quería hacerlo? Ibas a morir.

—¿Le propusiste otro intercambio? ¿Intentaste negociar?

—Sí, claro. Nos sentamos tan tranquilos y bebimos vino mientras buscábamos mejores alternativas. —Resopló—. ¡Pues claro que no! ¿Te lo repito? Ibas a morir.

Rose cerró los ojos y negó con la cabeza, desconsolada.

—Podrías haber llamado a Hipólita. Podrías…

—¿Haber hecho todas las cosas que habrías hecho tú? —Vyx apretó los labios y abrió los brazos—. Pues mira, es que la que toma las decisiones correctas de las dos estaba bajo tierra.

—No estoy diciendo eso.

—Mira, puede que la haya cagado, pero ahora que estamos juntas podemos arreglarlo. Quiero decir, estoy segura de que habrá algo que le interese a Hermes mucho más que Adonis, ¿no? —Rose torció una sonrisa y Vyx sintió cierto alivio al verla—. Estaba desesperada, Ro.

—Lo sé —susurró. Después suspiró y le tendió la mano—. Ven aquí, enana.

Su hermana hundió los hombros y desandó los pasos que la separaban de Rose para luego fundirse con ella en un efusivo abrazo.

Vyx cerró los ojos e inspiró profundamente, llenándose los pulmones de su aroma favorito.

Era extraño cómo, a pesar del vínculo que las unía, una parte de ella había llegado a sentir a Rose tan lejos al perderla.

Había cerrado las puertas al miedo de que ese vacío se quedara, y ahora que volvía a estar entre sus brazos, ahora que volvía a sentirse capaz de hacer cualquier cosa, las puertas se abrieron de par en par y el pavor la sobrecogió.

Estrechó a Rose con más fuerza y dejó ir un suspiro entrecortado.

—No vuelvas a hacerme esto —pidió Vyx casi sin voz.

—Lo siento. Estoy aquí. Todo irá bien.

El crujir de una rama rompió el momento de las hermanas, que se separaron y se pusieron en guardia. Vyx enseguida extrajo una flecha del carcaj y se preparó para disparar. Vislumbraron que entre la arboleda y bajo la tenue luz de la media luna, un ciervo las contemplaba.

—Es un ciervo —susurró Rose, confundida y fascinada al mismo tiempo.

Seguramente se preguntaron si estaría por fin la diosa a la que veneraban respondiendo a la llamada de auxilio.

La última vez que un ciervo se manifestó ante ellas fue durante el ritual de Iniciación: la primera caza.

El magnífico animal emergió de las sombras de un alto ciprés junto al riachuelo.

Rose retrocedió un paso y tiró del brazo de Vyx para que hiciera lo mismo, pues los ojos del ciervo eran ahora rojos; una innegable señal de que algo iba terriblemente mal.

—No es un ciervo —rectificó Rose.

—¿En qué quedamos? ¿Disparo o no disparo?